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SÍMBOLOS Y TESTOSTERONA

Una tarde en el Monte Rushmore: semiótica reaccionaria y el nuevo ‘miedo a los rojos’

No siempre se ganan las batallas, y menos las culturales, pero de todas se sale con el campo de batalla modificado

Ignasi Gozalo-Salellas 14/07/2020

<p>Donald Trump durante su visita al Monte Rushmore (Dakota del Sur).</p>

Donald Trump durante su visita al Monte Rushmore (Dakota del Sur).

The White House

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Suenan de nuevo notas de la guerra cultural en ‘America’. Y con ellas, arranca la campaña presidencial más dura en Estados Unidos en mucho tiempo, una carrera agónica hacia la reelección presidencial o hacia el equilibro social. En boca de Trump, y ante el Mount Rushmore (Dakota del Sur), la guerra cultural significa algo bien simple: división. Es viernes 3 de julio, víspera de la celebración de la independencia de la nación. En el imaginario colectivo es un día de grandes verbenas y fuegos artificiales; un día de celebración nacional y de hermandad entre diferentes. Este año, sin embargo, la concordia se presenta inviable. El Dr. Fauci y los responsables sanitarios de la administración recomiendan prudencia ante el riesgo de una infección masiva. El contexto de revuelta social lo hace aún más difícil: la nación es consciente, hoy más que nunca, que el monte donde se erigen las efigies de los cuatro presidentes que encarnan los momentos más ‘relevantes’ de la nación –Jefferson, Washington, Roosevelt, Lincoln– es resultado del expolio a los americanos nativos de la zona, los sioux.

Trump lanzará delante del monte un discurso inflamatorio sin otra pretensión que la de dividir al país. No es ni tan siquiera la apropiación representativa de su cargo presidencial, ni la potencial audiencia a quien convoca, lo más repugnante. Lo es hacer el discurso de la división desde el monte de los indígenas, de los no blancos, de los primeros maltratados por aquellos líderes blancos que hoy, en su peor versión, encarna Trump. Lo es atravesar el camino hasta el estrado sin inmutarse lo más mínimo ante los colectivos nativos que le recuerdan: “nos robásteis las tierras y nos lo recuerdan cada día cuatro estatuas de 18 metros”. De los cuatro presidentes, todos hombres y blancos, afortunadamente solo dos de ellos tuvieron esclavos en propiedad.

Trump actúa irresponsable pero conscientemente. Su acción incita al desorden social. Es una enmienda sistemática a los consensos de la modernidad. Su porte pétreo es el desafío disruptivo. En el acto, las mascarillas destacan por su ausencia, también en Trump, que se presenta como modelo de conducta para un votante que necesita sentirse protegido de la amenaza a la estirpe blanca. Negarse a aplicar las medidas de salud pública es una clara declaración de intenciones: el todos nosotros no nos importa; sólo nos importa nuestro nosotros.

Trump busca al enemigo en casa. El mal americano, el mal patriota, tiene muchos rostros a ojos de la idea supremacista de la administración

Sin embargo, el 3 de julio no es la enésima absurda rueda de prensa del presidente. Su equipo ha tomado nota del ridículo del rallyen Tulsa (Oklahoma) del pasado 21 de junio y ​​nada parece improvisado. La nueva estrategia consiste en apropiarse del discurso antagonista, haciendo uso de los mismos conceptos e invirtiendo su sentido. Finalmente, vestirlo de los fantasmas que aún hoy recorren la nación: el comunismo, el extremismo, la censura, la guerra cultural. Todas estos dardos a la izquierda radical conllevan, al mismo tiempo, su propia exculpación. Así es como llegamos a que Trump nos advierta del “nuevo fascismo” de izquierdas, y que se ofrezca como garante de la liberación de la eterna amenaza extremista. Por supuesto, un oxímoron como juntar “fascismo” y “izquierda” le resulta totalmente pertinente. Es la nueva semiótica reaccionaria. 

Hay un pacto común, entre oyentes y el presidente, para dar aliento a una idea que se agota cada día que pasa: “somos el mejor país del mundo”, les recuerda Trump. El recurso in extremis contra una decadencia que se vive a flor de piel no es otro que escuchar al predicador que toda fe necesita. Es una ficción necesaria, con lo más imprescindible salvaguardado: el pacto de la verosimilitud. Unos y otros se ponen de acuerdo para participar de un relato falaz.

El pensador italiano Antonio Gramsci, en los Cuadernos de prisión, escritos en la cárcel durante el régimen de Mussolini, teorizó la necesidad de combatir las hegemonías políticas a través de la lucha cultural, ideológica. No fue hasta finales de los años 80 que las teorías gramscianas fueron interceptadas por la ideología conservadora en Estados Unidos. Desde las periferias de los partidos políticos, irrumpió en el debate público una serie de figuras disruptivas, como Pat Buchanan. Éste, ya como candidato a la Casa Blanca en 1992, se atrevió a denunciar el aplastamiento de los valores de la ‘América conservadora’ por parte de unas élites liberales, plenamente insertadas en el modelo capitalista pero a la vanguardia en las políticas de identidad de raza, género y clase, así como en derechos civiles como el aborto, la sexualidad o incluso el debate sobre las armas. La timidez institucional del llamado Partido de los Negocios (demócratas y republicanos juntos) solo se interrumpió con figuras que hoy resuenan como claros precedentes de Trump.

