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Creación cultural

Manualidades y apagones

El menosprecio de la cultura y la imaginación popular

Rafael SM Paniagua 25/04/2020

<p>Pancarta C-1622. Archivo 15M, Madrid, mayo 2011.</p>

Pancarta C-1622. Archivo 15M, Madrid, mayo 2011.

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Tras varias semanas de confinamiento, la burbuja cultural ha estallado de diversas formas. Por un lado, en forma de protesta de los profesionales y trabajadores culturales que habrían “perdido la paciencia”, como recoge Peio H. Riaño, ante la inacción del Gobierno para mitigar la crisis del sector que se avecina y su falta de aprecio por el papel que está desempeñando la cultura en tiempos de confinamiento social. Por otro, esta especie de atracón ya ha modificado en algunos sentidos las dinámicas sociales de producción y consumo cultural. Saturados de consumir simplemente lo que se nos ofrece y enfrentados a nuestro propio aburrimiento, tristeza o malas expectativas con el futuro, por todos lados hay personas confinadas, cualesquiera que sea su condición económica, recuperando su tiempo, experimentando, creando y compartiendo. Asediadas por la hiperexcitación o el aburrimiento, las masas se han puesto a hacer masa de pan. La gente se ha puesto manos a la obra. Las creaciones amateur inundan las redes. Muchas personas que no acusan la brecha digital están retransmitiendo sus fantasías y propósitos o asistiendo a cursos virtuales. Cosemos, dibujamos, cantamos, hacemos sonar nuestros instrumentos por la ventana, o escuchamos los que otras personas hacen sonar. Cocinamos, escribimos cartas o poesía. Las personas creyentes también han entrado en la zona de experimentación lúdico-devocional, pergeñando artilugios procesionales de toda clase, que ninguna conferencia episcopal se atrevería a sancionar, por muy zafios que parezcan. Jugamos con los niños y ya no nos valen las mismas trolas, ahora que les hemos tenido que explicar por qué los hemos encerrado por el bien común. Aprendemos a desaprender el mundo que nos ha puesto en este difícil brete. Salimos a aplaudirnos como sociedad cada día a las ocho, aunque nos escuezan los fracasos y las heridas sociales de toda clase que sufrimos, que son bien profundas. Han muerto ya muchísimas personas, la mayoría ancianos abandonados a su suerte en instituciones de alto rendimiento especulativo y neoliberal. Desde hace miles de años, la muerte suscita en las sociedades experiencias religiosas y estéticas por igual, no necesariamente solemnes.

En un momento de urgencia, de interrupción de toda tarea no esencial y de confinamiento en nuestros privilegiados o míseros hogares, la pregunta por la importancia y el valor de la cultura, del arte y el conocimiento se impone. ¿No es irrisorio, en efecto, no es desesperado aprender la historia o recitar poemas en el momento en el que una urgencia invade las mentes, en que el futuro está comprometido, en que el hambre atenaza los cuerpos y en que hay que pensar, sin descanso, en hacer las maletas ante un enemigo que amenaza?” Es la pregunta que, en búsqueda de una política del arte y la pedagogía en tiempos difíciles, se hace George Didi-Huberman frente al poema 1940 de Bertold Brecht, en el cual su hijo Stefan le pregunta sobre la utilidad de aprender matemáticas, francés e historia cuando están cayendo bombas. Brecht quisiera contestarle que ciertamente nada de eso parece necesario (“de que dos pedazos de pan son más que uno ya te darás cuenta [...] señálate la boca y la tripa con la mano, que ya te entenderán [...] aprende a esconder la cabeza en la tierra y acaso te salves”) y sin embargo le dice ¡Sí, aprende! Recita poemas. Haz teatro a pesar de todo. Expuestos a una incertidumbre que buscan vendernos como una guerra para la cual volvemos a ser sus soldados heroicos o sus víctimas trágicas, descubrimos que el cuidado de sí mediante la educación y el arte son una resistencia y un depósito incalculable de experiencias que mantienen vivo lo que hoy más tememos perder. Acaso nuestro derecho a vivir con dignidad todo este sufrimiento.

