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Tribuna

Bernie Sanders no es un radical

El candidato demócrata es mucho más pragmático y menos ideológico de lo que a sus contrincantes les gustaría admitir

Mark Weisbrot 21/02/2020

<p>Bernie Sanders en un acto de campaña del partido Demócrata en Colorado, el pasado 17 de febrero. </p>

Bernie Sanders en un acto de campaña del partido Demócrata en Colorado, el pasado 17 de febrero. 

@BernieSanders

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A medida que Bernie Sanders afianza su posición en las primarias demócratas y sus oponentes, en ambos partidos [incluidos los republicanos], comienzan a sufrir, hay quienes se esfuerzan por pintarlo como un extremista: alguien que podría incluso perder contra Trump por su supuesto “radicalismo”. Pero no es tan fácil sostener ese argumento sobre la base de los hechos. Sanders posee una trayectoria de 40 años como político y las cosas que dice son, en su mayoría, las mismas que lleva proclamando a los cuatro vientos casi desde que comenzó. La principal diferencia es que ahora hay otros políticos demócratas que se le han unido en asuntos como el salario mínimo de 15 dólares por hora, el alivio de la deuda estudiantil, las matrículas gratuitas en las universidades públicas, la ampliación del Seguro Social, la reducción de la desigualdad salarial. Y algunos incluso incluyen el Medicare [cobertura sanitaria] para todos.

A medida que Sanders afianza su posición en las primarias y sus oponentes comienzan a sufrir, y hay quienes se esfuerzan por pintarlo como un extremista: alguien que podría perder contra Trump por su “radicalismo”

Los actos de Sanders resultan aún más contundentes que sus palabras, pues parece comprender que la política es compromiso. Acostumbra a pelear con uñas y dientes para poder cumplir las promesas que ha hecho a sus votantes, pero también es capaz de aceptar el mejor acuerdo posible si eso le acerca al objetivo que se ha propuesto; y luego se prepara para luchar de nuevo al día siguiente. Por ese motivo apoyó el Obamacare, el mejor acuerdo posible en ese momento: ampliar la cobertura a 20 millones de estadounidenses, sin excluir a las personas con “enfermedades preexistentes” y el riesgo que eso hubiera supuesto para sus vidas. Sanders lo respaldó a pesar de que el Obamacare estaba bastante lejos del Medicare para todos (“atención sanitaria como un derecho humano”), que lleva siendo su pasión y distintivo desde hace décadas. 

Es un “socialista”, gritan sus contrincantes, y omiten la segunda parte del término, “socialista democrático”, que Sanders siempre utiliza cuando se habla de ese asunto. Con la omisión del adjetivo, hay mucho más espacio para inducir a la confusión, ya que en inglés la palabra “socialista” posee varios significados que se han vuelto de uso común con el paso de los años. Así, lo mismo se utiliza para “comunista”, al estilo de la antigua URSS, que para los partidos socialdemócratas o socialistas europeos que han gobernado la mayor parte de los últimos 70 años en países como Francia, Alemania, España o el Reino Unido, por no mencionar los países escandinavos.

Debería resultar evidente a cualquiera cuyo objetivo no sea asustar a los votantes que Sanders pertenece a la segunda clase de socialdemócratas, la variante europea. No habrá una nacionalización de los medios de producción bajo un gobierno de Sanders. La mayor ampliación del ‘gobierno’ se producirá en la financiación pública de un seguro médico. Igual que con el Medicare tradicional, en el que menos de un 2% de los gastos corresponden a costes administrativos, un seguro médico público sería mucho más eficiente que el actual gasto seis veces superior de la industria médica privada. Y tampoco tendríamos a ocho millones de personas cayendo en la pobreza cada año como consecuencia de las deudas médicas. O lo que es peor aún, decenas de miles que mueren por no poder acceder a una asistencia sanitaria asequible.

Desde 1993, las familias que pertenecen al 1% más rico capturaron un asombroso 48% del crecimiento de los ingresos

El programa de Sanders está dirigido, sobre todo, a corregir la dañina transformación de la economía estadounidense en los últimos 40 años. Si en las primeras tres décadas tras la Segunda Guerra Mundial los beneficios se repartieron ampliamente, a medida que la economía creció, la mayor parte del incremento de ingresos se destinó a quienes ya tenían mucho más de lo que les correspondía. Desde 1993, por ejemplo, las familias que pertenecen al 1% más rico capturaron un asombroso 48% del crecimiento de los ingresos. No es de extrañar que muchos estadounidenses sientan que el sistema está manipulado contra ellos.

