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Alienación y miseria

El trabajo no cualificado no existe

Esta conceptualización permite a los empleadores monopolizar los beneficios de la explotación intensa y traspasa el coste emocional, físico y espiritual hacia los propios trabajadores

Lizzie O’Shea (The Baffler) 29/06/2020

<p>Una trabajadora del McDonald's de Spokane (Washington, EE.UU.) a principios de los 80.</p>

Una trabajadora del McDonald's de Spokane (Washington, EE.UU.) a principios de los 80.

Ethan / Flickr (CC BY 2.0)

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Un sorprendente número de personas comienza su andadura laboral en el McDonald’s. Paul Ryan ha dicho que cocinar hamburguesas fue fundamental para su comprensión del sueño americano. A Pharrell Williams le despidieron tres veces de la cadena de comida. James Franco escribió una ligeramente desagradable carta de amor hacia los arcos amarillos en el Washington Post; un afecto que se forjó al calor de un amorío al rojo vivo con la profesión interpretativa que, por aquel entonces, no era correspondido: “Todo lo que sé es que cuando necesité a McDonald’s, McDonald’s siempre estuvo ahí”, escribió. La opinión que tiene la cantante Pink de uno de sus primeros empleadores contiene su propia dosis de drama, aunque quizá merezca compasión: “A veces sueño que estoy de vuelta allí, sin blanca y trabajando en el McDonald’s”, comentó, “es mi peor pesadilla, porque no quiero volver nunca más”.

“Una de las cosas más divertidas de trabajar en el McDonald’s es que puedes llegar muy rápido a todas las cosas”, relató el mismísimo Jeff Bezos, que pasó una temporada en el gigante de la comida rápida cuando era joven. “Me ponía a averiguar cuántos huevos se podían romper en un determinado período de tiempo sin que cayera ninguna cáscara”. Resultó ser un comienzo perfecto para la carrera de un futuro multimillonario que ha convertido un salario de miseria y esclavismo, disfrazado de optimización de recursos, en la estrategia de negocio marca de la casa. Hay más de 750.000 personas trabajando para Amazon, y la mayoría realizan trabajos igual de repetitivos que el primer trabajo de Bezos, recibiendo y empaquetando pedidos en centros de distribución para enviárselos a los clientes. McDonald’s solía ser el lugar que siempre quedaba como último recurso, pero los centros de distribución de Amazon ahora compiten por ese título. Sin embargo, un trabajador de Amazon se mostraba algo menos prudente a la hora de comentar la realidad de trabajar en uno de esos centros, que describía como una “puta mierda existencial”, según Emily Guendelsberger.

Los trabajadores de comercios, de cajas registradoras, de cadenas de comida rápida y del sector servicios son algunos de los puestos más comunes de Estados Unidos. Estos trabajos pagan poco, son por lo general repetitivos y casi siempre se considera que no tienen futuro. El otro elemento fundamental que comparten todos ellos es que se les considera “no cualificados”. Sin embargo, existen razones de peso para reflexionar sobre lo que queremos decir con ese término y el significado que se deriva de él. Aunque esos trabajos reciban la etiqueta de no cualificados, el trabajo que realizan las personas que ocupan esos puestos es de todo menos eso.

En 2018 el porcentaje de trabajos que no requería una educación mínima en Estados Unidos ascendía a un 31%, mientras que otro 40% solo requería una educación media

Lógicamente, los trabajos se clasifican como no cualificados por motivos analíticos. Esa etiqueta se le pone habitualmente a trabajos que no necesitan mucha formación y para los que no es obligatorio contar con una educación media o superior. La Oficina de Estadísticas Laborales (BLS, por sus siglas en inglés) publicó en 2018 que el porcentaje de trabajos que no requería una educación mínima en Estados Unidos ascendía a un 31%, mientras que otro 40% solo requería una educación media. Como es lógico, para que se considere a un trabajo como no cualificado hace falta algo más que eso, pero los requisitos educativos son un buen indicador. En definitiva, hay un porcentaje muy significativo de estadounidenses que ocupa puestos considerados como no o poco cualificados.

