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Imperios combatientes

¿La eternización de Putin?

El plebiscito constitucional ha ilustrado la maduración de las contradicciones y dificultades internas del régimen ruso

Rafael Poch 28/07/2020

<p>Imagen de Vladimir Putin envejecido digitalmente.</p>

Imagen de Vladimir Putin envejecido digitalmente.

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Como en el resto de las potencias, en Rusia la pandemia tampoco está alterando de forma significativa las tendencias que se observaban antes de ella, solo las está acelerando. El plebiscito constitucional, iniciado el 25 de junio y dilatado hasta el 1 de julio, ha ilustrado la maduración de las contradicciones y dificultades internas del régimen ruso. Como ocurrió en Pekín hace años cuando se blindó la autoridad de Xi Jinping, en Moscú los gobernantes también son conscientes de que se avecinan tiempos difíciles y se preparan. También ellos quieren ponerse el cinturón de seguridad, pero sus circunstancias son bien diferentes a las de China y no está nada claro que el asunto solucione algo o que el cinturón complique aún más las cosas.

Prepararse para gobernar con menos recursos

Diferentes son los potenciales objetivos de cada país, sus sistemas de gobierno y sus sociedades. Lo de los chinos es mucho más estable y seguro en las tres categorías citadas. Por más que algunos politólogos del establishment ruso, como Sergei Karaganov, insistan en el eurasianismo político de los rusos y su condición de “no occidentales”, la gran tradición secular rusa está ahí bien anclada. No es que el eurasianismo sea un mito. Rusia es Eurasia, pero no es Asia. Como decía Miliukov, “es Europa complicada por Asia”. Su sello histórico-cultural es inequívoco: lengua eslava, alfabeto griego y cristianismo ortodoxo, y eso no lo cambia el actual despecho de quienes, como Karaganov, en la época de Yeltsin eran furibundos occidentalistas y ahora dicen mirar hacia China porque la antigua novia les dejó.

El cinturón de seguridad está más que justificado: vienen tiempos aún más difíciles, con un petróleo barato, sanciones occidentales más intensas, un incremento en la caída del nivel de vida y una presión militar extranjera recrudecida. Hay que prepararse para gobernar con menos recursos, tanto materiales como geopolíticos.

El presidente podría haber afirmado una política económica socialmente orientada, disolver el sistema de magnates y atajar la corrupción

El petróleo a precios favorables y la estabilidad y el orden elemental que Vladimir Putin puso en el país desde principios de siglo sin tocar los fundamentos del capitalismo burocrático produjo el milagro de la recuperación rusa. La gente que recordaba la miseria y la humillación de la época de Yeltsin se acostumbró a que la vida dejara de ir a peor y recompensó a Putin con un gran prestigio interno. No hay el menor misterio en ello. Cualquier sociedad habría reaccionado igual.

El no va más exterior defendido por medios militares, que supuso la respuesta rusa al entrismo noratlantista en el Cáucaso y Ucrania tras años de desvergonzada ampliación de la OTAN, recuperó la dignidad nacional. Con su prestigio en lo más alto pese a haber perdido Ucrania, Putin dejó pasar el “momento Crimea”, el gran aplauso de Rusia a la recuperación de una tierra rusa llamada a ser base de la OTAN. Desde aquel cenit nacional el presidente podría haber afirmado una política económica socialmente orientada, disolver el sistema de magnates y atajar la corrupción. Podría haberse convertido en un Lukashenko ruso y consolidar un consenso basado no solo en el patriotismo, sino también en una idea de equidad y justicia social que recuperara lo rescatable del sovietismo. Aquello se dejó pasar. 

En política exterior Rusia ha sabido aprovechar los desconciertos y las crisis de Occidente, pero sus apuestas exitosas, como la de impedir un cambio de régimen en Siria, fueron arriesgadas. Hoy la suma de recesión y de un descalabro exterior, posible si, por ejemplo, Washington y sus aliados deciden volver a sangrar a Siria, es una amenaza fatal para la estabilidad interna.

Estabilidad o legitimación electoral

El cinturón de seguridad es igual de necesario que en China, pero en Pekín no tienen el problema de la “democracia de imitación” que caracteriza a Rusia. Hay democracias con elecciones, alternancia y división de poderes de baja intensidad (por la contradicción básica entre democracia y capitalismo). Hay democracias de imitación que escenifican en cartón piedra los ritos del voto y la división de poderes pero que están cerradas a la alternancia en el poder, y hay otros regímenes sin ninguno de esos ritos que juegan en otra liga. Lo nuestro es lo primero, lo de los rusos lo segundo y lo de los chinos es la otra liga. El cinturón de seguridad chino, el refuerzo de la autoridad del líder, no funciona en Rusia porque ese país no es Asia, sino Europa complicada por Asia. La sociedad rusa aspira a una democracia europea –precisamente por eso el régimen la imita– y no a jugar en otra liga.

