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Nigel Farage le regala a Boris Johnson el trono del populismo británico

Al renunciar a presentarse en las circunscripciones ‘tories’, el Brexit Party consagra a Johnson como el gran líder de la demagogia en el Reino Unido

Walter Oppenheimer 17/11/2019

<p>Nigel Farage y Boris Johnson</p>

Nigel Farage y Boris Johnson

Luis Grañena

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Nigel Farage es el político más influyente que ha tenido el Reino Unido en los últimos quince años, por no decir desde los tiempos de Winston Churchill. No ha necesitado ni estar en el Gobierno. Ni siquiera ha sido jamás miembro del parlamento británico. Y, sin embargo, está a punto de conseguir el único objetivo de su vida política: que el Reino Unido abandone la Unión Europea. Al decidir que su partido, o mejor dicho su franquicia política, el Brexit Party, no presentará candidatos en las 317 circunscripciones electorales ganadas por el Partido Conservador en las elecciones de 2017, dio un paso quizás definitivo para que los tories consigan la mayoría en las generales del próximo 12 de diciembre, aunque el envenenado (e injusto) sistema electoral británico aconseja cautela antes de apostar por un caballo u otro. 

Con ese gesto, sin duda forzado por el declive de su formación en las encuestas, Nigel Farage le ha traspasado simbólicamente a Boris Johnson el trono del populismo británico. No es que eso le importe mucho a Farage, cuya única apuesta política ha sido y es el Brexit. Si su retirada, una más entre muchas a lo largo de su vida, ayuda a asegurar que el Reino Unido se vaya de la UE, y que se vaya dando un portazo, ya le está bien. Si, además de eso, Boris le premia algún día su sacrificio elevándole a embajador de su Graciosa Majestad en Washington, habrá tocado el cielo. Y será la prueba de que todo fue un pacto secreto para asegurar el Brexit.

Si el populismo de Nigel Farage bebe en las fuentes del pragmatismo y tiene un objetivo claro, el de Boris Johnson es, como él mismo, más colorista, más erudito, más elitista. En una palabra, más cínico

Farage y Johnson tienen en común, por encima de todo, su capacidad de mentir o cambiar de opinión en un instante sin que se les suban los colores a la cara. Aunque hay que reconocer que Boris ha sido siempre un mentiroso más prolífico y un provocador hasta a veces divertido. Las mentiras de Farage, que estudió en un colegio de ricos y se hizo aún más rico especulando en el mercado de metales de la City antes de convertirse en el supuesto demonio de las élites británicas, son más pragmáticas. Como decir que la UE le cuesta a los británicos 55 millones de libras al día (es menos de la mitad y no tiene en cuenta los beneficios que el país obtiene a cambio de ese dinero). O que Gran Bretaña puede conseguir fuera de la UE mejores contratos comerciales que los que tiene a través de Europa (falso de toda falsedad). O que el 70% de las leyes británicas las hace Bruselas (de las 945 leyes aprobadas por el Parlamento entre 1993 y 2014, sólo 231 eran por obligación de la UE; de 33.160 instrumentos estatutarios, sólo 4.284 derivaban de una imposición comunitaria). O que seguir en la UE hará al país más vulnerable al terrorismo (pura fantasía irresponsable).

Si el populismo de Nigel Farage bebe en las fuentes del pragmatismo y tiene un objetivo claro, el de Boris Johnson es, como él mismo, más colorista, más erudito, más elitista. En una palabra, más cínico. El único objetivo de su carrera política es él mismo, su propio provecho. A pesar de que Johnson ejerció como alcalde de Londres entre 2008 y 2016 con un talante cosmopolita e integrador, tiene un amplio catálogo de declaraciones que mezclan su indisimulable sentido de superioridad de clase con un abierto racismo, islamofobia, homofobia y, por encima de todo, frivolidad y desfachatez.

Se estrenó a los 23 años, cuando el diario The Times le echó por inventarse una cita en un reportaje en primera página. Bien conectado (su padre fue eurodiputado y él reforzó su agenda de conexiones en Oxford), le rescató el Daily Telegraph, el gran diario conservador y antieuropeo, que le convirtió en su corresponsal en Bruselas. Desde allí publicó toda clase de exageraciones (o puras falsedades) antieuropeas que le dieron un gran resultado: empezó a hacerse conocido y, de hecho, aquella etapa se convirtió en el primer paso en su carrera política. Aunque el periodismo euroescéptico ya existía, él multiplicó su influencia al elegir temas populistas, en los que siempre exageraba la influencia y las interferencias de Europa en la vida británica. Escribió sandeces como que Italia había pedido a la Comisión Europea que impusiera una talla pequeña de condones (falso), que Bruselas planeaba dinamitar el edificio Berleymont, sede de la Comisión Europea, afectado por asbestos (imposible que pudiera ser cierto), un supuesto plan del entonces presidente de la Comisión Europea, Jacques Delors, para gobernar Europa, o cualquier supuesta iniciativa de Alemania para perjudicar los intereses británicos. 