Sin embargo, casi todo el que haya trabajado en uno de esos puestos podrá decirte que, al contrario de lo que indica el apelativo, esos trabajos requieren de un grado de cualificación considerable. Servir mesas, hablar por teléfono, clasificar mercancías, preparar comida y servir a los clientes son tareas que requieren destreza, fuerza, memoria, energía, además de una importante reserva de trabajo emocional en los puestos de cara al cliente. Los trabajos no cualificados adoptan una multiplicidad de formas y lo mismo se puede decir de las habilidades que hacen falta para desempeñarlos. Aunque puede no hacer falta tener una educación formal, no cabe duda de que se aprende sobre la marcha. Como explicó Brittany Bronson en el New York Times: “Un asistente de camarero cualificado puede limpiar una mesa de un viaje en lugar de dos, con solo colocar los platos de forma precisa en su antebrazo o en sus manos”. Bronson trabaja a la vez de instructor auxiliar y de camarero, y el lugar que ocupa como miembro de la clase cualificada y como miembro de la no cualificada hace que su punto de vista sea único. “El término ‘no cualificado’ o ‘poco cualificado’ contradice el cuidado y precisión con el que mis compañeros de trabajo, que tienen gran variedad de pasados educativos y competencias idiomáticas, ejecutan sus tareas”.

Puede que realizar un trabajo no cualificado exija ciertas habilidades, pero es algo totalmente diferente supervisar a estos trabajadores. Esa retórica que se escucha a menudo sobre los robots que se apropian de nuestros trabajos está por lo general relacionada con el extremo poco remunerado del mercado de trabajo; los debates sobre la automatización de los supervisores son menos habituales. La automatización puede incluir cosas como la planificación just-in-time de los empleados [un sistema de organización de la producción en el que los suministros llegan a la fábrica, o los productos al cliente, “justo a tiempo”, es decir, poco antes de que se usen y solo en las cantidades necesarias], que se optimiza cada vez más mediante herramientas tecnológicas, y que afecta de manera desproporcionada a los trabajos no cualificados. Un informe del BLS que cubría el período 2017-2018 concluyó que entre los trabajadores de más de 25 años, un 31% de los que ocupaban puestos no cualificados recibían su horario con menos de una semana de anticipación, en comparación con solo un 14% de los que tenían estudios universitarios o superiores. Esa precariedad obliga a la gente en puestos no cualificados a ser más organizada y a tener más recursos para administrar sus vidas personales en torno al trabajo que las personas que ocupan puestos que se consideran cualificados.

Sobre el trabajo en sí, la supervisión de trabajos no cualificados combina por lo general normas arbitrarias con estrictas consecuencias, lo que de nuevo obliga a los trabajadores a ser hábiles para poder sobrevivir. En los call centers, por poner un ejemplo, los trabajadores están cada vez más sujetos a cajas negras que utilizan análisis algorítmicos de reconocimiento de voz para monitorizar y realizar un seguimiento de su rendimiento. Encontrar formas de parecer dinámico o empático, sobre todo al tratar con clientes complicados, y en situaciones en las que te enfrentas a plazos y normas de comportamiento estrictos, requiere múltiples competencias.

Mediante la optimización y la reducción de los puestos de supervisión, los empleadores terminan transfiriendo las responsabilidades hacia el personal menos remunerado

Todas estas tendencias gerenciales se han acelerado con el desarrollo de la tecnología. James Spring, que trabajó en un supermercado durante nueve años, me comentó cómo la nueva tecnología ha cambiado la experiencia de trabajar en puestos poco remunerados: “Esos trabajos cultivan de forma deliberada una sensación de estar siendo observado”, ya sea mediante auriculares, cámaras o recordatorios casi constantes por parte de los encargados de que la conducta de los trabajadores está siendo sometida a un intenso escrutinio. No es que todos los trabajos no cualificados sean particularmente duros, pero las tareas repetitivas, en contextos que las someten a un intenso escrutinio, y en los cuales los trabajadores tienen poco control sobre cómo trabajar pueden ser muy estresantes. Sobrellevar ese estrés requiere resiliencia y tiene unos costes emocionales que los trabajadores arrastran consigo en sus vidas personales.

