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redes tóxicas

¿Por qué hablamos de bots?

Cuando la mentira y la calumnia se dan la mano con la propaganda y la agitación, la desinformación se vuelve una operación de guerra contra la verdad tremendamente peligrosa

Iago Moreno 16/04/2020

<p>Ruido.</p>

Ruido.

J.R. Mora

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Los bots son piezas de software preparadas para comportarse de forma automatizada. Es decir, robots digitales diseñados para realizar determinadas funciones como autómatas virtuales; como “androides” de la red. Estas tareas pueden ser benignas, pero también malintencionadas. A veces, las segundas, pueden consistir simplemente en seguir o retuitear a alguien masiva y artificialmente, pero también en difundir noticias falsas, bulos y mentiras; en linchar o señalar a alguien inocente; o en bombardear conversaciones on-line para hacer descarrilar un debate público para evitar que se conozca una verdad incómoda. Sin que nos demos cuenta, una parte gigantesca del debate social que tiene lugar en las redes está mediada por la influencia de los bots, y los casos de manipulación. ¿Cómo no iba a preocuparnos esto ahora, cuando nuestras vidas están más que nunca conectadas a través de las redes? 

No se trata de estar a favor o en contra de los bots sino de entender que para adaptarnos a las nuevas tecnologías es vital entender qué puede pasar si se usan con propósitos destructivos

Los bots no son necesariamente malignos, la tecnología nunca es mala per se. De la misma manera que un brazo robótico que servía para ensamblar las piezas de un coche, hoy puede servir para fabricar un respirador, los “ciber-robots” que usan algunos periódicos o cadenas de televisión para compartir simultáneamente sus noticias a través de las redes hoy pueden servir para informar a la ciudadanía automáticamente sobre los avisos más importantes en torno a la pandemia. Hay “bots” benignos, siempre los ha habido. Por ejemplo, el bot “Big Ben” de twitter se encarga de tuitear un “¡BONG!” cada vez que suenan las campanas del reloj de Westminster. Otros, como el “@earthquakebot” nos avisan inmediatamente de terremotos y tsunamis. Los bots pueden hacer servicios públicos e incluso entretenernos. Por ejemplo, en España, bots como “Famous Spanish War Bot” han cautivado la atención de miles de españoles retransmitiendo un combate ficticio entre famosos, cuyos resultados se decidían de forma automatizada.  314 famosos fueron elegidos para ello, incluyendo a personalidades de la música como Bad Gyal, Chayanne o El Cigala, y políticos como Carles Puigdemont, Aznar o Felipe VI. 

Como dice Jorge Moruno, hay quien se aplica en “colocar la frontera entre quienes quieren avanzar, –la luz eléctrica– y quienes se resisten a ello –los fabricantes de velas”.  Esto no es parte de ninguna cruzada contra la tecnología. No se trata de estar a favor o en contra de los bots sino de entender que para adaptarnos a las nuevas tecnologías es vital, esencial, entender qué puede pasar si se usan con propósitos destructivos al caer en en las manos equivocadas. Hay una realidad incómoda que muchos se niegan a aceptar. Ante los peligros de la ciber-manipulación y la desinformación virtual, la democracia está desprotegida. Como señalábamos Guillermo Fernández y yo en nuestro último artículo, en nuestra sociedad no existe un sistema inmunológico que nos defienda de los peligros de la era digital. 

El problema es que esas mismas tecnologías se pueden utilizar a la ofensiva, para señalar o bombardear a insultos a quien discrepa, para acorralar a periodistas o activistas incómodos

Los bots políticos más simples sirven para inflar las filas de seguidores de un perfil o engordar artificialmente el número de retuits y “me gusta” de sus publicaciones. Cantantes, influencers y modelos, pero también políticos y candidatos, han usado esta estratagema para mostrarse más queridos y apoyados de lo que realmente son. Igual que los más pícaros influencers lo han llegado a usar para conseguir patrocinadores con mayor caché, muchos políticos han recurrido a esta estrategia cutre y sencilla para disimular sus carencias o inflar sus redes en las horas más bajas. Entre ellos, el mismísimo presidente de Ecuador, Lenin Moreno; conocido por su inclinación enfermiza al engaño. Nuestro país no está entre las excepciones, y en el mundo de la política ya ha habido decenas de casos. Las Nuevas Generaciones del Partido Popular, la campaña de Susana Díaz en las primarias del PSOE y varias campañas municipales de Ciudadanos son sólo algunos ejemplos de cómo se han usado este tipo de estrategias de una forma exageradamente obvia para conseguir resultados casi invisibles. En este país, nunca ha faltado un listo que se crea por encima de los demás. Sin embargo, estos juegos rastreros a pequeña escala son casi inofensivos al lado de las terribles consecuencias que puede tener la manipulación vía bots.   

