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El salón eléctrico

Besos, deseo y otras cosas esenciales

El arte siempre está ahí para decirnos que somos uno y también los otros

Pilar Ruiz 1/05/2020

<p>Cary Grant e Ingrid Bergman en Encadenados (Hitchcock, 1946).</p>

Cary Grant e Ingrid Bergman en Encadenados (Hitchcock, 1946).

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El pasado 13 de abril fue el día mundial del beso; una de esas celebraciones vacías en cualquier otra ocasión cobró una inesperada dimensión en pleno confinamiento mundial. Porque el futuro pinta mal para las relaciones humanas y en esta distopía vírica hecha realidad puede que tengamos que tomar medidas profilácticas severas: declaraciones juradas de haber pasado la cuarentena, termómetros, test caseros y mascarillas y trajes especiales para el coito como nuevos habitantes del cajón de la mesilla de noche junto al satisfyer y los preservativos. Como consecuencia del miedo y del confinamiento solitario puede que haya un auge de la industria de las películas que se ven con una sola mano, pero no solo: el cine siempre ha sabido reflejar el hambre de contacto humano, amor y deseo, esa pandemia.

Aunque la mirada –a pesar o gracias a Kuleshov– sea la piedra angular sobre la que se construye el edificio entero, ¿qué sería del cine sin el encuentro entre los protagonistas de esas miradas? El beso final forma parte de nuestra historia sentimental desde hace más de 100 años, está grabado a fuego en nuestras meninges de consumidores de imágenes: el primer beso filmado data de 1896, todo un exitazo del kinetoscopio de Edison, quien tuvo que enfrentar por su causa una campaña censora de las ligas de la Decencia de los Estados Unidos.   

Quizá resulte sorprendente, pero los grandes momentos de pasión cinematográfica no se encuentran en las obras en maestros del melodrama como Douglas Sirk ni en los especialistas del llamado género romántico sino en escenas coladas de rondón en géneros más ásperos, como el thriller. A veces no son más que señales que golpean el inconsciente del espectador. Un ejemplo: los más incautos encontrarán británicamente heladoras y desprovistas de pasión las novelas de la Austen, amor de albarán contante y sonante que la autora usaba para denunciar la terrible postergación femenina en la sociedad de su época, tiempos en los que un casto beso, incluso entre casados, era algo impensable. Una cuarentena eterna.  

En su adaptación de Orgullo y Prejuicio (2005) el director Joe Wright es coherente con ese contexto: el amor en tiempos de Jane Austen suponía que un solo roce lo dijera todo y la maravilla del cine es traspasarlo al sentir de un público del siglo XXI.

Queridos amigos y amigas solitarias (como diría la inexistente Elena Francis): ¿quieren un poco de romanticismo de celuloide en vena? Pues vayan a Hitchcock que, siempre depravado y genial, sabe poner la cámara en el centro del deseo, es un maestro de la pulsión irracional que filmaba los asesinatos como si fueran escenas de amor y las escenas de amor como asesinatos, recuerden. Aquí tienen dos muestras a elegir, a ver si pasan el test: Encadenados (1946) con la Bergman colgada literalmente de Cary Grant (“Todo el mundo quiere ser Cary Grant. Incluso yo” dijo Archibald Leach, in arte Cary Grant).

Vértigo (1958), con su antológico beso fantasmagórico en travelling de 360 grados y partitura homenaje a Tristán e Isolda del mayor compositor que haya tenido Hollywood: Bernard Herrmann (1911-1975).

Y luego está John Ford. Sí, el de los westerns. Otra sorpresa. El viejo tuerto militarista, glorificador del Séptimo de caballería, quien estaba más orgulloso de su grado de oficial y la herida recibida en la batalla de Midway –rodaba para un documental– que de su filmografía entera. Pues ese duro que parecía que masticara rodamientos debía de saber algo sobre el amor que a los demás, simples mortales, se nos escapa. Al menos nadie ha sido capaz de reproducir la emoción del beso y el abrazo de la genial manera que hizo él. A más de uno y de una les sorprenderá esta consideración como el director más romántico, más amoroso de la historia del cine. Ford es capaz de dejarnos con el alma en el vilo con solo quitarle el pañuelo de la cabeza a Constance Towers en Misión de audaces (1959) y hacernos temblar de emoción con los besos entre Maureen O’Hara y Wayne –anti galán romántico– en El hombre Tranquilo (1952).

Mucho más oculta aún está la historia de amor entre Martha y Ethan en Centauros del Desierto (1956). Apenas dura unos fotogramas de miradas, gestos y silencios en planos generales y segundos términos que hay que rastrear como un sabueso –¡esa forma de acariciar el capote de su cuñado!–. La venganza de Ethan, toda la acción, se debe a la pérdida del amor de su vida; encontrar a la hija es su obsesión porque es lo único que le queda de esa mujer. Pero, ¿por qué Martha se casó con el hermano vulgar y tacaño en vez de con su verdadero amor? ¿Quizá fue ese desamor el que llevó a Ethan a ir a la guerra para luego convertirse en un asesino profesional? Nunca lo sabremos: las buenas historias nunca lo cuentan todo, pero si les ha picado la curiosidad pueden leer la magnífica novela del guionista y escritor de novelas del Oeste Alan Le May (1899-1964) y escapar del confinamiento vírico para correr aventuras por la frontera, libres en un paisaje imposible de confinar. 

