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L’ EPIDEMIA

Italia o el espejo roto del coronavirus

Los italianos se afanan en transmitir la gravedad de la pandemia. Ellos van por delante, y han visto con frustración que en España no creyéramos que podíamos estar ante nuestro futuro inmediato

Alba Sidera Roma , 17/03/2020

<p>Un policía pide la documentación a una transeúnte en la Piazza della Repubblica en Roma durante la crisis del coronavirus.</p>

Un policía pide la documentación a una transeúnte en la Piazza della Repubblica en Roma durante la crisis del coronavirus.

RAI 2

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“Por favor, cuenta cómo es la situación aquí en Italia, porque en España parece que no se dan cuenta de la gravedad de lo que les viene encima”. Esta frase me la repite prácticamente cada persona italiana con la que hablo desde hace más o menos diez días, que son los que lleva Italia de ventaja en la lucha contra el COVID-19. Aquí llegó antes: es el segundo país después de China en número de contagios –casi 28.000–, y también de muertes, que superan las 2.000. Una manera gráfica de entender qué está ocurriendo es el apartado de necrológicas de L’Eco di Bergamo, histórico diario de esta ciudad lombarda. Solo en la Lombardía, la región más afectada, han muerto casi 1.000 personas infectadas por coronavirus. Se ha hecho viral el vídeo de un periodista que mostraba las necrológicas de un día cualquiera de hace unas semanas: una página y media, como de costumbre. El mismo día en que Pedro Sánchez anunciaba que más adelante decretaría el estado de alarma en España, el viernes 13 de marzo, las necrológicas bergamascas ocupaban ya 12 páginas. Esto quiere decir que en Bérgamo, donde la propagación del coronavirus tardó más en contenerse que en otras ciudades lombardas que se aislaron antes –Lodi, por ejemplo, se cerró el 23 de febrero; Bérgamo esperó hasta el 8 marzo–, hay poca gente que no haya perdido a un ser querido antes de tiempo a causa del virus.

El primer error garrafal de Italia fue de comunicación: una tarde se filtró a los medios que el día siguiente se cerraría la Lombardía. Hasta la madrugada no compareció el primer ministro para explicar cómo se llevaría a cabo el confinamiento

En las regiones de la Lombardía, el Véneto y la Emilia-Romaña, con una sanidad pública de gran calidad a pesar de los sangrantes recortes y privatizaciones, los hospitales están desbordados. No hay suficientes camas de UCI para los enfermos de coronavirus, ya sin contar a todos los demás que necesitan cuidados intensivos por otros motivos. El objetivo del confinamiento es ralentizar la gran velocidad con la que se difunde el virus, para evitar en lo posible el colapso del sistema sanitario que se produciría si hubiera un pico de enfermos –que todavía no ha llegado a su cúspide. Esos hospitales se encuentran ya en una situación de gravedad nunca vista: faltan médicos, enfermeros, material, camas, ambulancias... Los teléfonos de emergencia están a menudo saturados y en ocasiones es imposible incluso hablar con un operador para obtener auxilio. 

Los medios italianos han hecho mucho hincapié en que, mientras aquí se tomaban medidas expeditivas –primero cerrar la Lombardía y catorce provincias más del norte, principal foco de la infección, y poco después todo el país–, sus primos europeos continuaban como si nada. El caso de España chocaba particularmente, por la proximidad de paisajes y costumbres. Desde Italia, mirar hacia el Estado español se parece mucho a verse en un espejo que refleja el propio pasado reciente. Aquí también se pasó por la sensación inicial de que nos estaban alarmando demasiado y sin motivo. ¿Qué me va a pasar por seguir saliendo a tomar un aperitivo si yo estoy fuerte para superar una “gripe un poco más fuerte”? Costó algunos días –y muchas pérdidas de seres queridos– hacer entender que esto va en primer lugar de sentido de comunidad, de proteger a los más débiles. En Italia hemos atravesado el desasosiego antes que el resto de Europa, sintiéndonos más solos que nunca porque nadie nos miraba con atención: quizás recordarlo pueda ayudar a prepararse.

