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FENÓMENOS VIRALES (IV)

Antonio García Ferreras o las expectativas satisfechas

No me reconozco en las pintas del periodista, pero sí reconozco en ellas el punto de fuga aspiracional de la mitad masculina de mi generación. El personaje que deberíamos haber construido para ser influyentes, poderosos

Xandru Fernández 17/08/2020

<p>Antonio García Ferreras.</p>

Antonio García Ferreras.

Luis Grañena

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Hablemos de expectativas. No morirse de hambre es una de ellas, y muy importante, tan solo comparable a la de no morirse por falta de higiene o atención médica. Luego ya viene lo de no ser devorado por fieras, no caerse de lugares altos, no ahogarse a la orilla del mar y cosas así. Superada esa fase tutorial en la evolución de las ambiciones, entramos en el territorio de la lucha por el reconocimiento. Donde todo queda supeditado no a vivir sino a vivir mejor, lo cual puede entenderse como a) vivir mejor de lo que uno vivía antes o b) vivir mejor de lo que viven otros. Todo es jerarquía de ahí en adelante.

La única jerarquía universalmente aceptada es la de poder comprar voluntades, con dinero o con amenazas verosímiles. Si de dinero andas escaso, te queda lo de las amenazas verosímiles, algo que en la sociedad del espectáculo no digo yo que no se ejerza en sentido literal, pero es frecuente que quede reducido a la sombra de la sospecha de que ese tipo conoce a un tipo que si hace una llamada te jode vivo. Algo así. Y qué mejor manera de parecer influyente y conocer a tipos que conocen a tipos etcétera que ser conocido por millones de personas que saben que eres conocido por millones de personas etcétera. Eso es poder, o lo fue mientras hubo un pedestal al que subirse para que esos millones te mirasen sin ser vistos. El Gran Cristal. La peana de nuestros santos tardomodernos. La televisión.

Si sacabas al poder de la ecuación, solo quedaban el esfuerzo y el talento, y la única recompensa por el esfuerzo y el talento eran la indiferencia y el ostracismo

Lo que la universidad fue para la gran cultura europea desde la Baja Edad Media hasta el siglo XIX, cuando tuvo que empezar a rivalizar con la prensa, lo fue la televisión durante la segunda mitad del siglo XX: un mecanismo de reconocimiento de jerarquías. El que sale en la tele existe, y el que no, el anónimo, el don nadie, queda reducido a la condición de espectador intercambiable por millones de otros espectadores exactamente iguales. De modo y manera que lo que necesitábamos, los nacidos antes de Instagram, para devenir influencers, era salir en la tele. Ahora ya da lo mismo, pero para la generación de nuestros padres y nuestras madres, la que tuvo que hacer horas extras para pagar su primer televisor, no había nada comparable a estar al otro lado del tubo de rayos catódicos. De hecho, no salías en la tele, salías por la tele, pues el único lenguaje del que se disponía para explicar el milagro tecnológico de la imagen televisada era el de la fontanería: igual que el agua salía por los grifos, los famosos salían por la pantalla del televisor. Sin salir del todo, esto es, conservando una identidad física y una conciencia íntima en algún lugar del mundo (el Valhalla conocido metafóricamente como “el plató”), pero distribuidos por millones de hogares en los que recibían, como los dioses, sus correspondientes óbolos de viuda en forma de pleitesía.

Nuestro éxito como hijos e hijas se medía, pues, en opciones de salir por la tele. Como casi ninguno acariciaba la menor probabilidad de éxito, teníamos que conformarnos con parecernos a los que sí salían en televisión, variopinta amalgama que iba desde los olímpicos Jesús Hermida y Rosa María Mateo hasta los más fungibles protagonistas de anuncios de refrescos o lo que fuera. Mi generación aún utilizó ese medidor de prestigio y poder, y es lógico, pues qué mejor regalo que ofrecer a nuestros padres y nuestras madres que satisfacer sus expectativas.

