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Héroes

Lucio, el último expropiador

El albañil anarquista navarro desafió a gobiernos y bancos con un sofisticado sistema de falsificaciones a gran escala del que se valieron grupos antifranquistas y organizaciones políticas de medio mundo

César G. Calero 22/07/2020

<p>Lucio Urtubia.</p>

Lucio Urtubia.

Editorial Txalaparta

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Con la semblanza que le dedicara Eric Hobsbawm a Francisco Sabaté en su celebrado ensayo Bandidos, el legendario resistente antifranquista entraba en el panteón del bandolerismo social, un fenómeno universal basado en el mito del buen ladrón y en el que se agrupan experiencias tan diversas como las de los cangaceiros de Brasil, los dacoits de India, los forajidos del lejano Oeste americano o los expropiadores anarquistas ibéricos. Fue Sabaté quien en 1957, cuando ya era considerado el enemigo público número uno de la dictadura franquista, ejercería una influencia decisiva en la vida de Lucio Urtubia, el albañil navarro que años más tarde desafiaría al mayor banco del mundo, el First National City Bank, al falsificar miles de cheques de viaje de esa entidad. Bandido sin ánimo de lucro, rara avis de la militancia política y enemigo de las armas, este Robin Hood moderno dedicó su vida a luchar contra las dictaduras y el sistema capitalista. Personaje hobsbawmniano hasta la médula, Urtubia murió el pasado 18 de julio, el mismo día en que falleció Juan Marsé, el escritor que recreó las desventuras de todos aquellos sabatés que pululaban, como espectros de la derrota, en la Barcelona de la posguerra. Pero Lucio, a diferencia de ellos, casi siempre le ganó la partida al establishment.

Lucio no descansaba nunca. La revolución le demandaba noches en vela pero el trabajo de día era fundamental para pasar desapercibido ante la policía

Es precisamente ese detalle –haberse salido con la suya pese a enfrentarse a poderosos  gobiernos, banqueros jueces y policías– el que otorga a Lucio un halo especial que lo despoja de toda la épica asociada a los héroes populares con final abrupto y lo convierte en un antihéroe singular y cercano. Si repasamos la trayectoria de los personajes de ese Sherwood insurrecto que exploraron Hobsbawm y otros historiadores sociales, nos encontraremos en la mayoría de los casos con finales trágicos y, en ocasiones, truculentos. El propio Quico Sabaté, a quien Hobsbawm encuadra en el “cuasi bandidismo” de los expropiadores, murió acribillado en las calles de Sant Celoni en enero de 1960 después de haber escapado a un gigantesco cerco policial en el Pirineo oriental. No hay casi registros de algún Robin de los Bosques que haya muerto en la cama. De finales agónicos, sin embargo, los ejemplos abundan. Ahí están los casos del bandolero andaluz Diego Corriente, el francés Gaspard de Besse, o el más fiero de los bandidos de los Cárpatos de finales del siglo XVII, Juraj Jánošík.

A Lucio, albañil de profesión, lo acompañó casi siempre la fortuna y un peculiar talento para atraerse hasta a sus potenciales adversarios. “Lucio representa todo lo que yo hubiera querido ser”, confesó el magistrado francés Louis Joinet, quien con el tiempo llegaría a ser consejero de cinco primeros ministros de François Mitterrand e invitaría al expropiador a cenar en el Palacio del Elíseo. En el prólogo de una de las autobiografías de Lucio, La revolución por el tejado (Txalaparta), Francisco Rodríguez de Lecea (traductor de una biografía francesa de  Urtubia) relaciona las palabras del juez con el deseo de libertad, entendida esta como la autogestión de la propia vida. Una libertad interior, eso sí, en riesgo continuo para un hombre que atracó bancos, falsificó cheques y pasaportes, pisó la cárcel y vivió, al menos, dos vidas paralelas: la del albañil laborioso y la del militante clandestino. Una vida barojiana, en palabras de Rodríguez de Lecea, plena de aventuras.

