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DECAMERÓN LXI

Jornada u (x+y): Hamilton, Jefferson, Jakobson y Luis Candelas

La diferencia entre Cat y MAD es la astucia. MAD confía en la legalidad. Es decir, en que no te pillen. Lo que requiere cierta inteligencia y dinámica. La apuesta Cat es igualmente salvaje, pero se sustenta solo en el lenguaje

Guillem Martínez 26/07/2020

<p>Monumento a las víctimas Covid en MAD, esa clase política adelantada a su tiempo.</p>

Monumento a las víctimas Covid en MAD, esa clase política adelantada a su tiempo.

G.M.

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1- Todo el mundo habla del momento hamiltoniano europeo, una propuesta para describir lo que está pasando en Europa. Se trata, por lo que veo, de una propuesta descriptiva alemana, emitida para intelectualizar y describir la época. En este articulete, de hecho, les hablaré de Hamilton. Y, aluego, de otros brotes víricos descontrolados. Posteriormente, de crispación y lenguaje de la ultraderecha. Es decir de lingüística. A tal efecto, en CTXT hemos currado toda la noche, tomando como posesos kopi luwak, para ofrecerles un par de diagramas que lo explican todo. Uno, ya lo verán, es el modelo de lenguaje de Jakobson, el lenguaje funcional, y el otro su perversión, o modelo de lenguaje de la ultraderecha de Martínez, que ilustra el pitote lingüístico en el que hace años que navegamos, y que ahora se pretende utilizar para paliar una pandemia. Lo que, en otro planeta, sería para troncharse. No se lo pierdan que hoy tiro la casa por la ventana. Incluso mi hijo y yo hemos ido, no les digo más, a la prestigiosa Sastrería Cornejo, MAD, donde hemos alquilado sendos disfraces de Jefferson y Hamilton, para hacerles una presentación más lúcida, épica y clarinete de los personajes. Vamos que nos vamos. ¿Vivimos un momento hamiltoniano en Europa?

El Gobierno ha ofrecido a Aragón y Cat la posibilidad de declarar, vía parlamento –no hay otro modo, claro–, una suerte de micro-estados de alarma localizados

2- Hamilton y Jefferson, sus roces, explican el momento fundacional de los USA, en los que dejan de ser una confederación precaria –sin moneda unificada, sin deuda mutualizada– y pasan a ser una federación, a través de una Constitución muy sexy, sin precedentes ni epígonos, y a la que, para poder ser aprobada por los Jeffersons, se la dotó de 10 enmiendas cachas sobre derechos y libertades –las escribió Madison, amigote de Jefferson–. Son dos modelos de Estado –el Estado fuerte y a su bola, sumamente informal, con secretos y misterios, y el Estado tratado como una bestia peligrosa, a delimitar constitucionalmente y con menos derechos que la sociedad, que los posee todos–. El punto de partida de Hamilton era algo parecido a la monarquía. Un gobierno electo, pero de por vida. Derrotado, Hamilton apostó por el federalismo. Por modularlo. Es el autor –junto a Jay y, otra vez, Madison– de The Federalist Papers, textos fundamentales del federalismo, que lo interpretan y que hoy son doctrina constitucional USA. Hamilton es el que más artículos escribe en ese corpus, pero el que menos doctrina y calor aporta. Al final del redactado de estos artículos, Hamilton se separa definitivamente de los demócratas-federales –el partido fundado por Jefferson y Madison–. Junto a Washington, trabaja por algo que nadie espera en el federalismo. Todo lo contrario. Un gobierno federal fuerte, que se inmiscuya en los estados. Y con un ejército fuerte, una moneda fuerte, un banco fuerte, y una deuda unificada –fue fácil convencer de ese aspecto federal a Jefferson y a Madison; bastó, tras muchos recelos, una reunión con Hamilton en Nueva York–, no todo ello permitido en la lectura restrictiva de derechos –gubernamentales– de los demócratas-federales. Parte del legado de Hamilton –el financiero, fundamentalmente– se lo pelaron, momentáneamente, los ya presidentes Jefferson y Madison. El gobierno fuerte, el ejército fuerte, la moneda fuerte –dos de las tres obsesiones de las repúblicas sudamericanas, que impidieron su democracia–, no. Hamilton es el fin de la utopía de la revolución americana, su convencionalización, la preeminencia del Estado sobre la sociedad. La discusión Hamilton-Jefferson atraviesa, por todo ello, toda la historia de los USA. Jefferson son los personajes de John Ford, y Hamilton son los chupatintas de West Point de John Ford. Jefferson es la cultura libertaria a la que puede acogerse Chomsky. Pero también, glups, a la que se acoge el Tea Party. Es el estado federado chuleando al gobierno federal. Es el choque de poderes explícito, que facilita los derechos. Es la defensa del individuo y el colectivo frente al Estado. Es Sanders, supongo. Hamilton, a su vez, es la informalidad frente a la ley, incluso en el ámbito financiero. Es el interés nacional. Por lo mismo es una mezcla de los Clinton, Kissinger, Nixon, Reagan, Trump. Es el gobierno fuerte, no muy preocupado por sus límites, y poco transparente. ¿Momento hamiltoniano en Europa, esa opacidad? Desde luego no es un momento jeffersoniano.