Mediante la optimización y la reducción de los puestos de supervisión, los empleadores terminan en la práctica transfiriendo las responsabilidades hacia el personal menos remunerado. Me reuní con Josh Cullinan, el secretario de un sindicato de trabajadores de comida rápida y comercios de Australia, que me explicó cómo a los trabajadores que están de cara al público a menudo se les dice que ellos son los responsables del mal trato que sufren, porque fueron incapaces de rebajar la tensión. En lugar de proporcionar un entorno de trabajo seguro en el que un personal de seguridad debidamente formado pueda lidiar con el mal trato, comenta Cullinan, “la gerencia pregunta ‘¿por qué ha sucedido? y luego forman a los trabajadores para que aprendan a rebajar la tensión”. La consecuencia es que los trabajadores internalizan la idea que la naturaleza poco segura del puesto de trabajo no es responsabilidad de la empresa. A pesar de que su trabajo es recibir pedidos de comida, cada vez se espera más que los trabajadores del sector servicios cuenten con habilidades perfeccionadas para saber gestionar clientes difíciles, una cosa que puede suceder cada día o cada hora. A causa de esto, una de las campañas del sindicato de Cullinan se basa en la seguridad de los trabajadores del sector servicios.

Una de las razones del error categórico de los “trabajos no cualificados” es un apego histórico a ciertas formas de clasificar el trabajo. Cullinan señala que el moderno trabajador de los restaurantes de comida rápida emplea habilidades que resultarían muy extrañas para la mayoría de los trabajadores de generaciones previas. El trabajador de una cadena de comida rápida en la típica ventanilla que atiende al cliente desde el coche realiza varias tareas de forma simultánea: toma pedidos con un auricular, los introduce en un programa que pasa los pedidos a la cocina, recoge las bolsas y se las entrega al cliente y le cobra con un sistema electrónico; y todo eso cumpliendo unos estrictos plazos de tiempo. Además, se espera que sea amable, a pesar de los largos turnos de trabajo que pueden ser física y emocionalmente agotadores.

A los trabajadores de comercios también se les pide con frecuencia que trabajen con un auricular que sirve para monitorizar el flujo de trabajo. “Estos jóvenes utilizan los sistemas de formas que sus abuelos no podrían entender”, explica Cullinan. Los trabajadores tienen que desarrollar habilidades para poder gestionar la carga emocional y física del trabajo, que según él “implica conocimiento y astucia”. Pero estos trabajos también necesitan nuevos tipos de habilidades, como por ejemplo actuar de enlace entre “diversos sistemas técnicos que hace 30 o 40 años no utilizaba ningún trabajo”.

Como históricamente la sindicalización ha recibido su fortaleza de determinadas profesiones, esas son las que suelen estar sujetas a unas formas de clasificación más sofisticadas. Uno de los legados de la tradición gremial y sindical es que los trabajos nuevos que se consideran no cualificados reciben en ocasiones menos atención por parte de los sindicatos. Esto refleja un conflicto histórico en la sindicalización de la clase trabajadora. En 1904, el reformista laboral William English Walling tuvo que hacer frente precisamente a ese mismo problema: “La inteligencia, un conocimiento general de la maquinaria y una habilidad para cooperar con el hombre de al lado, hacen quizá más falta que nunca”, escribió, “pero la vieja ‘habilidad’ del artesano y las antiguas líneas exclusivas del oficio se están convirtiendo en cosas del pasado”. Los trabajadores cualificados eran a menudo los que más rápidamente se sindicaban y utilizaban su conocimiento del oficio como fuente de energía a la hora de negociar. Los sindicatos a menudo consideraban a los trabajadores no cualificados como una amenaza para la prosperidad de los trabajadores cualificados y, por lo tanto, frustraban su acceso o sencillamente los ignoraban. No obstante, esta situación se puede evitar sindicalizando por un lado a los trabajadores no cualificados y, por otro, encontrando maneras de formalizar y reconocer las habilidades que requiere ese trabajo (mediante aprendices, por ejemplo). El objetivo: puede que los trabajos no cualificados sean una categoría estadística, pero también son una categoría históricamente fabricada que refleja en parte una determinada visión de la sindicalización industrial.

