1. Número 1 · Enero 2015

  2. Número 2 · Enero 2015

  3. Número 3 · Enero 2015

  4. Número 4 · Febrero 2015

  5. Número 5 · Febrero 2015

  6. Número 6 · Febrero 2015

  7. Número 7 · Febrero 2015

  8. Número 8 · Marzo 2015

  9. Número 9 · Marzo 2015

  10. Número 10 · Marzo 2015

  11. Número 11 · Marzo 2015

  12. Número 12 · Abril 2015

  13. Número 13 · Abril 2015

  14. Número 14 · Abril 2015

  15. Número 15 · Abril 2015

  16. Número 16 · Mayo 2015

  17. Número 17 · Mayo 2015

  18. Número 18 · Mayo 2015

  19. Número 19 · Mayo 2015

  20. Número 20 · Junio 2015

  21. Número 21 · Junio 2015

  22. Número 22 · Junio 2015

  23. Número 23 · Junio 2015

  24. Número 24 · Julio 2015

  25. Número 25 · Julio 2015

  26. Número 26 · Julio 2015

  27. Número 27 · Julio 2015

  28. Número 28 · Septiembre 2015

  29. Número 29 · Septiembre 2015

  30. Número 30 · Septiembre 2015

  31. Número 31 · Septiembre 2015

  32. Número 32 · Septiembre 2015

  33. Número 33 · Octubre 2015

  34. Número 34 · Octubre 2015

  35. Número 35 · Octubre 2015

  36. Número 36 · Octubre 2015

  37. Número 37 · Noviembre 2015

  38. Número 38 · Noviembre 2015

  39. Número 39 · Noviembre 2015

  40. Número 40 · Noviembre 2015

  41. Número 41 · Diciembre 2015

  42. Número 42 · Diciembre 2015

  43. Número 43 · Diciembre 2015

  44. Número 44 · Diciembre 2015

  45. Número 45 · Diciembre 2015

  46. Número 46 · Enero 2016

  47. Número 47 · Enero 2016

  48. Número 48 · Enero 2016

  49. Número 49 · Enero 2016

  50. Número 50 · Febrero 2016

  51. Número 51 · Febrero 2016

  52. Número 52 · Febrero 2016

  53. Número 53 · Febrero 2016

  54. Número 54 · Marzo 2016

  55. Número 55 · Marzo 2016

  56. Número 56 · Marzo 2016

  57. Número 57 · Marzo 2016

  58. Número 58 · Marzo 2016

  59. Número 59 · Abril 2016

  60. Número 60 · Abril 2016

  61. Número 61 · Abril 2016

  62. Número 62 · Abril 2016

  63. Número 63 · Mayo 2016

  64. Número 64 · Mayo 2016

  65. Número 65 · Mayo 2016

  66. Número 66 · Mayo 2016

  67. Número 67 · Junio 2016

  68. Número 68 · Junio 2016

  69. Número 69 · Junio 2016

  70. Número 70 · Junio 2016

  71. Número 71 · Junio 2016

  72. Número 72 · Julio 2016

  73. Número 73 · Julio 2016

  74. Número 74 · Julio 2016

  75. Número 75 · Julio 2016

  76. Número 76 · Agosto 2016

  77. Número 77 · Agosto 2016

  78. Número 78 · Agosto 2016

  79. Número 79 · Agosto 2016

  80. Número 80 · Agosto 2016

  81. Número 81 · Septiembre 2016

  82. Número 82 · Septiembre 2016

  83. Número 83 · Septiembre 2016

  84. Número 84 · Septiembre 2016

  85. Número 85 · Octubre 2016

  86. Número 86 · Octubre 2016

  87. Número 87 · Octubre 2016

  88. Número 88 · Octubre 2016

  89. Número 89 · Noviembre 2016

  90. Número 90 · Noviembre 2016

  91. Número 91 · Noviembre 2016

  92. Número 92 · Noviembre 2016

  93. Número 93 · Noviembre 2016

  94. Número 94 · Diciembre 2016

  95. Número 95 · Diciembre 2016

  96. Número 96 · Diciembre 2016

  97. Número 97 · Diciembre 2016

  98. Número 98 · Enero 2017

  99. Número 99 · Enero 2017

  100. Número 100 · Enero 2017

  101. Número 101 · Enero 2017

  102. Número 102 · Febrero 2017

  103. Número 103 · Febrero 2017

  104. Número 104 · Febrero 2017

  105. Número 105 · Febrero 2017

  106. Número 106 · Marzo 2017

  107. Número 107 · Marzo 2017

  108. Número 108 · Marzo 2017

  109. Número 109 · Marzo 2017

  110. Número 110 · Marzo 2017

  111. Número 111 · Abril 2017

  112. Número 112 · Abril 2017

  113. Número 113 · Abril 2017

  114. Número 114 · Abril 2017

  115. Número 115 · Mayo 2017

  116. Número 116 · Mayo 2017

  117. Número 117 · Mayo 2017

  118. Número 118 · Mayo 2017

  119. Número 119 · Mayo 2017

  120. Número 120 · Junio 2017

  121. Número 121 · Junio 2017

  122. Número 122 · Junio 2017

  123. Número 123 · Junio 2017

  124. Número 124 · Julio 2017

  125. Número 125 · Julio 2017

  126. Número 126 · Julio 2017

  127. Número 127 · Julio 2017

  128. Número 128 · Agosto 2017

  129. Número 129 · Agosto 2017

  130. Número 130 · Agosto 2017

  131. Número 131 · Agosto 2017

  132. Número 132 · Agosto 2017

  133. Número 133 · Septiembre 2017

  134. Número 134 · Septiembre 2017

  135. Número 135 · Septiembre 2017

  136. Número 136 · Septiembre 2017

  137. Número 137 · Octubre 2017

  138. Número 138 · Octubre 2017

  139. Número 139 · Octubre 2017

  140. Número 140 · Octubre 2017

  141. Número 141 · Noviembre 2017

  142. Número 142 · Noviembre 2017

  143. Número 143 · Noviembre 2017

  144. Número 144 · Noviembre 2017

  145. Número 145 · Noviembre 2017

  146. Número 146 · Diciembre 2017

  147. Número 147 · Diciembre 2017

  148. Número 148 · Diciembre 2017

  149. Número 149 · Diciembre 2017

  150. Número 150 · Enero 2018

  151. Número 151 · Enero 2018

  152. Número 152 · Enero 2018

  153. Número 153 · Enero 2018

  154. Número 154 · Enero 2018

  155. Número 155 · Febrero 2018

  156. Número 156 · Febrero 2018

  157. Número 157 · Febrero 2018

  158. Número 158 · Febrero 2018

  159. Número 159 · Marzo 2018

  160. Número 160 · Marzo 2018

  161. Número 161 · Marzo 2018

  162. Número 162 · Marzo 2018

  163. Número 163 · Abril 2018

  164. Número 164 · Abril 2018

  165. Número 165 · Abril 2018

  166. Número 166 · Abril 2018

  167. Número 167 · Mayo 2018

  168. Número 168 · Mayo 2018

  169. Número 169 · Mayo 2018

  170. Número 170 · Mayo 2018

  171. Número 171 · Mayo 2018

  172. Número 172 · Junio 2018

  173. Número 173 · Junio 2018

  174. Número 174 · Junio 2018

  175. Número 175 · Junio 2018

  176. Número 176 · Julio 2018

  177. Número 177 · Julio 2018

  178. Número 178 · Julio 2018

  179. Número 179 · Julio 2018

  180. Número 180 · Agosto 2018

  181. Número 181 · Agosto 2018

  182. Número 182 · Agosto 2018

  183. Número 183 · Agosto 2018

  184. Número 184 · Agosto 2018

  185. Número 185 · Septiembre 2018

  186. Número 186 · Septiembre 2018

  187. Número 187 · Septiembre 2018

  188. Número 188 · Septiembre 2018

  189. Número 189 · Octubre 2018

  190. Número 190 · Octubre 2018

  191. Número 191 · Octubre 2018

  192. Número 192 · Octubre 2018

  193. Número 193 · Octubre 2018

  194. Número 194 · Noviembre 2018

  195. Número 195 · Noviembre 2018

  196. Número 196 · Noviembre 2018

  197. Número 197 · Noviembre 2018

  198. Número 198 · Diciembre 2018

  199. Número 199 · Diciembre 2018

  200. Número 200 · Diciembre 2018

  201. Número 201 · Diciembre 2018

  202. Número 202 · Enero 2019

  203. Número 203 · Enero 2019

  204. Número 204 · Enero 2019

  205. Número 205 · Enero 2019

  206. Número 206 · Enero 2019

  207. Número 207 · Febrero 2019

  208. Número 208 · Febrero 2019

  209. Número 209 · Febrero 2019

  210. Número 210 · Febrero 2019

  211. Número 211 · Marzo 2019

  212. Número 212 · Marzo 2019

  213. Número 213 · Marzo 2019

  214. Número 214 · Marzo 2019

  215. Número 215 · Abril 2019

  216. Número 216 · Abril 2019

  217. Número 217 · Abril 2019

  218. Número 218 · Abril 2019

  219. Número 219 · Mayo 2019

  220. Número 220 · Mayo 2019

  221. Número 221 · Mayo 2019

  222. Número 222 · Mayo 2019

  223. Número 223 · Mayo 2019

  224. Número 224 · Junio 2019

  225. Número 225 · Junio 2019

  226. Número 226 · Junio 2019

  227. Número 227 · Junio 2019

  228. Número 228 · Julio 2019

  229. Número 229 · Julio 2019

  230. Número 230 · Julio 2019

