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TRIBUNA

España para los españoles o el fin de Europa

Si no se quiere acabar como la Hungría o la Polonia blancas, menguantes, melancólicas y racistas, la inmigración de masas es inevitable

Emmanuel Rodríguez 17/02/2020

<p><em>La otra cueva </em></p>

La otra cueva 

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Dos noticias hemos recibido la semana pasada: la sentencia del tribunal de Estrasburgo que daba por buenas las devoluciones en caliente del Gobierno español y la polémica entrevista en Televisión Española al líder de Vox, Santiago Abascal Conde, centrada en asociar inmigración y delincuencia. Los comentarios a ambos sucesos no merecen mucha extensión: la política europea de ‘derechos humanos’ está en línea con la regulación policial de los flujos migrantes. La extrema derecha simplemente pone carne y palabra al motor de esas políticas. Lo que sí merece atención es la encrucijada a la que nos aboca el discurso antiinmigración, acoplado además a todo aquello que hace imposible considerar el cierre completo de las fronteras. 

Hace poco más de una década en la Francia republicana y chovinista, un filósofo de tercera pero con acceso a los medios, Renaud Camus, publicó un libelo con el título Le grand remplacement (El gran reemplazo). En tono entre grave y quejumbroso venía a decir que asistimos a la gran hora de la “descivilización” de occidente: la población francesa está siendo silenciosamente sustituida por la población migrante de las excolonias, defendía. El panfleto del que en su juventud fuera un conocido antisemita circuló como la pólvora, estallando aquí y allá en distintos países. El autoritario Orbán, jefe de Gobierno de la pequeña Hungría, con una tasa de inmigración cercana a cero, lo alabó repetidas veces y en más de una ocasión declaró también grave y llorón: “Nosotros decidiremos si Europa continuará perteneciendo a los europeos, o se entregará a las masas de gentes de diferentes culturas y diferentes civilizaciones”.

En España, el “gran reemplazo” forma parte del argumentario de Vox y se relaciona con el así llamado “suicidio demográfico” del país

En España, el “gran reemplazo” forma parte del argumentario de Vox y se relaciona con el así llamado “suicidio demográfico” del país. Sus teóricos, como por ejemplo el hijo del ínclito filósofo Gustavo Bueno –aquel que fuera joven falangista, luego comunista, luego marxista a secas y finalmente el materialista de la vuelta a la hispanidad–, hacen repetidamente declaraciones en este sentido. La receta de Vox, especialmente de su ala natalista, parece encontrarse en el estímulo de la natalidad: tener hijos de españoles con españolas (que obviamente se encarguen de su crianza), siempre por el bien de España. ¡Planazo! 

Más allá de Vox y de la blanca Hungría, la cuestión a analizar es, primero, si este reemplazo importa y, segundo, si es evitable o siquiera indeseable. Dos tipos de razones sugieren que si no se quiere acabar como la Hungría o la Polonia blancas, menguantes, melancólicas y racistas, la inmigración de masas es inevitable. 

El primero apunta a causas internas, todas ellas fáciles de entender. La caída demográfica del norte rico se explica menos por la decadencia de la institución familiar (hoy querida y deseada hasta por la más radical de las izquierdas) o la disolución de las normas y tradiciones que por razones materiales. La crianza de un niño en el seno de las todavía mayoritarias clases blancas europeas tiene costes notablemente más altos que hace 50 años, y siguen creciendo. De un lado, el requerimiento del “doble salario” se ha vuelto imprescindible, caso de no querer caer en la característica situación de pobreza de los hogares monoparentales. De otra parte, la atención y la protección de los menores, entrenados para reproducir las posiciones de clase, muestra también costes crecientes, que van desde el cuidado infantil hasta la inversión en educación. El resultado es que en ningún país europeo se alcanza la tasa de reemplazo generacional de 2,1 hijos. Ni en Francia, con las políticas más generosas de apoyo a la familia, ni en Rusia, con la presión más fuerte de vuelta a la familia tradicional. La mayor parte de los países oscila entre 1,3 y 1,7, y los dos mencionados apenas alcanzan los 2 hijos. 

Por añadidura, cualquier región rica del planeta que quiera mantener tasas crecientes de prosperidad deberá no solo asegurar su reemplazo natural, sino disponer de una masa demográfica expansiva. En este terreno cabe poca discusión: los migrantes, y especialmente su trabajo, son necesarios para pagar las pensiones, cubrir los puestos de trabajo que los nativos no quieren y aportar un extra de energía (también empresarial) de la que los nativos carecen.