Pero las cosas de Boris no son siempre divertidas. Una vez se comprometió a ayudar a un amigo a darle una paliza a un periodista que le estaba investigando (al amigo…), aunque la paliza no se llegó a propinar. “Era en tono humorístico”, declaró años después, aunque nunca presentó las disculpas que le exigía la potencial víctima. O cuando acusó a los hinchas del Liverpool de haber provocado la masacre del estadio de Hillsborough (es vez sí tuvo que pedir disculpas). O cuando, siendo alcalde de Londres, puso el grito en el cielo por el coste que suponía para el ayuntamiento la asistencia a las familias de las víctimas de los atentados del 7 de julio de 2005: “Que se jodan las familias. Que se jodan las familias”, explotó en una reunión con los bomberos. 

Su lado homófobo se le ha escapado varias veces. En 1998 llamó “chicos de culos sin mangas” (tan-topped boys) a los gays. Dos años después atacó la “espantosa agenda de los laboristas, fomentando la enseñanza de la homosexualidad”. En 2002 escribió: “Si el matrimonio gay está bien (…) no veo razón alguna en principio para que no se consagre la unión entre tres hombres, no solo entre dos hombres, y desde luego la unión entre tres hombres y un perro”. Cuando optaba al liderazgo tory aseguró que esas citas estaban sacadas de contexto. 

Ha definido como “buzones de correos” a las mujeres musulmanas que visten el burqa. Y sus flirteos con el racismo son numerosos. Llamó “piccaninnies”, un término muy despectivo utilizado en Estados Unidos, a los negros que salían a la calle a festejar a la reina Isabel en sus viajes a la Commonwealth. A propósito de un viaje de Tony Blair a la República Democrática del Congo, escribió: “Sin duda se silenciarán los AK47 y los pangas detendrán su búsqueda de carne humana. Y los guerreros tribales mostrarán su sonrisa de sandía al ver al gran jefe blanco aterrizar en su pájaro pagado por los contribuyentes británicos”. Por supuesto, todo eso era “completamente satírico”, se justificó Boris. 

En una ocasión comparó las peleas internas en el Partido Conservador con “orgías de canibalismo” en Nueva Guinea. Y llegó a insinuar que el presidente Barack Obama había retirado del Despacho Oval un busto de Winston Churchill porque “para el parcialmente kenyano presidente era un símbolo del Imperio Británico del que Churchill fue un ardiente defensor”.  El Imperio apareció en otro comentario suyo, en 2002, cuando escribió que sería injusto culpar al colonialismo de los problemas de África: “Lo mejor que le podría ocurrir a África es que las antiguas potencias coloniales, o sus ciudadanos, miraran otra vez en su dirección; en el bien entendido de que esta vez no les pidieran que se sintieran culpables”.

Su agitada vida privada le ha traído no pocos problemas. En 2004 fue cesado como portavoz de Cultura de los conservadores (su primer cargo político) por mentir sobre una aventura extramarital. Y la Asamblea de Londres abrió poco después de su llegada a Downing Street una investigación sobre su relación con una bailarina estadounidense reconvertida en empresaria (todo Londres cree que eran amantes y ellos no lo han negado) que recibió importantes subvenciones del ayuntamiento en sus tiempos de alcalde. Apenas unas semanas antes de empezar la campaña por el liderazgo conservador, tuvo una pelea nocturna de tal calibre en el piso de su actual pareja que tuvo que intervenir la policía.

Sus meteduras de pata en su corta etapa de menos de dos años como ministro de Asuntos Exteriores (2016-2018) son también numerosas. Sus declaraciones sobre una mujer británica de origen iraní acusada de espionaje dieron al traste con la que parecía su liberación inminente (sigue en prisión). En 2017 elogió así el potencial de una ciudad libia, Sirte, que había quedado muy dañada por la guerra civil que siguió a la caída de Gadafi: “Puede ser el próximo Dubai. Lo único que tienen que hacer es recoger los cadáveres que hay en las calles”. 