  231. Número 231 · Julio 2019

  232. Número 232 · Julio 2019

  233. Número 233 · Agosto 2019

  234. Número 234 · Agosto 2019

  235. Número 235 · Agosto 2019

  236. Número 236 · Agosto 2019

  237. Número 237 · Septiembre 2019

  238. Número 238 · Septiembre 2019

  239. Número 239 · Septiembre 2019

  240. Número 240 · Septiembre 2019

  241. Número 241 · Octubre 2019

  242. Número 242 · Octubre 2019

  243. Número 243 · Octubre 2019

  244. Número 244 · Octubre 2019

  245. Número 245 · Octubre 2019

  246. Número 246 · Noviembre 2019

  247. Número 247 · Noviembre 2019

  248. Número 248 · Noviembre 2019

  249. Número 249 · Noviembre 2019

  250. Número 250 · Diciembre 2019

  251. Número 251 · Diciembre 2019

  252. Número 252 · Diciembre 2019

  253. Número 253 · Diciembre 2019

  254. Número 254 · Enero 2020

  255. Número 255 · Enero 2020

  256. Número 256 · Enero 2020

  257. Número 257 · Febrero 2020

  258. Número 258 · Marzo 2020

  259. Número 259 · Abril 2020

  260. Número 260 · Mayo 2020

  261. Número 261 · Junio 2020

  262. Número 262 · Julio 2020

  263. Número 263 · Agosto 2020

  264. Número 264 · Septiembre 2020

  265. Número 265 · Octubre 2020

  266. Número 266 · Noviembre 2020

  267. Número 267 · Diciembre 2020

  268. Número 268 · Enero 2021

  269. Número 269 · Febrero 2021

  270. Número 270 · Marzo 2021

  271. Número 271 · Abril 2021

  272. Número 272 · Mayo 2021

  273. Número 273 · Junio 2021

  274. Número 274 · Julio 2021

  275. Número 275 · Agosto 2021

  276. Número 276 · Septiembre 2021

  277. Número 277 · Octubre 2021

  278. Número 278 · Noviembre 2021

  279. Número 279 · Diciembre 2021

  280. Número 280 · Enero 2022

CTXT necesita 15.000 socias/os para seguir creciendo. Suscríbete a CTXT

Lecturas

Las contradicciones del capital y de los cuidados

Avance editorial de ‘Los talleres ocultos del capital: Un mapa para la izquierda’ de próxima publicación en Traficantes de Sueños

Nancy Fraser 19/08/2020

Pipsels

A diferencia de otros medios, en CTXT mantenemos todos nuestros artículos en abierto. Nuestra apuesta es recuperar el espíritu de la prensa independiente: ser un servicio público. Si puedes permitirte pagar 4 euros al mes, apoya a CTXT. ¡Suscríbete!

La “crisis de los cuidados” en este momento uno de los principales temas de debate público1. A menudo relacionada con ideas como «pobreza de tiempo», «equilibrio familia-trabajo» y «agotamiento social», hace referencia a las presiones que desde diversos puntos están actualmente exprimiendo un conjunto clave de capacidades sociales: las disponibles para tener y criar niños, cuidar de amigos y familiares, mantener hogares y comunidades más amplias, y sostener relaciones más en general2. Históricamente, estos procesos de «reproducción social» han estado considerados trabajo de mujeres, aunque los hombres siempre han realizado también parte de los mismos. Los cuidados, que comprenden tanto trabajo afectivo como material y a menudo se realizan sin remuneración, son indispensables para la sociedad. Sin ellos no podría haber cultura, ni economía, ni organización política. Ninguna sociedad que sistemáticamente debilite su reproducción social logra perdurar mucho. Hoy en día, sin embargo, una nueva forma de sociedad capitalista está haciendo exactamente eso. El resultado es una enorme crisis no solo de los cuidados, sino también de la reproducción social en su sentido más amplio.

La «crisis de los cuidados» es mejor interpretarla como una expresión más o menos aguda de las contradicciones sociorreproductivas del capitalismo financiarizado

Entiendo esta crisis como uno de los componentes de una «crisis general», que incluye también vectores económicos, ecológicos y políticos, que se entrecruzan y exacerban mutuamente. El aspecto de la reproducción social forma una dimensión importante de esta crisis general, pero a menudo queda olvidado en los actuales debates, que se centran principalmente en los peligros económicos o ecológicos. Este «separatismo crítico» es problemático; el aspecto social es tan fundamental en la crisis general que ninguno de los otros puede entenderse adecuadamente haciendo abstracción de él. Sin embargo, también puede afirmarse lo contrario. La crisis de la reproducción social no es un elemento independiente y no puede entenderse adecuadamente por sí sola. ¿Cómo deberíamos interpretarla, entonces? Yo sostengo que la «crisis de los cuidados» es mejor interpretarla como una expresión más o menos aguda de las contradicciones sociorreproductivas del capitalismo financiarizado. Esta formulación sugiere dos ideas. En primer lugar, las actuales tensiones a las que están sometidos los cuidados no son accidentales, sino que tienen unas profundas raíces sistémicas en la estructura de nuestro orden social, que yo denomino aquí capitalismo financiarizado. No obstante, y este es el segundo punto, la actual crisis de la reproducción social indica que hay algo podrido no solo en la actual forma financiarizada del capitalismo, sino en la sociedad capitalista per se.

Sostengo que toda forma de sociedad capitalista alberga una contradicción o «tendencia a la crisis» sociorreproductiva profundamente asentada: por una parte, la reproducción social es una de las condiciones que posibilitan la acumulación sostenida de capital; por otra, la orientación del capitalismo a la acumulación ilimitada tiende a desestabilizar los procesos mismos de reproducción social sobre los cuales se asienta. Esta contradicción sociorreproductiva del capitalismo se sitúa en la base de la denominada crisis de los cuidados. Aunque inherente al capitalismo como tal, asume una forma diferente y distintiva en cada forma históricamente específica de la sociedad capitalista: en el capitalismo liberal competitivo del siglo xix; en el capitalismo gestionado por el Estado posterior a la Segunda Guerra Mundial; y en el capitalismo neoliberal financiarizado de nuestro tiempo. Los déficits de cuidados que experimentamos hoy son la forma que esta contradicción adopta en esta tercera fase, la más reciente, del desarrollo capitalista.

Para desarrollar esta tesis, propongo explicar primero la contradicción social del capitalismo como tal, en su forma general. En segundo lugar, esbozo su evolución histórica en las dos fases anteriores del desarrollo capitalista. Por último, sugiero interpretar los «déficits de los cuidados» de hoy en día como expresiones de la contradicción social del capitalismo en su actual fase financiarizada.

Uso parasitario del mundo de vida

La mayoría de los estudiosos de la crisis contemporánea se centran en las contradicciones internas del sistema económico capitalista. En el núcleo de este, afirman, radica una tendencia innata a la autodesestabilización, que se expresa periódicamente mediante crisis económicas. Este punto de vista es acertado hasta cierto punto, pero no aporta una imagen completa de las tendencias inherentes del capitalismo a la crisis. Al adoptar una perspectiva economicista, interpreta el capitalismo de manera excesivamente restrictiva como un sistema económico pura y simplemente. Por el contrario, asumiré una interpretación más amplia del capitalismo, que abarca tanto su economía formal como las condiciones primordiales «no económicas» de la misma. Dicho punto de vista nos permite conceptualizar y criticar toda la gama de tendencias del capitalismo a la crisis, incluidas las que afectan a la reproducción social.