El peso económico específico de la UE se sitúa por detrás de EE.UU. y muy pronto también de China. En cuanto a su relevancia demográfica, esta ha pasado de ser el 10% de la población del planeta en 1980, al 6% actualmente

Las razones externas son algo más difíciles de asimilar por las poblaciones europeas, acostumbradas a considerarse el ombligo del mundo. Europa es hoy una región decadente. Lo es políticamente, lo es culturalmente, lo es económicamente y lo es demográficamente. El peso económico específico de la UE se sitúa por detrás de EE.UU. (con 100 millones más de habitantes) y muy pronto también de China. En cuanto a su relevancia demográfica, esta ha pasado de ser el 10% de la población del planeta en 1980, al 6% actualmente y seguramente poco más del 3% en 2050. Dicho de una forma más clara: en 1990, había cinco países europeos entre las diez primeras economías del mundo, y tres entre los cinco primeros; hoy son solo cuatro entre las diez primeras, y dos entre los cinco. En 2050, quizás no quede más que uno, Alemania, en esa lista. Sin embargo, Europa es (y seguramente lo seguirá siendo) una región con mayor riqueza económica relativa y mejores estándares de vida que el resto del planeta. 

Con su población envejecida y su tendencia a consolidar una economía propiamente rentista, Europa seguirá siendo un lugar de inmigración. ¡Afortunadamente para los europeos! El problema reside en si podrá o no seguir regulando de forma unilateral la gestión de sus fronteras, y no solo por la desesperación de poblaciones ansiosas, empobrecidas, expulsadas por guerras y devastaciones climáticas, sino también por la propia fuerza económica, política y demográfica de esas poblaciones. Cuando se considera la última gran potencia demográfica del planeta, el África Ecuatorial, conviene considerar algunos datos. En 2050 la población de África subsahariana pasará de los 1.000 millones actuales a 2.000. Nigeria tendrá para esa fecha más habitantes que EE.UU., 400 millones; Etiopía, 205; República Democrática del Congo, 194; y Tanzania, 129. ¿Estamos seguros de que la Unión Europea podrá regular unilateralmente estos flujos de población con respecto a economías que, por su dinámica de desarrollo económico y demográfico –por caótica que sea–, superarán en algunos casos el PIB de Francia o Reino Unido, las viejas potencias coloniales? El espantajo de la islamización con el que se asusta a los pobres europeos va a quedar muy pronto superado por el de la africanización: negros, muchos de ellos cristianos y viejos súbditos coloniales de Europa, son los candidatos a ser los nuevos europeos.

Salvo si se quiere seguir el destino que Orbán propone a su blanca y cristiana Hungría la inmigración es inevitable. Simplificando mucho, apenas hay dos alternativas.

La primera opción debemos llamarla sin ambages apartheid. Este no se reduce, como pretende el antifascismo liberal (da igual su color blanco, negro o marrón), a una mera separación de espacios culturales, donde los “de color”, o los no nacionales, no comparten con los blancos, o nacionales, espacios de convivencia como restaurantes, medios de transporte o lugares públicos. De hecho, puede haber un apartheidliberal que filtre minorías “de color” en las sociedades blancas mediante políticas de cuotas o asimilación, sin que se modifique lo sustancial de las políticas que propiamente constituyen la segregación. 

Me explico: en Sudáfrica, el apartheid consistía básicamente en negar a los negros sudafricanos la nacionalidad sudafricana. Estas poblaciones eran relegadas a los bantustanes, territorios que no formaban parte de la Unión Sudafricana, aun cuando estaban en el interior de esta. El nativo africano quedaba así sometido a un régimen de control de movimientos, que lo perseguía de su residencia al trabajo y viceversa. Pero sobre todo quedaba excluido de la nación política y con ello de todos los bienes, provisiones y garantías que esta proporcionaba. La reproducción en el bantustán (crianza, educación, medios comunitarios que completaban los magros salarios de los africanos, etc.) se volvía así virtualmente opaca a la contabilidad de las industrias sudafricanas. Sencillamente, el apartheid creaba una fuerza de trabajo casi gratuita.

Comparemos el régimen sudafricano con las políticas migratorias actuales. De forma nada sorprendente, el apartheid es siempre el efecto, más o menos buscado, más o menos atenuado, de las leyes de extranjería. Estas ordenan a los migrantes en distintos grados jurídicos (del sin papeles a la ciudadanía) que permiten a estos colectivos acceder a distintas categorías laborales y derechos laborales y sociales. En los niveles jurídicos más bajos, la ley es sencillamente una ley de apartheid, que condena a una población joven, ya criada y ya formada, a hacer trabajos de mierda por salarios de mierda (los llamados trabajos de difícil cobertura) y en condiciones de mierda, bajo el permanente chantaje de perder la residencia o ser denunciado a la policía. 

La fuerza de trabajo migrante es indispensable, lo saben en Lepe, en El Ejido y en Níjar, pero se la quiere más barata, más recluida y separada de la población local

Cuando se observan los distritos de la agroindustria en los que Vox arrasa, lo que vemos no es el miedo al migrante, sino la línea social de reforzamiento del apartheid. La fuerza de trabajo migrante es indispensable, lo saben en Lepe, en El Ejido y en Níjar, pero se la quiere más barata, más recluida y separada de la población local. Trabajo barato, segregado y sin consecuencias sociales. El apartheid es la agotada gallina de los huevos de oro de un micro empresariado local endeudado y condenado ante la expansión del verdadero agrobusiness, el de la gran empresa. No le pidan pues que vote otra cosa.

