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Mané, la estrella que no quiere un Ferrari

Elegido mejor jugador de África en 2019, el jugador del Liverpool es conocido por su humildad y por ayudar a los más desfavorecidos en Senegal, país en el que creció

Ricardo Uribarri 14/01/2020

<p>Sadio Mané posando con el trofeo que le acababan de conceder como el mejor jugador de África en 2019.</p>

Sadio Mané posando con el trofeo que le acababan de conceder como el mejor jugador de África en 2019.

Confederación Africana de Fútbol

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La escena ocurrió durante la ceremonia de entrega de los premios de la Confederación Africana de Fútbol celebrada hace unos días en la ciudad egipcia de Murghada. Mientras Sadio Mané posaba con el trofeo que le acababan de conceder como el mejor jugador de África en 2019, alguien gritó “The King” (El Rey). El jugador del Liverpool no tardó ni un segundo en contestar: “No, no. I’m not the king” (No, no. No soy el rey). Ni siquiera en ese momento de éxito, cuando es fácil dejarse llevar al lograr por primera vez ese reconocimiento después de lo que le había costado llegar hasta ahí, dejó de tener los pies en el suelo el senegalés, tan grande dentro del campo como modélico fuera de él. 

Estamos hablando de uno de los mejores futbolistas del momento, como demuestran los números que logró el año pasado, en el que fue fundamental para que el equipo inglés se proclamara campeón de la Champions, la Supercopa de Europa y el Mundial de Clubes, además de quedar subcampeón con su selección en la Copa de África de Naciones. En 2019 logró 35 goles y 16 asistencias entre todas las competiciones, siendo máximo goleador de la liga inglesa con 22 tantos, ninguno de penalti, un rendimiento que le ha colocado, según la página web especializada en valuar el precio de los jugadores Transfermarkt, en el cuarto puesto de los jugadores más valiosos del mundo, con un valor de mercado de 150 millones de euros, el mismo lugar que ocupó en la última votación del Balón de Oro, y en el segundo lugar de los jugadores más valiosos de la Premier League.

Mané en 2019 logró 35 goles y 16 asistencias entre todas las competiciones, siendo máximo goleador de la liga inglesa con 22 tantos, ninguno de penalti

Nada de eso le ha hecho perder la cabeza a Mané, alejado del estereotipo que abunda entre los futbolistas más cotizados y mediáticos que viven en una burbuja y hacen a menudo una excesiva ostentación de su poder económico. No hace mucho hizo esta confesión: “¿Por qué iba a querer diez Ferraris, 20 relojes de diamantes o dos aviones? ¿Qué harían estos objetos para mí y para el mundo? No voy a usar mi dinero para comprarme un Ferrari, prefiero ayudar a mi gente”. Unas palabras que demuestra con hechos. Ha donado 220.000 euros para la construcción de una escuela en Bambali, su pueblo de Senegal, y proyectado en el mismo lugar la construcción de un hospital, reparte ropa, zapatos y comida a los más necesitados y da 70 euros al mes a varias personas de su localidad natal. Devoto musulmán (su padre era el imán de la mezquita de su pueblo), se le ha visto limpiando los baños de la mezquita Al-Rahma de Mulgrave Street, en Liverpool, donde acude habitualmente a orar. Y no se le cayeron los anillos por ayudar al utillero de la selección de Senegal a transportar botellas de agua desde el autobús al vestuario mientras compañeros suyos pasaban de largo. Empeñado en ser cada día mejor futbolista, reconoció en El País que hace años que no va a una discoteca y que nunca ha jugado a la playstation porque “es algo que te roba el tiempo y no quiero perderlo a cambio de nada”.

Es difícil no asociar la personalidad de Mané con las dificultades que vivió de niño. Nació hace 27 años en Sedhiou, al sur de Senegal, pero vivió a 15 kilómetros, en Bambali. Sus padres no tenían dinero para mantener a todos sus hijos por lo que el pequeño Sadio se fue a vivir con su tío. De aquellos años recuerda que “pasé hambre, tuve que trabajar en el campo y sobreviví a tiempos difíciles”. Su máxima ilusión entonces era jugar al fútbol todo el día, aunque lo tuviera que hacer descalzo. Iba a clase porque le obligaban a hacerlo para poder disputar el torneo que organizaba la escuela. Recuerda con emoción la participación de su Selección en el Mundial de 2002, en el que llegó a cuartos de final, y que creció viendo por la televisión partidos de la Liga, del campeonato francés y de la Premier League, competiciones en las que soñaba jugar algún día y ser como Ronaldinho, el jugador al que más admiraba. Le decía a su tío que estaba seguro que lo conseguiría, pero este le hacía ver lo difícil que era que ese deseo se convirtiera realidad. ¿Qué posibilidades había de que un niño de una aldea aislada de un país como Senegal llegara a triunfar? 