El escalofrío de la falta de dignidad

No obstante, hablar de las habilidades que hacen falta para realizar un trabajo no cualificado contradice una realidad innegable: muchos de esos trabajos han sido deliberadamente “descualificados”, en el sentido industrial y tradicional de la palabra. Al dividir las tareas y pedir a los trabajadores que las repitan hasta el infinito, los trabajos no cualificados consiguen arrebatar el poder de negociación que acompaña al trabajo cualificado y, al mismo tiempo, convierten ese trabajo en un esfuerzo emocional. Y esa es la esencia del taylorismo, el sistema científico de gestión que ideó el ingeniero Frederick W. Taylor con la llegada del siglo XX. Este sistema fomenta la creación de trabajos diferenciados y descualificados para mejorar la eficacia y la productividad. La consecuencia para la industria fue generar una serie de trabajos que cualquier trabajador podía realizar y que, por tanto, podría ser reemplazado con facilidad. En ese sentido, muchos de los trabajos no cualificados han sido diseñados de esa manera y, como resultado, la experiencia diaria de esos trabajos es un panorama de tedio desolador.

Dicho de otra manera, las habilidades que necesitan los trabajos en puestos no cualificados no siempre están relacionadas con el trabajo en sí, sino más bien con la experiencia de realizar ese trabajo de forma continuada. Además de haber trabajado en el turno de noche de un supermercado durante años, Spring es delegada sindical. Cuando le pregunté si pensaba que su trabajo era miserable, se mostró empática: “La principal habilidad que necesitas es la fortaleza psicológica para aguantar la monotonía y trabajar en un entorno tan depresivo”, me explicó. El aburrimiento del trabajo no cualificado es inflexible. Como un frío de invierno, hiela la impresión que tienes de las posibilidades que ofrece la vida.

Ese es uno de los temas que Guendelsberger revisita en su último libro On the Clock [En horas de trabajo]. Para escribirlo, Guendelsberger realizó una serie de trabajos mal remunerados (incluido Amazon, un call center y McDonald’s), que se consideran no cualificados. El tiempo que pasó en un centro de distribución de Amazon como preparadora de pedidos es un claro ejemplo de trabajo no cualificado y de la descualificación del trabajo. Cada tarea del preparador la asigna una pistola escáner que proporciona instrucciones precisas y asigna un determinado período de tiempo para completarla, con una cuenta atrás en segundos. El trabajo no era difícil, pero era estresante y doloroso, hasta el extremo de que Guendelsberger tuvo que tomar analgésicos. No obstante, para ella, el aburrimiento del trabajo suponía un mayor desafío que superar la exigencia física de las largas distancias que caminaba cada día: “Es difícil transmitir la magnitud del aburrimiento, es mucho más fácil escribir sobre el dolor”, escribe Guendelsberger. “Los largos días de monotonía solitaria me llevaron en más de una ocasión casi al extremo de dejarlo”.