3- Virus. Casi tres de centenares de brotes. Lo que no tiene por qué ser preocupante. Lo que es preocupante es su gestión. A partir de la opacidad hamiltoniana. Brilla en su esplendor el brote aragonés y el cat. Y brilla, por su ausencia, la ausencia oficial de gravedad en la CAM, comunidad que comparte cultura del chollo y de lo público similar a la de Cat, ese punto del planeta en el que las estadísticas parecen coincidir con las tres últimas cifras del sorteo de la ONCE. En MAD, por cierto, se han pelado más de un millón de euros en un microconcordato, que permite, por fin, el auxilio espiritual en los hospitales a presentes y futuros afectados de covid que lo necesiten. Sin duda se debe a un equívoco, si imaginamos a Ayuso, en modo jeffersoniano, diciendo a su secre que invierta un millón en una cura, y al secre, hamiltoniano, anotando: “Un millón en curas".

4- Del desastre cat se ha hecho eco The Financial Times. Explica la confianza –descartada progresivamente por la ciencia desde marzo– en que el virus fuera estacional, el uso de la propaganda como primer auxilio, y la absoluta incapacidad de los políticos hamiltonianos, más preocupados en los negocios –Ferrovial, rescate de las privadas, pero también por el negocio de seguir existiendo en plena pandemia, sin enterarse de qué va una pandemia, y sin encontrarse el culo con ambas manos–. Sobre la incapacidad: la semana pasada se ocupó el cargo técnico vacante desde mayo para controlar la pandemia. Lo detenta un alto cargo, que hace doblete. Es decir, no había nadie dispuesto. Los sanitarios valoran el nuevo fichaje, que ya estaba fichado. No es el caso de Casandra –piticlín-piticlín–. “Es uno de ellos. Hará política”. La Gene, hamiltoniana, se enfrenta a los ajuntaments, jeffersonianos, desplegando autoridad antes que liderazgo, esa cosa a la que se accede pactando sentido común y medidas no contradictorias. En la gestión de la crisis, sustentada en el lenguaje –es decir, en su perversión; no se pierdan el punto 10–, parece que la Gene apuesta por la doctrina Riau-riau –“que no salga naide / que no ande con bromas / que es muy mal ganau–. Sin la competencia adecuada para hacerlo. Lo que pondría como una moto a Jefferson. Es decir, de manera informal y exponiéndose a demandas por parte de los colectivos invitados al cierre sin ninguna contrapartida.

5- El Gobierno –en esto está en modo jeffersoniano: respeta el mapa de competencias autonómicas– ha ofrecido a Aragón y Cat la posibilidad de declarar, vía parlamento –no hay otro modo, claro–, una suerte de micro-estados de alarma localizados. Puede ser que Aragón lo solicite. Cat no puede. No se pierdan el punto 10. Tampoco puede –otra vez el punto 10– aceptar los rastreadores que está formando el Ejército, y que serán necesarios, a falta de otros, en un Estado con 10 veces menos rastreadores de los necesarios.