El subsistema económico del capitalismo depende de actividades de reproducción social externas a él, que constituyen una de las condiciones primordiales que posibilitan su existencia

Mi argumento es que el subsistema económico del capitalismo depende de actividades de reproducción social externas a él, que constituyen una de las condiciones primordiales que posibilitan su existencia. Otras condiciones primordiales son las funciones de gobernanza desempeñadas por los poderes públicos y la disponibilidad de la naturaleza como fuente de «insumos productivos» y como «sumidero» de los residuos de la producción3. Aquí me centraré, sin embargo, en el modo en el que la economía capitalista depende –podría decirse que se aprovecha sin coste alguno– de actividades de reposición, prestación de cuidados e interacción que producen y sostienen vínculos sociales, aunque no les asigna valor monetario y los trata como si fuesen gratuitos. Denominada de diversas formas («cuidados», «trabajo afectivo» o «subjetivación»), dicha actividad forma los sujetos humanos del capitalismo, sosteniéndolos como seres naturales personificados, al tiempo que los constituye como seres sociales, formando sus habitus y los ethos culturales en los que se mueven. El trabajo de traer al mundo y socializar a los niños es fundamental para este proceso, al igual que cuidar a los ancianos, mantener los hogares, construir comunidades y sostener los significados, las disposiciones afectivas y los horizontes de valor compartidos que apuntalan la cooperación social. En las sociedades capitalistas, buena parte de esta actividad, aunque no toda, se efectúa al margen del mercado: en viviendas, barrios, asociaciones de la sociedad civil, redes informales e instituciones públicas tales como los colegios; y una parte relativamente pequeña de la misma adopta la forma de trabajo asalariado. La actividad de reproducción social no asalariada es necesaria para la existencia del trabajo asalariado, para la acumulación de plusvalor y para el funcionamiento del capitalismo como tal. Ninguna de estas cosas podría existir en ausencia del trabajo doméstico, la crianza de niños, la enseñanza escolar, los cuidados afectivos y toda una serie de actividades que sirven para producir nuevas generaciones de trabajadores y reponer las existentes, así como para mantener los vínculos sociales y las mentalidades compartidas. La reproducción social es una condición primordial indispensable para la posibilidad de la producción económica en una sociedad capitalista4.

Al menos desde la era industrial, sin embargo, las sociedades capitalistas han separado el trabajo de reproducción social del trabajo de reproducción económica. Asociando el primero con las mujeres y el segundo con los hombres, han remunerado las actividades «reproductivas» con la moneda del «amor» y la «virtud», al tiempo que compensaban el «trabajo productivo» con dinero. De este modo, las sociedades capitalistas crearon una base institucional para formas nuevas y modernas de subordinación de las mujeres. Separando el trabajo reproductivo del universo de las actividades humanas en general, en el que antes el trabajo de las mujeres ocupaba un lugar reconocido, lo relegaron a una «esfera doméstica» de nueva institucionalización en la que la importancia social de dicho trabajo quedó oscurecida. Y en este mundo nuevo, en el que el dinero se convirtió en el principal medio de poder, el hecho de no estar remunerado selló la cuestión: quienes efectúan dicho trabajo están estructuralmente subordinadas a aquellos que reciben salarios monetarios, aunque su trabajo proporcione una precondición necesaria para el trabajo asalariado, al tiempo que el mismo resulta saturado de nuevos y falseados ideales domésticos de feminidad.

La actividad de reproducción social no asalariada es necesaria para la existencia del trabajo asalariado, para la acumulación de plusvalor y para el funcionamiento del capitalismo como tal

En general, por lo tanto, las sociedades capitalistas separan la reproducción social de la producción económica, asociando la primera con las mujeres, y oscureciendo su importancia y su valor. Paradójicamente, sin embargo, hacen depender sus economías oficiales de los mismísimos procesos de reproducción social cuyo valor rechazan. Esta peculiar relación de separación-dependencia-rechazo es una fuente inherente de inestabilidad: por un lado, la producción económica capitalista no es autosuficiente, sino que depende de la reproducción social; por otro, su tendencia a la acumulación ilimitada amenaza con desestabilizar los mismísimos procesos y capacidades reproductivas que el capital necesita (y también el resto de nosotros). Con el tiempo la consecuencia puede ser, como veremos, la de hacer peligrar las condiciones sociales necesarias para la economía capitalista. Se trata, en efecto, de una «contradicción social» inherente a la estructura profunda de la sociedad capitalista. Como las contradicciones económicas resaltadas por los marxistas, también esta cimenta una tendencia a las crisis. En este caso, sin embargo, la contradicción no se sitúa «dentro» de la economía capitalista, sino en la frontera que simultáneamente separa y conecta producción y reproducción. Ni intraeconómica ni intradoméstica, es una contradicción entre estos dos elementos constituyentes de la sociedad capitalista. A menudo, por supuesto, esta contradicción es silenciada y la tendencia correspondiente a las crisis permanece oculta. Se agudiza, sin embargo, cuando la tendencia del capital a ampliar la acumulación se desancla de sus bases sociales y se vuelve contra ellas. En dicho caso, la lógica de la producción económica se antepone a la de la reproducción social, desestabilizando los mismísimos procesos de los que depende el capital, y haciendo peligrar las capacidades sociales, tanto domésticas como públicas, necesarias para sostener la acumulación a largo plazo. Destruyendo sus propias condiciones de posibilidad, la dinámica de acumulación de capital se muerde de hecho su propia cola.

Realizaciones históricas

Esta es la estructura de la tendencia general del «capitalismo como tal» a la crisis social. Sin embargo, la sociedad capitalista solo existe en formas históricas o regímenes de acumulación específicos. La organización capitalista de la reproducción social ha experimentado de hecho grandes cambios históricos, a menudo como resultado de la protesta política; en especial en periodos de crisis en los que los actores sociales luchan en torno a los límites que separan la «economía» de la «sociedad», la «producción» de la «reproducción» y el «trabajo» de la «familia», y en ocasiones consiguen trazarlos de nuevo. Estas «luchas en torno a los límites», como yo las llamo, son tan fundamentales para las sociedades capitalistas como la lucha de clases analizadas por Marx, y los cambios que producen marcan transformaciones de alcance histórico5. Una perspectiva que sitúe en primer plano estos cambios puede distinguir al menos tres regímenes de reproducción social asociados a modelos específicos de producción económica en la historia del capitalismo.

Las sociedades capitalistas separan la reproducción social de la producción económica, asociando la primera con las mujeres, y oscureciendo su importancia y su valor

El primero es el régimen de capitalismo competitivo liberal del siglo xix. Combinando explotación industrial en el centro europeo de la economía-mundo capitalista con la expropiación colonial en la periferia, este régimen tendía a dejar a los trabajadores reproducirse de manera «autónoma», fuera de los circuitos del valor monetizado, mientras los Estados se mantenían al margen. Pero también creó un nuevo imaginario burgués de domesticidad. Catalogando la reproducción social como territorio de las mujeres dentro de la familia privada, este régimen elaboró el ideal de «esferas separadas», al tiempo que privaba a la mayoría de las condiciones necesarias para realizarlo.

El segundo régimen es el capitalismo gestionado por el Estado propio del siglo xx. Basado en la producción industrial y en elevados niveles de consumo familiar en los países más desarrollados de la economía-mundo capitalista y sustentado por la continuación de la expropiación colonial y poscolonial en la periferia, este régimen organizó la reproducción social a través de la provisión estatal y corporativa de bienestar social. Al modificar el modelo victoriano de esferas separadas, promovió el ideal aparentemente más moderno del «salario familiar», a pesar de que, de nuevo, relativamente pocas familias lograron alcanzarlo.

El tercer régimen es el capitalismo financiarizado y globalizador del momento actual. Este régimen ha deslocalizado los procesos de producción, trasladándolos a regiones de bajos salarios, ha atraído a las mujeres a la fuerza de trabajo remunerada y ha promovido la desinversión estatal y corporativa en bienestar social. Al externalizar el trabajo de los cuidados a familias y comunidades, ha disminuido simultáneamente la capacidad de ambas para efectuarlo. El resultado, en medio de una creciente desigualdad, es una organización dualizada de la reproducción social, mercantilizada para aquellos que pueden pagarla, privatizada para aquellos que no pueden, todo ello disimulado por el ideal aún más moderno de la «familia con dos proveedores».

 La organización capitalista de la reproducción social ha experimentado de hecho grandes cambios históricos, a menudo como resultado de la protesta política

En cada régimen, por lo tanto, las condiciones sociorreproductivas para la producción capitalista han asumido una forma institucional diferente y materializado un orden normativo distinto: primero «esferas separadas», después «el salario familiar» y ahora la «familia con dos proveedores». En cada uno de estos casos, también, la contradicción social de la sociedad capitalista ha asumido un aspecto diverso, encontrando expresión en un conjunto distinto de fenómenos de crisis. En cada régimen, por último, la contradicción social del capitalismo ha incitado diferentes luchas sociales: lucha de clases, sin duda, pero también luchas en torno a los límites, ambas entremezcladas a su vez con otras que pretendían la emancipación de las mujeres, de los esclavos y de los pueblos colonizados.