Los trabajos no cualificados están atomizados por diseño y, como resultado, el trabajo puede resultar profundamente alienante. “Todos nuestros inventos y progresos parecen dotar de vida intelectual a las fuerzas materiales, mientras que reducen a la vida humana al nivel de una fuerza material bruta”, escribió Marx en 1856, pero esa frase podría perfectamente haber sido escrita hoy. Durante el tiempo que pasó en el centro de distribución, la observación de Guendelsberger no anduvo muy descaminada: “Toda la métrica, los cronómetros y las penalizaciones automáticas de Amazon tienen como objetivo reducir las ineficiencias de los trabajadores humanos para que se comporten más como robots”. La tendencia de la revolución digital, al igual que la revolución industrial, es tratar a las personas como si no fueran nada más que contribuciones productivas, desprovistas de humanidad.

Para Marx eso no era un simple asunto industrial, puesto que la alienación es una vejación profundamente filosófica que saquea la esencia espiritual del ser humano. Guendelsberger cita los comentarios de trabajadores de Amazon, incluidos dos de centros de distribución de Kentucky diferentes:

“La manera que tienen de hacerte sentir totalmente pisoteado es algo que no se puede explicar a las personas que no hayan trabajado aquí… La gente dice, ‘bueno, yo he trabajado en tal o cual depósito, seguro que no es tan distinto’. Pues sí, es distinto. Este es total y absolutamente deshumanizador”.

“La primera vez que trabajé allí me succionó tanto el alma que me descubrí casi llorando en mi coche justo antes de tener que empezar”.

Los trabajos no cualificados son no trabajos para no personas; el taylorismo es la práctica capitalista de los que tienen el derecho político de tratar a los seres humanos como si fueran materias primas del proceso productivo. La “regla nº 1 de la supervivencia” tal y como lo relató Gabriel Mac cuando empezó a trabajar en lo que denomina “Envío internacional de una amalgama de productos S.A.” (seguramente Amazon), era “dejar tu orgullo y tu vida personal en la puerta”. Mac describe cómo no llegó a cumplir varios de los objetivos inalcanzables que había establecido la empresa y, como consecuencia, recibió una amonestación. Cuando se lo contó a un amigo se le saltaron las lágrimas: “Aunque mientras me resigne a escuchar constantemente lo incapaz que soy, podré conservar el trabajo”, escribió.

La tendencia generalizada sigue siendo arrebatar a los trabajadores el poder de negociación y también el sentimiento de autoestima 

A medida que los trabajadores se van volviendo autómatas, también se vuelven desechables en términos económicos. “Como la habilidad se disocia cada vez más del trabajo, el coste de rotación disminuye”, escribe Guendelsberger. “Con el tiempo, formar a un flujo incesante de nuevos trabajadores no cualificados resulta menos caro que incentivar a la gente a que se quede, ya sea mediante la mejora de la experiencia de trabajo o pagando más”. No obstante, ese modelo tiene límites y hace poco Jeff Bezos tuvo que subir el salario mínimo de Amazon a 15 dólares; aunque menos por benevolencia y más como consecuencia de la escasez del mercado de trabajo, diría yo. Sin embargo, la tendencia generalizada sigue estando vigente: arrebatar a los trabajadores el poder de negociación y también un sentimiento de autoestima que anula su capacidad para resistir la explotación.

Cabe señalar que aunque los trabajos repetitivos y monótonos no son inusuales, no tienen por qué estar directamente relacionados con salarios bajos o trabajos pesados. Los deportistas de élite, por ejemplo, a menudo se pasan la vida entrenando de forma repetitiva el mismo conjunto de habilidades específicas, aunque ese esfuerzo atrae un nivel de reconocimiento y un estatus social que supera la parte negativa. El repique de tambor del Bolero de Maurice Ravel (que exige tocar dos compases casi idénticos durante 15 minutos) es terriblemente estresante se mire por donde se mire, aunque la gloria que recae a menudo sobre sus interpretadores hace que merezca la pena. Incluso los trabajos que se consideran cualificados, como algunos trabajos de ingeniería, contabilidad y banca, e incluso algunas formas de medicina, dependen cada vez más de sistemas tecnológicos que cambian o reducen la habilidad y el conocimiento que necesitan los trabajadores para realizarlo. Ese tipo de trabajos siguen estando relativamente bien pagados y respetados, aunque la naturaleza repetitiva de los no cualificados sigue utilizándose para justificar que los trabajadores reciban el salario más bajo del mercado. Además, sirve para cultivar una indiferencia generalizada hacia las consecuencias emocionales de esa implacable falta de dignidad.

