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Marginación social

La nueva guerra cultural: racismo y violencia institucional

Quemar las ciudades puede ser, paradójicamente, la única forma de patriotismo para los excluidos

Ignasi Gozalo-Salellas 2/06/2020

<p>Disturbios por el asesinato de George Floyd en Washington DC.</p>

Disturbios por el asesinato de George Floyd en Washington DC.

Brett Weinstein

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Las protestas siguen en Estados Unidos por sexta noche consecutiva en este trágico mayo de 2020, el de la nueva guerra cultural. Ha estallado, de nuevo pero con inusual virulencia y persistencia, la gran causa de discordia de la nación: la raza. Medio siglo después de que se erigiera en el epicentro de la guerra cultural por los derechos humanos, la pesadilla de la desigualdad racial reaparece. El asesinato del joven George Floyd en Minneapolis, mientras era detenido por tres policías y reducido hasta la asfixia por uno de ellos, ha sumido al país en la infamia, entre la ira y la vergüenza.

Lastre fundacional de la nación, la raza parte a la sociedad en dos: los beneficiarios o aspirantes a la gran maquinaria de capital económico, social y cultural del país, y los que quedan fuera de ese sistema supuestamente meritocrático. Bourdieu no existe para una parte de los americanos. Los primeros no sienten que la raza sea un factor relevante, por una simple razón: son blancos o, mejor dicho, no son negros. Los segundos, que en el caso de los llamados negros o african american no llegan al 13%, se sienten condenados en vida. Las estadísticas son devastadoras, pero las imágenes y los discursos en la esfera pública ahondan en el daño colectivo.

La imagen de hombres hipermasculinizados, blancos, armados y que piden libertad para, por ejemplo, ir al peluquero, contrasta con las protestas masivas de la última semana

Sólo hay que ver la reacción, con tres semanas de diferencia, del presidente Trump a dos imágenes aparentemente similares: manifestantes en la calle. El día 1 de mayo, a las puertas del parlamento del estado de Michigan, decenas de hombres protestaban armados. Trump, vía Twitter, exhortaba a la gobernadora demócrata Whitmer a abandonar la disputa con los manifestantes: “Están enfadados, pero son muy buena gente”, decía literalmente. Terminaba, indirectamente, apoyando la protesta: “Quieren retomar su día a día, con seguridad. Hable con ellos, llegue a un acuerdo”. A la legitimación del uso intimidatorio de las armas de aquellos hombres, Trump añadía un gesto de reprobación de Whitmer, probablemente por ser una mujer. La imagen, protagonizada por hombres hipermasculinizados, blancos, fuertes, armados, motorizados y que piden libertad para poder ejercer el derecho a, por ejemplo, ir al peluquero, contrasta con las imágenes de las protestas masivas de la última semana, extendidas por decenas ciudades de Estados Unidos. Nueva York, Philadelphia, Washington, Los Ángeles, Seattle y, por supuesto, Minneapolis, han sido algunas de las ciudades endémicamente más segregadas y protagonistas de históricas luchas. Han vuelto a la calle. Se han sumado otras ciudades, como Louisville (Kentucky). En todas ellas se mezclan edades, razas, género, origen y también clases sociales. Solo hay unanimidad en un triste y memorable mensaje: “No puedo respirar” (I can’t breathe).

En la vida vivida como vida política, la toma de los espacios nos dice muchas cosas. Unos lo hacen en coche, en familia y armados con tecnologías y aparatos que copian imaginarios posmodernos del Hollywood de los 90 –pongamos como ejemplo a Robocop. Los otros lo hacen de pie, en grupos, espontáneamente. La calle empuja y la solidaridad hace del movimiento algo más allá de una guerra entre razas. La calma protagoniza las tardes y la furia penetra ya en la noche. Una vez más, Trump reacciona via Twitter. Acusa a los manifestantes de matones y los amenaza con ejercer la violencia: “Si empiezan los saqueos, empiezan los disparos”. El impropio discurso del presidente de una nación fundada en la idea de libertad y progreso es censurado de inmediato por Twitter por incitar a la violencia. Hay, sin embargo, elementos en común en los dos tuits. En los dos casos, Trump ataca a los gobernadores demócratas, de Michigan y Minnesota, y los conmina a actuar. Al gobernador de Minnesota, Tim Walz, lo amenaza con enviar el ejército y asumir el control. El carácter disruptivo de Trump radica también en la ruptura de los códigos de la nación de gobernabilidad federal.

