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COMUNICACIÓN

Palabrería e inmoralidad

Tiene uno que estar muy borracho de sí mismo para pedirle a una comunidad aterrorizada que prescinda, justo en este momento, de los escasos canales de comunicación que todavía existen

Íñigo F. Lomana 3/04/2020

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En efecto: nadie supo prever la magnitud de la catástrofe que se nos venía encima. Los responsables sanitarios de medio mundo fueron incapaces de calibrar adecuadamente el riesgo al que nos enfrentábamos y, por razones que van de la pereza burocrática a la franca ineptitud, los gobiernos occidentales no supieron actuar con la premura y la determinación que la emergencia exigía. Esta idea –en la que se insiste de forma machacona en todo tipo de columnas, mercadillos periodísticos y foros de opinión– corre el riesgo de convertirse en un peligroso sumidero por el que, mucho me temo, acabarán evacuándose algunas responsabilidades. Pero, como no creo que sea el momento más oportuno para dirimir esas responsabilidades, y como tampoco dispongo de las herramientas adecuadas para iniciar una discusión seria sobre políticas sanitarias, daré esta argumentación por buena y trataré de centrarme en una cuestión que no me parece más urgente pero sí más cercana: ¿a qué se debe la ceguera, el ensimismamiento y en ocasiones también el sadismo con el que una parte importante del mundo intelectual ha reaccionado a la emergencia sanitaria que atravesamos? 

Decenas de pensadores y filósofos –entre aspirantes, estrellas emergentes y astros consolidados– han comparecido a lo largo de estos días en las páginas de nuestros diarios para hacer todo tipo de declaraciones extravagantes. Unos, sordos a todo lo que no sean sus propios síntomas imaginarios, han intentado convencernos de que “la reclusión, la prohibición y la obediencia” nos ahogan mucho más que la propia enfermedad a la que nos enfrentamos, de lo cual tal vez deba deducirse que la falta de respiradores y la asfixia padecida por miles de enfermos es una farsa grotesca que ha de ser denunciada públicamente. Como era de esperar, los charlatanes no han tardado en echar mano de una de sus muletillas preferidas y nos han sugerido también que “nuestra única alternativa real es repensar el contagio”, como si las políticas públicas y la atención sanitaria no fueran más que un simple juego infantil al lado de la titánica tarea de “repensar”. Otros nos han animado a aprovechar el infierno vírico para “redescubrir nuestro cuerpo” y para “salir de la caverna” en la que, al parecer, hemos estado encerrados hasta ahora. No estoy seguro de que una agonía lenta sea la forma más adecuada de “redescubrir el cuerpo”, pero algo me dice que una recesión global de consecuencias catastróficas (y el hambre que sin duda causará) no son las condiciones idóneas para salir de esa caverna en la que sin darnos cuenta estábamos atrapados. Es muy posible, eso sí, que el dramático deterioro de nuestras condiciones de vida nos permita comprender muy pronto que no vivíamos en ningún tipo de caverna. 