Relegación de las mujeres al hogar

Considérese, en primer lugar, el capitalismo competitivo liberal del siglo xix. En esa época, los imperativos de la producción y de la reproducción parecían situarse directamente en contradicción directa. En los primeros centros fabriles de los países del centro de la economía-mundo capitalista, los industriales introdujeron a mujeres y niños en sus fábricas y minas, ansiosos por explotar sus reducidos niveles salariales y su supuesta docilidad. Con un salario de miseria y obligados a trabajar largas jornadas en condiciones insalubres, estas trabajadoras y trabajadores se convirtieron en iconos del desprecio del capital por las relaciones y las capacidades sociales que sostenían su productividad6. El resultado fue una crisis al menos en dos planos: por una parte, una crisis de la reproducción social entre las clases pobres y trabajadoras, cuya capacidad de sustento y de reposición se tensaron hasta llegar al borde del punto de ruptura; por otra, un pánico moral entre las clases medias, a las que les escandalizaba lo que consideraban la «destrucción de la familia» y la «desexualización» de las mujeres proletarias. Tan desesperada llegó a ser la situación, que hasta críticos tan perspicaces como Marx y Engels confundieron este conflicto directo inicial entre producción económica y reproducción social con el punto final del mismo. Imaginando que el capitalismo había entrado en su crisis terminal, creyeron que, al destruir la familia de clase obrera, el sistema estaba también erradicando la base de la opresión de las mujeres7. Pero lo que de hecho ocurrió fue exactamente lo contrario: con el tiempo, las sociedades capitalistas encontraron recursos para gestionar esta contradicción mediante la creación de «la familia» en su forma restringida moderna, la invención de nuevos e intensificados significados de la diferencia de género y la modernización de la dominación masculina.

Imaginando que el capitalismo había entrado en su crisis terminal, creyeron que, al destruir la familia de clase obrera, el sistema estaba también erradicando la base de la opresión de las mujeres

El proceso de ajuste empezó, en el centro europeo, con una legislación proteccionista. La idea era estabilizar la reproducción social limitando la explotación de mujeres y niños en el trabajo fabril8. Encabezada por los reformadores de clase media en alianza con las nacientes organizaciones obreras, esta «solución» reflejaba una compleja amalgama de motivos diferentes. Uno de los objetivos, célebremente puesto de relieve por Karl Polanyi, era el de defender la «sociedad» contra la «economía»9. Otro era el de apaciguar la ansiedad por la «nivelación de género». Pero estos motivos estaban también relacionados con algo más: la insistencia en la autoridad masculina sobre mujeres y niños, en especial dentro de la familia10. Como resultado, la lucha por garantizar la integridad de la reproducción social acabó ligada a la defensa de la dominación masculina.

El efecto pretendido, sin embargo, era el de silenciar la contradicción social en el núcleo capitalista, incluso mientras la esclavitud y el colonialismo la elevaban a un tono extremo en la periferia. Creando lo que Maria Mies denominó la «housewifization», esto es, la relegación de las mujeres al hogar, como la otra cara de la colonización11, el capitalismo competitivo liberal elaboró un nuevo imaginario de género centrado en esferas separadas. Presentando a la mujer como «el ángel del hogar», sus defensores pretendían crear un lastre estabilizador contra la volatilidad de la economía. El feroz mundo de la producción debía estar flanqueado por un «refugio en un mundo despiadado»12. Mientras cada parte se atuviese a la esfera que se le había asignado como propia y sirviese de complemento de la otra, el potencial conflicto entre ellas se mantendría oculto.

En realidad, esta «solución» demostró ser muy inestable. La legislación proteccionista no podía garantizar la reproducción del trabajo cuando los salarios se mantenían por debajo de lo necesario para sostener una familia; cuando los bloques de viviendas atestados y rodeados de contaminación impedían la intimidad y dañaban los pulmones; cuando el propio empleo (si es que se tenía) estaba sometido a salvajes fluctuaciones debido a las quiebras, los desplomes bursátiles y los pánicos financieros. Y esas soluciones tampoco satisfacían a los trabajadores. Luchando por mejoras salariales y mejores condiciones de trabajo, formaron sindicatos, acudieron a la huelga y se afiliaron a partidos obreros y socialistas. Desgarrado por un conflicto de clase de amplio espectro y cada vez más agudo, el capitalismo no parecía tener el futuro asegurado.

Las esferas separadas resultaron igual de problemáticas. Las mujeres pobres, racializadas y obreras no estaban en condiciones de satisfacer los ideales victorianos de domesticidad; si bien la legislación proteccionista mitigó su explotación directa, no proporcionó respaldo material o compensación por los salarios perdidos. Y tampoco las mujeres de clase media que podían acomodarse a los ideales victorianos estaban siempre satisfechas con su situación, que combinaba el confort material y el prestigio moral con la minoría de edad jurídica y la dependencia institucionalizada. Para ambos grupos, la «solución» de las esferas separadas se produjo en gran medida a expensas de las mujeres. Pero también las enfrentó entre sí: véanse los debates del siglo xix por la prostitución, que alineaban las preocupaciones filantrópicas de las mujeres victorianas de clase media contra los intereses materiales de sus «hermanas caídas»13.

Una dinámica distinta se desplegó en la periferia. Allí, mientras el colonialismo extractivo devastaba las poblaciones sometidas, ni las esferas separadas ni la protección social disfrutaban de influencia alguna. Lejos de intentar proteger las relaciones de reproducción social autóctonas, las potencias metropolitanas promovían activamente su destrucción. Se saqueaba a los campesinos, se destrozaban sus comunidades, para obtener los alimentos, los productos textiles, los minerales y la energía baratos sin los que la explotación de los trabajadores industriales de la metrópoli no habría sido rentable. En las Américas, por su parte, las capacidades reproductivas de las mujeres esclavizadas eran instrumentalizadas para los cálculos de beneficio de los plantadores, que de manera sistemática separaban a las familias esclavas vendiendo sus miembros a diferentes propietarios14. Los niños nativos eran también arrancados de sus comunidades, recluidos en colegios de misioneros y sometidos a disciplinas de asimilación coercitivas15. Cuando hacían falta racionalizaciones, el estado «atrasado, patriarcal» de las organizaciones de parentesco precapitalistas de los indígenas era muy útil. También aquí, entre los colonialistas, las filántropas encontraron una plataforma pública, animando «a los hombres blancos a salvar a las mujeres de piel oscura de los hombres de piel oscura»16.

Concibiendo la entrada de las mujeres en el trabajo remunerado como la ruta hacia la emancipación, también estas últimas preferían los valores «masculinos» asociados con la producción a los asociados con la reproducción

En ambos escenarios, la periferia y el centro, los movimientos feministas se encontraron sorteando un campo de minas político. Rechazando la dependencia de la mujer casada y las esferas separadas y, al mismo tiempo, exigiendo el derecho a votar, a negarse a mantener relaciones sexuales, a disponer de propiedades, a firmar contratos, a ejercer profesiones y a controlar sus propios salarios, las feministas liberales parecían valorar la aspiración «masculina» a la autonomía sobre los ideales «femeninos» de la crianza. Y en este punto, aunque en pocos más, sus homólogas feministas socialistas se mostraban completamente de acuerdo. Concibiendo la entrada de las mujeres en el trabajo remunerado como la ruta hacia la emancipación, también estas últimas preferían los valores «masculinos» asociados con la producción a los asociados con la reproducción. Estas asociaciones eran ideológicas, sin duda, pero tras ellas radicaba una intuición profunda: a pesar de las nuevas formas de dominación que traía consigo, la erosión de las relaciones de parentesco tradicionales provocada por el capitalismo contenía un impulso emancipador.

Atrapadas en una doble pinza, muchas feministas encontraban escaso consuelo en cualquiera de los dos lados del doble movimiento de Polanyi: ni el de la protección social, con su adscripción a la dominación masculina, ni el de la mercantilización, con su descuido de la reproducción social. Incapaces de rechazar o asumir sin más el orden liberal, necesitaban una tercera alternativa, que llamaron emancipación. En la medida en la que las feministas lograron personificar el término, aprovecharon de hecho la dualista figura polanyiana y la sustituyeron por lo que podríamos denominar un «triple movimiento». En este conflicto a tres bandas, los partidarios de la protección y los partidarios de la mercantilización no solo chocaron mutuamente, sino que también lo hicieron con los defensores de la emancipación: con las feministas, sin duda, pero también con socialistas, abolicionistas y anticolonialistas de ambos géneros, todos los cuales se esforzaban por enfrentar entre sí las dos fuerzas polanyianas, al mismo tiempo que chocaban entre ellos. Por muy prometedora que fuese en teoría, dicha estrategia era difícil de llevar a la práctica. En la medida en la que los esfuerzos por «proteger la sociedad de la economía» eran identificados con la defensa de la jerarquía de género, podía deducirse fácilmente que la oposición feminista a la dominación masculina respaldaba las fuerzas económicas que hacían estragos en la clase trabajadora y en las comunidades periféricas. Estas asociaciones demostrarían ser sorprendentemente duraderas, hasta mucho después de que el capitalismo competitivo liberal se hundiera bajo el peso de sus múltiples contradicciones en los cataclismos de las guerras interimperialistas, las depresiones económicas y el caos financiero internacional, dando lugar a mediados del siglo xx a un nuevo régimen, el del capitalismo gestionado por el Estado.

