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Azahara Palomeque / poeta y cronista

“En Estados Unidos es muy difícil que la gente salga a la calle a reclamar algo”

Sebastiaan Faber Oberlin (Ohio) , 27/02/2020

<p>Azahara Palomeque.</p>

Azahara Palomeque.

Cedida por la entrevistada

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Cuando terminamos la entrevista, realizada vía Skype, Azahara Palomeque se disculpa. “Habrás notado que no hablo muy bien. Me atasco. Antes hablaba rapidísimo, pero ahora me tengo que parar a pensar cada palabra.” Tras más de una década en Estados Unidos, ya no se siente segura de su dominio del castellano, que –eso sí– todavía habla con el acento de su Badajoz natal. 

Si la sensación de ir perdiendo un idioma nativo siempre es dolorosa, lo es más para una escritora. Palomeque (El Sur, 1986) tiene publicadas tres colecciones de poesía, escribe reportajes en CTXT y acaba de sacar Año 9. Crónicas catastróficas en la era Trump (Ril), un libro en el que da cuenta, desde su experiencia personal, del desastre que es Estados Unidos hoy. Su diagnóstico, despiadado, va desde el maltrato institucional de los inmigrantes hasta el colapso de los servicios públicos, la crisis de la sanidad, la proliferación de las armas de fuego y las carencias afectivas de los “niños bien” que acabarán administrando la feroz economía del país. 

Palomeque, que salió de España a los 23 años impulsada por la crisis, hizo un doctorado en Princeton, una de las universidades privadas más prestigiosas del país. El tema de su tesis: el exilio republicano español. Ahora vive en Filadelfia, donde es profesora y administradora en la Facultad de Política y Práctica Social de la Universidad de Pensilvania.

En su libro, habla de su experiencia en Estados Unidos como un exilio. ¿Qué hace que lo sea?

El hecho de que la posibilidad de volver sea mínima. Me fui en 2009, cuando terminé la carrera y estalló la crisis. Lo que en un principio pensaba que iba a ser una estancia temporal, solo para hacer un máster, muy pronto resultó ser otra cosa. El mismo año que acabé el máster ocurrió el 15-M. Entonces supe que no había vuelta atrás. Esa ausencia del retorno marca la experiencia del exilio. También es verdad que una se tiene que crear una especie de genealogía para sentirse parte de algo. Para mí, ha sido la del exilio español de la Guerra Civil, el tema de mi tesis doctoral. Encuentro cierto consuelo en el hecho de que otra gente pasara por una experiencia parecida, aunque a nivel político y económico hay muchísimas diferencias. 

Cuando Max Aub vuelve a visitar España en 1969, al cabo de 30 años de exilio en México, se da cuenta de que ha sido un privilegiado comparado con sus amigos que se quedaron atrás en el franquismo. Le choca, porque él siempre había pensado en su destierro en clave de sufrimiento. 

Es una tensión que también he sentido. En un principio era más consciente de mi privilegio. En España mi franja de edad tenía un desempleo de más del 50%. Mis amigos lo estaban pasando muy mal. Yo, en cambio, me veía independiente y ganando el dinero suficiente como para poder mantenerme. Pero con el tiempo, esa sensación de privilegio se ha ido equilibrando. Ahora creo que pesa más la nostalgia por las cosas que he ido perdiendo. Mis amigos en España se han ido recolocando, han rehecho sus vidas. Pero yo no he vuelto, no he recuperado un país. Cada vez va pesando más la pérdida: no poder interactuar de la manera en que interactúas con la gente en tu país, no tener una comunidad alrededor en la que apoyarte. Acabas perdiendo rasgos de tu personalidad. En estos tres últimos años prácticamente no he hablado español, por ejemplo. A nivel emocional e incluso intelectual he perdido mucho.

Hablando de privilegios, parte de su exilio la pasa en el espacio enrarecido que es la universidad de élite norteamericana, investigando y enseñando en Princeton. De su libro se deduce que fue, sobre todo, un periodo muy duro, para usted tanto como para todos los demás. ¿En Princeton no hay nadie que no sufra?