En esa concepción también está presente una delimitación cultural que reveló, queriendo o sin querer, el padre de la cadena de montaje, Henry Ford, en su autobiografía de 1922:

“El trabajo repetitivo (hacer una cosa una y otra vez y siempre de la misma manera) es una perspectiva aterradora para un cierto tipo de mente. A mí me parece aterradora. Yo sería incapaz de hacer lo mismo un día sí y otro también, pero para otras mentes, quizá me atrevería a decir para la mayoría de las mentes, las actividades repetitivas no provocan ningún terror”.

Puede que ese tipo de trabajo no sea apto para los ricos industriales o para los innovadores exitosos, pero está bien para la mayoría de la gente que tiene muchas menos aptitudes que Ford. Las fábricas de Ford eran famosas por lo terrible que era trabajar en ellas, hasta el punto de que tuvo que subir los sueldos para atraer de nuevo a los trabajadores; suena en cierto modo como si la historia se estuviera repitiendo. De cualquier modo, para ser justos con Ford y a pesar de sus numerosos defectos, al menos él combinó su obsesión por la productividad industrial con un interés declarado por la salud y la seguridad de sus trabajadores: “La industria no tiene por qué exigir vidas humanas”, escribió. Sin embargo, parece que su visión fue demasiado optimista porque siempre mantuvo que la producción en cadena no era algo a lo que sus empleados se opusieran en principio, a pesar de las numerosas pruebas de lo contrario.

Hoy en día existe una creencia muy difundida en que las personas que ocupan puestos no cualificados reciben el sueldo que merecen. En lugar de reconocer las exigencias que impone ese tipo de trabajo, la opinión predominante es que si esos trabajadores tuvieran las aptitudes para hacer algo más elevado serían incapaces de tolerar esa miserable monotonía. “Es extraño”, comenta Spring sobre las connotaciones adscritas a un período prolongado de trabajo en comercios, “es como un estigma de beneficencia”. Spring lo compara con un aspecto de la reacción que a menudo demuestra la gente frente a las trabajadoras sexuales: las perciben como personas que no pudieron elegir esa vida, como personas sin autonomía que necesitan ser rescatadas. Ese estigma tiene consecuencias políticas. La diputada Alexandria Ocasio-Cortez habló hace poco sobre la temporada que pasó trabajando doce horas al día en el sector de la hostelería. Ganaba menos del salario mínimo y carecía de seguro médico. “No creía merecer ninguna de esas cosas”, afirmó. Cuando el pensamiento cultural dominante es que los trabajos no cualificados aportan poco valor (si aportan alguno), ¿sorprende acaso que muchas de las personas que los realizan piensen lo mismo de sí mismas?

Hoy en día existe una creencia muy difundida en que las personas que ocupan puestos no cualificados reciben el sueldo que merecen

Los trabajos no cualificados son la insignia ideológica de una sociedad que se fundamenta sobre una alienación industrial y una falta de dignidad filosófica. Otra forma de percibir esos trabajos es considerarlos sencillamente como trabajos que están infravalorados y mal pagados. Son trabajos en los que la presión a la baja que se aplica sobre todos los costes (mano de obra, seguridad, gerencia) ha tenido en gran medida éxito. De igual modo que los asistentes sociales están mal pagados porque emplean habilidades que el mercado no ha considerado por lo general valiosas, las habilidades que necesitan los trabajadores para desempeñar trabajos no cualificados se consideran poco importantes. Esta conceptualización permite a los empleadores monopolizar los beneficios de la explotación intensa y traspasa el coste emocional, físico y espiritual hacia los propios trabajadores. “Al capitalismo no le interesa mejorar las vidas de los trabajadores”, me recuerda Cullinan. Y esa es la lógica de un sistema que considera el dinero más valioso que las personas.