6- Resulta difícil explicar la situación, sin datos fiables. Quizás esa es la función de que no haya datos fiables, suponiendo que no los haya por pura incompetencia. La ausencia de datos es mayor, en todo el mundo mundial, conforme nos acercamos al patrón extrema-derecha-neolib. Lo que explica una escuela. La metáfora: UK, donde esta semana se han empezado a no contabilizar las muertes. Debido, por supuesto, a un cambio de patrón estadístico que bla-bla-bla. En todo caso ahí van datos oficiales: Alemania, a tutiplén de brotes –como Francia–, pero con rastreadores, con planificación e información, está valorando proclamar, oficialmente, el advenimiento de la segunda ola. No se asusten. Si sucede, nos pilla con experiencia, con mayor conocimiento, y con posibilidades de no estresar el sistema sanitario, como en marzo. Y, en Esp, con unos sanitarios agotados, debido a la incapacidad de algunas CC.AA. que no han dado un palo al agua –caso Cat que, como en MAD, ha optado por suplir las molestias creadas a los sanitarios, debidas a la incompetencia institucional, a través de una paga extra y puntual; que en Cat no se ha llegado a pagar, lo que tiene guasa– o que, incluso, han despedido a personal –MAD–. Los brotes, la capacidad para trazarlos y organizarlos, han supuesto, por cierto, la intensificación de la crisis económica, a través de la entrada de Esp –o incluso del trade-mark cat, que tiene mérito– en el listados de países de los que se vuelve con cuarentena, lo que dificultará el monocultivo del turismo.

Los brotes han supuesto la intensificación de la crisis económica, a través de la entrada de Esp en el listados de países de los que se vuelve con cuarentena

7- La diferencia entre Cat y MAD –en esta pandemia, pero también antes y después– es la astucia. MAD confía en la legalidad. Es decir, en que no te pillen. Lo que requiere cierta inteligencia y dinámica, avalada por años. La metáfora: la presencia de sospechas llamativas, pero la ausencia de cargos –hasta ahora; esta semana, por cierto, ha aparecido un nuevo caso con posibles pruebas– en la figura de Esperanza Aguirre, santa patrona del Gremio de Usuarios de Hamilton. Mientras que la apuesta Cat es igualmente salvaje, pero se sustenta solo en el lenguaje. Lo que requiere una violencia mayor, confiriéndole mayor debilidad.

8- Apuesta por el lenguaje en Cat. Esta semana en Cat se han vivido muchos frentes. Demasiados. A) El TS se ha interpuesto en la concesión de accesos fuera de la cárcel de los presos del procés. B) Ha finalizado la vista en el TSJC a los miembros de la Mesa –todos, menos Forcadell, lo que explica el carácter forzado y al límite del decoro del juicio en el TS; curiosidad: como en esta ocasión los cargos eran menores, de inhabilitación, los acusados optaron más por la épica del lenguaje–. La C) guerra electoral a muerte entre Junqueras y Puigde. D) Los cargos de fraude, malversación y prevaricación a los que se enfrenta la dipu de JxC Laura Borràs –más cercanos a hacerle un puente a un Seat 1430, que al Nobel de la paz; pese a ello, los medios procesistas no la presentan como el Lute, sino como a un Martín El-Lute King–. Y, por lo observado en los medios públicos y concertados, algo mucho menos grave, E) Una pandemia del carajo de una vela. Pues bien, todo ello ha sido resuelto, está siendo resuelto, con el uso del lenguaje.

9- Es decir, por un uso absolutamente creativo, si pensamos en el diagrama de Jakobson, que en los años 50 creó este esquema:

10- El gráfico de Jakobson explica el funcionamiento de la comunicación. Explica cómo se transmite un mensaje. Por ejemplo, una idea. Sucede miles de veces a lo largo de un día. Muchas más, incluso, pues gracias a ese esquema revolucionario se puede entender que un dólar –la moneda creada por Hamilton– es un mensaje que un emisor transfiere a un receptor. Las nuevas extremas derechas –Trump, Erdogán, Orbán, Johnson, el procesismo, Vox; el PP no puede hacer esta apuesta, o no hacerla siempre, que es de lo que se trata, pues al staff del PP le llega el aliento en la nuca de otro lenguaje, emitido por Feijóo– son una perversión de ese esquema. Lo que impide el lenguaje, la transmisión y negociación de ideas, pero no la comunicación. De una sola idea. Ahí va el esquema que lo explica.