Desde el principio de esta crisis se ha trabajado con la sospecha de que nos encontrábamos ante una amenaza fantasma, una nadería magnificada por poderes totalitarios para imponer su terror; una especie de broma macabra urdida por entidades abstractas y, por consiguiente, inidentificables, contra las que todo lo que se podía hacer era clamar desde algún púlpito mediático. Se nos dijo, en primer lugar, que estaba en marcha una campaña de intoxicación auspiciada por la industria farmacéutica para poner al mundo entero de rodillas y obligarnos a comprar otra vacuna nueva e inútil (pocos días después empezaba una cuenta atrás frenética para el desarrollo de esa vacuna). Luego se nos advirtió de que estábamos en presencia de una contrarrevolución orquestada por fuerzas tenebrosas y reaccionarias cuya finalidad era acabar con el activismo climático y con otras luchas sociales incómodas. Y, por supuesto, también se aprovechó la crisis para trazar una gruesa línea ideológica con la que separar a la turba histérica que pedía acciones gubernamentales urgentes de la élite virtuosa que exigía calma. Por fortuna, esa línea divisoria ha ido desdibujándose lentamente a medida que Trump, Bolsonaro, Wopke Hoekstra y Boris Johnson se lanzaban a la piscina de las políticas eugenésicas y abrazaban las tesis inicialmente reservadas al “Bloque del Bien”: no nos dejemos vencer por el pánico, salgamos a las calles a demostrar que no tenemos miedo –como si las miasmas, las bacterias y los virus fueran terroristas pequeñitos que pudieran acobardarse con el espectáculo fastuoso de nuestro coraje–, no causemos alarma social, no espantemos a “los inversores” con reacciones desproporcionadas, solo son mayores enfermos.Esta primera ola argumental no tardó en estamparse contra el muro de los hechos, pero lo que ha venido después es, en muchos casos, peor y más frívolo: un verdadero festival de disparates y automatismos interpretativos que fue inaugurado por Giorgio Agamben y el colectivo Wu Ming a principios de marzo y ha llegado a su máximo apogeo con la reciente intervención de Paul B. Preciado en el diario de El País. Estos autores –epígonos más o menos aseados de Foucault– sostienen que el Estado se ha servido de la crisis vírica para reforzar el control sobre nuestra vida y para intensificar un estado de excepción al que, de forma más o menos tácita, ya estábamos sometidos desde hacía mucho tiempo. De ser esto verdad, todos habríamos acatado la orden de confinamiento sin rechistar, con una resignación bien entrenada a lo largo de años y años de sujeciones invisibles y cadenas disciplinarias.

Algunos intelectuales sostienen que el Estado se ha servido de la crisis vírica para reforzar el control sobre nuestra vida y para intensificar un estado de excepción al que ya estábamos sometidos desde hacía mucho tiempo

¿A qué viene entonces el escándalo con el que se han recibido los recortes de derechos? Si ya nos encontrábamos en una situación de excepcionalidad antes, ¿cómo es posible que echemos tanto de menos nuestras libertades? Me parece también muy aventurado afirmar que el Estado esté aprovechando la emergencia sanitaria para aherrojar aún más nuestros cuerpos. Bastaría con darse una vuelta por cualquier hospital europeo o, sin ir más lejos, por las inmediaciones del Palacio de Hielo en Madrid, para darse cuenta de que la situación es más bien la contraria: el Estado parece haber perdido la capacidad de gestionar nuestra vida, de ejercer su función asistencial. Eso es precisamente lo que nos aterroriza a quienes sabemos que, tras eso que los foucaultianos llaman “gestión de los cuerpos” y “régimen disciplinario”, no se esconde otra cosa que el Estado del bienestar. He ahí la verdadera tragedia.

Si el diagnóstico que hacen estos autores ya es descabellado, sus propuestas para solventar la crisis resultan obscenas. Paul B. Preciado nos recomienda –entre otras cosas fabulosas– que, para resistir los embates del “biopoder”, creemos “un parlamento universal de los cuerpos” y nos desprendamos de nuestros dispositivos digitales para dedicar el confinamiento al estudio minucioso de las tradiciones minoritarias de lucha, cuyo ejemplo de resistencia heroica solventará mágicamente el grave atolladero social y económico en el que nos encontramos. Son muchas las preguntas que se agolpan en la mente del lector que se topa con estas sugerencias. ¿Será necesario crear una Asamblea Constituyente de los Órganos antes de reunir al parlamento de los cuerpos en sesión plenaria? ¿Qué tribunales harán cumplir las “bioleyes” que se dicten en esta casa de la soberanía corporal? ¿Será tan efectiva en el ejercicio de sus funciones como el resto de las instituciones supranacionales que han fracasado estrepitosamente a lo largo de esta crisis sanitaria? Tiene uno que estar, por otro lado, muy borracho de sí mismo y de desprecio por los demás para pedirle a una comunidad aterrorizada que prescinda, justo en este momento, de los escasos canales de comunicación que todavía existen y renuncie a saber de quienes están lejos o a acompañar, aunque sea de forma virtual, a quienes sufren o se sienten solos.