Son espeluznantes las estadísticas sobre la incidencia de depresión y ansiedad en la población estudiantil de los centros educativos de élite

La verdad es que la experiencia en Princeton fue muy distópica. A cualquiera que se la cuentes, y que no haya vivido algo parecido, te puede mirar con ojos raros y decirte que estás exagerando. A mí me lo han dicho: “La gente en España estaba en las calles, en el paro, y tú estabas en una de las mejores universidades del mundo. ¿Cómo vas a quejarte?” Pero el microcosmos de ese ambiente híper competitivo que es Princeton hay que verlo para creerlo. “Aquí hay más premios Nóbel que bares,” me dijeron antes de llegar. Y es verdad. Y no estaba acostumbrada a ese tipo de privilegio. Mis estudiantes, sí: si tú vienes de la escuela privada y gozas de un ambiente intelectual toda tu vida, tienes el habitus. Sabes cómo manejar los códigos, cómo sentarte, cómo y cuándo intervenir en una conversación y cuándo callarte. Pero habiendo crecido en Badajoz y con una experiencia de vida bastante humilde, ese ambiente puede ser muy dañino. En el libro hablo de cuestiones como la salud mental de los estudiantes. Son espeluznantes las estadísticas sobre la incidencia de depresión y ansiedad en la población estudiantil de este tipo de centros educativos. Además, el año que yo entré hubo un suicidio en el departamento. Por eso, no creo que exagere.

El microcosmos hispano que se crea en cualquier departamento de español en Estados Unidos, ¿no daba un poco de protección?

En este tipo de comunidades tan cerradas se produce un fenómeno muy esquizofrénico. Claro, permite que una conserve la lengua nativa y hasta cierto punto las costumbres; tú puedes ir a un bar y siempre los hispanos vamos a ser los que hablamos más alto. Pero, al mismo tiempo, te estás contagiando de los códigos americanos, que son los de la institución. Y tú eres parte de esa institución, que te está pagando un sueldo por ser estudiante de doctorado y por dar clases también, donde estás en contacto con alumnos americanos. Y ese conflicto entre los códigos que uno va adoptando para sobrevivir en el ambiente americano y los que trae de casa puede resultar un cóctel molotov bastante explosivo.

Este libro lo ha escrito para un público lector español. ¿Ha sido consciente de tener que traducir la realidad norteamericana e incluso despejar ideas equivocadas sobre la vida aquí?

Desde el principio fui muy consciente de mi labor de traducción, incluso al nivel de las palabras. Me costó muchísimo que fluyera la escritura. Muchas veces se me colaban expresiones en inglés, que me obligaban a parar y buscar la expresión adecuada en español. Ha habido una lucha constante con el lenguaje. Después, ya en otro nivel, me interesa la voz del cronista, del corresponsal, porque hay muchísima desinformación sobre Estados Unidos en España, donde mucha gente bebe de la imagen que transmite la industria cinematográfica. Las cosas que una vive como inmigrante son muy diferentes. Eso sí, escribo desde mi experiencia personal, admitiendo que la de otra persona puede ser diferente. Aun así, creo que la mía es bastante representativa. Por ejemplo, en una crónica del libro hablo de tener la sensación de que puede ocurrir un tiroteo en cualquier momento. Siempre estoy muy alerta, busco cuáles son las posibles salidas de emergencia, etcétera. Hablándolo con amigos míos americanos, les pregunto si soy una paranoica. Y me dicen que no, que sienten lo mismo. A lo mejor a un lector español no se le ocurre que ese tipo de pensamientos sea una experiencia normal, habitual de la vida aquí en Estados Unidos.

Entre otras cosas, su libro es un diagnóstico de Estados Unidos hoy. Y me parece que constata dos grandes carencias: una pobreza de lo público –no hay apenas transporte público, espacios públicos, bienes públicos– y una gran pobreza afectiva: describe a jóvenes muy privilegiados que, sin embargo, son unos discapacitados a la hora de entablar cualquier relación humana. Lo que no me queda claro es si registra esas patologías como propias de Estados Unidos –el país protestante y capitalista que es– o si las apunta como aviso para navegantes, porque pronostican lo que pronto será una realidad en otros espacios, incluido el europeo.

Es verdad que esas dos formas de pobreza se dan aquí de manera sangrante. Pero no podemos caer en la patología: además de ser de un esencialismo brutal, significaría que no hay salida. Si la realidad es la que es, es porque ha habido unas circunstancias históricas, políticas, económicas que han desembocado en esto. Pero sí, un aviso para navegantes sí que es, hasta cierto punto. En España veo cada vez más problemas –en cuestiones de salud mental, por ejemplo– que yo pensaba que eran exclusivos de Estados Unidos. Dicho esto, la situación de aquí me parece tan exacerbada que me cuesta trabajo pensar que en Europa se pueda llegar a eso. Aun así, noto que van cambiando los marcos. Ya tengo amigos españoles que dicen: “Ah, bueno, me han operado de apendicitis, pero por lo menos no he tenido que pagar”. Ese pensamiento en la España de hace diez años no se contemplaba. 