El primer error garrafal de Italia fue de comunicación: una tarde se filtró a los medios que el día siguiente se cerraría la Lombardía, porque allí la infección avanzaba imparable. Hasta entrada la madrugada no compareció el primer ministro, Giuseppe Conte, enfadado y superado por la situación, para explicar cómo se llevaría a cabo el confinamiento. Entretanto, ya se habían colapsado las estaciones de trenes con dirección sur y desvalijado los supermercados. Se produjo un éxodo de miles de lombardos, sobre todo de Milán, hacia el sur de Italia, que favoreció la propagación del coronavirus y creó situaciones parecidas a las de los madrileños en las localidades marítimas valencianas. También vimos a inconscientes milaneses desoyendo las prohibiciones y yéndose a esquiar cerca de la frontera con Austria, como hicieron algunos barceloneses en la Cerdanya.

Aprendimos que las medidas hay que anunciarlas cuando ya están a punto, que deben ser claras y que hay que facilitar que se puedan cumplir. Por ejemplo, no dejando en manos de los empresarios la decisión de si los empleados tienen que ir o no a trabajar: muchos propietarios obligaron a los obreros de sus fábricas a acudir al trabajo sin las medidas de protección sanitaria adecuadas “porque no se podía parar la producción”, y estos han ido a la huelga para reclamar su derecho a la salud. 

Aquí se cerraron todos los negocios que no fueran necesarios, con más extensión que en España. Tiendas de alimentación, farmacias, estancos (en Italia, en estos establecimientos se pueden pagar facturas, además de comprar tabaco y juegos de azar), gasolineras, quioscos, repartidores, mecánicos y manitas de urgencias siguen operativos. También los transportes públicos, aunque van bastante vacíos. 

Para controlar que se cumpla el confinamiento, se ha establecido que para salir de casa hay que llevar encima un documento –que cada cual tiene que descargarse e imprimirse– en el que especifica dónde va y el motivo. Si no se lleva, la policía, que hace controles, facilita uno. Si te pillan mintiendo, puedes recibir una multa de 206 euros y hasta tres meses de cárcel.

Supervivencia emocional

En Italia hemos sido pioneros también en técnicas de supervivencia emocional contra la soledad y la angustia por el temor de perder el trabajo. Contra la incertidumbre. La autoorganización en los barrios se ha revelado esencial: han nacido grupos de voluntarios para no dejar desatendidas a las personas ancianas o con poca movilidad. Se están volviendo habituales los aperitivos a través de videollamada, las conferencias, conciertos y representaciones teatrales online. A los pocos días de empezar a aplaudir cada mediodía al personal sanitario, se hizo lo mismo en el Estado español. 

Aquí, como ocurre en España, cada día a las 6 de la tarde se sale a los balcones para cantar una canción con los vecinos, y por unos minutos se siente la emoción de pertenecer a una comunidad que está sufriendo junta. Los vecinos, en tiempos de confinamiento, han adquirido una importancia fundamental. Aquellos con los que hasta hace poco solo se mantenían conversaciones de conveniencia, ahora los percibimos como seres humanos tan desorientados y necesitados de interacción social como nosotros. La solidaridad vecinal está salvando en muchos casos la estabilidad mental durante la cuarentena, que ha llegado lentamente a su primera semana.

También hemos visto cómo afecta el confinamiento a los más vulnerables. Las personas sin hogar a menudo son las únicas que continúan en las calles, aún más solas y desprotegidas. Muchos centros de día han cerrado, y ha habido casos en que la policía incluso les ha multado por no estar confinadas, a pesar de no tener a dónde ir. Los voluntarios, como la Cruz Roja y asociaciones de barrio, recorren las calles para ofrecerles comida, abrigo o conversación. Y uno de los problemas principales es que, según la Cruz Roja, solo 3 de cada 10 instalaciones de higiene para personas sin hogar siguen abiertas. Son los lugares donde aquellos que viven en la calle pueden ducharse. Ahora no hay capacidad para desinfectarlas y garantizar las medidas de seguridad anti-coronavirus, y por eso muchas han cerrado. Mientras se repite que la principal arma contra el COVID-19 es lavarse bien las manos, a las personas sin hogar se les priva incluso de ducharse.