A nadie le conviene que los pensadores enmudezcan. La filosofía cumple una función necesaria y tiene que seguir asumiendo el reto de pensar el presente. No obstante, sería conveniente que dejara de ser cuanto antes el lamentable teatro de indigencia teórica en el que se ha convertido. De lo contrario, muy pronto preferiremos el silencio a la inmoralidad de la palabrería.

En efecto: nadie supo prever la magnitud de la catástrofe que se nos venía encima. Los responsables sanitarios de medio mundo fueron incapaces de calibrar adecuadamente el riesgo al que nos enfrentábamos y, por razones que van de la pereza burocrática a la franca ineptitud, los gobiernos occidentales...

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3 comentario(s)

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  1. Álvaro

    En aras de realizar una crítica sistemática, y lo más clara posible, al artículo de Iñigo, voy a resumir en dos bloques los principales temas, y argumentos, que defienden su tesis. Seré breve: 1. Ola argumentaria: se ha pasado de pensar el virus como una (1) amenaza fantasma, una (2) campaña de intoxicación, una (3) contrarrevolución para acabar con el activismo climático y como (4) una manera de trazar línea ideológica entre la turba histérica y la élite virtuosa que exige calma. 2. Ola argumentaria peor y más frívola que la anterior: ejemplificada por el ensimismamiento, veguera y sadismo con el que el mundo intelectual ha reaccionado a la emergencia sanitaria. Aquellos charlatanes que han echado mano de la (fácil) muletilla del “nuestra única alternativa real es de repensar el contagio”. Asimismo, esta segunda ola se divide en dos fases. a. Giorgio Agamben, el colectivo Wu Ming y Zizek. b. La reciente intervención de Paul B. Preciado en el País. Este es “el máximo apogeo de los disparates y automatismos interpretativos. A partir de aquí, Íñigo se centra en la crítica del último artículo mencionado, así que voy a resumir las dos tesis clave de su postura frente a él. Por supuesto, si estoy equivocado en alguna de ellas, estoy abierto a críticas. Para ello, haré uso de la siguiente nomenclatura: [2. b.1,2] Argumentos que, según el autor, son los que defiende Paul B. Preciado en su texto. [CA. (contraargumentos) 1.1, 1.2, 1.3,…] Críticas que hace el autor al punto de vista de Preciado. [C (conclusión)1,2, 3,…] Tesis del autor, defendida por los contraargumentos hechos anteriormente. [2. b.1] El Estado aprovecha el estado de excepción para reforzar el control que tiene sobre nuestras vidas. [CA. 1.1] Si esto fuese verdad, habríamos acatado el confinamiento sin rechistar porque llevamos muchos años entrenados para estar resignados a las cadenas disciplinarias y sus sujeciones invisibles. [CA. 1.2] Si ya estábamos siendo controlados, ¿por qué nos escandalizamos por los recortes de derechos y echamos de menos nuestras libertades? [C1] El Estado ha perdido, en realidad, la capacidad de gestionar la vida de los ciudadanos. De ejercer su función *asistencial*. Esa idea de “gestión de los cuerpos” y “régimen disciplinario” es una tapadera del Estado de Bienestar. [2.b.2] Las propuestas (obscenas) que plantea Preciado para solventar la crisis: parlamento Universal de los cuerpos + desprendimiento de los dispositivos digitales para el estudio minucioso de las tradiciones minoritarias de lucha. [CA 2.1.] ¿Habrá que hacer una Asamblea Constituyente de los Órganos primero? ¿Quién será el tribunal que haga cumplir las “bioleyes”? ¿Será tan efectiva como el resto de las instituciones supranacionales que han fracasado a lo largo de esta crisis sanitaria? [C2] Hay que estar borracho de sí mismo y de desprecio por los demás para pedir que se prescinda de los canales de comunicación que nos ayudan a estar más cerca unos de otros. Con estas dos tesis, [C1] y [C2], Íñigo defiende, al final del artículo, que es necesario