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Libros

Las buenas intenciones

La autora se pregunta por la eficacia de las medidas que se están tomando ante la epidemia, y por cómo puede afectar a librerías, escritores, traductores, correctores y editores

María Bohigas Sales 23/04/2020

<p><em>Los libros amarillos</em> (1887)</p>

Los libros amarillos (1887)

Vincent Van Gogh

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Da la casualidad de que he leído dos artículos que exponen los dos extremos de una misma cuestión. 

El primero se titula “Bérgamo, la masacre que la patronal no quiso evitar”, y pocas veces algo publicado en un periódico me ha sublevado así, con violencia, con desolación, con un sentimiento de impotencia que duele de verdad. Alba Sidera explica que los alcaldes de la Val Seriana –la zona industrial más productiva de la Lombardía– vieron cómo se les negaba la orden de confinamiento durante un mes entero, entre el 23 de febrero y el 23 de marzo, cuando el número oficial de infectados en la zona ascendía a 6.500. En la crónica de la presión ejercida por los propietarios de las fábricas contra el Gobierno está el meollo de este artículo imprescindible, por mucho que duela leerlo. Dos fechas: el 28 de febrero, la patronal industrial italiana lanzaba la campaña #YesWeWork; el 30 de marzo todavía se podían contar 1.800 fábricas en funcionamiento. Una de ellas, Tenaris, es propiedad de Gianfelice Rocca, propietario a su vez de las dos clínicas privadas más importantes de la zona –que no se activaron por la alerta de coronavirus hasta el día 8 de marzo.

Que la extrema riqueza solo se puede construir sobre la base de la inhumanidad extrema es una verdad tan antigua como el mundo, una verdad que las leyes humanas nunca reflejarán. Gianfelice Rocca debería ser condenado a la más dura de las penas, como todos los patronos de fábrica que presionaron al Gobierno para que los obreros no dejasen de trabajar en plena pandemia. Son criminales porque tratan a los obreros igual que los negreros trataban a los esclavos, y deberían ser condenados en su calidad de esclavistas asesinos. ¿Quién se hará responsable de esta necesidad? ¿Qué chispa de sublevación será capaz de aligerar el peso de la impotencia que nos abruma? ¿Qué racimo de chispas sacudirá nuestra parálisis? ¿Quién rendirá cuentas a los patronos y a los gobiernos de lacayos que les apañan la legalidad y les limpian el camino a la extrema riqueza, que en esencia es criminal? Sabíamos y sabemos en qué circunstancias trabajan los obreros de Benetton y sin embargo las tiendas Benetton florecen en todas las ciudades que conozco. Pretender que todos somos responsables del crimen de Benetton sería estúpidamente angelical, ya que los responsables del crimen de Benetton son los accionistas que deciden dónde y cómo se fabrica la ropa Benetton. Nosotros nos limitamos a llevarla puesta: le damos a Benetton un motivo para producirla, y gracias a nosotros se enriquece a lo grande. Se nos puede acusar de ser profundamente imbéciles, pero no somos criminales. O en cualquier caso el crimen que cometemos es contra nosotros mismos, la mayoría de los cuales somos asalariados, es decir personas privadas del poder de decisión sobre si exponemos o no exponemos nuestras vidas en caso de epidemia. Ser un asalariado es esto.

Pocas horas después de leer el artículo apasionante y terrible de Alba Sidera, leí este otro de Clara Morales: “Las librerías de España rechazan abrir ya como en Italia”. En Italia las librerías forman parte de los primeros comercios autorizados a levantar la persiana después del confinamiento, ya que el Gobierno ha inscrito los libros entre los bienes de primera necesidad. Pero en realidad la mayoría de libreros se han negado. A primera vista el argumento es de una lógica aplastante: “Si el confinamiento tiene que durar hasta por lo menos el 3 de mayo, sin clientes por la calle y con un riesgo muy alto de contagio, no sirve de nada que el Estado ponga los libros al mismo nivel que los alimentos.” Clara Morales ha querido averiguar qué pensaban los libreros en España, y aquí tenemos lo que le respondió Alberto Taiga, presidente de CEGAL: “Para las librerías no sería bueno estar abiertas ahora mismo. Lo que pedimos es ser de los primeros en volver cuando empiece la desescalada, pero no tendría sentido abrir si no se relajan las medidas de confinamiento.” Y de aquí se sigue que los libreros españoles hayan renunciado expresamente a inscribir el libro entre los bienes de primera necesidad.

