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Guerra contra el 'terrorismo'

‘The Report’ y la (anti) propaganda de la CIA

Desde que se creó en 1947 la agencia ha promovido la tortura. En Hollywood hay dos tipos de películas sobre su labor: las laudatorias y las revisionistas

Joel Whitney (The Baffler) 12/02/2020

<p>Fotograma de la película 'The Report'. </p>

Fotograma de la película 'The Report'. 

Scott Z. Burns

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A finales de 2005, cuando el temor de encontrar armas de destrucción masiva en Irak estaba comenzando a disminuir, la senadora por California Dianne Feinstein se unió a un coro de voces demócratas para entonar un no-mea culpa y afirmar que habían sido víctimas de la manipulación republicana. Por eso, cuando dos años más tarde estalló el escándalo de las torturas, la senadora no iba a permitir que la engañaran de nuevo con tanta facilidad. En lugar de aceptar el abanico de racionalizaciones de la CIA para justificar la asfixia simulada, el confinamiento, las posiciones incómodas, la privación del sueño y las demás técnicas de interrogatorio reforzadas (EIT, por sus siglas en inglés) que se emplearon con los sospechosos que detuvo EE.UU. durante la guerra contra el terrorismo, Feinstein dio libertad a un antiguo y sobrio miembro del FBI, Daniel J. Jones, para que investigara las acciones de la CIA. El largometraje The Report (2019) narra la lucha de Feinstein y Jones para destapar lo que realmente sucedió antes de que el presidente Obama pusiera fin al programa de torturas con la orden ejecutiva que emitió dos días después de iniciar su primera legislatura; una historia que sigue estando en gran medida oculta.

Al contrario que La noche más oscuraThe Report es precisa y clara sobre la pregunta clave de si funcionó la tortura: no

Al contrario que La noche más oscura, la película de Kathryn Bigelow sobre la caza de Osama bin Laden que recibió una nominación al Oscar, The Report es precisa y clara sobre la pregunta clave de si funcionó la tortura: no. La importancia de la película reside, sin embargo, en el contundente relato de lo difícil que resultó (incluso para una veterana del Senado, que era quien encabezaba el comité de investigación sobre inteligencia) obtener una respuesta sincera a una pregunta sencilla: si la tortura permitió obtener beneficios que salvaron vidas, ¿cuáles fueron? 

El poder de la misma pluma que terminó con ese programa durante el gobierno de Obama se encuentra ahora en las manos enanas de un presidente al que se la pela la verdad sobre la tortura. En este sentido, The Report es un importante instrumento de corrección, aunque el equivalente impreso se esté vendiendo ahora como un cursi producto colateral.

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The Report inicia con Jones, representado por un furioso Adam Driver, en una aparente situación problemática: le está confesando a un abogado que aunque no ha robado documentos de la CIA, sí que los ha reubicado. Su trabajo en este asunto había comenzado cuando el New York Times publicó que algunos altos funcionarios de la CIA habían destruido grabaciones de interrogatorios, y esto hacía pensar que querían encubrir algo. Como Jones tenía experiencia en la lucha antiterrorista con el FBI, recibió el encargo de investigar esas torturas y para que pudiera hacerlo le asignaron una SCIF (Oficina de información confidencial compartimentada) que, técnicamente, es una oficina exclusiva del Senado en el interior de un edificio secreto de la CIA. Sin embargo, cuando la controversia sobre las conclusiones de su informe llega a su punto más alto, sus anfitriones de la CIA allanan la oficina de forma ilegal.

Después del 11-S se establecieron centros clandestinos de detención y la CIA solicitó utilizar métodos de tortura antes incluso de que los presos estuvieran detenidos

La película alterna entre la casi actualidad (Jones aparece leyendo y explicando las pruebas documentales a Feinstein y al público) y el pasado reciente, a medida que Jones va descubriendo la sórdida historia en los memorándums de la CIA y reviviendo los días posteriores a los ataques terroristas del 11 de septiembre. Inmediatamente después de los ataques, se establecieron centros clandestinos de detención, explica, y la CIA solicitó utilizar métodos de tortura antes incluso de que los presos estuvieran detenidos; sin embargo, el secretario de Estado, Colin Powell, supuestamente nunca fue informado de nada. Mediante flashbacks, en unas escenas que establecen el ambiente taciturno del momento, se nos muestra una sala de reuniones de la CIA en la que el director de la inteligencia central, George Tenet, se esfuerza por salvar su reputación después del 11-S. Cuando el fiscal general del Estado, Eric Holder, inicia una investigación criminal sobre el programa de torturas de la CIA dos años después de que Jones comience su trabajo, los republicanos se retiran de la investigación del Senado; el equipo de Jones está destrozado y nadie relacionado con el programa de tortura volverá nunca a hablar con él.