El aguafiestas crítico contra la imaginación popular

La razonable crítica al respecto de la sobresaturación y la bulimia cultural, como la que compartió Iván de la Nuez, no escondería el hecho de que estas formas de entretenimiento nos sirven para habitar honestamente la inquietud, el temor y el tedio. La burbuja cultural también nos ha permitido respirar en medio de este aire contaminado de toxicidad y, paradójicamente, crear algo de silencio. Paul B. Preciado, en un plomizo texto crítico, sugería que apágaramos los móviles e hiciéramos un “blackout para imaginar juntos la revolución que viene”. La necesidad de desconectar de la hiperactividad de los media para poder mantenerse meridianamente sanos no es algo que se le escapara a la mayoría de la gente, sin embargo también hemos experimentado que una llamada por videoconferencia mitigó nuestra la soledad, o el sufrimiento por la separación entre enfermos y familiares.

Quizá las manualidades no son el anacronismo metodológico de la educación artística que hay que criticar, sino la práctica material que inspira una ética del trabajo gozoso que hay que redescubrir

Es irónico que muchas de las personas que trabajan para la democratización del arte y la cultura no puedan soportar el hecho de que cuando una experiencia en ese sentido tiene lugar no se ajuste a sus propias recetas. María Acaso, promotora de las nuevas pedagogías sexis que han seducido por igual a la esfera corporativa, empresarial y entrepreneur y a las instituciones públicas y privadas del arte–, criticaba enérgicamente hace unos días el hecho de que la gente se esté dedicando, con alegre complacencia, a hacer toda clase de manualidades en casa durante su confinamiento. Durante años, Acaso y todos sus satélites nos han estado repitiendo que la importancia y el valor del arte en la escuela no tenía nada que ver con hacer manualidades o reproducir escenas de cuadros famosos, como están haciendo miles de personas, demostrando un ingenio escenográfico y teatral do it yourself de gran originalidad. Quizá no son únicamente los cuadros lo que la gente está mimetizando a modo de representación, quizá están reproduciendo, con su disponibilidad para el juego, la propia fuerza creativa que alumbró estos cuadros. Quizá las manualidades no son el anacronismo metodológico de la educación artística que hay que criticar, sino la práctica material que inspira una ética del trabajo gozoso que hay que redescubrir. Pienso que el plenairismo, una práctica artística que muchos intelectuales podría considerar obsoleta, podría ser vista hoy como un ejercicio de resistencia estética de primer orden y quizá, en el futuro, habrá exposiciones de quienes (¡insolidarios!) desobedecieron el confinamiento para capturar una imagen del afuera del que fuimos despojados.

Según la perspectiva del aguafiestas crítico que Acaso nos invita a ser, a la contra de la sociedad cuyas prácticas culturales minusvalora y a la vez desea o ha sido encomendada a reformar, “la educación artística no es ningún pasatiempo”; “la educación artística no es divertida” o la “educación artística no es bonita”. Sin duda resulta curioso, no solo porque este enfoque confronte en muchos aspectos las experiencias emancipadoras de la nueva pedagogía de finales del XIX y principios del XX, de la cual muchos de estos especialistas se sienten custodios y herederos (y quizá al fin y al cabo lo son, en virtud del elitismo burgués tardovictoriano que inspiró el institucionismo republicano). También sorprende porque cualquiera que observe en internet alguno de sus cursos o eventos de innovación pedagógica a través del arte descubrirá que, en la práctica, todas las fuerzas están puestas en pasar un buen rato, rodeados de cosas divertidas y gente bonita, lo que no es reprochable en ningún caso. Sin embargo por ello, quizá, deberíamos admitir, como Brecht defendía en su primer punto del Pequeño organon, o mucho tiempo antes Lope de Vega en su Arte nuevo de hacer comedias, que la tarea más noble del teatro y en general del arte es divertir y entretener, mal que le pese a aquellos que piensan que su arte, su cultura o sus métodos crítico-pedagógicos, serán una revolución y emanciparán a la sociedad, la cual sería incapaz ya no solo de emanciparse, sino de darse a sí misma una cultura por sus propios medios.