Lucio Urtubia (Cascante, 1931) llegó a París a mediados de los años cincuenta con un profundo sentimiento antifranquista pero sin una definición ideológica clara. Se pensaba comunista hasta que se topó con varios obreros anarquistas que le vieron en el ADN el sello rojinegro. Y no se confundieron. Lucio no tardó en afiliarse a las Juventudes Libertarias, la única organización política a la que estuvo adscrito en toda su vida. Pese a moverse en su misma órbita, nunca pidió el carné en la CNT. Un día de 1957 recaló en su domicilio parisino Quico Sabaté, convertido ya entonces en una leyenda viva de la resistencia libertaria. El hombre más buscado por la Brigada Político-Social se quedaría varios meses refugiado en el pequeño piso de Urtubia en Clichy. “Nano, lo que hace falta es gente que pase a la acción”, le solía decir Sabaté a un inexperto Lucio mientras preparaba la cena. La vida de Urtubia, desde entonces, sería pura acción. El guerrillero de L’Hospitalet tenía asuntos pendientes con la justicia francesa y negoció una entrega temporal a condición de no ser extraditado a España, donde le aguardaba el garrote vil. Su abogado era el veterano Henry Torrès, que ya había defendido 30 años antes a Durruti y sus compañeros por el intento de asesinato de Alfonso XIII en París. Lucio asiste perplejo al encuentro con Torrès y se siente protagonista de la historia. Aprenderá ahí la importancia de rodearse de buenos abogados y en el futuro le defenderá Roland Dumas, que llegaría a ser ministro socialista de Asuntos Exteriores a mediados de los ochenta. Antes de partir, Sabaté le deja a recaudo su objeto más preciado, una ametralladora Thompson (por si los franceses no cumplen su parte del trato y es necesario llevar a cabo una acción relámpago para rescatarlo).

Bajo el influjo del Quico, Lucio no tardaría en realizar sus primeras expropiaciones. Lo más importante, según su mentor, era no perder los nervios en los primeros segundos. Pero Sabaté era un hombre de hierro, fogueado en mil batallas. Y al solador de pueblo las armas le quemaban en las manos. Muchos años más tarde no tendría reparos en confesar que se orinaba en los pantalones en cada atraco. Su temor era que alguien muriera. Empuñar una ametralladora no era lo suyo. Desde los tiempos de Los Errantes (el grupo de Durruti, Ascaso y compañía que llevó el palo revolucionario a tierras latinoamericanas con éxito dispar), los expropiadores anarquistas se expusieron siempre al enfrentamiento armado, matando y muriendo en el intento. Lucio estaba dispuesto a pasar a la acción y a reivindicar la expropiación como método de lucha contra el sistema.  Participó en varios atracos para financiar la causa antifranquista, pero un día cayó en la cuenta de que podía ser más útil con otro tipo de armas: una imprenta y su inagotable imaginación para planear falsificaciones. No fue el primer libertario al que se le ocurrió la idea de desestabilizar al sistema con tinta y paciencia. A finales del siglo XIX, Tomás González Morago –quien pasa por ser uno de los primeros anarquistas ibéricos (promotor de la visita evangélica del revolucionario italiano Giuseppe Fanelli a territorio español en 1868)– también se valió entonces de su trabajo de grabador en la Casa de la Moneda para falsificar billetes. Si el atraco debía entenderse, en palabras de Sabaté, como una suerte de representación teatral, la falsificación suponía la sublimación del robo como una de las bellas artes. Imprimir dólares, para Lucio, era un juego de niños, una tarea sin demasiada dificultad para un equipo de profesionales como el que llegó a conformar. Ni el propio Lucio supo explicar nunca cómo afloraban las ideas a su mente, de qué manera alguien sin muchos estudios, “un muerto de hambre”, como solía presentarse ante jueces y abogados, pudo pergeñar esos planes subversivos a gran escala. 