El fordismo y el salario familiar

Emergiendo de las cenizas de la Gran Depresión y de la Segunda Guerra Mundial, el capitalismo gestionado por el Estado desactivó de diferente manera la contradicción entre la producción económica y la reproducción social al situar el poder estatal del lado de la reproducción. Asumiendo cierta responsabilidad pública por el «bienestar social», los Estados de esta época intentaron contrarrestar los efectos corrosivos no solo de la explotación, sino también del desempleo masivo sobre la reproducción social. Este objetivo fue asumido por igual tanto por los Estados del bienestar democráticos del centro capitalista como por los Estados desarrollistas de la periferia recién independizados, a pesar de sus diferentes recursos y capacidades para hacerlo realidad.

Asumiendo cierta responsabilidad pública por el «bienestar social», los Estados intentaron contrarrestar los efectos corrosivos no solo de la explotación, sino también del desempleo sobre la reproducción social

De nuevo, los motivos eran mixtos. Un estrato de las elites ilustradas había llegado a pensar que el interés cortoplacista del capital de exprimir al máximo los beneficios debía subordinarse a las necesidades más duraderas de sostener la acumulación en el tiempo. La creación del régimen gestionado por el Estado estaba pensada para salvar el sistema capitalista de sus propias propensiones desestabilizadoras, así como del espectro de la revolución en una época de movilización de masas. La productividad y la rentabilidad exigían la promoción «biopolítica» de una fuerza de trabajo sana y preparada, con intereses en el sistema, y no una desarrapada muchedumbre revolucionaria17. La inversión pública en atención sanitaria, enseñanza, cuidado de niños y pensiones de jubilación, complementada por las aportaciones empresariales, se consideraron una necesidad en una época en la que las relaciones capitalistas habían penetrado en la vida social hasta tal extremo que las clases trabajadoras ya no disponían de medios para reproducirse por sí solas. En esta situación, la reproducción social debía ser interiorizada, introducida en el ámbito del orden capitalista oficialmente gestionado.

Ese proyecto encajaba con la nueva problemática de la «demanda» económica. Con el objetivo de suavizar los ciclos de auge y depresión endémicos del capitalismo, los reformadores económicos intentaron asegurar un crecimiento continuo, que permitiese que los trabajadores del centro de la economía-mundo capitalista cumpliesen su doble tarea en tanto que consumidores. Aceptando la sindicación, que permitió subir los salarios, y el gasto del sector público, que creaba puestos de trabajo, los responsables de las políticas públicas de esa época reinventaron el hogar como espacio privado para el consumo doméstico de objetos de uso cotidiano producidos en masa18. Enlazando la cadena de montaje con el consumismo familiar de la clase trabajadora, por una parte, y con la reproducción apoyada por el Estado, por otra, este modelo fordista forjó una novedosa síntesis de mercantilización y protección social, proyectos que Polanyi había considerado antitéticos.

Pero fueron sobre todo las clases trabajadoras –hombres y mujeres– las que encabezaron la lucha por la provisión pública, actuando por razones propias. Para ellos, la cuestión era la plena participación en la sociedad como ciudadanos democráticos y, por lo tanto, la dignidad, los derechos, la respetabilidad y el bienestar material, para todos los cuales se entendía que hacía falta una vida familiar estable. Al optar por la socialdemocracia, las clases trabajadoras estaban, por consiguiente, valorando también la reproducción social frente al devorador dinamismo de la producción económica. En efecto, votaban por la familia, el país y el mundo de la vida, y contra la fábrica, el sistema y la máquina. A diferencia de la legislación protectora del régimen liberal, la solución del capitalismo de Estado derivó de un compromiso entre clases y representó un avance democrático y, a diferencia de su predecesor, las nuevas soluciones sirvieron también, al menos para algunos y durante algún tiempo, para estabilizar la reproducción social. Para los trabajadores de la etnia mayoritaria en el centro de la economía-mundo capitalista, estas soluciones aliviaron las presiones materiales sobre la vida familiar y promovieron la incorporación política.

A diferencia de la legislación protectora del régimen liberal, la solución del capitalismo de Estado derivó de un compromiso entre clases y representó un avance democrático

Pero antes de apresurarnos a proclamar una edad de oro, deberíamos registrar las exclusiones constitutivas que hicieron posible estos logros. Como antes, la defensa de la reproducción social en el centro fue unida al (neo)imperialismo; los regímenes fordistas financiaban en parte los derechos sociales mediante la continua expropiación de la periferia –incluida la «periferia dentro del centro»–, que persistió en formas viejas y nuevas después de la descolonización19. Por su parte, los Estados poscoloniales, atrapados en el punto de mira de la Guerra Fría, dirigieron el grueso de sus recursos, ya de por sí mermados por la depredación imperial, a proyectos de desarrollo a gran escala, que a menudo suponían la expropiación de «sus propias» poblaciones indígenas. La reproducción social, para la inmensa mayoría de la periferia, seguía siendo externa, mientras se dejaba a las poblaciones rurales defenderse por sí solas. Como su predecesor, también el régimen gestionado por el Estado estaba entrelazado con la jerarquía racial: la seguridad social estadounidense excluía a los trabajadores domésticos y agrícolas de su cobertura, privando así de hecho a muchos afroamericanos estadounidenses de sus derechos sociales20. Y la división racial del trabajo reproductivo, comenzada durante la esclavitud, asumió con el régimen de Jim Crow una nueva forma en la que las mujeres de color realizaban un trabajo mal remunerado criando a los hijos y limpiando las casas de las familias «blancas» a expensas de las suyas propias21.

Y tampoco la jerarquía de género estaba ausente de estas soluciones. En un periodo –aproximadamente entre la década de 1930 y finales de la de 1950– en el que los movimientos feministas no disfrutaban de mucha visibilidad pública, prácticamente nadie cuestionó la opinión de que la dignidad de la clase trabajadora exigía «el salario familiar», la autoridad masculina en el hogar y un firme sentido de diferencia de género. Como resultado, la amplia tendencia general del capitalismo gestionado por el Estado en los países del centro de la economía-mundo capitalista fue la de valorizar el modelo heteronormativo de familia determinada por el género, basado en el hombre proveedor y la mujer encargada de la casa. La inversión pública en la reproducción social fortaleció estas normas. En Estados Unidos, el sistema de bienestar social asumió una forma dualizada, dividida en ayuda estigmatizada a mujeres y niños (blancos) que carecían de acceso a un salario masculino, por una parte, y el seguro social respetable para aquellos catalogados como «trabajadores», por otra22. Por el contrario, las soluciones europeas atrincheraban la jerarquía androcéntrica de diferente manera, en la división entre las pensiones para madres y los derechos ligados al trabajo asalariado, fomentadas en muchos casos por agendas pronatalistas nacidas de la competición interestatal23. Ambos modelos validaron, asumieron y fomentaron el salario familiar. Al institucionalizar estas interpretaciones androcéntricas de la familia y del trabajo, naturalizaron la heteronormatividad y la jerarquía de género, sustrayéndolas en gran medida a la protesta política.

Al institucionalizar la interpretaciones androcéntricas de la familia y del trabajo, naturalizaron la heteronormatividad y la jerarquía de género, sustrayéndolas en gran medida a la protesta política

En todos estos aspectos, la socialdemocracia sacrificó la emancipación a una alianza entre protección social y mercantilización, aun cuando mitigase la contradicción social del capitalismo durante varias décadas. Pero el régimen capitalista estatal empezó a resquebrajarse; primero políticamente en la década de 1960, cuando irrumpió la nueva izquierda mundial y empezó a cuestionar, en nombre de la emancipación, las exclusiones imperiales, de género y raciales, así como el paternalismo burocrático de dicho Estado; y, después, económicamente en la década de 1970, cuando la estanflación, la «crisis de la productividad» y el descenso de las tasas de beneficio en el sector industrial galvanizaron los esfuerzos neoliberales para desencadenar la mercantilización. Lo que se sacrificó, cuando esas dos partes unieron fuerzas, fue la protección social.

