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Duelo en O.K. Corral

La Copa del Mundo de rugby llega a su fase decisiva con dos semifinales de alto voltaje, especialmente la que enfrenta a Inglaterra y Nueva Zelanda, dos mundos paralelos de entender este deporte

Gorka Castillo 25/10/2019

<p>Haka de Nueva Zelanda durante el IX Rugby World Cup. </p>

Haka de Nueva Zelanda durante el IX Rugby World Cup. 

Waseem Farooq

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La IX Rugby World Cup que se está celebrando en Japón entra en ignición este fin de semana. Las cuatro mejores selecciones del planeta dirimen dos puestos en la gran final del próximo 2 de noviembre en Yokohama. Las eliminatorias prometen. Con permiso de la cita entre sudafricanos y galeses del domingo, la que afrontan el sábado Nueva Zelanda e Inglaterra presenta alicientes aún más incandescentes por el nivel rugbístico de ambas formaciones y la historia que representan. Hablamos de uno de esos choques morbosos en un torneo con un interés mediático sólo superado por el Mundial de fútbol y los Juegos Olímpicos. Y es que el partido lo tiene todo. Para empezar, los protagonistas: 30 angelitos dispuestos a partirse los cuernos en una batalla sin cuartel que iniciaron en 1905 y que aún no ha terminado. El enfrentamiento épico de dos mundos paralelos dentro de un deporte convertido en una suerte de religión laica regida por códigos y conductas centenarias. Quizá la rivalidad entre ambas selecciones no llegue a los gradientes telúricos que los neozelandeses han forjado con los sudafricanos, quizá no tiemble la tierra como en aquel primer combate sobre el embarrado campo del Crystal Palace londinense de hace siglo y medio, pero la lucha se presenta enconada y emocionante: Las dos mejores selecciones de largo de este mundial, imbatidas a lo largo de todo el torneo, cara a cara marchando hacia el infierno por un puesto en la gran final. 

 Las dos mejores selecciones de largo de este mundial, imbatidas a lo largo de todo el torneo, cara a cara marchando hacia el infierno por un puesto en la gran final

Basta con echar un vistazo a las alineaciones habituales de ambos equipos para comprender lo que nos espera. Anton Lienert-Brown, número 12 neozelandés: 1,87. 101 kilos. Owen Farrell, apertura inglés: 1,88. 92 kilos. Beauden Barrett, back kiwi: 1,87. 92 kilos. Jonny May, ala del XV de la Rosa: 1,88. 90 kilos. En España, cualquiera de ellos ocuparía un puesto en la melé y su destino sería percutir sin desmayo contra la delantera rival, fase tras fase, ganando cada metro a base de golpes, rechinar de dientes y sudor. Pero en Inglaterra y Nueva Zelanda hace tiempo que dejó de ser así. De los grandullones, mejor ni hablar. Hoy todos son mastodontes a quienes da lo mismo esquivar placajes con fino estilismo que pelear en las touches como estibadores cincelados a golpes. Busquen sino una fotografía de Kieran Read, tercera y capitán de los All Blacks. Vale, juega en el Crusaders de su país, un equipo de Super Rugby que mezcla la fuerza y la inteligencia con la precisión de un alquimista, pero es que el tipo parece Azog el profanador, el temible orco blanco de El Hobbit (2012). Todo un personaje para los buenos aficionados pero qué quieren que les diga. Hagan la prueba e imagínense en un callejón oscuro o en un lugar solitario. 