Todo esto lo convierte en un cine particularmente difícil de dramatizar, aunque el director Scott Z. Burns consigue hacer avanzar la historia como una guerra burocrática tras el concentrado asombro y alarma de Driver. Una gran parte del trabajo real de Jones involucró, lógicamente, leer memorándums. Mientras las palabras clave de esos memos aparecen y desaparecen de la pantalla como formas difuminadas, Jones y su pequeño equipo elaboran perfiles de los detenidos y pegan fotos de sus retratos cariacontecidos en los muros de la oficina sin ventanas de la SCIF. Muchos de los flashback en tonos sepia giran en torno a diversos centros clandestinos de detención codificados con colores: centro de detención verde, centro de detención azul (aunque parece ser que no había ningún centro de detención sepia).

Rebuscando entre documentos, Jones descubre que fue Ali Soufan del FBI quien determinó la identidad del supuesto cerebro del 11-S, Khalid Sheikh Mohammed, y que lo hizo a la antigua, es decir, “estableciendo relaciones de confianza”. Pero en un flashback que se desarrolla en una oficina de la CIA, observamos como dos psicólogos contratados ad hoc, James Mitchell y Bruce Jessen, defienden la tortura. Los contratistas, que tienen una formación académica en terapia familiar e hipertensión, además de varios años en la Armada, muestran una presentación de PowerPoint en la que aparece el acrónimo mágico: SERE (Supervivencia, Evasión, Resistencia y Escape).

Eso es lo que “los mejores hombres” de Estados Unidos enseñan a los Seals [los equipos de mar, aire y tierra de la Armada de los Estados Unidos] y a los demás militantes adoctrinados que fabrican en masa: palabras resonantes y trucos mnemotécnicos. En el marco de una presentación frente a los señores de la inteligencia, Jessen y Mitchell prometen utilizar técnicas de “ingeniería inversa” para conseguir que los soldados desaprendan lo que se les enseña para resistir interrogatorios agresivos. Los promotores de la CIA hablan entre susurros de esta técnica y su mantra de “indefensión aprendida” y la describen como el “ingrediente especial” que abrirá los corazones, mentes y labios de los conspiradores terroristas que los sacrosantos guerreros nacionales están recolectando en el campo de batalla global. Para cualquiera que no sea un agente de la CIA desesperado por eliminar el papeleo posterior a cualquier crisis, el discurso de los psicólogos es claramente una sarta de mentiras.

Los mejores diálogos de la película hacen hincapié en el razonamiento moral fraudulento y estúpido de la CIA

Mientras Jones lee sobre esos charlatanes de feria en el presente de la película, los flashbacks muestran cómo se desarrollan los interrogatorios a oscuras, en pasajes subterráneos parecidos a cuevas: a un preso lo golpean; a otro le afeitan la barba, le rocían agua helada y lo dejan tirado y desnudo; otros presos están colgados en posiciones incómodas; a otros los obligan a sufrir la sensación de ahogo conocida como asfixia simulada; a otros les amenazan con entierros simulados o les encierran con bichos aterradores. (Estas escenas, junto con las de un asistente médico que se parece al garganta profunda del Watergate y que sorprende a Jones en un aparcamiento, son las partes que el director maneja de forma menos acertada). Después, los presos dejan de hablar o comienzan a mentir para evitar que les ahoguen o sufran graves traumatismos. Khalid Sheikh Mohammad sufre la asfixia simulada en 183 ocasiones, se nos cuenta, y esto da lugar a que Feinstein le pregunte a Jones, a mitad de la investigación: ¿por qué, si funciona, necesitas hacerlo 183 veces?