El abrazo del encuentro entre tío y sobrina y el “Let´s go home, Debbie”, de Wayne, en casa estamos mejor, no en ese afuera lleno de peligros, podría servir para una campaña promocional del “Quédate en casa”.

Y si Ford es poesía, hay más para elegir: la pura y dura tiene como líder indiscutible a Andrei Tarkovski, experto en imágenes que dejan sin aliento; vean si no el abrazo sobre la trinchera de La infancia de Iván (1962). 

De la piel y su roce traspasando la pantalla también sabía mucho Elia Kazan y para muestra, Un tranvía llamado deseo (1951). A ver quién es la guapa o guapo que se resiste a ese grito de Brando (Imaginen: ¡¡Maríaaaa!! ¡¡Pacooo!!) y nos tiemblan las entretelas con ese hundir los dedos en el pelo revuelto, ese estrujar la carne de un dios. Eros tan desatado que casi podemos sentir en nuestro hambriento estómago de público de sofá solitario (a saber cuándo podremos volver al cine) el calorón interior y exterior de Nueva Orleans: es mejor ir mentalizándonos para posibles confines caniculares. Claro que, con un animal como Brando, la escena debió de resultar fácil para Kim Hunter, Oscar por esta película y grandiosa actriz teatral, caída víctima de las listas negras de la Caza de brujas por filia comunista. Escondida durante décadas, fue capaz de ponerse el disfraz de la chimpancé Zyra en El planeta de los simios (Schaffner, 1968). Por cierto que su mentor, Kazan, fue uno de los chivatos más famosos: hay amores que matan como un virus. 

Y para calentones famosos el De aquí a la eternidad (Zinnemann, 1953) que además de melodrama es película bélica, en la famosa escena de la playa contada por una de sus protagonistas, la simpar Deborah Kerr. Qué señora.  

Más allá del deseo, el cine subraya su propia esencia de sueño, de intervalo en la vida común que nos permite revivir lo imposible, fiel a su esencia nacida de los cuentos de hadas. Solo así se puede contar la aventura del primer amor, experimentar de nuevo y mil veces el más inocente y verdadero de los besos que dimos y nos dieron, los labios primerizos y adolescentes. Un homenaje a todos ellos es el “más apasionado y el más puro de todos los besos”: el de La princesa Prometida (Reiner, 1987).

Nadie podrá encerrar ni prohibir la necesidad humana de experimentar el afecto, el amor y el deseo incluso de la forma fantasmal que brinda el cine, tocándonos el alma y los sentidos con sombras y luz. Incluso una película tan floja y sentimentaloide como Cinema Paradiso (Tornatore, 1998) se redime a sí misma con una sola secuencia, la de los besos reprimidos y censurados por una Iglesia católica confinadora de pasiones a perpetuidad. Pero nunca pudimos imaginar que durante algún tiempo y por razones superiores más urgentes que nuestras propias pulsiones, tuviéramos que conformarnos con estos afectos, amores y deseos de cine, a falta de otros. 

Ahí está el arte, aunque lo llamen con desprecio “entretenimiento” u “ocio” como si entretenerse y disfrutar del ocio no fuera el mayor logro de un ser humano siempre acuciado por la mera supervivencia, hambriento, aterrado y enfermo. Incluso los hombres y mujeres de las cuevas de Altamira pintaban, cantaban, bailaban y contaban historias. Disfrutar del ocio, entretenernos, representa el mayor grado de civilización que hemos conseguido después de milenios: a muchos millones de personas en todo el mundo el fruto de la imaginación ajena y propia les parece tan importante o más que la harina y la levadura agotados en los súper porque el arte no es solo un producto industrial o artesanal, una reflexión teórica o intelectual, ni siquiera un sector laboral, en nuestro país 700.000 trabajadores en su mayoría precarios. Es mucho más. En él viven las voces de otros seres humanos que sintieron las mismas alegrías, esperanzas, dolores y miedos que nosotros, que nos hablan desde el fondo remoto del tiempo y del espacio para recordarnos que no estamos solos, que todos formamos parte de la misma especie, que nuestra supervivencia depende, precisamente, de nuestra conciencia como grupo, de comunidad. El arte esencial siempre está ahí para decirnos que somos uno y también los otros.

Pero si todo esto no les convence, no importa: uno de los artistas más grandes de nuestra pobre y débil especie siempre está dispuesto a enviarles un beso y un abrazo a través de su música. Lleva haciéndolo desde hace más de 200 años. 

Que el viento y las olas y cada elemento benigno respondan a nuestros deseos.

Autora >

Pilar Ruiz

Periodista a veces y guionista el resto del tiempo. En una ocasión dirigió una película (Los nombres de Alicia, 2005) y después escribió dos novelas: El Corazón del caimán y La danza de la serpiente (Ediciones B).

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