Su libro es precioso, pero da pocos motivos de esperanza. ¿No ve brotes redentores, algo que permita una pizca de optimismo? A mí, por ejemplo, en Estados Unidos siempre me ha impresionado el nivel de compromiso con lo cívico que representan organizaciones militantes como la Unión de Libertades Civiles, la ACLU, con su millón y medio de miembros pagando su cuota, y que defiende a inmigrantes y minorías del propio Estado…

Repito: no ha sido mi intención sugerir que este país tiene una esencia inamovible y que no puede cambiar. Pero es verdad que yo no soy naturalmente optimista. Y muchas cosas solo han ido a peor. El problema de la sanidad, por ejemplo, no siempre ha sido tan acuciante. Hace 30 años la gente se podía pagar una operación sin arruinarse. También es verdad que rayos de esperanza veo muy pocos. Hay sociedades donde hoy existe un compromiso cívico de una protesta en las calles constantes. En Estados Unidos, no. Aquí, donde el individualismo es muy poderoso, es muy difícil que la gente salga a la calle a reclamar algo. No es que a la gente no le importen los problemas de los demás. De hecho, muchos americanos son muy solidarios. Pero todo pasa todo por soluciones individuales: “Voy a donar a tal organización o voy a montar mi propia organización. Si los colegios públicos no funcionan, pues bueno, tengo esta ONG que por las tardes les da clases de apoyo”. Pero no dicen: “Vamos todos a la plaza, vamos a manifestarnos para que la educación pública sea de calidad”. La gente es muy bienintencionada, pero me parece que solo se ponen parches. 

Con respecto a España y Europa, ¿es más optimista?

Sí. He estado siguiendo las huelgas en Francia, que parecen un ejemplo poderosísimo de compromiso cívico, no sólo por la gente que estaba en huelga en sí, sino por todo el apoyo que tenían de los que no lo estaban. En España también creo que existe una cultura democrática que pasa por la protesta social, por cuestiones como asambleas, cosas que cuando yo era pequeña no existían. La crisis nos ha cambiado a todos. Pero también hay diferencias incluso, digamos, a nivel de bar, en la cena de Nochevieja con tus suegros. En España las conversaciones siempre están muy politizadas. Se habla de todo. Aquí en Estados Unidos lo que veo es un nivel de autocensura brutal en mucha gente, en muchos aspectos –en la familia, en el trabajo– por miedo a ofender al otro. No se habla de política o de religión, no vaya a ser que alguien se moleste. Pero si tú las cosas no las discutes, dejan de existir. No tienes ni vocabulario para nombrarlas. Esto creo que es gran parte del problema. 

Lleva diez años en Estados Unidos y sin embargo sigue escribiendo en español para españoles. ¿Habrá un momento en que se haga con el pasaporte estadounidense e intervenga en la esfera pública de aquí?

Hacerme ciudadana americana la verdad es que no me hace mucha ilusión. Estos años me está ocurriendo una cosa muy curiosa porque es como si estuviera en una fase de transición. Ya no soy, digamos, la española que ha venido aquí y sólo se mueve en los departamentos de español, y actúa como si este país no existiera. Seamos honestos: esa es la experiencia de muchísimos académicos españoles en este país. Se benefician económicamente de las instituciones americanas que les pagan, pero no tienen ni idea de lo que está pasando aquí. Ni les importa, porque tienen la mirada puesta en otro sitio, en España. 

Mi situación es distinta desde que decidí abandonar esos círculos y trabajar en inglés. Y además estoy trabajando en una facultad de políticas públicas, de política social y trabajo social, que responde a una preocupación que tenía desde hacía tiempo. Hice voluntariado en ONGs de inmigrantes, por ejemplo. Esto significa que me he hecho mucho más permeable a la situación americana. Por eso digo que las injusticias de este país son intolerables, me cabreo muchísimo ante el hecho de que el presupuesto de defensa sea mastodóntico, o que la gente no tenga acceso a la sanidad, o por la permisividad de las armas, la pésima calidad de la educación pública y otras cuestiones que discuto en el libro. Entonces no me extrañaría nada que acabara por intervenir también en la esfera pública aquí. No descarto que toda esa furia en algún momento salga en inglés.

Pero por ahora sigo teniendo esta conexión con España. Intento que no se me olvide, a través de la lengua, sea escribiendo en español para la prensa o llevando la cuenta de Twitter. Por un lado, el hecho de que mi instrumento de comunicación sea siempre el español es lo que me devuelve al origen. Por otro, la mirada la tengo puesta desde hace tiempo en Estados Unidos, que obviamente es una sociedad que me importa. Si no, no escribiría sobre ella.

Autor >

Sebastiaan Faber

Profesor de Estudios Hispánicos en Oberlin College. Es autor de numerosos libros, el último de ellos 'Exhuming Franco: Spain's second transition'

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