Parten como favoritos los neozelandeses. Siempre lo hacen pese a que por vez primera en diez años han sido desplazados del primer puesto del ránking mundial. Sudáfrica les empató este verano y, acto seguido, Australia les infligió la mayor derrota de su historia (47-26). Son datos que no significan demasiado para una selección estratosférica, una máquina imparable de jugar rugby, que ha aplastado a todos sus rivales en esta Copa del Mundo incluida Irlanda (46-14). Dejando al margen la veneración popular que despiertan los hombres de negro en un país donde el rugby es el deporte nacional, habría que añadir que la actual formación ha mantenido su histórico espíritu épico. Vigente campeona del mundo, un torneo que ha conquistado en tres de las ocho ediciones que se ha celebrado, los números de los All Blacks hablan por sí solos. Exportadora universal de estrellas a las mejores ligas del planeta, ha ganado el 77% de los más de 600 encuentros que ha disputado entre 1903 y 2018 con equipos escrupulosamente forjados en el mestizaje que reina en Nueva Zelanda, con pakehas blanquitos como Dan Carter o Richie McCaw y maoríes que antes de cada partido amenazan al contrario con rebanarle el cuello. De aquí salieron sujetos temibles como Mils Muliaina, Taliga Rokocoko o Sitiveni Sivivatu, verdaderos portentos en la práctica del rugby total, pero sobre todos ellos destaca uno: Jonah Lomu, fallecido repentinamente en 2015 después de liderar el advenimiento de una nueva generación de jugadores y un nuevo estilo ya implantado en todo el mundo. Recomiendo verle en acción. Revisen en internet su memorable carrera en el mundial de Sudáfrica de 1995 frente a, precisamente, Inglaterra. Arrancó en estampida, se quitó con un raffuts a dos ingleses de encima y percutió contra el último hombre defensivo, el pobre back Mike Catt, que a estas horas debe seguir preguntándose si lo que le pasó por encima aquella tarde fue una manada de bisontes o el expreso de Durban. Con 110 kilos de peso, Lomu era capaz de correr 100 metros en 10,8 segundos. 

Una derrota de los neozelandeses ante esta Inglaterra entra dentro de lo posible aunque para los seguidores que los All Blacks tienen por todo el mundo sería tan pavoroso como un Expediente Warren

El periodista y rugbier Fermín de la Calle describe a los jugadores neozelandeses en su fantástico libro Con fina desobediencia como “la máquina ofensiva más perfecta que ha pisado un campo, con permiso de los galeses patilludos de los 70 y los achampanados franceses de los 80”. Tan sólo cinco selecciones –Australia, Inglaterra, Francia, Sudáfrica y Gales– han logrado derrotarles alguna vez. Unos datos que pondrían a temblar a cualquiera, más incluso que ver a sus jugadores entrar en trance durante el desafiante ritual maorí del haka que realizan minutos antes de comenzar el partido. Pero enfrente estará Inglaterra, su antagonista más feroz tanto en juego como en el color de la camiseta. Visten de blanco porque en el primer partido internacional que disputó en 1871 contra Escocia decidió lucir los colores de la escuela donde nació este deporte. En su escudo resplandece bordada la rosa de los Lancaster. Y así lo dejaron para siempre. 

El XV de la Rosa contra los All Blacks, los inventores del rugby contra quienes mejor han llegado a interpretarlo. El hemisferio norte contra el sur. El Imperio frente a la colonia. Cualquier adjetivo sirve para esta final anticipada. Y cualquier pronóstico. Una derrota de los neozelandeses ante esta Inglaterra superlativa entra dentro de lo posible aunque para los millones de seguidores que los hombres de negro tienen por todo el mundo sería tan pavoroso como un Expediente Warren (2013). Ni se lo plantean. Salvo contadas ocasiones a lo largo de la historia, los All Blacks siempre han hundido la resistencia de los académicos ingleses en las grandes citas. Desde el principio. ¿Mayor fiereza? ¿Por fortaleza? ¿O simplemente por sus ansias de liberar las dosis justas de talento y fortaleza que este equipo contiene?