Las familias con dos proveedores

Como el régimen liberal antes que él, el orden capitalista gestionado por el Estado se disolvió en el transcurso de una prolongada crisis. En la década de 1980, los observadores perspicaces podían distinguir ya los esbozos emergentes de un nuevo régimen, que acabaría convirtiéndose en el capitalismo financiarizado de la época actual. Globalizador y neoliberal, este régimen promueve la desinversión estatal y empresarial del bienestar social, al tiempo que atrae a las mujeres a la fuerza de trabajo remunerada, externalizando los cuidados a las familias y las comunidades al mismo tiempo que reduce la capacidad de estas para encargarse de ellos. El resultado es una organización nueva y dualizada de la reproducción social, mercantilizada para quienes pueden pagarla y privatizada para los que no, mientras algunas de las pertenecientes a la segunda categoría proporcionan cuidados a cambio de salarios (bajos) a los de la primera. Mientras tanto, el doble ataque de la crítica feminista y la desindustrialización ha privado definitivamente al «salario familiar» de toda credibilidad. Ese ideal ha dado lugar a la norma actual de la «familia con dos proveedores».

El principal impulsor de estos cambios –y el rasgo definitorio de este régimen– es la nueva centralidad de la deuda. La deuda es el instrumento mediante el cual las instituciones financieras globales presionan a los Estados para que reduzcan el gasto social, impongan las políticas de austeridad y, en general, coludan con los inversores para extraer valor de las poblaciones indefensas. A través de la deuda también se despoja en gran medida a los campesinos del Sur global mediante una nueva ronda de apropiación de tierras por las grandes empresas, destinada a monopolizar la energía, el agua, los terrenos cultivables y las «compensaciones de emisiones de carbono». También cada vez más a través de la deuda prosigue la acumulación en el centro histórico capitalista: a medida que el trabajo precario y mal remunerado en el sector servicios sustituye al trabajo industrial sindicalizado, los salarios caen por debajo de los costes de reproducción socialmente necesarios; en esta «economía de trabajos precarios», el mantenimiento del gasto en consumo exige incrementar los niveles de endeudamiento, que crecen exponencialmente24. Actualmente, en otras palabras, el capital canibaliza las condiciones de vida de las clases trabajadoras, impone disciplina a los Estados, transfiere riqueza de la periferia al centro capitalista y succiona valor de los hogares, las familias, las comunidades y la naturaleza esencialmente mediante la deuda.

El efecto es intensificar la contradicción inherente entre la producción económica y la reproducción social en el capitalismo. Mientras que el régimen anterior otorgaba poder a los Estados para subordinar los intereses cortoplacistas de las empresas privadas al objetivo de la acumulación sostenida a largo plazo, en parte estabilizando la reproducción mediante la provisión pública, el régimen actual autoriza al capital financiero a imponer disciplina a los Estados y a los ciudadanos en favor de los intereses inmediatos de inversores privados, en buena medida exigiendo la desinversión pública en reproducción social. Y mientras que el régimen anterior alió la mercantilización y la protección social contra la emancipación, este genera una configuración aún más perversa, en la que la emancipación se une a la mercantilización para debilitar la protección social.

El capital canibaliza las condiciones de vida de las clases trabajadoras, impone disciplina a los Estados, transfiere riqueza de la periferia al centro capitalista y succiona valor de los hogares mediante la deuda

El nuevo régimen emergió de la fatal intersección de dos conjuntos de luchas. Uno de esos conjuntos enfrentó a una parte ascendente, los partidarios del libre mercado, inclinados a liberalizar y globalizar la economía capitalista, contra los movimientos obreros cada vez más débiles en los países del centro capitalista; en otro tiempo la base más poderosa de respaldo a la socialdemocracia, estos últimos están ahora a la defensiva, si no completamente derrotados. El otro conjunto de luchas enfrentó a los «nuevos movimientos sociales» progresistas, opuestos a las jerarquías de género, sexo, «raza», etnia y religión, contra poblaciones que intentaban defender mundos de la vida y privilegios establecidos, ahora amenazados por el «cosmopolitismo» de la nueva economía. De la colisión de estos dos conjuntos de luchas emergió un resultado sorprendente: un neoliberalismo «progresista», que celebra la «diversidad», la meritocracia y la «emancipación» al tiempo que desmantela las protecciones sociales y vuelve a externalizar la reproducción social. El resultado no es solo abandonar poblaciones indefensas a las depredaciones del capital, sino también redefinir la emancipación en los términos del mercado25. Los movimientos de emancipación participaron en este proceso. Todos ellos –incluido el movimiento antirracista, el multiculturalismo, el movimiento lgtbi y el movimiento ecologista– generaron corrientes neoliberales proclives al mercado. Pero la trayectoria feminista demostró ser especialmente decisiva, dada la prolongada vinculación de género y reproducción social por parte del capitalismo. Como cada uno de sus regímenes predecesores, el capitalismo financiarizado institucionaliza la división producción-reproducción sobre una determinada base de género. A diferencia de sus predecesores, sin embargo, su imaginario dominante es el individualismo liberal y la igualdad de género: las mujeres se consideran iguales a los hombres en todas las esferas y merecen igualdad de oportunidades para realizar sus talentos, también –quizá en especial– en la esfera de la producción. La reproducción, por el contrario, se percibe como un residuo retrógrado, un obstáculo que impide el avance en el camino hacia la liberación y del que, de un modo u otro, hay que prescindir.

A pesar de su aura feminista, o quizá debido a ella, esta concepción ejemplifica la actual forma de contradicción social del capitalismo, que asume una nueva intensidad. Además de disminuir la provisión pública y atraer a las mujeres al trabajo asalariado, el capitalismo financiarizado ha reducido los salarios reales, aumentando así el número de horas de trabajo remunerado que cada hogar necesita para sostener a la familia y provocando una desesperada pelea por transferir el trabajo de cuidados a otros26. Para llenar el «vacío de los cuidados», el régimen importa trabajadores migrantes de los países más pobres a los más ricos. Típicamente, son mujeres racializadas, a menudo de origen rural, de regiones pobres, las que asumen el trabajo reproductivo y de cuidados antes desempeñado por mujeres más privilegiadas. Pero para hacerlo, las migrantes deben transferir sus propias responsabilidades familiares y comunitarias a otras cuidadoras aún más pobres, que deben a su vez hacer lo mismo, y así sucesivamente, en «cadenas de cuidados globales» cada vez más largas. Lejos de cubrir el vacío de los cuidados, el resultado neto es desplazarlo de las familias más ricas a otras más pobres, del Norte global al Sur global27. Este escenario encaja en las estrategias de género de los Estados poscoloniales endeudados y privados de recursos, sometidos a los programas de ajuste estructural del fmi. Desesperadamente necesitados de divisas fuertes, algunos de ellos han promovido activamente la emigración de las mujeres para efectuar cuidados remunerados en el extranjero que les aporta remesas, mientras que otros han promovido la inversión extranjera directa mediante la creación de zonas francas dedicadas a la producción para la exportación, a menudo en sectores, como los textiles y el montaje de aparatos electrónicos, que prefieren emplear a trabajadoras28. En ambos casos, las capacidades de reproducción social quedan aún más debilitadas.

Dos fenómenos que se han producido recientemente en Estados Unidos ejemplifican la gravedad de la situación. El primero es la creciente popularidad de la «congelación de óvulos», un procedimiento que cuesta normalmente 10.000 dólares, pero que ahora es ofrecido de forma gratuita por las empresas de las tecnologías de la información como compensación no salarial dirigida a empleadas muy cualificadas. Ansiosas por atraer y conservar a estas trabajadoras, empresas como Apple y Facebook les ofrecen un fuerte incentivo para posponer la maternidad, diciendo, en efecto: «Espera, y ten tus hijos a los cuarenta o a los cincuenta, o incluso los sesenta; dedícanos tus años productivos, de mayor energía, a nosotros»29. Otro fenómeno que se está produciendo en Estados Unidos es igualmente sintomático de la contradicción entre reproducción y producción: la proliferación de caras bombas mecánicas, de alta tecnología, para extraer leche materna. Esta es la «solución» preferida en un país con una elevada tasa de participación femenina en la población activa, sin permiso de maternidad o paternidad obligatorio, y enamorado de la tecnología. Este es también un país en el que el amamantamiento es de rigeur, pero ha cambiado más allá de todo posible reconocimiento. Ya no se trata de que un niño o niña mame del pecho de su madre, sino que ahora la madre «amamanta» ordeñándose su propia leche mecánicamente y almacenándola para que después una niñera se la dé con el biberón. En un contexto de grave pobreza de tiempo, los sacaleches de manos libres con doble copa son los más apetecidos, porque permiten a la madre extraerse la leche de ambos senos a la vez, mientras conduce de camino al trabajo30.