11- Parece una tontería. Pero este gráfico explica la apuesta por el lenguaje de las nuevas derechas. Hasta convertirlo en majara. Hasta que el receptor o emisor solo lo sean de un solo mensaje. Hasta que todo y todos sean símbolos de ese mensaje. Hasta que todos sean especialistas –aventajados, profesionales– en detectar ese mensaje en todas las fases y componentes y factores del lenguaje.

12- Ese mensaje es el agravio. Es, por tanto, un sentimiento. En Cat, por ejemplo, no se argumenta contra la monarquía, o se plantean derechos, o se asiste a polémicas políticas. Se reduce todo ello a sentimentalización del agravio. Ese es el sello de la ultraderecha planetaria. En Cat puede ser un agravio contra el territorio, un abuso antidemocrático, que se sufre en silencio. En Esp puede ser un agravio contra el territorio o la Constitución, un abuso antidemocrático, que se sufre en silencio. En ambos topos, se trata de dramas de blancos en el Primer Mundo. Zzzzzzz.

13- El esquema 2, o esquema Martínez, explica que el diálogo con los agraviados es imposible. Es imposible, incluso, entre ellos. Es imposible, incluso, para acometer una pandemia. Solo puedes participar del esquema compartiendo, como emisor, como receptor, un solo mensaje imposible de matizar. El esquema no sirve para hablar de derechos, para hablar de la monarquía, o para dibujar republicanismo. Ni para hablar sobre nada. De hecho impide hablar. Solo posibilita verte identificado como enemigo o cómplice. Ser mensaje.

14- Quizás por todo ello en Cat la Gene no vive como un drama su gestión de la pandemia. Creen –espero que no sea así, pero no tengo ninguna garantía– que podrán someterlo a ese esquema. Sentimentalizarlo hasta que sea, alehop, otra región del agravio. Quizás por ello la CAM no se despeina con la gestión de la crisis. Siempre podrá recurrir al esquema, si fallan los mangoneos informales/hamiltonianos.

15- Y ya que he hecho ese esquema, ahí van dos meditaciones, para amortizarlo. Una es acerca de a) las izquierdas cat jeffersonianas, si las hubiere. No se metan en ese esquema. No utilicen el lenguaje propuesto. Renuncien a ser un mensaje que no dominan. Como, snif, han hecho hasta ahora, y más en 2017. Si la plurinacionalidad y el federalismo son los objetivos jeffersonianos, recurran al gráfico 1, y sean beligerantes con la locura del gráfico 2 y sus emisores. No compartan su vocabulario. O morirán. Hablen, comuniquen, combatan el gráfico 2/la extrema derecha. No se metan en un esquema propagandístico que no les pertenece, y desde el que no podrán emitir nada, salvo agravio. Otra meditación es acerca de b) las izquierdas esp jeffersonianas, si las hubiere. No se metan en ese esquema. No apuesten por el agravio o la emoción por encima de la realidad. No apuesten por la guerra cultural. Apuesten por la realidad. Utilicen el esquema 1, el de Jakobson. No apuesten por el gráfico 2. La derecha lo hará siempre mucho mejor y más rápido durante el siglo XXI, aunque tanto mensaje único y crispación les lleve a agredir a alguien que viaje en un coche, por ejemplo.

16- Nos quedan tan bien las pelucas de Hamilton y de Jefferson que hemos decidido devolverlas la semana que viene.

Autor >

Guillem Martínez

Es autor de 'CT o la cultura de la Transición. Crítica a 35 años de cultura española' (Debolsillo), de '57 días en Piolín' de la colección Contextos (CTXT/Lengua de Trapo) y de 'Caja de brujas', de la misma colección.

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