La alternancia entre la fantasía omnipotente de la CIA y la horrorizada verificación de datos de Jones es eficaz. El diálogo trepidante de una escena en la que la CIA sale expresando sus quejas sobre el informe de torturas antes de que se publique se acentúa con el contrapunto de las acotaciones y traducciones de Jones. Jones nos cuenta, justificándolo con el engañoso razonamiento legal de mediocres como John Yoo, que la CIA consideraba que su programa era legal si funcionaba. Esto significa que los directores de la CIA animaban a sus agentes a cometer actos ilegales y a seguir haciéndolo en secreto hasta que la confesión de un sospechoso convirtiera el crimen de guerra del interrogador en “legal”, y lo justificara de manera retroactiva. Si se reflexiona sobre esa lógica, es la misma que la de los juicios por brujería de Salem, libremente aplicada unos 320 años después.

Los mejores diálogos de la película hacen hincapié en el razonamiento moral fraudulento y estúpido de la CIA. Bernadette, una agente interpretada por Maura Tierney, sirve de contrapunto a la Maya que interpreta Jessica Chastain en La noche más oscura. Como hubo importantes pistas que se pasaron por alto antes del 11 de septiembre (el infame memo del 6 de agosto de 2001 aparece nombrado al principio de la película), la influencia de los psicólogos embusteros incrementa en esta segunda ocasión. Sin embargo, la agente se empieza a dar cuenta de la simplicidad de su farsa y se queja ante Jessen y Mitchell de que un preso supuestamente importante “mintió para que pararais”. Pero Mitchell la corrige sin alterarse: gracias a la asfixia simulada, “ahora sabemos que miente”. 

“Pensé que la idea era que nos ofreciera la verdad”, les contesta. 

Sí, escupe Jessen: “La verdad es que está mintiendo”. 

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Hay dos tipos de películas de la CIA: las laudatorias y las revisionistas. Hace tiempo que Hollywood desempeña un papel importante en la propaganda bélica. Después de la II Guerra Mundial, se eligió a un amplísimo espectro de medios para una infiltración a gran escala en la que un ministerio de Cultura con tendencias anticomunistas repartió fondos secretos por todo el mundo. Como es lógico, había nexos. En Hollywood, la CIA tenía al menos un agente encubierto en uno de los estudios principales, Paramount Pictures. Este agente podía acabar con cualquier guión que no dejara a Estados Unidos en buen lugar, o conseguir que se reescribiera si su mensaje patriótico era rescatable. Además, la CIA trabajaba con varios estudios para fomentar una temática que denominaba “libertad militante”, otra expresión rimbombante, cuya intención era guiar a los realizadores durante la Guerra Fría. Iconos como John Wayne y John Ford se apuntaron y prometieron al ejército y al aparato de defensa que respetarían de forma explícita los objetivos de la “libertad militante” en toda representación que hicieran de Estados Unidos en unas películas que se veían por todo el mundo. 

La primera película producida por la CIA, una versión animada de Rebelión en la granja de George Orwell, se editó hasta llegar casi a la censura para hacer desaparecer la crítica mordaz de Orwell hacia las extralimitaciones del capitalismo. El futuro ladrón del Watergate, E. Howard Hunt, al comparar su trabajo con el de Walt Disney, describió en sus memorias como no solo censuró la película para impulsar los objetivos de la Guerra Fría, sino también para añadir bromas y un final feliz que pudiera competir con Disney. Como existía el riesgo de que los secretos a voces quedaran claramente al descubierto durante este período de profunda infiltración de los medios, la CIA aprendió a ocultar su espíritu reaccionario bajo un falso lustre de política de Nueva Izquierda, que terminaría afectando a su estética cinematográfica.

Entre 1967 y 1977 se alcanzó la cota máxima de revelación de estas conductas de la CIA, y la reputación de la agencia quedó empañada para siempre. Los esfuerzos que realizó por “encajonar” a la prensa se situaron, con razón, a la par de su altamente impopular participación (aunque se fuera revelando poco a poco) en golpes, asesinatos y escuadrones de la muerte en varios países en vías de desarrollo. En la década de 1970, las audiencias de los comités Church y Pike mostraron que era todo mucho peor de lo que sabía el ciudadano medio. El derroche destructivo de esta agencia antidemocrática se puso de manifiesto ante el contribuyente que, sin saberlo y sin poder opinar, lo había financiado. Y así es como nació el segundo tipo de películas sobre la CIA. Ahora había un nuevo héroe: el periodista que trabajaba para revelar secretos. El denunciante. Y el arquetipo de este modelo no fue un dibujito de Disney, sino un thriller político del estilo de Todos los hombres del presidente

El derroche destructivo de una agencia antidemocrática como la CIA se puso de manifiesto ante el contribuyente que, sin saberlo y sin poder opinar, lo había financiado