Portadas de varios periódicos italianos. Pietro Luca Cassarino

Otro colectivo que sufre por partida doble es el de las personas que ya tienen su libertad restringida. Se ha evidenciado que no estamos preparados para atender ni proteger a los refugiados de los centros de internamiento para extranjeros, donde, al vivir hacinados, el virus se propaga como el fuego. Lo mismo sucede en las cárceles, donde los presos han protestado al sentirse, con razón, abandonados y desprotegidos. Hemos vivido motines en casi todas las prisiones del país para pedir medidas de protección e higiene, que han costado al menos ocho víctimas. Según la policía penitenciaria, por sobredosis, pero las asociaciones de derechos de los presos, como Antígona, han pedido una investigación para esclarecer las muertes. Las cárceles italianas son las más superpobladas de la UE, y sus condiciones sanitarias son pésimas.

Hemos sido testigos también de la necedad de los políticos xenófobos en un afán de utilizar el virus para estigmatizar colectivos de otros países. Antes de que Ortega Smith causara vergüenza ajena publicando un desconcertante vídeo en el que decía estar luchando contra los “malditos virus chinos” con sus anticuerpos tan españoles, aquí vimos a un gobernador del Véneto alimentar el racismo antichino con los tópicos más despreciables. 

En una entrevista en una televisión regional, el gobernador véneto Luca Zaia dijo que los italianos estaban controlando mucho mejor la epidemia que los chinos (¡ja!), porque ellos son mucho más limpios y aseados. “La higiene que tenemos nosotros, la formación cultural, es de ducharse cada día…”, dijo el político de la Liga. “China, en cambio, ha pagado un alto coste en esta epidemia por un hecho cultural… los hemos visto a todos comiendo ratas vivas”, llegó a soltar, sin ser interrumpido ni cuestionado por el presentador ante tan demencial afirmación. Esto ocurría a finales de febrero, y ser racista contra la comunidad china estaba de moda y no salía muy caro.

Solidaridad china

Poco después, el mismo día que Donald Trump suspendía todos los vuelos con Europa, en el aeropuerto romano de Fiumicino aterrizaba un Airbus 350 procedente de China. Iba cargado con más de treinta toneladas de material sanitario y un equipo de médicos especializados en el tratamiento contra el coronavirus. La acción se publicitó en directo desde la embajada china en Italia a través de las redes, e hizo lo mismo el ministro de Exteriores italiano, Luigi di Maio, desencadenando una oleada de agradecimiento y simpatía. La comunidad china en Italia, como ha hecho en España, también ha dado muchas muestras de solidaridad, repartiendo mascarillas entre los que no tienen, incluso en los hospitales, o simplemente cerrando sus negocios por prevención antes de que fuera obligatorio. 

La embajada de la República Popular de la China colgó en Twitter una foto de médicos italianos en la provincia de Sichuan. Era de 12 años atrás, cuando un terrible terremoto asoló la región. “Los verdaderos amigos se ven en los momentos de necesidad”, afirmaba el tuit, nada inocente. El coronavirus ha empezado a cambiar muchas cosas, y lo mismo puede hacer con los equilibrios geopolíticos internacionales.

