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Saban Bajramovic, el Camarón de los Balcanes

Tras hacerse cantante en la cárcel, triunfó en Yugoslavia y fuera de ella. Pero terminó sus días rebuscando en la basura. Su paso a la posteridad ha quedado empañado por el racismo

Marc Casals 5/06/2020

<p>El cantante gitano Saban Bajramovic durante una de sus actuaciones.</p>

El cantante gitano Saban Bajramovic durante una de sus actuaciones.

Miso Lisanin

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A la pregunta de un periodista británico sobre qué le inspiraba para escribir canciones, Saban Bajramovic resumió su forma de estar en el mundo: “Mi inspiración es la vida, porque soy un gran consumidor de ella”. Bajramovic no exageraba con esta proclamación, porque su desbordante biografía está repleta de vicisitudes. Después de una infancia lastrada por la marginalidad y la delincuencia, las autoridades le encarcelaron por desertor en el equivalente yugoslavo del gulag, donde sufrió crueles abusos. Sin embargo, fue allí donde aprendió el oficio de cantante. Saban se convirtió en una estrella tanto en Yugoslavia como en el extranjero, pero terminó sus días rebuscando en la basura: las discográficas se quedaron con sus derechos de autor, Goran Bregovic le plagió uno de sus mayores éxitos y todo el dinero ganado lo despilfarró en tabernas y juegos de azar. Aunque entre los gitanos de Yugoslavia gozaba de un estatus digno de Camarón, incluso su paso a la posteridad ha quedado empañado por el racismo.

El primer recuerdo que tenía Saban era el fin de la Segunda Guerra Mundial, cuando el Ejército Rojo expulsó a los nazis de su ciudad natal de Nis, en el sur de Serbia, y corría junto al resto de chiquillos tras los milicianos soviéticos, deslumbrado por sus uniformes. Por ser gitanos, dos de sus hermanos habían sido recluidos en campos de concentración alemanes y, aunque sobrevivieron, la posguerra resultó ardua para la familia: el padre de Saban era limpiabotas y su madre, además de trabajar en la fábrica de tabacos de Nis, recorría los pueblos de los alrededores leyendo la fortuna, pero incluso así no les alcanzaba para mantener a sus siete hijos. Saban abandonó la escuela al cabo de solo cuatro cursos: en el camino de vuelta a casa, sintió el impulso de meterse en una taberna y empezó a cantarle a los clientes, aunque su frente apenas asomaba por encima de la mesa. Juntando propinas ganó sus primeros cuartos, que luego entregaba a su familia.

Por la temprana muerte de sus padres, Saban tuvo que buscarse la vida como trajinero y encalador, pero pronto se arrimó al submundo de la delincuencia callejera. Además de perpetrar hurtos y ejercer de matón, era un habitual de las peleas a navaja en el barrio de la Carretera Negra, que le dejaron las mejillas surcadas de cicatrices. Cuando alcanzó la mayoría de edad el Ejército le llamó a filas, pero su impulsividad le llevó a cometer la indisciplina máxima: estaba enamorado de Lenka, una vecina de Nis, y, al no poder escribirle porque era casi analfabeto, se fugó del cuartel para verla. Sentenciado a tres años de cárcel por desertor, Saban se revolvió contra el magistrado que le castigaba: “¡Deja de ladrar! ¡No podéis condenarme por tanto tiempo como yo soy capaz de resistir!”. Para escarmentarle por su desacato al tribunal, el juez le aumentó la pena dos años y medio. 

Saban cumplió su condena en el penal de Goli Otok, una isla pedregosa del Adriático que, tras la ruptura de Yugoslavia con la URSS en 1948, se transformó en un gulag para los purgados estalinistas. Abusando de su mayor jerarquía, los presos políticos sometían a los comunes como Saban a crudas vejaciones: le obligaban a acarrear una piedra dos kilómetros para luego dejarla en el mismo lugar donde la había cogido y, si no obedecía, le dejaban atado a un poste durante horas. Saban aseguraba que, durante las largas jornadas picando piedra en plena canícula, la reverberación del sol le dejó secos los lagrimales y por eso había perdido la capacidad de llorar. Su liberación se produjo de forma inesperada: en un partido de fútbol entre presos y guardias, un rival le asestó un puñetazo en el estómago que obligó a operarle de urgencia y, para afrontar las secuelas, las autoridades le concedieron el indulto.