El primer encuentro jugado entre ambas selecciones en el estadio del Crystal Palace de Londres en 1905 no tuvo color. Nueva Zelanda aplastó a Inglaterra ante la mirada atónita de 75.000 espectadores. Los jugadores, muchos de ellos maoríes, demostraron poseer unas condiciones innatas para la práctica de este deporte. Algo similar a lo que ocurre con los atletas africanos en la maratón. Cuenta Fermín de la Calle que fue precisamente en aquella gira inaugural cuando los kiwis, con su helecho plateado como escudo, fueron bautizados como All Blacks. Y todo por un malentendido. “Según Billy Wallace, un periódico londinense informó en su crónica que los neozelandeses jugaban como all backs, como si todos fueran tres cuartos. Pero el all backs se transformó, debido a un error tipográfico, en all blacks (hombres de negro) denominación que los diarios decidieron popularizar”. Hoy son el mejor equipo del planeta diga lo que diga la fría estadística anual.

Pero no se engañen. Decir rugby es decir Inglaterra. Ellos lo descubrieron y ellos siguen siendo la principal potencia mundial –nada menos que 3 millones de practicantes frente a 28.000 de Nueva Zelanda– aunque este sea un insignificante detalle numérico que no les convierte en invencibles sino que refuerza la arrogancia de un equipo al que todos desean derrotar. Y los ingleses lo saben. Quienes conocen por dentro su rugby se quejan de su vieja costumbre de saludar a los contrarios derrotados con un irónico “buen partido, tío” y un fuerte apretón de manos. Está bien el gesto, sí, pero no es bonito. Los que hayan estado en un ruck, en una melé o quien haya sufrido alguna vez cómo una manada de búfalos le pasa por encima saben de lo que hablo. 

Sea quien sea quien inició aquella indisciplinada carrera hace casi dos siglos alumbró un juego que bajo su capa visible de insoportable violencia también esconde una camaradería que rebasa las normas

Pero, ¿qué otra cosa se podría esperar de esos ingleses que aún hoy siguen discutiendo el nombre del inventor de su sacralizado deporte? Los pubs todavía concitan apasionados debates regados, por supuesto, con pintas de cerveza sobre si fue William Webb Ellis, un producto clásico de la clase dominante británica de 1823, quien en un alarde de rebeldía inconmensurable cogió un balón de fútbol con las manos y echó a correr. O, en realidad, fue James Mackie, un broncas de cuidado al que terminaron expulsando del colegio y silenciando en los libros de este deporte por sus modos arrabaleros, impropios de aquellas posh schoolsdonde solo acudían niños pijos como Webb Ellis ataviados con ridículas caps. He ahí una de las claves de las contradicciones del rugby inglés, siempre asociado a las clases altas de la City como custodios de las costumbres arcaicas sobre las que se asienta esa nación –contienda, caballerosidad, ironía, orgullo y fina diplomacia–. Por sus principios inviolables, el rugby inglés sufrió serios problemas de adaptación al profesionalismo que fue implantándose en los 90. Y si rascan un poco, en las almas de estos caballeros podrían encontrar el destino manifiesto que activó la maquinaria del Brexit. 

Pero a lo que íbamos. Sea quien sea quien inició aquella indisciplinada carrera hace casi dos siglos alumbró un juego que bajo su capa visible de insoportable violencia también esconde una camaradería que rebasa las normas. De hecho, el rugby también fue el deporte en el que se instruía a los oficiales del Ejército imperial británico que preferían dejarse destripar antes de abandonar a un camarada en el campo de batalla durante la guerra contra los Bóers. Para los ingleses no existe sufrimiento. Y si no busquen en Youtube el documental La increíble historia del XV de la Rosa (2015) y escuchen lo que dice su mítico apertura Jonny Wilkinson. “No recuerdo haber sentido nunca la necesidad de escapar del dolor en el campo. Eso se ha convertido en parte natural del juego”. Así preparan los orcos blancos y los búfalos negros una semifinal de la Copa del mundo de rugby que más parece la final anticipada. Sin sufrimiento ni dolor. Siempre con el respeto que merecen los Springboks sudafricanos y los Dragones galeses, dos equipos con una fortaleza más sólida que un muro de hormigón. 

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