Aquí es donde incide el problema de la reproducción del sistema autocrático heredado de Yeltsin en Rusia: hay una contradicción aparentemente irresoluble entre la estabilidad del sistema autocrático y su legitimación por vía electoral. La mera cercanía de elecciones presidenciales (2024) en las que el actual presidente no podía presentarse por imperativo constitucional era una fuente de inestabilidad. El retiro con fecha del jefe pone en marcha toda una panoplia de inestabilidades, desde revoluciones de colores con apoyos extranjeros, hasta conspiraciones en el seno de la élite para hacerse con el trono, pasando por una mezcla de ambas cosas. La combinación de eso con el agravamiento de la presión occidental y la merma de recursos económicos enciende todas las luces rojas a un régimen que, como todos, aspira a sobrevivir. 

Tal fue el sentido de la reforma constitucional cocinada y aprobada en marzo. El plebiscito la ha refrendado en julio por un amplio margen del 76% contra el 22% (con una participación del 64%), seguramente menos por amor al líder, cuyo prestigio ha caído considerablemente, que por falta de una alternativa clara que garantice la estabilidad e impida el caos. La oposición a Putin, incluida toda la disciplinada narrativa occidental, estima que las enmiendas a la Constitución son irrelevantes, no así la posibilidad de que Putin pueda participar en las elecciones de 2024 y ser reelegido hasta 2036. Lo que no se dice es que Putin ha afirmado en diversas ocasiones que no está seguro de volverse a presentar. Lo que es seguro es que si el presidente anunciara que no se presenta, su debilidad sería inmediata y las maniobras para sucederle peligrosas. Las propias características del sistema autocrático y su democracia de imitación condenan a Putin a mantener la incógnita de su eternización en el poder y a dejar abierta la puerta de su reelección. Pero ¿qué pasa en la sociedad? 

¿De la prudencia sin entusiasmo al descontento general?

El voto a favor en el plebiscito parece tener que ver con una prudente expectativa sin entusiasmo para que las cosas no vayan a peor: conservar los estándares sociales, resguardar la soberanía del país frente a las injerencias extranjeras y el caos que las “revoluciones de colores” han generado en otros países (Ucrania está allí al lado). También con el hecho de que no hay otra personalidad convincente a la vista. La mayoritaria impresión de que la oposición liberal (occidentalista) sería peor que Putin, como Yeltsin lo fue en su día, parece bien arraigada. Las características de los personajes “alternativos” liberal-patrióticos, tipo Aleksei Navalny, demagogos de diverso pelaje y sufridos y valientes disidentes, no son para celebrar, y a la oposición de izquierdas le falta, quizá, una generación para crecerse. En cualquier caso, el régimen los elimina a unos y a otros, bien comprándolos, bien asustando y castigando. ¿Es eso una receta de futuro?

La mayoritaria impresión de que la oposición liberal (occidentalista) sería peor que Putin, como Yeltsin lo fue en su día, parece bien arraigada

La oposición está convencida del propósito de eternizar a Putin. También lo está de la falsificación de los resultados del plebiscito. Lo que cuenta para el futuro no es tanto esa posible falsificación, sino que la parte más “informada” y políticamente activa de la sociedad así lo crea. Ese es uno de los precios que la autocracia paga por su imperio: a tal poder, tal oposición. La ausencia de canales institucionales condena a la oposición al contubernio y la revuelta. El maltrato suscita deseos de revancha. La total ausencia de responsabilidades políticas con la que la autocracia condena a la oposición, elimina en esta todo sentido de Estado. El cinturón de seguridad que Putin se ha puesto con el plebiscito incrementa todas esas tendencias. 

Con toda su ambigüedad, la victoria plebiscitaria deja un sabor de fraude. El pasado sábado 25 de julio en Jabarovsk --en el este del país, casi en la frontera con China-- decenas de miles de ciudadanos salieron a la calle a protestar por la incriminación de un gobernador popular. Los medios de comunicación oficiales hablaron de 6.500 manifestantes cuando eran muchos más. En el extremo Oriente la situación está revuelta. En ese contexto llama la atención el nuevo artículo 67 de la enmendada Constitución. Contempla la creación de “territorios federales”, una fórmula que permitiría suprimir los órganos representativos locales en una zona (conflictiva) concreta y sustituirlos por una gobernanza directa desde el Kremlin. El sistema no parece dejar espacio a la reforma y la evolución de toda una generación que necesita Rusia. Solo se prepara para utilizar el garrote. ¿Se enredará el Kremlin en su cinturón de seguridad? En cualquier caso, la estabilidad interna de una potencia cuyo papel internacional de contrapeso del hegemonismo es fundamental importa a todo el mundo.

Autor >

Rafael Poch

Rafael Poch-de-Feliu (Barcelona) fue corresponsal de La Vanguardia en Moscú, Pekín y Berlín. Autor de varios libros; sobre el fin de la URSS, sobre la Rusia de Putin, sobre China, y un ensayo colectivo sobre la Alemania  de la eurocrisis.

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