Las reivindicaciones son la demanda de una reorganización masiva de la relación entre producción-reproducción: por soluciones sociales que permitan a cualquier persona combinar las actividades de reproducción social con un trabajo seguro

Dadas presiones como estas, ¿sorprende que las luchas por la reproducción social hayan explotado en años recientes? A menudo las feministas del Norte describen su objetivo como el «equilibrio entre familia y trabajo»31, pero las luchas referentes a la reproducción social abarcan mucho más: los movimientos comunitarios por la vivienda, la atención sanitaria, la seguridad alimentaria y una renta básica no condicionada; las luchas por los derechos de los migrantes, de los trabajadores domésticos y de los empleados públicos; las campañas para sindicalizar a los trabajadores del sector servicios empleados en residencias de ancianos, hospitales y guarderías con ánimo de lucro; y las luchas por servicios públicos tales como la atención en centros de día a niños y ancianos, por una jornada laboral más corta y por un permiso de maternidad y paternidad generoso y remunerado. Unidas, estas reivindicaciones equivalen a la demanda de una reorganización masiva de la relación entre producción y reproducción: por soluciones sociales que permitan a personas de cualquier clase, sexo, orientación sexual y color combinar las actividades de reproducción social con un trabajo seguro, interesante y bien remunerado.

Las luchas en torno a los límites referentes a la reproducción social son tan centrales para la actual coyuntura como las luchas de clase en el ámbito de la producción económica. Responden, sobre todo, a una «crisis de los cuidados», que tiene sus raíces en la dinámica estructural del capitalismo financiarizado. Globalizado e impulsado por la deuda, este capitalismo está expropiando sistemáticamente las capacidades disponibles para sostener las conexiones sociales. Proclamando el nuevo ideal de familia con dos proveedores, atrae a los movimientos de emancipación, que se unen con los defensores de la mercantilización para oponerse a los partidarios de la protección social, ahora cada vez más resentidos y chovinistas.

¿Otra mutación?

Lo que hace falta es superar el rapaz sometimiento de la reproducción a la producción que tiene lugar en el capitalismo financiarizado, pero esta vez sin sacrificar ni la emancipación ni la protección social

¿Qué podría emerger de esta crisis? La sociedad capitalista se ha reinventado varias veces en el transcurso de su historia. En especial, en momentos de crisis general, cuando múltiples contradicciones –políticas, económicas, ecológicas y sociorreproductivas– se entremezclan y exacerban mutuamente, las luchas en torno a los límites han estallado en los ámbitos de las divisiones institucionales constitutivas del capitalismo: allí donde la economía se cruza con el sistema de gobierno, donde la sociedad se cruza con la naturaleza, y donde la producción se cruza con la reproducción. En esas fronteras, los actores sociales se han movilizado para redibujar el mapa institucional de la sociedad capitalista. Sus esfuerzos propugnaron el cambio, primero, del capitalismo competitivo liberal del siglo xix al capitalismo gestionado por el Estado del xx, y después al capitalismo financiarizado de la época actual. Históricamente, la contradicción social del capitalismo ha conformado también una importante corriente de precipitación de la crisis, cuando la frontera que separa la reproducción social de la producción económica se ha convertido en un importante ámbito y objeto de lucha. En cada caso, el orden de género de la sociedad capitalista ha sido cuestionado y el resultado ha dependido de las alianzas forjadas entre los principales polos de un triple movimiento: mercantilización, protección social, emancipación. Esas dinámicas propulsaron el cambio, primero, de las esferas separadas al salario familiar y, después, a la familia con dos proveedores.

¿Qué sigue a todo ello en la actual coyuntura? ¿Son las actuales contradicciones del capitalismo financiarizado suficientemente graves como para considerarse una crisis general y deberíamos, por consiguiente, prever otra mutación de la sociedad capitalista? ¿Galvanizará la presente crisis luchas de suficiente amplitud y visión como para transformar el régimen actual? ¿Podría una nueva forma de feminismo socialista romper el idilio del movimiento feminista predominante con la mercantilización y, al mismo, tiempo forjar una nueva alianza entre la emancipación y la protección social? Y de ser así, ¿con qué fin? ¿Cómo podría reinventarse hoy la división entre reproducción y producción y qué puede sustituir a la familia de dos proveedores?

Nada de lo que he dicho aquí sirve para responder directamente a estas cuestiones, pero al presentar el trabajo preliminar que nos permite plantearla he intentado arrojar cierta luz sobre la actual coyuntura. He sugerido, específicamente, que las raíces de la actual «crisis de los cuidados» se encuentran en la inherente contradicción social del capitalismo o, en realidad, en la forma aguda que esa contradicción adopta hoy en el capitalismo financiarizado. Si eso es cierto, entonces esta crisis no se resolverá haciendo pequeños arreglos en las políticas sociales. La senda de su resolución solo puede avanzar mediante una profunda transformación estructural de este orden social. Lo que hace falta, ante todo, es superar el rapaz sometimiento de la reproducción a la producción que tiene lugar en el capitalismo financiarizado, pero esta vez sin sacrificar ni la emancipación ni la protección social. Esto, a su vez, exige reinventar la distinción entre producción y reproducción y reimaginar el orden de género. Queda por ver si el resultado de todo ello será compatible con el capitalismo.

 -------------------------------------------------------------

Notas al pie:

1. Una traducción al francés de este ensayo se pronunció en París el 14 de junio de 2016 en forma de Conferencia Marc Bloch de la École des Hautes Études en Sciences Sociales, en cuya página digital está disponible. Debo dar las gracias a Pierre-Cyrille Hautcoeur por invitarme a dar la conferencia, a Johanna Oksala por estimular los debates, a Mala Htun y Eli Zaretsky por sus útiles comentarios, y a Selim Heper por su ayuda con la investigación. 

2. Véanse, entre otros muchos ejemplos recientes, Ruth Rosen, «The Care Crisis», The Nation, 27 de febrero de 2007; Cynthia Hess, «Women and the Care Crisis», Institute for Women’s Policy Research, Briefing Paper, núm. 401, abril de 2013; Daniel Boffey, «Half of All Services Now Failing as uk Care Sector Crisis Deepens», The Guardian, 26 de septiembre de 2015. Respecto a la «pobreza de tiempo», véanse Arlie Hochschild, The Time Bind, Nueva York, 2001; Heather Boushey, Finding Time, Cambridge (ma), 2016. Respecto al «equilibrio familia-trabajo», véanse Heather Boushey y Amy Rees Anderson, «Work-Life Balance», Forbes, 26 de julio de 2013; Martha Beck, «Finding Work-Life Balance»,Huffington Post, 10 de marzo de 2015. Respecto al «agotamiento social», véase Shirin Rai, Catherine Hoskyns y Dania Thomas, «Depletion: The Cost of Social Reproduction», International Feminist Journal of Politics, vol. 16, núm. 1, 2013.

3. Las condiciones políticas primordiales necesarias para una economía capitalista se analizan en Nancy Fraser, «Legitimation Crisis?», Critical Historical Studies, vol. 2, núm. 2, 2015. Las condiciones ecológicas se analizan en James O’Connor, «Capitalism, Nature, Socialism: A Theoretical Introduction», Capitalism, Nature, Socialism, vol. 1, núm. 1, 1988; y en Jason W. Moore, Capitalism in the Web of Life, Londres y Nueva York, 2015; ed. cast.: El capitalismo en la trama de la vida, Madrid, Traficantes de sueños, 2020].

4. Muchas teóricas feministas han planteado versiones de este argumento. Desde la perspectiva de las formulaciones feministas-marxistas, véanse Lise Vogel, Marxism and the Oppression of Women, Boston, 2013; Silvia Federici, Revolution at Point Zero, Nueva York, 2012; ed. cast.: Revolución en punto cero, Madrid, Traficantes de Sueños, 2013; y Christine Delphy, Close to Home, Londres y Nueva York, 2016. Otra elaboración convincente es la de Nancy Folbre, The Invisible Heart, Nueva York, 2002. Desde la perspectiva de la «teoría de la reproducción social», véanse Barbara Laslett y Johanna Brenner, «Gender and Social Reproduction», Annual Review of Sociology, vol. 15, 1989; Kate Bezanson y Meg Luxton (eds.), Social Reproduction, Montreal, 2006; Isabella Bakker, «Social Reproduction and the Constitution of a Gendered Political Economy», New Political Economy, vol. 12, núm. 4, 2007; Cinzia Arruzza, «Functionalist, Determinist, Reductionist», Science & Society, vol. 80, núm. 1, 2016.

5. Nancy Fraser, «Behind Marx’s Hidden Abode: For an Expanded Conception of Capitalism», New Left Review, núm86, marzo-abril de 2014, pp. 55-72; ed. cast.: «Tras la morada oculta de Marx», nlr, núm.86, mayo-junio de 2014, analiza las luchas en torno a los límites y critica la concepción del capitalismo como una economía, y se halla incluido en el presente volumen.

6. Louise Tilly y Joan Scott, Women, Work, and Family, Londres, 1987.

7. Karl Marx y Friedrich Engels, Manifesto of the Communist Party, en The Marx-Engels Reader, Nueva York, 1978, pp. 487-488; ed. cast.: Manifiesto del partido comunista, Madrid, 1997; Friedrich Engels, The Origin of the Family, Private Property and the State, Chicago (il), 1902, pp. 90-100; ed. cast.: El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, Madrid, 2006.