Dignidad recuperada

Hay un hecho que es innegable, pero que merece ser repetido: sin la labor que realizan las personas en trabajos no cualificados, la sociedad dejaría de funcionar. Los sindicatos de la construcción llevan tiempo utilizando el eslogan “Nosotros construimos esta ciudad”. Barbara Ehrenreich habló hace poco de su amigo camionero “al que le gusta señalar que todas y cada una de las cosas que compro en el supermercado llegaron en un camión. Nadie funciona sin gente como él”. Lo mismo se puede decir de los trabajos de elaboración de comidas, reparto al consumidor y muchos otros tipos de trabajos no cualificados. La gente que repone los estantes de nuestro supermercado, que nos ayuda a conseguir acceso a la comida y a la ropa es esencial para nuestra supervivencia. El eslogan de un sindicato de agricultores de Australia es “Nosotros te alimentamos”. Puede que muchos de los trabajos no cualificados sean aburridos, penosos y desagradables, pero no es en absoluto verdad que todos sean “trabajos estúpidos”.

Como es lógico, eso no sucede con todos los trabajos no cualificados, muchas personas están en trabajos mayormente sin sentido y superfluos, en los que no hay consuelo posible en un contexto más amplio. Pero eso no significa que la experiencia del trabajo sea necesariamente terrible. Loukas Kakogiannis, que trabajó en comercios durante 8 años, me contó su experiencia en tiendas y en restaurantes de comida rápida: “La gente trabaja sumamente duro”. No adoran el trabajo, me explica, pero no son vagos o dejados. “Aunque no necesariamente se sientan orgullosos del producto que fabrican”, me cuenta, en relación con la elaboración de comida rápida poco saludable, “pueden sentirse orgullosos de la eficacia o destreza de su trabajo”. Trabajar de forma cooperativa en un equipo y realizar múltiples tareas para que un supermercado siga funcionando le dio a Kakogiannis una sensación de satisfacción, aunque no disfrutara precisamente del trabajo. “Nos volvimos expertos en completar las tareas en el menor tiempo posible porque eso hacía que el tiempo que pasábamos en el trabajo fuera menos penoso”, me comentó; además, él y sus compañeros utilizaban el tiempo extra que sacaban para relacionarse y relajarse. Ese conocimiento les sirvió para fomentar la solidaridad. Como el lugar de trabajo estaba organizado, Kakogiannis y sus compañeros decidieron colectivamente compartir la responsabilidad de las peores tareas para evitar que esos trabajos se asignaran siempre a la misma persona de forma injusta. “Nos saltamos los procedimientos ‘oficiales’ para trabajar de esa manera porque fue lo que consideramos justo”, me explicó. Este tipo de camaradería entre trabajadores en entornos poco remunerados aparece repetidamente en los relatos de personas que realizan trabajos no cualificados.

Es posible imaginar un mundo en el que la automatización derive en una reducción del trabajo y que, al mismo tiempo, redistribuya los beneficios de esos avances productivos

Eso hace pensar en que tenemos algo que aprender de esas experiencias, que hay múltiples razones para que escuchemos más a menudo a esos trabajadores. Se nos dice que esos trabajos son no cualificados, pero el trabajo es en realidad cualificado; se nos dice a menudo que no tiene sentido y que es superfluo, y aun así hay muchos trabajadores que lo consideran significativo. Puede que los trabajos no cualificados sean miserable y alienantes, pero la tarea de los pensadores críticos es preguntarse: ¿Hasta qué punto esta es una realidad lamentable e inevitable, y no un fenómeno artificial creado por la sociedad? ¿Hasta qué punto esa categoría de trabajo no cualificado refuerza la idea de que vivimos en una meritocracia y, por lo tanto, justificamos una explotación escandalosa? Si la meritocracia es algo ilusorio, también lo es la idea de trabajo no cualificado.