dejar el “teatro de indigencia en la filosofía, si no, se preferirá el silencio a la inmoralidad de la palabrería. Antes de seguir quiero resaltar otra afirmación que hace Íñigo en su artículo. Cuando habla de la muletilla propia de charlatanes “nuestra única alternativa real es repensar el contagio”, la presenta, además, “como si repensar fuese un esfuerzo titánico frente al juego infantil de las políticas públicas y la atención sanitaria. Keep this in mind. Ahora entraré en lo que dice Preciado en su artículo y lo confrontaré a lo planteado anteriormente; a lo que añadiré mi punto de vista personal. Por ello, haré uso de la misma nomenclatura, pero añadiendo un apóstrofe al final (i.e. [b.1’]). Así será más fácil seguir el hilo de la crítica. Sin embargo, iré desde el final hasta el principio. Primero la crítica al [b.2] y luego al [b.1]. Será más fácil entenderlo así. Respecto a la primera ola argumentaria [1] y al principio de la segunda [2.a.], creo que no es lugar (ni momento), para discutir. Sería caer justo en lo que Íñigo cree, sin éxito, estar evitando,“la idea machacona de que nadie supo prever la magnitud de la catástrofe que se nos venía encima”. [2.b.2’] (Verdaderas) propuestas planteadas por Preciado en su texto: 1. La nueva creación de la comunidad con todos los seres vivos del planeta, creando un parlamento de cuerpos planetario que no esté definido en términos de políticas de identidad ni de nacionalidades, un parlamento de cuerpos vivos (vulnerables) que viven en el planeta Tierra. ¿Qué significa esto? Crear políticas públicas que acaben con la violencia que causa la inmunidad social, es decir, evitar la “retirada de lo social, el cierre de la comunidad” a los que se criminaliza como culpables, enemigos o que son vulnerables ante la situación política actual. Por ello habla de la noción de comunidad de Roberto Espósito y de cómo la epidemia de sífilis (1494), y el sida (1981), causaron un grave impacto político ante colectivos (o cuerpos) vulnerables. 2. Debemos reapropiarnos críticamente de las técnicas de biopolíticas y de sus dispositivos “farmacopornográficos”. Cambiar la relación de nuestros cuerpos con las máquinas de biovigilancia y biocontrol. O, en otras palabras, de una mutación forzada a una mutación deliberada. ¿Qué significa esto? Después de poner como ejemplo los sistemas de control de la población asiática y de la puesta en duda de la gestión de big data como medio de monitorización. Además de acuñar el término de la prisión blanda, donde el espacio doméstico se construye como un punto cibervigilado que convierte al individuo en un ser sumiso ante las políticas de descolectivización. Por lo tanto, catalogar a Preciado como un “borracho de sí mismo y de desprecio a los demás” es una descripción, cuanto menos, desafortunada. Contradiciendo lo defendido en [C2] , la propuesta [2] busca una colectividad real entre los sujetos. “Hacer blackout” frente a los satélites que nos vigilan es enfrentarse a la alienación que sufre el individuo por este modelo biopolítico actual. La tecnología no es, como dice Preciado, “simplemente dispositivos de comunicación”. Tenemos que aprender, de una manera crítica, a utilizar esos medios tecnológicos en pos de una colectividad cercana. Es por ello por lo que se habla de estudiar las tradiciones de lucha y resistencia minoritarias que nos han ayudado a sobrevivir hasta aquí. No es un ejemplo heroico que “solventará mágicamente el atolladero social y económico”, son maneras de resistencia que buscan construir un espacio colectivo en el que los sujetos no estén violentados por la descolectividad. Además, la estrategia de [CA 2.1.] se puede reconocer fácilmente. Primero intenta reducir al absurdo la noción del parlamento de cuerpos de la Tierra, pero cae en la falacia del hombre de paja. Segundo, incurre en la falacia lógica del falso