Si se considera en un periodo temporal más amplio, y a escala europea, nos podemos fácilmente imaginar la fuerza que impulsa al apartheid futuro y que engorda (y seguirá engordando) a las extremas derechas del continente. Según esta hipótesis, probemos a imaginar la sociedad europea de 2050. A un lado verán una clase patricia, esencialmente blanca (pero no solo, infiltrada ya por los migraciones de largo recorrido), envejecida y con un débil potencial demográfico; una clase hecha de pensionistas y profesionales, con unas necesidades de asistencia enormes: cuidado de ancianos  y de los escasos niños que tengan en su seno, servicios de ocio y restauración que forman parte de la base de su estilo de vida, etc. Al otro lado, un ejército inmenso de fuerza de trabajo rotante, de migración antigua o reciente, que cubre la mayoría de estos servicios, pero que se ve sometido a estatutos jurídicos diferenciados, así como a barreras de eficacia variable que impiden su progreso. Entre medias de los patricios y los nuevos parias, “aplastados”, se reconoce también una clase también menguante de desclasados nacionales, que aspiran al nivel de los primeros pero que tampoco estarán dispuestos a acoplarse a la subordinación de los segundos. Su orientación basculará entre el racismo y la nueva alianza de clases. Sea como sea, la alternativa apartheid a la melancólica Hungría nativista, y a la que se han ajustado ya todas las políticas europeas, es socialmente explosiva a medio plazo. Quizás felizmente explosiva.

La segunda alternativa la podríamos llamar de “fronteras abiertas”. Una precisión de partida, en el espectador nacional que presume de haber trabajado toda su vida, y que delante del televisor ve al migrante africano, hay sin duda un pavor justificado. Aquel que atraviesa el Sahara (o que migra de Centroamérica a EE.UU.), a veces en travesías de varios años, expuesto a violencia, violaciones, extorsiones y situaciones temporales de semiesclavitud, demuestra estar hecho de una pasta y de un vigor del que apenas ningún nacional puede presumir. Pero frente al síntoma del malestar nacional, que se muestra en el miedo fantasmagórico a la delincuencia (recordemos, vivimos en un periodo de seguridad que jamás ha disfrutado Europa), cabría imaginar otra alternativa posible. Cabría imaginar lo que esta energía empleada en la voluntad de migrar podría producir, caso de no estar contenida en la cadena de esclusas de la ley de extranjería. 

 El apartheid es la agotada gallina de los huevos de oro de un micro empresariado local endeudado y condenado ante la expansión del verdadero agrobusiness, el de la gran empresa

Los migrantes no son solo fuente de riqueza allá donde van, en tanto son una fuerza de trabajo joven, ya criada y muchas veces formada (vean las estadísticas y se sorprenderán de cómo sus niveles de secundaria son superiores a los de los nacionales). Los migrantes no solo aportan al fisco mucho más de lo que reciben (vean cualquier estudio al respecto). Y no solo hacen trabajos que ningún nacional quiere hacer. Los migrantes son fuente de riqueza porque tienen la capacidad también de inventarse y de reinventarse, de generar comunidades, instalar negocios, crear nuevas economías y revitalizar ciudades y regiones condenadas. La historia de EE.UU. durante el siglo XIX muestra lo que los migrantes pueden llegar a hacer si no se les restringen sus derechos y se les da un pedazo de tierra. 

Europa, la decadente Europa, tiene en el futuro próximo tan solo tres alternativas. O bien se cierra sobre sí misma como una puercoespín, y abraza el destino de ser una colección de provincias del tamaño de Hungría: blancas, conservadoras, cristianas y cada vez más pobres. O bien opta por explotar a sus migrantes sin miramientos, en régimen de apartheid, pero produciendo a medio plazo situaciones explosivas. O bien se reinventa al modo de una sociedad abierta, verdaderamente abierta, y empieza a reconocer que su potencial de futuro está en buena medida en una energía que le viene de fuera. 

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Autor >

Emmanuel Rodríguez

Emmanuel Rodríguez es historiador, sociólogo y ensayista. Es editor de Traficantes de Sueños y miembro de la Fundación de los Comunes. Su último libro es '¿Por qué fracasó la democracia en España? La Transición y el régimen de 1978'. Es firmante del primer manifiesto de La Bancada.

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2 comentario(s)

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  1. REM

    "que el argumentario pro-inmigracion en la calle ya solo produce carcajadas" Parece que algunos no termináis de entender que la inmigración no es una opción, sino un hecho inevitable, tanto por necesidad económica como por imposibilidad de una perfecta gestión de fronteras. Las opciones se reducen a gestionarla en calidad de apartheid, como ahora o aún peor (que siempre es posible ir a peor), o defendiendo realmente los derechos humanos.

    Hace 1 año 6 meses

  2. Nan

    De los derechos humanos a Ayn Rand, pasando por que buenos y acertados son los analisis y las recomendaciones del FMI...y todo ello sin percatarse que el argumentario pro-inmigracion en la calle ya solo produce carcajadas

    Hace 1 año 7 meses

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