Sin embargo, Mané no se rindió. Insistió tanto en su objetivo, que sus padres, viendo las cualidades que mostraba en los partidos que jugaba, le permitieron ir a la capital, a Dakar, a más de 400 kilómetros de su localidad, para hacer una prueba en una academia. Tenía entonces 15 años. Para ello, sus progenitores y su tío vendieron los productos agrícolas que tenían en sus granjas para recaudar el dinero necesario para costear el viaje, aunque muchos en la aldea aportaron también una ayuda económica. Cuando llegó a Dakar se alojó en casa de unas personas que eran conocidas de sus familiares por terceras personas. El día que hacía pruebas a chicos jóvenes la academia de Generation Foot, un equipo de la Liga senegalesa, allí estuvo él. Uno de los ojeadores se fijó en Sadio y le vio con las zapatillas rotas y con una ropa desgastada por lo que le preguntó: “¿así vas a jugar?”. “Es lo mejor que tengo”, contestó.

El técnico no tuvo dudas en cuanto lo vio jugar y le propuso quedarse en la academia, que tenía un convenio de colaboración con el club francés Metz, que dos años después le dio la posibilidad de incorporarse a las categorías inferiores del equipo. El sueño de ir a Europa se cumplía con apenas 18 años. Se fue de Senegal sin decírselo a su madre, a la que quiso darle la sorpresa de contárselo cuando ya estuviera instalado en Francia. Hasta que no le vio disputar un partido por televisión no se creyó que su hijo le estaba contando la verdad. Los inicios no fueron fáciles por una lesión y porque le costó aclimatarse al tiempo y a la distinta cultura. Pero él sabía que para cumplir su sueño tenía que sacrificarse. La calidad estaba ahí y con trabajo logró llegar al primer equipo en apenas un año. 

Sus actuaciones en la liga gala y su participación con Senegal en los Juegos Olímpicos de 2012 llamaron la atención del Red Bull Salzburgo austriaco, que pagaron cuatro millones de euros por su contratación en agosto de ese año. Su paso por la liga del país centroeuropeo fue muy positivo. Aprendió mucho de su entrenador, Roger Schmidt, y en las dos temporadas que estuvo anotó 45 goles en 87 partidos. Varios equipos europeos se interesaron por él y aunque estuvo a punto de irse al Borussia Dortmund, que dirigía Jurgen Klopp, al final fue el Southampton el que le fichó a cambio de 23 millones. Jugar en la Premier League, lo que tantas veces imaginó siendo un crío en Bambali, era una realidad con 22 años.

La unión entre el técnico alemán y Sadio no ha podido ser más fructífera. Hasta el momento promedia prácticamente un gol cada dos encuentros

En el equipo inglés bajó un poco el promedio goleador que había logrado en Austria, marcando 25 goles en los 75 partidos que disputó en dos campañas, pero en el recuerdo queda el triplete que hizo en mayo de 2015 ante el Aston Villa y que se convirtió en el más rápido en la historia de la Premier, al lograr tres goles en apenas dos minutos y 56 segundos. Klopp se había quedado con ganas de contratarle en el Dortmund y en el verano de 2016 insistió a los dirigentes del Liverpool en que quería incorporarlo al equipo ‘red’. El precio que pedían por él, 41 millones de euros, no fue óbice para que se cerrara la operación, convirtiéndose en ese momento en el jugador africano por el que más se había pagado. La unión entre el técnico alemán y Sadio no ha podido ser más fructífera. Hasta el momento promedia prácticamente un gol cada dos encuentros después de tres temporadas y media.

“Es un gran día para mí. Estoy realmente muy feliz y al mismo tiempo muy orgulloso”, confesó Mané tras recibir el galardón de mejor jugador africano. Motivos tiene para estarlo. Por llegar a lo más alto viniendo de lo más bajo. Por ser un ejemplo para todos aquellos niños que sueñan con poder cumplir una ilusión cuando parece que lo tienen todo en contra. Y por mantener la humildad que a veces se pierde cuando se alcanza el éxito, no olvidar sus raíces ni a aquellos que necesitan una ayuda. 

Autor >

Ricardo Uribarri

Periodista. Empezó a cubrir la información del Atleti hace más de 20 años y ha pasado por medios como Claro, Radio 16, Época, Vía Digital, Marca y Bez. Actualmente colabora con XL Semanal y se quita el mono de micrófono en Onda Madrid.

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