En una visita oficial recitó un poema colonial en la descolonizada Myanmar. En un templo de los abstemios sij defendió las posibilidades de vender whisky a la India cuando se cerrara un acuerdo comercial. Envió a la mierda al mundo de los negocios por su oposición al Brexit: “Fuck business”, proclamó en una recepción por el cumpleaños de la reina, una expresión que reiteró en una reunión con diplomáticos de la Unión Europea. Y organizó a toda prisa un caro y seguramente prescindible viaje a Afganistán para no tener que votar en el parlamento sobre la ampliación del aeropuerto de Heathrow. En 2015 había prometido tumbarse ante las excavadoras para impedir las obras.

En un triple salto mortal sin red, llegó a denunciar a los políticos “que hace apenas unos años decían que las turbinas de viento no serían capaces ni de levantar la corteza de un pudding de arroz”. Era él, ¡él!, quien había dicho eso en una entrevista de radio en 2013. Hace unas semanas negó en un debate parlamentario haber utilizado despectivamente las palabras “rendición” o “traición” refiriéndose a las maniobras de los diputados contrarios al Brexit. Las acaba de pronunciar hacía tan solo minutos.

Una promesa similar a la de Heathrow la realizó siendo ya primer ministro, cuando aseguró que prefería “estar muerto en una zanja” antes que pedir una extensión de las negociaciones sobre el Brexit. Naturalmente, se vio obligado a pedir esa extensión, pero sigue vivo. Y muy vivo.

Boris Johnson es muy vivo, en el sentido más castizo de la expresión. Solo un hombre extraordinariamente habilidoso puede conseguir ser primer ministro con ese historial. Se lo debe a su viveza, a su carisma innegable y a su habilidad para manejar los tempos políticos. Ha sido capaz de esperar pacientemente el momento más adecuado para dar el salto a Downing Street, aunque se ha pasado toda la vida negando que tuviera esa ambición (“Mis posibilidades de ser primer ministro son tan altas como las de encontrar a Elvis Presley en Marte o las de reencarnarme en una oliva”, es quizás su frase más célebre y quizás la más celebrada). Lo consiguió el verano pasado, cuando Theresa May se vio obligada a dimitir al no conseguir que el parlamento aprobara su acuerdo sobre el Brexit. Boris llevaba meses preparando el golpe. Primero preparó el terreno debilitando a May en el seno del Gabinete. Luego reforzó su posición personal dimitiendo como ministro de Exteriores, lo que le convirtió en el líder de hecho de la facción más antieuropea del Partido Conservador y el gran adalid del Brexit duro. 

Cuando dimitió May, no tuvo ninguna dificultad en convertirse en el favorito para la sucesión. Y le bastaron 91.000 votos de los militantes conservadores (una militancia formada mayoritariamente por varones de avanzada edad, blancos, con enormes prejuicios hacia los extranjeros y profundamente antieuropeos). Eso le convirtió en primer ministro sin necesidad de pasar por las urnas y sin siquiera necesitar una votación de investidura porque el sistema político británico no lo exige.

Como primer ministro perdió sus seis primeras votaciones en los Comunes y el Tribunal Supremo declaró ilegal su decisión de suspender el parlamento, cuyo único objetivo era impedir que la cámara paralizara sus planes para ir a un Brexit sin acuerdo. Pero nunca se le pasó por la cabeza dimitir.

Su mayor habilidad política es hacer solo lo que le conviene a él, aunque sea faltando a su palabra. Traicionó a David Cameron cuando este convocó en 2016 el referéndum del Brexit. Le dio a entender que haría campaña a favor de la permanencia, pero 10 minutos después se puso a la cabeza de la campaña a favor de abandonar la UE. “Se arriesgó a un resultado en el que no creía porque pensaba que le ayudaría en su carrera”, escribió Cameron en sus memorias. Y le llamó educadamente cerdo durante la campaña de promoción de las memorias: “La cuestión con los lechones bien engrasados es que consiguen resbalar entre las manos de los demás de una forma que los demás mortales no consiguen”, declaró el dolido ex primer ministro.