Las anteriores afirmaciones antisociales sobre la educación artística y la cultura manifiestan explicitan, al menos, dos problemáticas. Primero, la incapacidad de nuestros marcos críticos y discursos intelectuales a la hora de comprender las prácticas culturales de la sociedad que los desbordan. Si desde nuestra crítica, pensamos que podemos aportar a la sociedad un nuevo conjunto de prácticas educativas y culturales, un nuevo cúmulo de ideas importantes, quizá deberíamos encontrar el modo de compartirlas y ponerlas en circulación sin dogmas al respecto de la cultura que la sociedad debe practicar. Activando una escucha social que permita crear hilos de complicidad con la sociedad misma. En segundo lugar, acusan un enorme empobrecimiento y una devaluación de la cultura sensorial y material, pues bajo su observación, la educación artística o el trabajo cultural serían procesos complejos y elevados para los cuales las masas no estarían preparadas, pues andan como siempre con las manos sucias, embrutecidas por los memes que ellas mismas producen, antimodernas, haciendo tonterías en los balcones y manualidades para entretenerse, ignorantes de toda la violencia que sufren.

En lugar de collares de macarrones, fiestas de disfraces con nuestros hijos e hijas, o marionetas construidas con los residuos que producimos, según los expertos de la nueva educación deberíamos estar analizando las estructuras de clase de una película o el machismo de las letras de las canciones. Los revolucionarios de la pedagogía del arte, perdiendo la oportunidad de celebrar la inestable y difusa democratización del quehacer artístico improductivo, entretenido y lúdico, nos sientan otra vez delante de la tele a analizar sus estructuras de poder, o a escuchar música que nos lo haga pasar mal por lo machista que es y que somos. En palabras de María Acaso, “cuando las narrativas artísticas se abordan desde el pensamiento crítico y complejo, nuestra idea de belleza se transforma: pasamos de la belleza formal a la belleza por el significado”. Un enfoque así demuestra un profundo desgarro material en el arte, no solo de su forma, sino también del trabajo minucioso y gozoso que implica, tan distinto al trabajo organizado bajo condiciones capitalistas, y a través del cual una ética actúa como tan bien exploró Richard Sennett. También demuestra autocomplacencia intelectual y bastante poco aprecio por la dimensión común de la cultura que no depende de los conciliábulos de la élite y sus revoluciones conservadoras, pero tampoco de las consignas mediáticas de las corporaciones, sino del libre ejercicio de imaginación popular. Como decía John Dewey, “la hostilidad hacia la asociación de las bellas artes con los procesos normales de la vida es una clara señal, un comentario patético y aún trágico, de cómo ésta es ordinariamente vivida”.

Quien pretende apagar la cultura está diciendo, de algún modo, que la cultura es suya y que la puede apagar si no le pagan, ya sea mediante honorarios o mediante aplausos

La política del arte y la cultura que se nos receta consiste en adquirir una supuesta perspectiva crítica del mundo y sus temas políticos, en lugar de tratar de imaginar un arte y una cultura que es política por su forma diversa y por su modo de crearse, distribuirse y disfrutarse, al margen de las jerarquías habituales, protagonistas prescritos y guardianes de toda clase. Decía Brecht en otro momento de sus diarios de trabajo, “he leído un trabajo sobre Gorki y sobre mí del cual la autora es una estudiante obrera de la ciudad de Leipzig. Ideología, ideología, ideología. En ningún momento asoma un concepto estético; el conjunto se asemeja a la descripción de un manjar que no incluye la menor alusión al sabor. Deberíamos comenzar por organizar exposiciones y cursos para educar el gusto, es decir, para enseñar a paladear la vida”. Estrella de Diego respondió a María Acaso días después con un breve artículo en el que llamaba a resistirse a los dogmatismos radical chic y admitir humildemente que la cultura es también un consuelo, un entretenimiento, una forma de sobrellevar, sí, estos días difíciles.