Cuando The Report aborda las preguntas de cómo y con qué grado de sinceridad (con o sin abundantes tachaduras) se hará público el informe de torturas, Burns corta hacia un fragmento de Jones mirando en la tele una noticia sobre La noche más oscura. Lo que hace que la película de Bigelow y el escritor Mark Boals sea excepcional es que los dos trabajaron con la CIA, siguiendo la tradición de la libertad militante de las películas de Ford y Wayne, aunque lo hicieran de forma encubierta y utilizaran el oscuro estilo de los thrillerspolíticos que marcaron la segunda ola de películas sobre la agencia. Los creadores de La noche más oscura, que trabajaron con la oficina de enlace que la CIA creó en la década de 1990, recompensaron a los agentes que realizaron labores de consultoría en la película con comidas caras y, en uno de los casos, con joyería falsa. El tono de la película hace justamente que te sientas sucio cuando la ves, pero no revela, lógicamente, que está tergiversando el pasado reciente. Puede que no exagere o simplifique el rol de Estados Unidos en el mundo, pero La noche más oscura debe justificar su postura ambivalente con la falacia de que la tortura funciona. Por este motivo, la Feinstein de verdad abandonó la sala de cine después de solo 15 minutos de metraje y declaró que las mentiras que se representaba en la película eran insultantes. 

Tras el comité Church, La noche más oscura no funcionaría como trabajo de propaganda de la CIA si primero no te convenciera de que está de tu lado. Te promete la verdad con su estilo y detallismo, y con su lealtad al plano del piso franco de Bin Laden. Puede que la película no parezca triunfal, pero, cuando la Maya de Chastain “atrapa” a Bin Laden, queda implícito que finalmente ella y nosotros podremos tener un poco de descanso y la libertad (aunque tampoco sea la libertad militante) ya no estará más en retirada. De forma paradójica, The Report, que muestra una alternativa que favorece al FBI, es en última instancia una película “revisionista” más sofisticada y con mayor exactitud histórica. Se podría decir que es antipropaganda. Aunque la antipropaganda sigue siendo propaganda, por supuesto, y si la visualizas de forma crítica, como tendría que ser, The Report afirma que fue una senadora que regaña a los jóvenes promotores del Green New Deal por presentar una petición para el futuro y un veterano del FBI quienes rescataron la verdad de la historia. 

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En la representación que hace The Report del programa de tortura, mucha de la culpa se deposita en Mitchell y Jessen y su supuestamente novedosa reversión de las técnicas de resistencia a interrogatorios agresivos. Pero difuminar la diferencia entre ataque y defensa no es algo nuevo: durante la Guerra Fría, Estados Unidos empleó la tortura de manera generalizada. Mientras servía como boina verde en la guerra de Vietnam, el activista antibélico Donald Duncan recibió una formación en supuestas técnicas de tortura comunistas. Después de que el grupo de Duncan asistiera a una letanía de técnicas de este tipo, otro de los alumnos preguntó al sargento al mando por qué el nombre de la clase era medidas preventivas contra interrogatorios agresivos. Para mayor confusión, el sargento también le había dicho que no existían medidas preventivas para la mayoría de estas técnicas. “¿Está sugiriendo que utilicemos estos métodos [de tortura]?”, preguntó el estudiante. Como Duncan recuerda en sus memorias, The New Legions, el sargento “miró al suelo e hizo una pausa dramática. Cuando levantó la mirada, su cara apareció solemne pero sus ojos brillaban: ‘Nosotros no podemos decirte que lo hagas… Las Madres de América no nos darían su aprobación’. Y la clase rompió a reír”. 

Cuando la CIA se creó en 1947, promovió la tortura en los primeros escenarios donde actuó, uno de ellos fue Grecia. Allí, la agencia creó un equivalente griego de la CIA llamado KYP, que utilizaba la tortura para contrarrestar el apoyo a las izquierdas. Después del golpe que la CIA auspició en Irán en 1953, Estados Unidos creó una policía secreta para el sha que se llamó Savak y que torturaba a los iraníes de forma rutinaria. De igual modo, Estados Unidos envió agentes infiltrados desde Múnich hasta la URSS para participar en operaciones de sabotaje. Cuando se infiltraron en la operación agentes dobles, se torturaba a los sospechosos con regularidad. En Brasil, después de que la CIA derrocara al presidente de izquierdas João Goulart en 1964, los sospechosos de ser de izquierdas eran acorralados, se formaban escuadrones de la muerte y se torturaba y mataba a los sospechosos con el dinero de los contribuyentes estadounidenses. En Uruguay, el agente de contrainteligencia Philip Agee se enteró de que uno de sus agentes infiltrados en el cuerpo de policía estaba torturando a un preso cuyo nombre Agee le había proporcionado de forma involuntaria. Los gritos le persiguieron para siempre. 