Que la extrema riqueza solo se puede construir sobre la base de la inhumanidad extrema es una verdad tan antigua como el mundo, una verdad que las leyes humanas nunca reflejarán

Felip Pineda, de Detroit Llibres en Alicante, lo justifica con un argumento económico: “¿Qué sentido tiene, que un librero pague empleados y suministros para vender… cuándo? Si la policía ya te multa por comprar determinados alimentos, ¿quién irá a una librería?” Lola Larumbe, de la mítica Alberti de Madrid, lo matiza con un argumento sanitario: “Hoy por hoy, no hay seguridad sanitaria y económica, no hay gente en las calles para que vaya a las librerías. Creo que es mejor ser prudentes”. Pablo Bonet, representante de los libreros madrileños, habla de la necesidad de adecuar los locales a las medidas de seguridad y anuncia: “No se podrán hojear los libros, ni charlar durante media hora como solemos hacer”.

Prudencia. Todo lo contrario de lo que ha inspirado las decisiones de los industriales esclavistas y asesinos de la Lombardía. Deberíamos estar contentos. La gente del libro ha demostrado que es capaz de llevar a cabo su trabajo con un verdadero sentido de la responsabilidad. Yo confieso que contenta no estoy, y necesito analizarlo.

En el caso de los libreros el argumento económico y jurídico se esculpe en piedra: si es posible ampararse en una ayuda por cese de actividad, ¿a santo de qué un librero debería exponerse a una extrema y peligrosa tensión, manteniendo los gastos sin tener ingresos? Sin embargo, el argumento sanitario ya no me parece tan escultural. En otro artículo leído esta mañana aparece un médico que saluda a un periodista con un apretón de manos. El periodista se sorprende. El médico le contesta: si me lavé las manos antes y me las lavo después, ¿qué motivos tengo para no darte la mano? La cuestión no es dejar de hacerlo sino hacerlo bien. Y yo me pregunto: ¿frecuentar una librería es peligroso? ¿Qué gestos llevamos a cabo que supongan un riesgo para la salud de los libreros y los lectores? Sin ningún tipo de duda, la librería es uno de los comercios en los que los clientes tocan más la mercancía. Abrimos, hojeamos los libros, no menos de diez en cada ocasión. ¿Y esto tiene solución, en tiempos de epidemia? La verdad es que sí: bastan un par de guantes de plástico y una mascarilla, como en el supermercado. ¿Y el problema de la distancia prudencial? Aquí nos encontramos con una dificultad seria. El espacio disponible en la mayor parte de las librerías casi nunca es abierto, ni espacioso, ni mucho menos diáfano. En una librería la gente acepta que su burbuja de soledad se apretuje con la de al lado. Y en tiempos de epidemia esto es un desastre: controlar el aforo, formar una cola en la puerta, darse prisa para que los otros no esperen tanto... son gestos poco compatibles con el soberano capricho del lector cuando se halla en una librería de invertir el tiempo que le da gana, haciendo caso omiso de todo lo que no sea su deseo de hojear libros.