La cultura no se apaga

Decía que otra forma de explosión de la burbuja de la cultura en tiempos de confinamiento había sido el #ApagónCultural del pasado jueves y viernes santo, promovido en internet por algunos sectores profesionales y sindicatos de la cultura (actores y músicos en su mayoría, aunque se sumaron una buena cifra de tuitstars) que lamentaron que su ministro no dedicaba medidas económicas a “paliar la crisis del sector”. Es cierto que desde hace muchos años la mayoría de las personas que trabajan y viven de la cultura acusan una precariedad difícilmente sostenible. Así pues, esta especie de huelga improvisada y declarada sin procesos de reflexión colectiva estaría cargada de motivaciones. Pero esta precariedad, asociada inevitablemente a la burbuja de las industrias culturales y su dinámica neoliberal, no puede esconder el hecho de que la cultura es un hecho compartido en la sociedad cuyas dinámicas de creación y recepción no están tan claras como son leídas bajo el marco de la profesionalización. Su condición de bien colectivo y común impide que cualquiera pueda apropiársela sin más. La cultura, el día que comenzaba el apagón, seguía ahí.

En términos democratizadores y progresistas, no tiene sentido dividir esa sociedad por un lado entre los que se supone producen la cultura y, por otro, las personas que estarían destinadas a consumir sus productos. Quien pretende apagar la cultura está diciendo, de algún modo, que la cultura es suya y que la puede apagar si no le pagan, ya sea mediante honorarios o mediante aplausos. Las huelgas del arte de los años 2000 pusieron el foco, no en las demandas laborales, sino en la disolución de los intelectuales y el trabajo creativo en las masas. El mercado cultural necesita funcionar mediante la lógica de la producción y el consumo que tan bien se ha implantado en las redes sociales, pero esas mismas redes sociales y los hogares en general han sido cobijo de experiencias que discuten esa lógica al proveernos de contenidos solo imaginados y producidos por la industria. En todo caso, cualquier pretensión democratizadora de la cultura debería plantearse no solo la pregunta por la difusión, distribución y acceso de las creaciones, sino, más importante aún, la pregunta por quién está legitimado para crearla y quien pensamos que está destinado simplemente a consumirla.

El problema no es solo que quienes se ven capaces de apagar la cultura, o bien legitimados para determinar la cultura que debe hacerse, se enajenen cada vez más de su público o la sociedad, sino también que no entienden (ni toleran) cuando éste se lo monta por su cuenta. Los intelectuales y trabajadores de la cultura, a pesar de que formamos parte de la sociedad, apenas comprendemos nada de las enormes dosis de imaginación popular que se ponen en ella en práctica, de forma siempre conflictiva y problemática, y más bien, o la mayoría de las veces, nuestro pensamiento se dispone a su contra. “Las masas son el artista”, decía Carl Einstein, quien reveló por primera vez el pacto secreto que mantenían las vanguardias con las fantasías materiales de la infancia. “El secreto está en la masa”, afirmaba misteriosamente una pancarta en Acampadasol rescatada del archivo del sueño indignado.

Emancipación y prácticas culturales

La cultura es un bien común, no porque expertas en Historia del Arte como Estrella de Diego se empeñen en que así sea. Para comprender mejor lo que nos pasa en un tiempo en que se nos emplaza a estar confinados, quizá podamos recordar lo que nos pasaba cuando estábamos de verdad emplazados. El pensamiento colectivo de las plazas ocupadas –donde todo era sospechosamente manual y artesano– sintetizado en declaraciones como la de la Comisión de Cultura de la AcampadaBCN, planteaba de un modo muy claro y preciso que “la política cultural no es la cultura” y “las instituciones públicas no hacen la cultura, sino que gestionan los recursos públicos destinados a la cultura”. “La cultura tiene que ser libre y plural, y las políticas culturales tienen que reflejar, fomentar y garantizar esta libertad y esta pluralidad” pues de ella participamos todas las personas con nuestro pequeño folklore cotidiano. Durante el 15M, miles de personas tratábamos de incorporar la idea de que la política no solo la hacen sus profesionales y que esta nos compromete más allá del hecho de ser invitados a votar cada cierto tiempo, o repitiendo como loros las opiniones que son creadas al margen de nuestra propia experiencia. Lo mismo debería poder decirse de la cultura, el arte y la educación que no son territorios exclusivos de quienes se relacionan con ello de forma profesional.

