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“Mirad y haceos vuestra propia idea”

A propósito de las objeciones al Nobel de Literatura concedido a Peter Handke por motivo de su posición sobre Serbia

Cecilia Dreymüller 11/10/2019

<p>El escritor Peter Handke en un acto institucional en Viena el 16 de junio de 2019.</p>

El escritor Peter Handke en un acto institucional en Viena el 16 de junio de 2019.

Dragan Tatic

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Publicamos el prólogo que escribió Cecilia Dreymüller para la edición en castellano de Preguntando entre lágrimas, una de las obras de Peter Handke sobre las guerras de los Balcanes. Lo precede una introducción de Ignacio Echevarría:

Un escritor maldito

En una cultura básicamente permisiva, como la actual, en la que el mercado se apropia de todo aquello capaz de suscitar escándalo, se diría que la condición de “maldito” sólo alcanza a ganársela un escritor cuando se arriesga a contravenir el consenso sobre asuntos para los que, con unanimidad a menudo sospechosa, los medios de comunicación han determinado cuáles son las actitudes correctas políticamente.

Un buen ejemplo lo brinda Peter Handke, con su cuestionamiento de la versión oficial sobre las llamadas guerras balcánicas, que tuvieron lugar en la antigua Yugoslavia entre 1991 y 1999.

Desde la publicación de las primeras crónicas de sus viajes por Yugoslavia, llenas de compasión por la población serbia, Handke no dejó de levantar controversias, que se tradujeron en una de las más abrumadoras campañas mediáticas de difamación y de castigo desatadas en las últimas décadas contra ningún escritor, cualquiera sea su signo político. Son conocidas las ruidosas consecuencias de su presencia en los funerales de Slobodan Milosevic, en 2006. Pero lo es menos el precedente inmediato de esa decisión: el ensayo titulado Las tablas de Daimiel, de 2005. Allí Handke relata la visita que hizo a Milosevic en la prisión de Scheweningen, en la Haya. Se trata de un texto impresionante, que prolonga otro anterior del mismo Handke, Alrededor del Gran Tribunal, de 2003, demoledora crónica de su visita al Tribunal Internacional de La Haya en febrero de 2002.

Tanto Las tablas de Daimiel como Alrededor del Gran Tribunal tardaron en ser publicados en español. Lo mismo ocurrió con sus Anotaciones posteriores a dos travesías por Yugoslavia durante la guerra, de 1999. Esto último produce más extrañeza, dado que dichas Anotaciones enlazan con las de anteriores viajes de Handke a la zona, recogidas en los volúmenes titulados Un viaje de invierno a los ríos Danubio, Save, Moravia y Drina o Justicia para Serbia (1995) y Apéndice de verano a un viaje de invierno (1996), publicados con puntualidad en España. Pero es que, entretanto, el Viaje de invierno había destapado la caja de los truenos, y ya ninguna editorial parecía querer hacerse cargo de unos textos que se daban por apestados.

Fue por iniciativa de Cecilia Dreymüller, una de las escasas voces que desde España salieron al paso de las groseras descalificaciones de las que Handke venía siendo víctima recurrente, que finalmente vieron la luz esos textos, publicados bajo el título Preguntando entre lágrimas por Ediciones Universidad Diego Portales, de Santiago de Chile.

Recomiendo vivamente su lectura, más allá de las aprensiones que pueda abrigar hacia el autor y sus posiciones respecto a Serbia; más allá, también, de su eventual impaciencia frente a las maneras digresivas, “desviadas”, a ratos circunspectas (deliberadamente antiperiodísticas), que caracterizan a Handke como cronista. Y es que en estos textos no se trata tanto de Serbia como de las mentiras y medias verdades que no han cesado de acumularse sobre un episodio histórico tan lleno de horrores como de sombras. Se trata de la colosal maquinaria de destrucción puesta en marcha –sin el mandato del Consejo de Seguridad de la ONU– por el sonriente "matarife de la OTAN" (como Handke llama a Javier Solana), y del rodillo que, para ampararla, la prensa internacional ha pasado una y otra vez por la buena conciencia de la ciudadanía, desentendiéndose a menudo de la obligación de investigar sobre el terreno, de contrastar informaciones y argumentos. Todo ello con el concurso de un amplio sector del estamento intelectual que, cuando no ha tomado vehemente partido por la intervención militar, ha hecho gala de lo que Chomsky llama “ignorancia intencional”.