Fue sobre todo el equipo de Reagan quien puso en marcha esa deriva derechista, pero esta ha terminado siendo aceptada y hasta profundizada, de diversas maneras, por algunos líderes políticos liberales. Quizá esta normalización de esos cambios radicales producidos a lo largo de las últimas décadas es el motivo por el que algunos comentaristas consideran el programa de Bernie (diseñado para revertir el daño) como algo “radical”.

Es importante señalar que esa batalla por la derechización nunca fue, en realidad, una lucha entre el “mercado” y el “Estado”. Casi todas las economías del mundo son una mezcla de ambos. El objetivo de la “revolución” de Reagan y las contrarreformas posteriores (la OMC, el NAFTA, la desregulación financiera, las relaciones comerciales normales y permanentes con China, y la legislación y las prácticas antisindicales, entre otras) no era, ni mucho menos, alterar el peso relativo del mercado y del gobierno.

En realidad el mayor cambio fue utilizar muchísimo más tanto al mercado como al gobierno para redistribuir las ganancias y la riqueza hacia arriba. El resultado es un país de renta alta que destaca por el elevado porcentaje de personas que, apesar de tener un trabajo a tiempo completo, tienen dificultades para llegar a fin de mes; por no mencionar a los más de diez millones de niños que viven en la pobreza y el más de medio millón de personas sin hogar.

Con su programa de reformas, Sanders pretende utilizar el mercado y el gobierno para darle la vuelta a esta enorme redistribución de los ingresos y de la riqueza.

Sanders está a favor de un papel menos intervencionista de la Reserva Federal en el mercado de trabajo, ya que esta ha provocado casi todas las recesiones estadounidenses desde el fin de la II GM

En la propuesta de Sanders, el gobierno es quien tiene que tomar la iniciativa en inversión pública allá donde la inversión privada no llegue (por ejemplo, en la transición hacia algún tipo de infraestructura energética que permita reducir las emisiones de carbono). Pero otras partes importantes de su programa alejan al gobierno de la economía y adoptan soluciones de mercado, como, por ejemplo, reducir la participación de la administración en los monopolios de patentes que ella misma concede y regula y que provocan subidas de precios en los medicamentos, los suministros médicos y el coste de la asistencia médica. O disolver otros monopolios para favorecer una mayor competencia de mercado, por ejemplo en los sectores tecnológico y financiero. 

Sanders también está a favor de un papel menos intervencionista de la Reserva Federal en el mercado de trabajo, ya que esta ha provocado casi todas las recesiones estadounidenses desde el fin de la II Guerra Mundial –salvo las dos últimas– al haber subido las tasas de interés cuando era totalmente innecesario. El senador de Vermont también ha sido pionero a la hora de proponer reducir el mayor y más destructivo abuso que el gobierno estadounidense ha cometido sobre los estadounidenses y el mundo: las horribles “guerras interminables” que casi todos los estadounidenses rechazan hoy en día. Algunos de sus mejores aliados en esta lucha han sido republicanos conservadores que se muestran escépticos con ese aspecto del “gran gobierno” (por ejemplo, en el histórico enfrentamiento para evitar la participación estadounidense en la guerra genocida de Arabia Saudí contra Yemen). 

En definitiva, Sanders es mucho más pragmático y menos ideológico de lo que a sus contrincantes les gustaría admitir. Sin embargo, seguiremos escuchando, en sectores muy diversos, que Sanders es un “radical” si sigue ganando a sus contrincantes en las primarias demócratas.

–––––––– 

Mark Weisbrot es codirector del Centro para la Investigación Económica y Política (CEPR, por sus siglas en inglés) en Washington D.C. Es el autor de Fracaso: Lo que los ‘expertos’ no entendieron de la economía global (2016, Akal).

Este artículo se publicó originalmente en inglés en MarketWatch.

Traducción de Álvaro San José.

Autor >

Mark Weisbrot

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