Dólares para el Che

¿Inundar el mundo de billetes verdes para devaluar el dólar y dañar así la economía estadounidense? ¡Qué idea alocada!, piensa Ernesto Guevara cuando el albañil navarro se la cuenta en el aeropuerto de Orly en 1962. Lucio se sentía atraído en los primeros años sesenta por la joven revolución cubana e imaginó una gigantesca imprenta clandestina entre manglares y palmas reales. Había conseguido la entrevista con el comandante por mediación de la embajadora cubana. Le entregó algunos billetes de muestra pero el Che no se mostró muy receptivo y Lucio salió de la reunión decepcionado con el guerrillero. Poco tiempo después, los cubanos le transmitieron su rechazo oficial a la propuesta. Urtubia no se desanimó. Siguió a lo suyo. En el tumultuoso París de los años sesenta no le fue difícil encontrar colaboradores comprometidos con la causa antifranquista. Poco a poco fue rodeándose de un selecto grupo de expertos impresores y acondicionando los talleres con materiales prestados de las obras en las que trabajaba. Lucio no descansaba nunca. La revolución le demandaba noches en vela pero el trabajo de día era fundamental para pasar desapercibido ante la policía, la coartada perfecta que mantuvo a lo largo de toda su vida. Los equipos coordinados por Lucio imprimían octavillas y panfletos políticos y falsificaban pasaportes, carnés de identidad y hasta nóminas y cheques de empresa para el cobro de salarios ficticios. El engranaje funcionaba como un reloj y daba cobertura a organizaciones armadas de varios países europeos y sudamericanos (miembros de la resistencia antifranquista, las Brigadas Rojas, Acción Directa, Tupamaros, Montoneros…). Todos tenían en sus papeles la marca de agua del anarquista navarro. Lucio se jactaba de su poder: “Nosotros suplantábamos al Estado”. Pero nunca olvidaba sus orígenes: “Mi suerte fue nacer pobre, porque no tuve que hacer ningún esfuerzo para perderle el respeto a los poderes, al Estado, la Iglesia...”. 

Nunca olvidaba sus orígenes: “Mi suerte fue nacer pobre, porque no tuve que hacer ningún esfuerzo para perderle el respeto a los poderes, al Estado, la Iglesia...” 

La justicia francesa le involucró en 1974 en el secuestro del director del Banco Bilbao en París, Ángel Baltasar Suárez, obra del GARI (Grupos de Acción Revolucionaria Internacionalista) en respuesta a la ejecución en España del joven anarquista Salvador Puig Antich. Lucio y su mujer, Anne Garnier (una izquierdista de familia burguesa a quien había conocido en el mayo del 68 francés), fueron detenidos por su presunta participación en el secuestro, que se saldó con la liberación de Suárez y la detención de parte de los activistas. Lucio y Anne siempre negaron cualquier responsabilidad en los hechos. Quedaron en libertad y fueron juzgados en 1981, cuando ya se había promulgado una ley de amnistía en España y en Francia no querían saber nada de las cuentas pendientes del franquismo. Ambos fueron absueltos. Al albañil de Cascante le volvía a sonreír la suerte. 

El gran golpe

La idea de falsificar dólares siempre rondaba por la cabeza de Lucio, pero la condena de 20 años que conllevaba le disuadió de seguir por ese camino. Alguien le sugirió entonces que orientara su vena artística hacia los cheques de viaje, mucho menos lesivos en términos penitenciarios: solo cinco años a la sombra en caso de que se descubriera el entuerto. A finales de los años setenta, Lucio, que para entonces ya contaba con clientes en medio mundo, se dispuso a dar el golpe de su vida, una expropiación mayúscula, planetaria, en la que llegarían a participar 30 equipos distribuidos en varios países: la falsificación de cheques de viajes del First National City Bank (Citibank). Cuando las planchas de impresión estuvieron preparadas, y tras muchos ensayos previos, Lucio encargó la compra de talonarios bajo identidades falsas para poder duplicarlos en su taller. Llegaría a imprimir 8.000 hojas de 25 cheques cada una: unos 20 millones de dólares. Los equipos comenzaron a actuar. Formados por parejas y perfectamente compenetrados entre sí, entregaron los travellers checks en sucursales bancarias de varias ciudades europeas a cambio de dólares. El mismo día y a la misma hora. Los beneficios se dividían en tres partes: una para el grupo ejecutor, otra para la causa (compra de material, etc.) y una última parte para las familias de los presos y el pago de  abogados. “Es un honor robarle a un banco”, piensa Lucio en voz alta. 