Karl Marx escribió en una época en la que el trabajo también estaba experimentando una revolución, en el interior de las mugrientas fábricas de esas metrópolis llenas de humo. Más que ver esa revolución industrial como el descenso inexorable hacia un mundo en el que la dignidad humana se degradaba de manera irrevocable, Marx comprendió que la automatización del trabajo podía propiciar un futuro de liberación. El desarrollo industrial tenía el potencial para crear un mundo en el que se minimizara el trabajo humano, de tal manera que el trabajo productivo se convirtiera sencillamente en un “miembro consciente” entre los “órganos mecánicos e intelectuales” de una maquinaria automatizada. Para Marx, ese trabajo permitiría:

Desarrollo libre de las individualidades, y por ende no reducción del tiempo de trabajo necesario con miras a poner plustrabajo, sino en general reducción del trabajo necesario de la sociedad a un mínimo, al cual corresponde entonces la formación artística, científica, etc., de los individuos gracias al tiempo que se ha vuelto libre y a los medios creados para todos.

Es posible imaginar un mundo en el que la automatización derive en una reducción del trabajo y que, al mismo tiempo, redistribuya los beneficios de esos avances productivos. Eso significaría subir el salario mínimo, financiar programas universales de bienestar social y reducir al mínimo el trabajo necesario en la sociedad, bajo la forma de una semana más corta de trabajo. Para conquistar un mundo así haría falta organizarse como trabajadores, sobre la base de que todo trabajo es digno y su contribución a la sociedad merece un respeto.

Para proporcionar una visión de cómo podría hacerse todo esto, merece la pena observar el relato de un trabajador de call center que formó parte de un esfuerzo colectivo por sindicalizar su centro de trabajo. Los delegados sindicales hablaron con los miembros sobre una serie de temas, aunque uno de los catalizadores de cambio afectaba a una exigencia particularmente fascinante: el derecho a leer. Al tratarse de un call center de llamadas salientes que realizaba encuestas políticas y privadas, en el que los teléfonos marcan de forma automática, los trabajadores pueden llegar a tener bastante tiempo entre llamadas y acostumbran a utilizarlo para leer. Cuando el supervisor le dijo a uno de los trabajadores que guardara el libro, eso se convirtió en un catalizador para organizar la resistencia. Los trabajadores se declararon en huelga, obtuvieron el derecho a leer y consiguieron que su compañero recuperara el trabajo. “La sensación de unirse de forma colectiva, de desafiar el statu quo, de alzar la voz para defender a nuestro compañero y a nosotros mismos, es la sensación más alegre y energética que se pueda imaginar”, escribió Michael Roberts.

Ese tipo de sindicalización es sin duda difícil, pero no imposible. Las personas en trabajos no cualificados merecen solidaridad y dignidad, y deberíamos apoyarles como sea cuando se organicen para luchar por su reconocimiento y respeto. Jeff Bezos utilizó su experiencia en un trabajo no cualificado para crear un imperio de miseria y para explotar a los que ahora realizan trabajos no cualificados para él. Quizá haya llegado la hora de que se le obligue a escuchar a sus trabajadores y de que comience a demostrarles un poco de respeto.

 

Este artículo se publicó originalmente en inglés en The Baffer.

Traducción de Álvaro San José

Lizzie O'Shea es abogada en ejercicio, escritora y locutora. Es la autora Historias futuras [Future Histories], que ofrece una guía sobre cómo los movimientos sociales y los pensadores históricos siguen siendo relevantes en los debates actuales sobre tecnología. Sus observaciones aparecen con frecuencia en radio y televisión, y sus artículos han aparecido en el New York Times, el Guardian y en el Sydney Morning Herald, entre otros medios.

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Autora >

Lizzie O’Shea (The Baffler)

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