Cuando llegó a Nis, descubrió que Lenka se había casado con otro, pero ahora Saban tenía una vocación. Durante su cautiverio se había fogueado como vocalista de la orquesta del penal, con un repertorio abundante en blues, jazz, rancheras mexicanas –popularísimas en la Yugoslavia de los 60– y, por encima de todo, versiones de Frank Sinatra y Louis Armstrong. También escribió su primera canción, Pelno me sam (Estoy preso), en la que resuenan los ecos de la vida carcelaria: tras 10 años cumpliendo condena, el protagonista suplica a su madre que lo libere para ir al casamiento de su hija. Con este primer sencillo, Saban empezó a actuar en escenarios modestos y no tardó en hacerse un nombre entre los gitanos de Yugoslavia. Gracias al disco A sunen romalen (Escuchadme, gente), consiguió trascender los circuitos de la música romaní y fascinar a un amplio espectro de público que abarcaba de intelectuales a rockeros.

Con el tiempo, Saban fraguó un estilo particular basado en la mezcla de ritmos no solo gitanos, sino también de Serbia meridional, Rumanía y Bosnia, sobre los que cantaba con compás impecable y fraseo arrebatador. Se elevaba con naturalidad del susurro al quejido y los trinos con que adornaba las melodías tuvieron una legión de imitadores. En su repertorio, que según él ascendía a 760 canciones, predominaban las letras en romaní, inspiradas en las penurias de los calés de Yugoslavia: “He cantado siempre la verdad: cómo se separan nuestros gitanos, cómo sufren, cómo mueren a causa de enfermedades, cómo a este le dejó la mujer o el otro se arruinó jugando (…). Solo tenía que escribir lo que veía a diario: iba por la calle, miraba a mi alrededor y componía un tema”.

 

Pelno me sam, la canción que Saban escribió inspirándose en su cautiverio en Goli Otok. 

 

Aunque Saban logró una fama notable, podría haber alcanzado un éxito todavía mayor si no hubiese sido por su personalidad anárquica. Crédulo ante la palabra dada, firmaba los contratos sin leerlos ni guardarse ninguna copia, ingenuidad que productores y discográficas aprovecharon para birlarle sus derechos de autor. La televisión nacional yugoslava le vetó después de financiar el rodaje de un videoclip en el que cantaba a lomos de un caballo blanco porque, encaprichado del corcel, nada más escuchar el “¡Corten!” final Saban lo arreó y se perdieron al galope. Los promotores de sus conciertos jamás sabían si les pediría más dinero a última hora, justo antes de subir al escenario, y ni siquiera si haría acto de presencia: fueron muchas las veces en las que plantó a músicos y público para actuar en una boda gitana.

Precisamente las bodas gitanas –con banquetes en los que podía estar cantando hasta tres días– se convirtieron en su sustento principal, aunque tuvo que huir de varias perseguido por los asistentes tras haber intentado seducir a la novia. También hacía bolos en las casetas de las ferias de pueblo, rodeado de bailarinas de danza del vientre, pero su escenario natural eran las llamadas kafanas. En la extinta Yugoslavia, estos antros de periferia fueron elevados a lugar de culto, donde trasnochadores y crápulas aliviaban sus penas emborrachándose y rompiendo vasos contra el suelo. Stanislav Vinaver, escritor serbio del periodo de entreguerras, había justificado esta mitificación con una sentencia categórica: “La kafana es una literatura que no miente”. En las más ilustres de Nis, Saban actuaba sin cobrar, por la mera satisfacción de entretener a la concurrencia, aunque tampoco hacía ascos si caía alguna propina. Otras noches se quedaba en su mesa trasegando coñac, pagaba rondas a todos los presentes o camelaba en el rincón a alguna parroquiana voluptuosa.

Aunque Saban logró una fama notable, podría haber alcanzado un éxito todavía mayor si no hubiese sido por su personalidad anárquica

Con todo, Saban vivió en una constante precariedad no tanto por su noctambulismo como por su adicción al barbudi, un juego de azar que causó innumerables ruinas en las barriadas gitanas de Nis. Las reglas del barbudi son simples: hay un tirador, un apostador y dos dados; el primero gana si salen las combinaciones 3-3, 5-5, 6-5 o 6-6, mientras que el segundo se lleva el gato al agua con 1-1, 1-2, 2-2 o 4-4. Pese a esta aparente sencillez, el barbudi genera un enganche diabólico del que Saban estuvo preso casi toda su vida. Cuando volvía a Nis después de actuar en bodas gitanas en Italia –donde los asistentes se quitaban pulseras, collares y sortijas para cubrirle de oro– lo perdía todo jugando a los dados en algún cuartucho sórdido. Inmortalizó su tormentosa relación con el dinero en la canción Pitao sam malog puza (Le pregunté al pequeño caracol): solo y sin un centavo tras dilapidar todo lo que tenía, le suplica a un caracol que le deje pasar la noche en su caparazón.