En Brasil, después de que la CIA derrocara al presidente de izquierdas João Goulart en 1964, los sospechosos de ser de izquierdas eran acorralados, se formaban escuadrones de la muerte y se torturaba y mataba a los sospechosos

Durante la caza de Ernesto “Che” Guevara en Bolivia, la CIA envió a agentes cubanos en el exilio y estos torturaban a los sospechosos de colaborar con grupos de izquierda. Durante el gobierno de Reagan, al menos dos estadounidenses torturaron al general Ahmed Dlimi antes de que fuera asesinado en Marruecos en 1983. En Nicaragua, las contras torturaron de manera rutinaria a los sospechosos de pertenecer a grupos de izquierda. “A Rosa le cortaron los pechos”, se podía leer en un relato, “luego le rajaron el pecho y le sacaron el corazón”. En El Salvador en 1982, asesores del ejército de Estados Unidos se dedicaban a observar cómo sus aprendices torturaban a presos que habían sacado de forma aleatoria de sus camas mientras dormían. Les advertían de que sentir pena era contraproducente. En 1992, la contrainsurgencia de Guatemala, que había sido entrenada por Estados Unidos, capturó, torturó y asesinó al guerrillero de izquierdas Efrain Bámaca Velásquez. Este suceso se volvió un acontecimiento internacional cuando su mujer, la abogada estadounidense Jennifer Harbury, realizó huelgas de hambre para elevar una petición a la CIA. Y luego, en noviembre de 2001, el libio Ibn Shaykh al-Libi fue capturado en Afganistán y torturado en Egipto. Bajo presión, al-Libi le dijo a sus torturadores que Saddam Hussein estaba entrenando terroristas de Al Qaeda en la utilización de armas químicas. Al final, todo resultó ser falso. ¿El número de víctimas? Un millón de muertos más o menos. 

En enero de 2017, el presidente Trump brindó todo su apoyo a la falsa historia de la tortura que defiende la CIA. Apenas una semana después de su toma de posesión, el presidente declaró en ABC News : “He tenido conversaciones… con personas del máximo rango en los servicios de inteligencia y les he formulado la pregunta, ‘¿Funciona?, ¿la tortura funciona?’ y la respuesta fue ‘sí, totalmente’”. A lo que presidente añadió: “Si [mis oficiales de inteligencia] realmente quieren hacerlo, entonces trabajaré para que puedan. Quiero hacer todo lo que esté dentro de los límites de lo que se pueda hacer legalmente. Pero, ¿personalmente creo que funciona? Sin lugar a dudas, yo creo que funciona”. 

The Report relata la batalla por sacar a la luz lo que se hizo en nombre de los ciudadanos estadounidenses. Al igual que sucede con el cambio climático, la historia estadounidense de la esclavitud, las intervenciones militares en el extranjero, el apoyo brindado a dictadores de derechas por todo el mundo y otras esferas en las que tenemos mucha infamia que ocultar, nuestro acceso a la verdad sobre el programa de tortura posterior al 11-S dista de ser una conclusión conocida de antemano. Aunque se ha dicho que el presidente de reality show está reñido con la CIA, no cabe duda de que cuando se trata de la tortura y su eficacia, el presidente Trump está en total sintonía con la agencia. La persona que eligió como directora de la inteligencia central, Gina Haspel, desempeñó un papel protagónico en la utilización de centros clandestinos de detención, torturas y en el encubrimiento posterior a la destrucción de las grabaciones de los interrogatorios. Lo que está claro es que los agentes siguen intentando reescribir la historia del programa de tortura de la CIA, y que el trabajo que aparece en The Report no está ni mucho menos terminado.

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Joel Whitney es  autor de Chivatos: cómo la CIA engañó a los mejores escritores del mundo, y cofundador de la revista Guernica. Sus escritos han aparecido en el New York TimesThe New Republic y en otras publicaciones. 

Traducción de Álvaro San José.

Este artículo fue publicado originalmente en The Baffler. 

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Joel Whitney (The Baffler)

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