Aunque Farage ha presentado como una decisión suya la renuncia a presentar candidatos en las circunscripciones dominadas por los conservadores es un secreto a voces que ha tenido que haber un pacto

A Boris no le importa engañar. Cortejó a los ultras protestantes de Irlanda del Norte, el DUP, de los que dependía la mayoría conservadora en los Comunes y que se oponían ferozmente a cualquier acuerdo con la UE que significara dar a Irlanda del Norte un trato diferente que al resto del Reino Unido. Boris hasta se presentó en el congreso del DUP para dar garantías de que eso no ocurriría nunca. Ocurrió unos días después, cuando llegó a la conclusión de que el parlamento estaba maduro para apoyar su acuerdo sin el apoyo del DUP o que al menos conseguiría convocar elecciones anticipadas. Poco después aseguró ante un grupo de empresarios norirlandeses que no habrá controles fronterizos entre Irlanda del Norte y Gran Bretaña si se aplica su acuerdo del Brexit. Obviamente los habrá y él mismo lo había reconocido en una carta a Bruselas durante las negociaciones.

Hay muchos más ejemplos de su capacidad para mentir. Durante un proceso judicial en Escocia sobre el cierre del parlamento se presentaron documentos que probaban que Boris manejaba esa medida desde semanas antes de ponerla en práctica a pesar de sus declaraciones de que ni siquiera lo tenía en mente.

¿Le puede pasar lo mismo a Nigel Farage? Aunque el líder del Brexit Party ha presentado a la opinión pública como una decisión meramente suya la renuncia a presentar candidatos en las circunscripciones dominadas por diputados conservadores, es un secreto a voces que ha tenido que haber un pacto. Nadie da duros a cuatro pesetas y, menos que nadie, Nigel Farage. Hay varios factores a tener en cuenta. Uno, que Boris se ha convertido realmente en el líder del populismo británico y que el Brexit Party ha perdido fuelle. Lo último que quiere Farage es que los tories acaben perdiendo el Gobierno y dando paso a un ejecutivo laborista con el apoyo de los partidos anti Brexit (los independentistas escoceses, los nacionalistas galeses, los Liberales Demócratas, los Verdes, algunos independientes). Por lo tanto, lo mejor es facilitar la victoria de Johnson. ¿A cambio de qué? A cambio de que, al final, Reino Unido acabe fuera de la Unión Europea y fuera de cualquier tratado de libre comercio con la UE.

Farage tiene una forma de conseguir eso. El primer paso es la aprobación del Brexit. El segundo, lograr que fracasen las posteriores negociaciones comerciales. Y Boris Johnson ha dado un paso importante en esa dirección al asegurar que en ningún caso prorrogará el periodo transitorio tras el Brexit más allá del final de 2020, que es lo previsto en el acuerdo cerrado con la UE. Esa fecha se convierte en el nuevo tótem del Brexit, como hasta ahora lo había sido el 31 de octubre. Y eso, más que la aprobación o no del Brexit, es lo que realmente está en juego en las elecciones del 12 de diciembre, aunque no parece que los británicos se hayan enterado.

Es difícil saber qué ocurrirá. Por un lado, la UE jamás ha cerrado un tratado comercial a esa velocidad. Por otro, hay un factor diferencial muy importante: la UE siempre ha negociado tratados comerciales con países con los que quería ampliar una relación comercial. Es decir, abrir fronteras. Ahora ocurre todo lo contrario: ha de negociar la futura relación comercial con un país que hasta ahora formaba parte del mercado interior comunitario. O sea, cerrar fronteras. Hay quien piensa que eso complica las negociaciones. Pero hay también quien piensa que las puede hacer mucho más fluidas y rápidas. La esperanza de Farage es que sean largas y tortuosas y que el 1 de enero de 2021 el Reino Unido esté no solo fuera de la UE, sino fuera de cualquier periodo transitorio o tratado comercial. Es decir, comerciando con el globo a través de las reglas de la Organización Mundial de Comercio. Un paso que él ve como el primero hacia el Imperio Británico 2.0 y otros ven como el viaje del Titanic hacia el abismo.

A estas alturas, los lectores que hayan sido capaces de llegar hasta aquí se pueden estar preguntando: si todo es tan desastroso, ¿por qué ha conseguido Boris Johnson llegar a ser primer ministro británico? Por la misma razón por la que Donald Trump es presidente de Estados Unidos, Jair Bolsonaro de Brasil o Rodrigo Duterte de Filipinas. Y con la misma facilidad con la que Adolf Hitler se convirtió en canciller de Alemania. Se llama populismo. Y en España está muy de moda…

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Autor >

Walter Oppenheimer

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