dilema. Y, tercero, en la falacia de las múltiples respuestas. Aquí una entrada de la Stanford Encyclopedia of Philosophy donde se puede ampliar información sobre este tipo de falacias: https://plato.stanford.edu/entries/fallacies/#CorFal Con ello queda demostrado que la tesis [C2] no es más que el producto de un mal entendimiento del artículo de Preciado, junto a un par de falacias argumentativas que no contribuyen nada al debate intelectual. Esto sí que es charlatanería. Pero vayamos con lo expuesto en [C1] Mientras tanto, [C1], refleja la no comprensión del concepto de cuerpo foucaultiana. Simplemente voy a reflejar aquí la definición que utiliza Preciado en su artículo al hablar de este concepto: “El cuerpo no es para Foucault un organismo biológico dado sobre el que después actúa el poder. La tarea misma de la acción política es fabricar un cuerpo, ponerlo a trabajar, definir sus modos de reproducción, prefigurar las modalidades del discurso a través de las que ese cuerpo se ficcionaliza hasta ser capaz de decir “yo”. La constitución y determinación del yo, de la subjetividad del individuo, es el producto de toda política. Por eso aquella frase de Foucault “Il n’y a pas de politique qui ne soit pas une politique des coprs” (no hay política de los cuerpos). Comparar la “sociedad disciplinaria” con el Estado de Bienestar es algo vacío. Mientras que la segunda se piensa en términos económicos y administrativos, la primera refleja la constitución de un modelo de subjetividad. El Estado no tiene ninguna “función asistencial”, es un órgano más de producción de subjetividades. [CA 1.1] y [CA 1.2] son la demostración de que no se ha comprendido lo anterior. Sin embargo, es destacable que, en [CA 1.2], Íñigo está poniendo de manifiesto justo lo que Preciado reivindica en su artículo. Nos escandalizamos por nuestros recortes de derechos, por eso necesitamos de una emancipación cognitiva que ponga en marcha nuevos procesos antagonistas. En resumen, que nos permitan poner en marcha una mutación deliberada, no una mutación forzada como la que estamos viviendo. Finalmente, [2.b.1] es, de nuevo, una mala interpretación de lo que dice Preciado en el texto. Él define el estado de excepción como un proceso normalizador de la paradoja biopolítica que produce todo acto de protección; véase, una definición de la comunidad según la cual esta se da a sí misma la autoridad de sacrificar otras vidas, en beneficio de una idea de su propia soberanía. No manifiesta, en ningún momento, lo que Íñigo dice. Para cerrar el hilo, quiero volver sobre lo que decía acerca del “repensar como una tarea titánica, frente al juego de niños que son las políticas públicas y sanitarias”. Repensar supone la crítica de las políticas públicas. Repensar es evaluar críticamente la situación actual y construir el mejor camino posible para que todos/as podamos superar este obstáculo. Sí que es una tarea titánica, se trata de enfrentar prejuicios, ideas, perspectivas que conciben el mundo de distintas maneras para poder llegar a un punto común. No está enfrentado a esos “juegos de niños” que menciona, se trata de valorar las políticas públicas y sanitarias de una manera justa. Repensar es, en definitiva, hacer política de una manera deliberada.

    Hace 2 años 7 meses

  2. Sara Rosneberg

    Excelente articulo, muchas gracias. Es la hora de los grandes filtros, de aquello que perece por su propia indigencia intelectual.

    Hace 2 años 7 meses

  3. Nacho

    Me he levantado a aplaudir. Lectura obligatoria. Cuantísima razón tienes y cuántos charlatanes posmodernos hay sueltos. Desprecio por el ser humano, eso es justo lo que demuestran. Y creo que lo tienen por la esa razón inmemorial y eterna que conduce a tal extremo: se odian y se desprecian a sí mismos. Muchas gracias, Íñigo.

    Hace 2 años 8 meses

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