8. Nancy Woloch, A Class by Herself, Princeton (nj), 2015.

9. Karl Polanyi, The Great Transformation [1944], Boston (ma), 2001, pp. 87, 138-139, 213; ed. cast.: La gran transformación, Barcelona, 2016.

10. Ava Baron, «Protective Labour Legislation and the Cult of Domesticity», Journal of Family Issues, vol. 2, núm. 1, 1981.

11. Maria Mies, Patriarchy and Accumulation on a World Scale, Londres, 2014, p. 74; ed. cast.: Patriarcado y acumulación a escala mundial, Madrid, Traficantes de sueños, 2019.

12. Eli Zaretsky, Capitalism, the Family and Personal Life, Nueva York, 1986; Stephanie Coontz, The Social Origins of Private Life, Londres, 1988.

13. Judith Walkowitz, Prostitution and Victorian Society, Cambridge, 1980; Barbara Hobson, Uneasy Virtue, Chicago (il), 1990.

14. Angela Davis, «Reflections on the Black Woman’s Role in the Community of Slaves», The Massachusetts Review, vol. 13, núm. 2, 1972.

15. David Wallace Adams, Education for Extinction, Kansas (ks), 1995; Ward Churchill, Kill the Indian and Save the Man, San Francisco (ca), 2004.

16. Gayatri Spivak, «Can the Subaltern Speak?», en Cary Nelson y Lawrence Grossberg (eds.), Marxism and the Interpretation of Culture, Londres, 1988, p. 305.            

17. Michel Foucault, «Governmentality», en Graham Burchell, Colin Gordon y Peter Miller (eds.), The Foucault Effect, Chicago (il), 1991, pp. 87-104; M. Foucault, The Birth of Biopolitics, Lectures at the Collège de France 1978-1979, Nueva York, 2010, p. 64 [ed. orig.: La naissance de la biopolitique. Cours au Collège de France (1978-1979), París, 2004; ed. cast.: Nacimiento de la biopolítica. Curso del Collège de France (1978-1979), Madrid, 2009].

18. Kristin Ross, Fast Cars, Clean Bodies, Cambridge (ma), 1996; Dolores Hayden, Building Suburbia, Nueva York, 2003; Stuart Ewen, Captains of Consciousness, Nueva York, 2008. 

19. En esta era, el apoyo estatal a la reproducción social fue financiado mediante la recaudación tributaria y fondos específicos a los que contribuían tanto los trabajadores como el capital metropolitanos en diferentes proporciones, dependiendo de las relaciones de poder de clase dentro de cada Estado concreto. Pero esas corrientes de ingresos estaban infladas por el valor desviado de la periferia mediante los beneficios extraídos de la inversión extranjera directa y el intercambio económico desigual: Raúl Prebisch, The Economic Development of Latin America and its Principal Problems, Nueva York, 1950 [ed. cast.: El desarrollo económico de América Latina y algunos de sus principales problemas, Nueva York, 1949]; Paul Baran, The Political Economy of Growth, Nueva York, 1957; ed. cast.: La economía política del crecimiento, México df, 1967; Geoffrey Pilling, «Imperialism, Trade and “Unequal Exchange”: The Work of Aghiri Emmanuel», Economy and Society, vol. 2, núm. 2, 1973; Gernot Köhler y Arno Tausch, Global Keynesianism, Nueva York, 2001.

20. Jill Quadagno, The Color of Welfare, Oxford, 1994; Ira Katznelson, When Affirmative Action Was White, Nueva York, 2005.

21. Jacqueline Jones, Labor of Love, Labor of Sorrow, Nueva York, 1985; y Evelyn Nakano Glenn, Forced to Care, Cambridge (ma), 2010.

22. Nancy Fraser, «Women, Welfare, and the Politics of Need Interpretation», en N. Fraser, Unruly Practices, Minneapolis, 1989; Barbara Nelson, «Women’s Poverty and Women’s Citizenship», Signs: Journal of Women in Culture and Society, vol. 10, núm. 2, 1985; Diana Pearce, «Women, Work and Welfare», en Karen Wolk Feinstein (ed.), Working Women and Families, Beverly Hills (ca), 1979; Johanna Brenner, «Gender, Social Reproduction, and Women’s Self-Organizartion», Gender & Society, vol. 5, núm. 3, 1991.

23. Hilary Land, «Who Cares for the Family?», Journal of Social Policy, vol. 7, núm. 3, 1978; Harriet Holter (ed.), Patriarchy in a Welfare Society, Oslo, 1984; Mary Ruggie, The State and Working Women, Princeton (nj), 1984; Birte Siim, «Women and the Welfare State», en Clare Ungerson (ed.), Gender and Caring, Nueva York, 1990; Ann Shola Orloff, «Gendering the Comparative Analysis of Welfare States», Sociological Theory, vol. 27, núm. 3, 2009.

24. Adrienne Roberts, «Financing Social Reproduction», New Political Economy, vol. 18, núm. 1, 2013.

25. Fruto de una alianza inverosímil entre los partidarios del libre mercado y los «nuevos movimientos sociales», el nuevo régimen está revolviendo todas las alineaciones políticas habituales, enfrentando a feministas neoliberales «progresistas» como Hillary Clinton contra populistas nacionalistas y autoritarios como Donald Trump.

26. Elizabeth Warren y Amelia Warren Tyagi, The Two-Income Trap, Nueva York, 2003.

27. Arlie Hochschild, «Love and Gold», en Barbara Ehrenreich y Arlie Hochschild (eds.), Global Woman, Nueva York, 2002, pp. 15-30; Brigitte Young, «The “Mistress” and the “Maid” in the Globalized Economy», Socialist Register, núm. 37, 2001.

28. Jennifer Bair, «On Difference and Capital», Signs, vol. 36, núm. 1, 2010.

29. «Apple and Facebook offer to freeze eggs for female employees», The Guardian, 15 de octubre de 2014. Algo importante es que esta compensación no está ya reservada exclusivamente a la clase directiva-técnica-profesional. El ejército estadounidense ofrece congelación de óvulos gratuita a las mujeres reclutadas que amplíen su periodo de servicio activo en el extranjero: «Pentagon to Offer Plan to Store Eggs and Sperm to Retain Young Troops», The New York Times, 3 de febrero de 2016. En este caso, la lógica del militarismo se impone a la de la privatización. Que yo sepa, nadie ha planteado aún la inminente cuestión de qué hacer con los óvulos de una militar fallecida en combate.

30. Courtney Jung, Lactivism: How Feminists and Fundamentalists, Hippies and Yuppies, and Physicians and Politicians Made Breastfeeding Big Business and Bad Policy, Nueva York, 2015, especialmente pp. 130-131. La Affordable Care Act (también denominada «Obamacare») exige ahora que las aseguradoras sanitarias proporcionen gratuitamente estos sacaleches a sus beneficiarias. De modo que tampoco esta ventaja es ya prerrogativa exclusiva de mujeres privilegiadas. El efecto ha sido crear un mercado nuevo y enorme para los fabricantes, que están produciendo grandes remesas de sacaleches en las fábricas de sus subcontratistas chinos: Sarah Kliff, «The breast pump industry is booming, thanks to Obamacare», The Washington Post, 4 de enero de 2013.

31. Lisa Belkin, «The Opt-Out Revolution», The New York Times, 26 de octubre de 2003; Judith Warner,Perfect Madness: Motherhood in the Age of Anxiety, Nueva York, 2006; Lisa Miller, «The Retro Wife», New York Magazine, 17 de marzo de 2013; Anne-Marie Slaughter, «Why Women Still Can’t Have It All», Atlantic, julio-agosto de 2012, y Unfinished Business: Women Men Work Family, Nueva York, 2015; Judith Shulevitz, «How to Fix Feminism», The New York Times, 10 de junio de 2016.

La “crisis de los cuidados” en este momento uno de los principales temas de debate público1. A menudo relacionada con ideas como «pobreza de tiempo», «equilibrio familia-trabajo» y «agotamiento social», hace referencia a las presiones que desde diversos puntos están actualmente exprimiendo un conjunto...

Este artículo es exclusivo para las personas suscritas a CTXT. Puedes suscribirte aquí

Autora >

Nancy Fraser

Suscríbete a CTXT

Orgullosas
de llegar tarde
a las últimas noticias

Gracias a tu suscripción podemos ejercer un periodismo público y en libertad.
¿Quieres suscribirte a CTXT por solo 6 euros al mes? Pulsa aquí

Artículos relacionados >

Deja un comentario


Los comentarios solo están habilitados para las personas suscritas a CTXT. Puedes suscribirte aquí