Una generación arruinada por los anuncios de televisión. Queríamos tener esas cosas pero recelábamos de los inconvenientes de intentar obtenerlas, someternos a la cultura del avasallamiento que representaban los vencedores de la Transición con sus utopías publicitarias. Esfuerzo y talento, más poder. Y un huevo: si sacabas al poder de la ecuación, solo quedaban el esfuerzo y el talento, y la única recompensa por el esfuerzo y el talento eran la indiferencia y el ostracismo, puesto que no conocías al tipo que conocía al tipo que hacía una llamada y te jodía vivo. No es extraño que entre los que ahora rondamos la cincuentena se tienda a confundir el éxito con la adulación, pues carecemos de referentes excepcionales y en cambio, educados en la escuela de la sospecha, andamos sobrados de contraejemplos. Así, sin conocer de nada a Antonio García Ferreras, un currículum tan impresionante te hace fruncir el ceño y preguntarte cómo, quién, por qué. Pero más importante aún es que, con todo, a Ferreras no le hayamos visto salir por la tele hasta hace muy poco.

En 1885, Guy de Maupassant retrató en Bel Ami a los wannabes del periodismo y Belén Gopegui hizo algo parecido cien años después en Lo real. Ambas novelas inciden en la porosidad de las membranas que separan en teoría lo privado de lo público y en cómo la información es un fluido que consigue pasar de un ámbito a otro sin derramarse ni diluirse, aumentando de densidad pero no de volumen. En la España de los noventa, cuando Xavier Sardà y María Teresa Campos vinieron a sustituir a los astros televisivos de mi niñez y se abrió el negocio de las televisiones privadas, cuando todo, absolutamente todo, empezó a salir por la tele, a chorro limpio, o más bien a chorro puerco, Ferreras permaneció entre bambalinas, dirigiendo la cadena SER, hasta que Florentino Pérez lo fichó para diseñar la estrategia comunicativa del Real Madrid. De ahí a La Sexta y Atresmedia y a salir, por fin, en un programa de televisión capaz de competir con las incombustibles Susanna Griso y Ana Rosa Quintana no tanto por la cuota de pantalla como por la capacidad de crear opinión pública. De administrar el fluido. De hacer que penetre, empape, se extienda, pero sin derramarse.

Ferreras es el padrino de la nueva política en la misma medida que podría haberlo sido Ana Rosa Quintana si la derecha española no siguiera empeñada en el estilismo camp

La nueva política no es otra cosa que el precipitado lateral del liderazgo televisivo. Quien haya conocido desde dentro, e incluso desde sus aledaños, el poder del entramado de un grupo de comunicación, y aún así siga aspirando a cambiar voluntades o emocionar sensibilidades o agitar conciencias, querrá lo que tiene la televisión, no renunciará a ese poder por mucho que le prometan un sillón en la Academia o un Grammy o un Goya. Ni siquiera querrá un Ondas, sino lo que el Ondas simboliza: el poder de influir, de ser el tipo que conoce a un tipo que hace una llamada y te jode vivo. Ferreras es el padrino de la nueva política en la misma medida que podría haberlo sido Ana Rosa Quintana si la derecha española no siguiera empeñada en el estilismo camp: por ser ese muro contra el que se estrella el aspirante a líder, su sparring mediático pero al mismo tiempo su entrenador, su patrocinador y, por qué no, el principal apostante y el que te dice, también, que te dejes ganar cuando es más rentable apostar contra ti.

Ya nos ha pasado por encima una generación y media que considera la televisión una institución obsoleta, una antigualla del siglo XX, como el automóvil y la revolución sexual. También la noción de fama que irradiaba, y la concepción del poder que se ejercía a través de ella. Tendremos que acostumbrarnos a un mundo con notoriedad pero sin fama, igual que crecimos en un mundo con fama pero sin gloria.

Hace tiempo que no veo Al Rojo Vivo, pero durante unos años me detuve en él como quien se para delante de un espejo para mirarse antes de salir de casa. No me reconozco en las pintas de Ferreras, que me recuerdan demasiado a las de Al Pacino en Heat (aunque quién sabe si no será esa su intención), pero sí reconozco en ellas el punto de fuga aspiracional de la mitad masculina de mi generación. El personaje que deberíamos haber construido para ser influyentes, poderosos, el tipo que conoce etcétera.

Perdóname, mamá, por no haber sabido ser Ferreras.

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