Hasta los mejores ajedrecistas del mundo han perdido miles de veces ante un ordenador. Hasta los jugadores de videojuegos más habilidosos han sido derrotados miles de veces al enfrentarse a una consola. Las tecnologías actuales son muy refinadas y los seres humanos somos mucho más simples de los que nos creemos. Reconozcámoslo: la mayor parte de las conversaciones políticas que tenemos en la red son muy fáciles de embarrar o descarrilar. A gran escala, los bots, utilizados con maldad y hambre de poder, son fácilmente convertibles en algo mucho peor a una inyección de falsos apoyos o un lavado de imagen pública. El problema ya no está en que grandes fondos privados se coaliguen con grupos políticos para automatizar la difusión y engordar la lista de seguidores de grupos de opinión concretos dentro de una red. El problema es que esas mismas tecnologías se pueden utilizar a la ofensiva, para señalar o bombardear a insultos a quien discrepa, para acorralar a periodistas o activistas incómodos, o para difundir los peores bulos y montajes.  

Hablamos de una guerra sofisticada, calculada y mecanizada que usa herramientas cada vez más refinadas a la hora de embarrar o cortocircuitar los debates que más falta nos hacen como sociedad

Cada vez en más partes del mundo se destapan casos de redes de bots encargadas de difundir masivamente determinadas proclamas políticas, linchar a adversarios o periodistas o cambiar la agenda pública arrancando debates motorizando a sus voceros con un contundente golpe de difusión. Esto no es ningún juego. Las nuevas tecnologías de minería de datos pueden orientar a los bots a rastrear sus “objetivos” leyendo nuestras conversaciones o analizando con qué cuentas interactuamos. Procesando los resultados de sus ataques, pueden corregir qué tipo de maniobras hacen para conseguir que sean más efectivas o incluso enderezarlas en tiempo real.  La gramática y la sintaxis siguen estructuras ya dadas, y por lo tanto cada vez es más fácil que construyan miles de variaciones de un mismo mensaje para parecer reales o incluso que contesten a quienes les plantan cara para dar una mayor sensación de realidad. Sólo una fuerte legislación y un observatorio nacional en contra de la desinformación virtual y la ciber-manipulación pueden frenar un desastre. 

En tiempos de confinamiento, las redes sociales son cada vez más importantes en nuestras vidas. Son una de nuestras principales fuentes de información y son uno de nuestros principales lugares de debate. Sin embargo, también se parecen cada vez menos al ágora de expresión libre y democrática que prometieron ser.  Cuando la mentira y la calumnia se dan la mano con la propaganda y la agitación vía bots, la desinformación se vuelve una operación de guerra contra la verdad tremendamente peligrosa, y hay que estar precavidos. Hablamos de una guerra sofisticada, calculada y mecanizada que usa herramientas cada vez más refinadas a la hora de embarrar o cortocircuitar los debates que más falta nos hacen como sociedad. No se trata de elevar más el tono o de abrazar lógicas conspiranoicas; pero no nos podemos permitir el lujo de obviar las terribles consecuencias que puede tener sobre nuestro futuro. 

La llegada de grandes plataformas como Twitter y Facebook a nuestras vidas fue bienvenida por muchos como una bendición por su potencial democratizador. Permitían, supuestamente, dar voz a cualquiera que tuviese algo que decir y esquivar la censura mediática, los apagones informativos y las mentiras de los poderosos. Todo eso es parcialmente cierto, no voy a ser yo quien lo niegue. Sin embargo, todo tiene una cara b. Vivimos tiempos extremadamente delicados, donde la ansiedad y el miedo al futuro marcan nuestras vidas con más contundencia que nunca. Eso puede solucionarse con empatía y con cuidados, con esfuerzos colectivos por reconstruir el país, pero también puede explotarse con las más rastreras de las manipulaciones. En nuestro país hay grupos políticos y mediáticos de la derecha que han sido descubiertos empleando estas tecnologías durante la cuarentena para avivar el odio, manipular el debate social y difundir bulos y montajes mientras España se enfrenta a la pandemia. Señalarlo nos ha costado a muchos la censura y campañas de difamación. Que no dependa de unos pocos; esto es un debate que tenemos que abrir entre todos. No contra nadie, sino por todos y todas. Son las bases más fundamentales de la vida democrática las que están en juego.

Autor >

Iago Moreno

Sociólogo por la Universidad de Cambrigde. Experto en extrema derecha.

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