Termino el análisis y constato que los libreros tienen razón cuando dicen que es un sinsentido, que no les conviene abrir las librerías mientras no se relajen las medidas de confinamiento. Pero el descontento no se me va. Las palabras, siempre las palabras. ¿“No conviene” significa lo mismo que “no tiene sentido”? ¿No tiene sentido para quién? ¿Lo tiene para con los lectores? ¿Tiene sentido… para los autores? ¿Quién habla de los autores? Es una de las cosas que más me ha sorprendido a lo largo de estas cinco semanas de confinamiento: el objeto de nuestro afán cultural, la niña de nuestros ojos parece que sean las librerías. Y mirad lo que os digo, no: son los libros. Lo expreso con cierta brusquedad y en ningún caso menosprecio a las librerías. Al contrario. Para nada es un secreto que Club Editor colabora constantemente con ellas, vamos de un lado para otro realizando clubes de lectura, recitales y conferencias. Y lo hacemos porque en Cataluña hay muchos pueblos y ciudades donde la librería es el verdadero centro cultural, y lo son porque los libreros aceptan asumir unas obligaciones propias del interés general: se ponen al servicio de la vida cultural, es decir de la comunidad, no se limitan a ser una parroquia comercial. Es bonito, es útil, es generoso y se debe preservar, y todos los actores del mundo del libro debemos sentirnos responsables de ello. La inmensa mayoría de los autores así lo sienten y participan en clubes de lectura y en giras y en presentaciones siempre que los convocan. Y lo hacen gratis. Promoción, así lo llamamos los editores; pero las horas invertidas por los autores no se cuentan, y son horas restadas a su trabajo, que es la de escribir. Horas que regalan a la comunidad.

El espacio disponible en la mayor parte de las librerías casi nunca es abierto, ni espacioso, ni mucho menos diáfano. En una librería la gente acepta que su burbuja de soledad se apretuje con la de al lado

A mí y a cualquier lector lo que nos importa son los libros. Y por lo tanto los autores. El prodigioso desbarajuste que ha producido el virus (y la respuesta política al virus) supondrá muchos cambios que todavía desconozo para las personas relacionadas con el libro, cosas que todavía no sé, no me atrevo a perfilarlas. Pero de entrada significará que los autores cobrarán unos derechos de autor muy, pero que muy, inferiores a los que habrían cobrado en condiciones normales. ¿Cuántos buenos escritores tendrán que interrumpir libros al no disponer de suficientes ingresos para liberar el tiempo que exige la escritura? Una pregunta que va más allá de estos tiempos de plaga: una pregunta que nos la podemos hacer siempre. Y no la lanzo desde una posición que reivindique la profesionalización del escritor, en el sentido que le dan los que defienden que escribir, como cualquier otro trabajo, debería ser una actividad remunerada. En tanto que editores, nosotros haremos cuanto esté en nuestras manos para evitar que los autores interrumpan su trabajo. Lo que “sea necesario” que no siempre es sinónimo de lo “que nos conviene”. Durante el confinamiento Club Editor ha encargado tres nuevas traducciones. No sabemos cuándo podremos publicarlas, ni de qué estaremos viviendo todos cuando tengan que publicarse. Lo que sí sabemos es que merecen la pena, sin la menor duda, y los traductores necesitan trabajar.

En Cataluña, por motivos demográficos y políticos, ni los mejores escritores se las apañan para disponer con libertad del tiempo necesario para escribir de manera constante. De manera que nuestra buena literatura es más escasa de lo que debería ser. El esfuerzo para becar a un conjunto no muy grande de autores –los que a lo largo de los años han demostrado que eran escritores de verdad, para los cuales escribir es un acto necesario y primordial, y muy exigente, de comunicación– sería económicamente factible: hablamos de cantidades irrisorias, cuando lo único que se paga es materia gris. Las becas Montserrat Roig son un intento, un ensayo de respuesta a esta necesidad. Aunque la dotación es menor, como todo lo que se concede al libro desde las arcas públicas.

¿Y los traductores? Son autores, no en el mismo sentido que los escritores, pero no menos imprescindibles. Sin ellos la literatura universal no existiría. La mayor parte de los libros que leemos, los leemos interpretados y reescritos por ellos. ¿Cómo incide la epidemia en sus vidas? Conozco unos cuantos que han pasado de tener tres o cuatro encargos en el horizonte a no tener ninguno. Muchas editoriales se preparan para un futuro inmediato catastrófico, y lo hacen porque saben que el libro no es un bien de primera necesidad, ni siquiera para los representantes de las librerías. Insisto: los representantes. Decididamente tenemos un problema de representación. Conozco muchos libreros que se las han ingeniado de manera muy diversa y variada para preservar la vida literaria durante la epidemia. Les saludo y les abrazo con todo mi corazón.