El mismo día que Trump suspendía todos los vuelos con Europa, en el aeropuerto de Fiumicino aterrizaba un Airbus 350 procedente de China. Iba cargado con más de treinta toneladas de material sanitario y un equipo de médicos especializados

El coronavirus también ha modificado el tipo de anuncios con los que bombardea Facebook a sus usuarios. El mercado, siempre tan sutil, se adecúa e incluso adelanta acontecimientos. En medio del mar de publicaciones con fake news sobre el coronavirus, tremendistas de una parte, y conspiranoicas y negacionistas de otra, aparecen en bucle anuncios como este: “Ocasión: funeral completo a 1.250 euros, todo incluido”, y la imagen de un féretro limpito y reluciente. Por este conveniente precio, te ofrecen un apañado ataúd que transportarán en un coche marca Mercedes 4 –especifican– señores en traje. La oferta incluye un bonito recordatorio con tu foto en color y un arreglo floral, y aseguran que publicarán tu necrológica online y hasta se ocuparán del papeleo burocrático para eliminarte del registro de los vivos. Dado que ver esto genera desasosiego y Zuckerberg lo sabe, a continuación aparece un anuncio de un gurú que vende cursos online para enseñarte que “el miedo es solo un estado de ánimo”. Y por supuesto, mires donde mires encuentras publicidad de mascarillas de todos los tamaños y colores.

Perder a un ser querido en Italia ahora mismo es doblemente cruel. Al dolor de la pérdida se le suma el de no poder honrarlo en condiciones. Los funerales –igual que las bodas– están prohibidos. De hecho, la policía ya ha desalojado algunos. Lo único que se permite es que un reducido número de personas acuda al cementerio, al aire libre, y sin abrazarse ni tocarse. Nada de velatorios ni muestras físicas de afecto: respetando el metro de distancia. Además, cuando muere una persona con coronavirus –o sospechosa de tenerlo– se activa un protocolo deshumanizante. Los trabajadores de las funerarias no pueden vestir al muerto. No pueden tocarlo, y se limitan a introducir el cadáver en un saco de plástico. 

El aislamiento impuesto a las personas con coronavirus –incluso a las ya fallecidas– ha comportado situaciones dantescas. En la Liguria, por ejemplo, una mujer tuvo que quedarse encerrada en casa con el cadáver de su marido muerto durante la noche. El hombre presentaba síntomas compatibles con el coronavirus, y los servicios de emergencias se negaron a trasladarlo hasta que al cabo de 24 horas se conociera el resultado del test. También en la Liguria, una mujer sospechosa de tener coronavirus falleció en un hotel de un ataque al corazón y ninguna funeraria quiso llevarse el cuerpo. Las autoridades investigarán ambos casos. 

Ofensiva de Renzi

Políticamente, el COVID-19 llegó en un momento en el que Matteo Renzi acababa de hacer pública su voluntad de meter mano en el Gobierno y deshacerse del primer ministro Giuseppe Conte. El florentino, declarado fan acérrimo de Maquiavelo, había propuesto un gobierno de concentración nacional: o sea, llevar al gobierno a todos los partidos. Como en el ejecutivo están el Movimiento 5 Estrellas y el Partido Demócrata, además de la izquierda de Libres e Iguales e Italia Viva –el nuevo partido de centroderecha de Renzi–, en la práctica su propuesta consistía en invitar a la oposición al gobierno. Es decir: la extrema derecha de Matteo Salvini y de los posfascistas Hermanos de Italia y la derecha berlusconiana. 

La coalición de estos tres partidos de derechas encabezados por Salvini, si hubiera elecciones, arrasaría, y podrían rozar la mitad de los votos. Renzi tiene inclinación a pactar con la derecha –lo hizo con Berlusconi cuando era primer ministro– y sueña con ser el artífice de algo que le dé más peso del que tiene. Si hoy se votara, su partido ni siquiera tendría asegurado entrar en el Parlamento, por lo que urde planes de este estilo.