El carácter disruptivo de Trump radica también en la ruptura de los códigos de la nación de gobernabilidad federal

A las dos imágenes las separan escasas semanas, pero también el muro de exclusión social que fragmenta la nación entre los incluidos, los ciudadanos plenamente soberanos, y los desatendidos, los expulsados ​​del sistema. Los sin voz. Es la misma barrera que ha dividido a la nación entre los sanos y los apestados durante la crisis de la covid-19, con unos índices disparados en los barrios de las comunidades negras en Chicago o Washington DC, y que Trump ni tan siquiera consigue disimular. El sábado 30 de mayo, tras anunciar que Estados Unidos rompe relaciones con la OMS y, ante las protestas en la calle, nos recuerda: “MAGA (“Make America Great Again”) quiere a los negros, quiere a los african american”. Las palabras verbalizan tres niveles de exclusión: primeramente, la racial. En segundo lugar, la denominación eufemística “americano procedente de África” evidencia un apartheid identitario basado en la procedencia –Trump ya atizó el debate sobre la “americanidad” de Obama poniendo en duda su origen hawaiano. En tercer lugar, la propia estructura de la oración desvela la exclusión del ethos nacional. Para Trump, el nuevo sujeto de la nación no son los Estados Unidos sino MAGA, una actitud grandilocuente, y la negritud el objeto directo. El objeto, aprendíamos en la escuela, sólo puede devenir sujeto en la oración pasiva.

Dos pensadores fundamentales, Gayatri Spivak y Jacques Rancière, han pensado durante las últimas décadas sobre la representación de los desatendidos usando la metáfora de la voz. “¿Pueden hablar los subalternos?”, se preguntaba la teórica poscolonial Spivak, mientras que Rancière se pregunta en qué movimientos políticos o expresiones culturales se puede dar voz a los que no la tienen con motivo de las revueltas del siglo XXI. Son los anónimos de cada era. Como decía un joven manifestante negro estos días con hiriente sinceridad, “si callamos, nos humillan y nos aplastan. Sólo nos escuchan cuando quemamos las ciudades”. Tomar la palabra es invertir la estructura de la oración y de la nación. En el sentido formal de la sintaxis, es convertirse en el protagonista de la acción; en el sentido alegórico, dejar de ser subalternos y los anónimos de la noche. Quemar las ciudades puede ser, paradójicamente, la única forma de patriotismo para los excluidos.

La sombra del bozal de la esclava Anastacia –a principios del siglo XX– retumba de nuevo. El grito de los sin voz de hoy reclama poder respirar, ser (“I can’t breathe”). Es el grito detrás de la máscara de nuestro tiempo. En la insoportable secuencia del joven Floyd asfixiado, su cuello oprimido es la imagen contemporánea de la animalidad, de la subespecie que muere agonizante ante la indiferencia humana.

Así es Estados Unidos hoy: un país desunido, un espejismo que se balancea entre la promesa de un futuro irrefrenable por parte de la California de Silicon Valley y la losa de un pasado esclavista, de un supremacismo insertado en la piel blanca, de una violencia institucional sin control y de una cierta desidia moral de las clases medias. Sábado 30 de mayo, 2020. El día en que la NASA envía al espacio un nuevo cohete y en que el camino al futuro lo financia una empresa privada, SpaceX. También el día que la policía toma las calles y decenas de ciudades declaran el toque de queda. Un país que vive una esquizofrenia colectiva entre la civilización y la barbarie o, peor aún, mezclando una y otra con una cierta indiferencia.

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Ignasi Gozalo-Salellas es co-autor, junto a Álvaro Guzmán Bastida y Héctor Muniente Sariñena de El síntoma Trump.

Las protestas siguen en Estados Unidos por sexta noche consecutiva en este trágico mayo de 2020, el de la nueva guerra cultural. Ha estallado, de nuevo pero con inusual virulencia y persistencia, la gran causa de discordia de la nación: la raza. Medio siglo después de que se erigiera en el epicentro de...

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Ignasi Gozalo-Salellas

Visiting Assistant Professor. Spanish and Visual Studies. Bryn Mawr College.

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