Muchas editoriales se preparan para un futuro inmediato catastrófico, y lo hacen porque saben que el libro no es un bien de primera necesidad, ni siquiera para los representantes de las librerías

Mientras tanto, y en el mundo del libro, hay personas que predican un sentido de la responsabilidad que no se preocupa ni de los libros, ni de los autores, ni de los traductores ni de ningún otro de los actores que hacen posible la vida literaria. Así se pregunta el escritor y periodista Jorge Carrión, en otro artículo más sobre Sant Jordi 2020: “Si alguien piensa en recurrir a la mensajería para obtener su libro o su rosa, puede hacerse esta pregunta antes de darle al click: ¿realmente quiero recordar que me llegó a través de un hombre con guantes y mascarilla que se veía obligado a poner en peligro su salud a cambio de un sueldo miserable?” Yo quisiera recordar a Jorge Carrión, y a todos los que hacen campaña contra la entrega a domicilio de libros, empleando lo que quedará para la Historia como el argumento del repartidor, que circular en moto y dejar un paquete en la puerta no conlleva ningún riesgo sanitario. El mayor riesgo es un accidente de tráfico, riesgo igual de elevado hoy que ayer. En cuanto a lo del suelo misérrimo, querría recordar a Jorge Carrión que el corrector que corrige sus libros y artículos cobra por hora trabajada un precio sensiblemente inferior al que cobra un repartidor. Tengo amigos correctores que cuando se enteraron de las tarifas de Glovo me dijeron que igual se lo piensan. Los correctores no viven del aire. Como tampoco viven, por cierto, tantos periodistas que llevan un tiempo cobrando entre treinta y cincuenta euros por artículo. Lo cual explica la baja calidad de muchos artículos publicados por unos periódicos a los que parece que tampoco se les haya ocurrido que el periodismo es un bien de primera necesidad. Periodistas como Alba Sidera demuestran que lo es, y de qué manera. Más que nunca.

Pero volvamos a los fabricantes criminales y a las editoras con escrúpulos de conciencia que lidian con el afán de vender –ya que una servidora no es otra cosa que esto. Querría dejarlo claro, por si algún tuitero beocio empieza a clamar al cielo: no pretendo que una conducta irresponsable se justifique solo porque vendemos libros en lugar de tubos para extraer petróleo, como Gianfelice Rocca. Por maravilloso que sea, el libro no justifica ningún tipo de conducta irresponsable. Pero conviene preguntarse de qué es responsable cada uno. Llegar al extremo de negarse a declarar el libro como un bien de primera necesidad me parece, por parte de la librería, un caso de irresponsabilidad alarmante. Se debió reclamar que fuera inscrito como tal y ponerle condiciones. Se debió –y se debe– luchar para que la administración, en este campo no menos que en otros, asuma responsabilidades. Venimos de una tradición política donde la vida cultural tiene poco precio. Si los que viven de vender objetos culturales los devalúan por iniciativa propia, de igual que echen mano de argumentos económicos, jurídicos y sanitarios, lo que transmitirán al público, sin lugar a dudas, es que NO VALE LA PENA DEFENDER LA VIDA LITERARIA.

Esta es la lección que nos ha dado este Sant Jordi. Ahora mismo tengo el alma por los suelos. Cuando la recoja haré todo lo posible para encontrar, al lado de los que no piensan como yo, la manera de preservar una de las pocas facetas de la vida colectiva que nos permite ser algo más que individuos: comunidades de historia, de sensibilidad, de pensamiento. Y necesitamos a los autores para expresarlo.

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Maria Bohigas Sales es editora. 

Traducido del catalán por Adrià Pujol Cruells.

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María Bohigas Sales

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1 comentario(s)

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  1. Francesc Bechdejú

    Aplaudo el artículo de Maria Bohigas. Valiente, claro, sincero, atrevido. Estoy con sus tesis, las secundo y apruebo totalmente. Bravo Maria!

    Hace 1 año

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