Salvini primero dijo que sí, porque tiene sentido de Estado; luego que no, porque al poder se llega votando. Con el confinamiento hizo lo mismo. Primero tuiteaba que Milán no se detiene, para después ser el adalid del “yo me quedo en casa”. Al líder xenófobo no le cuesta defender una cosa y la contraria. Su marca de continuidad son más las formas que las propuestas: es un aspirante a tirano sin escrúpulos, populista y autoritario, y se arrima a lo que más le convenga para llegar al poder. Por eso también le resultó fácil pasar del federalismo-secesionismo de la vieja Liga Norte (“Roma ladrona”, “Viva la Padania”, “Los napolitanos apestan”) a proclamarse el más nacionalista italiano de todos, con odas permanentes a las maravillas del sur con bandera tricolor incrustada en cada tuit.

El Ejecutivo ha anunciado que destinará 25.000 millones de euros a intentar paliar los efectos del COVID-19. Entre las medidas, una ayuda de 600 euros para los autónomos o el aplazamiento temporal del pago de las hipotecas  

Cuando empezó a verse que el coronavirus sería un problema grave en Italia, Renzi quiso aprovecharlo para vender de nuevo su plan. ”¿Veis como es necesario un gobierno de emergencia?”, dijo bajito, que aún queda pudor. Pero nadie le siguió. De hecho, de toda esta crisis, quien ha salido beneficiado en términos de imagen ha sido Conte. Pero no porque haya sabido gestionarla bien, sino porque por primera vez ha asumido un rol protagonista (qué remedio), y su desdibujado personaje ha tomado forma. En concreto, forma de caricatura de galán trasnochado de telenovela en los memes más compartidos de TikTok en Italia.

Conte se ha hecho popular entre los adolescentes gracias a sus frases almibaradas a lo Paulo Coelho. “Permanezcamos distantes hoy para volver a abrazarnos con más fuerza mañana”, dijo el día que anunció de forma dramática el aislamiento en casa de 60 millones de personas. Viendo que se empieza a cantar el himno desde las ventanas, ha pronunciado esta otra frase (carne de meme): “Sí, hagamos sonar el himno de nuevo. Puede separarnos una puerta, un balcón, una calle, pero nadie podrá separar nuestros corazones”. Todo con el habitual tono afectado y petulante de quien se escucha mientras habla. 

A Conte, que se definió ideológicamente como “populista” en una convención de la Liga, y que hasta ahora había sido poco más que un contenedor vacío que se ofreció como independiente para defender por igual los valores de Salvini y del M5E, le va de perlas el personaje de presidente coqueto que hace gracia a los jóvenes. Ahora, por fin, los cómicos pueden imitarle. Además, el contraste con los bochornosos presidentes leghistas de la Lombardía y el Véneto también le ha beneficiado. No ha brillado en nada, pero ha mantenido un perfil institucional digno, a diferencia de los dos presidentes regionales que le han atacado. El gobernador de la Lombardía, considerado, como el del Véneto –el de que “los chinos comen ratas vivas”–, del ala moderada de la Liga, ha llegado a decir que los inmigrantes ponen en peligro “la supervivencia de la raza blanca” en Italia. 

Este lunes 16, Italia presentó un paquete de medidas para hacer frente a “una emergencia que no se conocía desde la Segunda Guerra Mundial”, según dijo Conte. En total, se destinarán 25.000 millones de euros a intentar paliar los efectos del COVID-19. Entre las medidas, el aplazamiento temporal del pago de las hipotecas o una ayuda de 600 euros para los autónomos. Un total de 3.500 millones de euros servirán para reforzar el sistema sanitario y la protección civil, y se incorporarán médicos y enfermeros militares. Las medidas, que son solo las primeras de otras que vendrán, no se han acordado de las reivindicaciones de los presos ni los refugiados. La crisis provocada por el coronavirus “es el desafío más importante de las últimas décadas. Nada volverá a ser lo mismo”, ha dicho Conte, tajante. Y en cómo y cuándo la afrontemos va nuestro futuro.

“Por favor, cuenta cómo es la situación aquí en Italia, porque en España parece que no se dan cuenta de la gravedad de lo que les viene encima”. Esta frase me la repite prácticamente cada persona italiana con la que hablo desde hace más o menos diez días, que son los que lleva Italia de ventaja en la lucha contra...

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