Con el estallido de las guerras de disolución de Yugoslavia, Saban se retiró de la vida pública y dedicó la mayor parte de su tiempo a criar palomas en Nis. En 1999 el productor bosnio Dragi Sestic consiguió localizarle y acordaron grabar un disco para el mercado de la world music. Sestic era un admirador rendido de Saban, a quien consideraba el equivalente balcánico de Ray Charles o John Lee Hooker, y dispuso las condiciones ideales para que brillase: arreglos creativos pero discretos, puestos al servicio de su voz. Saban reinterpretó varios de sus éxitos con el rajo que le habían dado los años y las fatigas y el disco, titulado A Gipsy Legend, alcanzó el éxito internacional. Sin embargo, su reaparición quedó a medias por la indisciplina de Saban durante las giras por el extranjero, en las que faltaba a las actuaciones por quedarse cantando en algún tugurio de la diáspora yugoslava. Sestic no tardó en resignarse a dejar de trabajar con él: “Eres un genio, pero por tu culpa me va a dar un infarto”.

A Saban también le había buscado Goran Bregovic, por aquel entonces una estrella del rock yugoslavo que empezaba a componer música de fanfarrias. Cuando al fin dio con él en un restaurante de Viena, Bregovic le propuso una colaboración, pero Saban se negó en redondo: “Tengo demasiados hijos, mejor que no vuelva a casa”. No obstante, Bregovic sí consiguió que Saban le cantase tres veces seguidas su canción Djeli Mara mientras tomaba apuntes. De esas notas se valió para escribir Mesecina, uno de los temas principales de la película Underground de Emir Kusturica que se convirtió en un himno de la música de los Balcanes. Aunque Bregovic había triunfado con su canción, Saban optó por perdonarle porque no se veía capaz de afrontar un juicio e incluso afirmaba que sentía cierta admiración por él, porque su maña para apropiarse de ideas ajenas cambiando lo justo para no incurrir en plagio le recordaba a los carteristas que saben robar con disimulo. Pasados los años, Saban colaboraría con Bregovic en cinco temas de su disco Tales and Songs from Weddings and Funerals.

 

Djeli Mara, la canción cuyas melodías Goran Bregovic utilizó para componer Mesecina.

 

Cuando le llegó la hora de la jubilación, las autoridades informaron a Saban de que no había cotizado ni un solo día y su solicitud para obtener una pensión extraordinaria como artista se perdió en un laberinto burocrático. Tras una vida derrochando en el juego y el alcohol, merodeaba por el vertedero de Nis revolviendo la basura, entre chanzas por su caída y alusiones groseras a su madre gitana. Sin embargo, el día que murió de una enfermedad cardiaca la noticia corrió por toda Nis y los propietarios de las kafanas apagaron la música. Saban había dejado dicho que se le enterrase con el féretro cubierto y su conjunto favorito de traje y zapatos blancos, ambas disposiciones contrarias al rito islámico del funeral, pero el muftí de Belgrado se desplazó igualmente al cementerio de Nis para rezar una oración por su alma. Mientras se descolgaba con cuerdas su ataúd en la fosa, una fanfarria tocó Djelem, djelem, el himno del pueblo gitano, del que Saban había hecho tantas interpretaciones desgarradas.

Preguntado sobre su adscripción nacional, siempre se declaró como gitano serbio, en ocasiones a su manera particular: “¡Yo soy serbio! Mi abuelo y mi bisabuelo eran serbios. Y, si nací gitano, ¿qué se supone que tengo que hacer? ¿Ahorcarme?”. Pese a considerarse serbio ante todo y ser un hijo ilustre de Nis, la memorialización de Saban en su ciudad natal chocó con el racismo antigitano. Los vecinos de una calle a la que el ayuntamiento quería dar su nombre recogieron firmas contra la decisión e incluso llegaron a plantear acciones como boicotear a los partidos favorables a la iniciativa, cortar las vías del tren o marcharse en bloque para dejar la Calle Saban Bajramovic sin habitantes. Cuando Milica, la viuda de Saban, se encaró al grupo de vecinos, uno de ellos la embistió con una bicicleta y le golpeó el pecho con la rueda delantera, mientras otros la cubrían de insultos y escupitajos.

También generó incidentes la colocación de una estatua de Saban en el centro de Nis. Por encontrarse en un lugar de reunión de skinheads, la escultura fue vandalizada repetidamente: además de arrojarle un bote de pintura rosa, los gamberros trazaron cruces gamadas y símbolos nacionalistas serbios con espray en la peana, acompañados de mensajes racistas como “¡Basta de terror gitano!” o “¡Vuélvete al campamento!”. Sin embargo, desde que las autoridades de Nis instalaron cámaras de vigilancia los ataques cesaron y hoy los jóvenes de la ciudad acostumbran a quedar “donde Saban”. Presidiendo una gradería en anfiteatro que mira hacia el río y la fortaleza otomana de Nis, esta figura de bronce patinado representa a Saban en su estampa más perenne: gafas ahumadas, traje impoluto, una mano que agarra firme el micrófono y, en la cara, un gesto entre el dolor por las amarguras de la vida y la plenitud de poderlas cantar.

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