La emancipación cultural supone liberarse también de toda clase de tutelas, señoreos y paternalismos, también nuestros, de los intelectuales y los críticos

En el marco de una experiencia que en sí misma toda ella era un acto creativo ejecutado por una multitud –desde la propia estructura de las acampadas como el arte mismo de la palabra y la escucha que estábamos creando-aprendiendo–, aparecimos también los artistas e intelectuales. Hubo de todo. Un texto anónimo, afirmaba que los verdaderos intelectuales del 15M fueron aquellos “sujetos politizados perdidos en el cuerpo múltiple del movimiento y que no callaron durante aquellos meses, tampoco permanecieron estáticos sino que bajaron a las plazas para compartir sus reflexiones colectivamente, en el espacio horizontal de la asamblea, allí donde también ellos aprendieron, esto es lo fundamental, que las contradicciones de una sociedad injusta no se descubren solo desde una teoría sabia o académica, sino que surgen también por medio de un debate político corporeizado y que es, tantas veces, revelado (con mayor lucidez si cabe) por aquellos no ilustrados que padecen de manera directa la fuerza productiva del Poder/Capital, y que con dos palabras, una frase o tres coordenadas, desmontan toda su falsedad”. Recogiendo esta idea sobre la lucidez de los no ilustrados podría ser que los collares de macarrones y las prácticas culturales free rider de la sociedad tengan potencia de revelar y desmontar parte de la inoperancia de los discursos críticos construidos en base a su desprecio. En un texto pergeñado en 1932 por Walter Benjamin, entre idas y venidas a una Ibiza cada vez más amenazada por el turismo, pero en la que aún se podía admirar la belleza libre y la cultura de unas gentes cuyos austeros objetos artesanos aparecían a los ojos “con la seguridad de tres Gauguin y Cranach”, decía el filósofo que “la humanidad se prepara para sobrevivir, si es preciso, a la cultura. Y lo más importante es que lo hace riendo. Y tal vez esa risa pueda sonar bárbara en uno u otro sitio. Bueno. El individuo puede ceder a veces un poco de su humanidad a esa masa, que un día se la devolverá con intereses”.

La historia del movimiento de los trabajadores nos indica que, en sus proyectos de emancipación, las experiencias de autoformación enfocadas a la adquisición de los saberes que se supone no eran útiles a su clase trabajadora (literatura, arte, política…) ocupan un lugar importante. No hace falta obsesionarse con la utopía socialista, cada hombre un artista, para reconocer que la emancipación cultural, supone liberarse también de toda clase de tutelas, señoreos y paternalismos, también nuestros, de los intelectuales y los críticos. Quizá en un tiempo en que nuestras vidas van a experimentar un cambio radical en lo que se refiere al trabajo y lo social, es inteligente recuperar todo vínculo con la imaginación y la creación, también la que se experimenta en sociedad, para redefinir el sentido de nuestra existencia. Si no aprendemos que la materia puede ser transformada con nuestras manos, no podemos apenas comprender el daño que hemos causado al mundo, ni lograr transformarlo, y acaso así, repararlo y repararnos.

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Rafael Sánchez-Mateos Paniagua (Madrid, 1979) es artista, investigador y docente. Doctor en Estética, actualmente profesor visitante en Modern Peninsular Studies, en el Departamento Spanish & Portuguese de la Universidad de Princeton.

Autor >

Rafael SM Paniagua

(Madrid, 1979) es artista, investigador y docente. Doctor en Estética, actualmente profesor visitante en Modern Peninsular Studies, en el Departamento Spanish & Portuguese de la Universidad de Princeton.

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1 comentario(s)

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  1. julius mirlo

    Un ex miembro de la industria cultural sale a la ciudad a hacer de cliente o espectador y la videovigilancia térmica le detecta en distrito Centro unas décimas de fiebre y salta la alarma como elemento portador de patógeno y le lleva una pareja de orden público detenido a un reservado para hacerle un test rápido.

    Hace 11 meses 15 días

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