El Citibank descubrió el fraude demasiado tarde. Había perdido millones de dólares y buena parte de su credibilidad ante sus clientes. Necesitaba frenar la sangría. La policía francesa se esmeró y poco a poco fue tirando del hilo hasta que dio con Lucio, atrapado en una treta urdida por un confidente. Lo detuvieron en julio de 1980 con un maletín lleno de cheques en el café Les Deux Magots de París. Un supuesto comprador le había ofrecido al albañil la compra de cheques al por mayor por el 30% de su valor. Una venta millonaria que eliminaba riesgos innecesarios. Lucio cayó en la trampa. Al ser detenido, negó todas las acusaciones.

Las planchas de impresión no aparecían por ningún lado. Y los cheques falsos seguían intercambiándose. Cuando se celebró el juicio, Lucio logró a través de su abogado que el influyente magistrado Joinet mediara con los directivos del banco para que se alcanzara un acuerdo entre las partes. Al Citibank le interesaba cerrar el episodio cuanto antes. Las falsificaciones eran, a juicio de los técnicos del banco, “de excelente calidad”, las mejores detectadas hasta entonces, obra de “un profesional de la imprenta”. A puerta cerrada se produjo una de las escenas que en más ocasiones relatara Lucio: la surrealista negociación con el equipo jurídico del Citibank. Tras un primer intercambio de improperios, los abogados de la entidad escucharon asombrados las exigencias del expropiador. A cambio de la entrega de las planchas, las películas y los cheques sobrantes, el falsificador les pedía la retirada de los cargos y una jugosa “indemnización”. Uno de los abogados de Lucio, Thierry Fagart, fue el encargado de realizar el canje en un hotel de los Campos Elíseos. Depositó un bolso con las planchas y los cheques y se llevó a cambio un maletín con varios millones de francos franceses. A Lucio le cayó una pena menor: doce meses de prisión de los que ya había cumplido la mitad. Había pasado pocas noches a la sombra durante su dilatada vida de expropiador. Una minucia comparada con los suplicios que sufrieron muchos de sus compañeros, torturados en cárceles franquistas, fusilados en cualquier tapia, encarcelados durante largos años… 

Ni siquiera llegó a tener cuentas pendientes en su tierra, pese a haberse dedicado al contrabando y haber desertado en 1954 cuando cumplía el servicio militar y se descubrió su implicación en el robo de prendas del que, por otra parte, participaban también los oficiales. Aunque nunca lo denunciaron, el joven Lucio no estaba dispuesto a regresar. Había cruzado la frontera con dirección a París, donde vivía una hermana suya. La ciudad  le fascinó desde el primer día. Allí echaría raíces, se casaría y tendría una hija. Retirado de las actividades ilícitas, en los años ochenta impulsó la creación de una cooperativa de la construcción. En 1996 adquirió una vieja casona en el barrio parisino de Belleville y la transformó en un lugar para vivir y socializar: el espacio cultural Louise Michel (en homenaje a la heroína de la Comuna de París). En el frontispicio de la casa puede leerse: “Les temps de cerises (el tiempo de cerezas)”, la emblemática canción de la Comuna.  

En la biografía Lucio, el anarquista irreductible (Ediciones B), Bernard Thomas relata que el albañil ácrata accedió a contarle su vida cuando se enteró de que había escrito con antelación un libro sobre otro expropiador de renombre, Marius Jacob, cabeza visible de los Trabajadores de la Noche, aquellos bandoleros sin pólvora de los albores del siglo XX, arrebatados justicieros que se mataban de risa con sus disfraces de curas y militares. Jacob se suicidaría en 1954. De ese mismo molde transgresor, libertario e irreverente  estaba hecho Lucio Urtubia, el último expropiador. 

Autor >

César G. Calero

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