La incertidumbre por el futuro no recae en la masa de fieles trumpianos, muy identificada y sin margen de crecimiento, sino en la capacidad que este mensaje apropiacionista, divisor, impostor y fraudulento tenga de influir en aquel ciudadano medio desmoralizado pero no xenófobo. La estrategia es clara: el retorno de la sombra maccarthista. El red scare, o pánico a los rojos, fue la última amenaza sociológicamente exitosa con la que los ciudadanos americanos han vivido. Entonces, la confrontación con el poder soviético fue tan necesaria como productiva para una nación que contaba con el amplio apoyo de la alianza atlántica. El malo en el relato de la guerra fría estaba bien identificado. Hoy, la retórica de la maldad china (como “virus chino” se refiere Trump a la covid-19) no asegura apoyos definidos. Trump, si alguna cosa no es, es el bueno de la película.

Así pues, ante el intento fallido de proyectar un enemigo exterior, lo busca en casa. El mal americano, el mal patriota, tiene muchos rostros a ojos de la idea supremacista de la administración actual: es el americano no blanco, pero también el débil, el incapaz de hacer frente al virus, el infectado, o bien el terrorista, el antifa. O peor aún: el portador del ADN comunista, una idea que ya no aplica ni siquiera en los países del bloque soviético. Así vive el liderazgo político de Estados Unidos hoy: buscando un horizonte de futuro empecinándose en imaginarios agotados, del pasado. Así es como de una crisis sanitaria global hemos pasado en semanas a una guerra nacional de valores culturales.

Asistimos a una nueva violencia ideológica que busca polarizar a la sociedad a partir de valores y creencias –también de hábitos y formas de comunicación. La nueva izquierda, joven, acusa a la vieja ‘America’ en la calle y en las redes sociales –los únicos espacios aún no conquistados por la insurgencia institucional. Los liberales, desde un púlpito de marfil cada día menos influyente, reclaman la vuelta al debate sin censura. Trump, por supuesto, se frota las manos al ver como el renacer de la guerra cultural, a diferencia de en el pasado, la está protagonizando el reaccionarismo con la alianza de las élites liberales. Los de ahora no son aquellos viejos conservadores que, después de la segunda guerra mundial, dieron la batalla ideológica por perdida y que hoy denuncian la falta de escrúpulos del presidente. Ahora es tiempo de ir al ataque.

El reaccionarismo actual se apropia de la nación entera para expulsar a la parte antagónica

La batalla contra la covid-19 se ha abandonado. La política internacional ha sido un desvarío sin rumbo estratégico. La economía se hunde y ya no es la carta de presentación estelar. Solo queda convocar el fantasma del comunismo y reactivar la retórica aislacionista. La última medida nacionalista –impedir la continuidad en Estados Unidos de miles de estudiantes internacionales– evidencia que ya no hay ni tan siquiera criterios económicamente razonables. Arriba las fronteras, más las aeropuertoarias que las terrestres.

Pero sería bueno no mirarnos toda esta escalada irracional desde una distancia voyeur. Estados Unidos es el altavoz de una melodía que retumba en muchas otras latitudes. Esta irracionalidad destructiva es el eco de una cierta condición de finitud de aquellos privilegios de los que en otros tiempos disfrutó el primer mundo –la paz social, el crecimiento económico o una identidad patriótica bien reconocible. Tampoco conviene olvidar nuestra propia historia. La guerra cultural no es nueva en la tradición reaccionaria española. Falange, hace casi un siglo, ya imaginó una bandera que se apropiara de la fuerza simbólica del malvado enemigo: el anarquismo, el rojo y el negro. El reaccionarismo actual, en cambio, se apropia de la nación entera para expulsar a la parte antagónica. Aquí y allí. En las manifestaciones de Madrid del mes de mayo fuimos testigos de una total subyugación del enemigo, bandera en mano: el marica, el comunista, el socialista, el podemita, el batasuno. Todos ellos encarnaban el antagonista de una nueva guerra cultural que el falangismo intentó difuminar pero que el nuevo reaccionarismo, guerracivilista, busca intensificar. Aquí y allá, convendría no entrar en las últimas batallas que el agónico grito de las élites está librando: el derecho a su libertad.

El impulso reaccionario sabe que la guerra cultural se combate con excedente simbólico, mucha testosterona y retórica marcial. La nueva semiótica reaccionaria, ante la agonía de la bandera, se dirige al cuerpo de la pureza: el español de bien, el buen americano. No siempre se ganan las batallas, y menos las culturales, pero de todas se sale con el campo de batalla modificado. Habrá que estar atento a la larga disputa que nos queda por atravesar hasta el próximo noviembre.

Autor >

Ignasi Gozalo-Salellas

Visiting Assistant Professor. Spanish and Visual Studies. Bryn Mawr College.

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