La causa de Handke no era la de Serbia. Ni siquiera era la del pueblo serbio, con el que se solidarizaba. Era la de quienes –como Karl Kraus hace ya tiempo, como Rafael Sánchez Ferlosio hasta hace poco, en España– reconocen en la guerra “el veneno de las palabras” e impugnan la perversa alianza del periodismo y de las bombas, consumada en nombre de la Humanidad. Por errados que pudieran ser sus alineamientos, las dudas de Handke, sus tribulaciones y sus cuestionamientos, eran sin duda fundados. Quienes sospechen de expresiones como la de “guerra humanitaria”, asqueroso oxímoron empleado con frecuencia a propósito de los bombardeos de Yugoslavia; quienes recelen del maniqueísmo empleado por la prensa de toda Europa para relatar un conflicto cuya evidente complejidad –razas, nacionalidades y religiones secularmente mezcladas– reclama un lenguaje mucho menos burdo; quienes se pregunten sobre la legitimidad de un tribunal constituido y financiado por un organismo estrechamente vinculado a los países implicados en la misma guerra cuyos crímenes se juzgan, tienen una lectura –un esclarecimiento– pendiente, tanto más urgente estos días en que, como era de esperar, no han tardado en surgir, con motivo del Nobel otorgado a Handke, las consabidas voces que lo cuestionan en razón de aquellos posicionamientos.

Ignacio Echevarría. 

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Una primera versión de este artículo se publicó en El Cultural en ocasión de la publicación de Preguntando entre lágrimas, de Peter Handke.

                                                                   

                                                     ****

 

Para averiguar la verdad,

hay que contradecir a los hombres.

Heinrich Heine

 

Hace tan sólo diez años que los cuatro miembros más poderosos de la OTAN –Estados Unidos, Alemania, Francia e Inglaterra– decidieron, sin mandato del Consejo de Seguridad de la ONU, el bombardeo indiscriminado de un pequeño país balcánico donde un conflicto interno con una minoría étnica había escalado de forma incontrolada. Lo que llegó a llamarse la guerra de Kosovo constituyó la definitiva demostración de la ley del más fuerte en la larga “crisis yugoslava”, cuyo origen y terrible devenir se atribuyó a un único culpable: el nacionalismo serbio.

Curiosamente, el primer conflicto ocurrido en Europa después de la Segunda Guerra Mundial, en el que participaron los principales estados europeos, ha quedado relegado en poquísimo tiempo a los archivos históricos. Y sigue rodeado de misterio, especialmente en España, como si no hubiese modo de saber cómo fue preparado y quiénes sacaron provecho de él. Las guerras yugoslavas han adquirido un hálito trágico de guerra fratricida, como si el estallido bélico de 1999 y sus precedentes –la guerra de diez días de Eslovenia (de 1991), la guerra de Croacia (de 1991 a 1995) y la de Bosnia (de 1992 a 1995)- únicamente hubiesen obedecido a unas relaciones vecinales mal llevadas. Llama la atención la resistencia a investigar en profundidad y la proliferación –ya sea por interés o por ingenuidad– de una bibliografía principalmente mitificadora, que ignora la responsabilidad de los países vencedores y, de esta manera, sanciona su actuación brutal.

Un efecto secundario de esta mitificación fue el acuerdo tácito entre la izquierda intelectual de minimizar y neutralizar cualquier intento de señalar, en la guerra de los Balcanes, las implicaciones de la política internacional. Quienes disintieron de las explicaciones unilaterales, más todavía si mostraron hacia ellas un rechazo abierto, fueron condenados y perseguidos de la forma más implacable. El caso de Peter Handke es un vivo ejemplo de ello. En 2006, el ayuntamiento de Düsseldorf revocó la decisión del jurado que le había concedido el prestigioso premio Heinrich Heine –dedicado a un escritor comprometido con el entendimiento entre los pueblos–, y, paradójicamente, lo hizo con motivo de la solidaridad mostrada por el escritor austriaco con el pueblo serbio. La medida, adoptada por los políticos locales, fue, en realidad, la culminación de una campaña mediática de difamación y castigo con la que se respondía a la insistente crítica que Handke venía ejerciendo desde 1991 a la participación activa de Alemania en el desmembramiento de la República Federal de Yugoslavia, y a la intervención militar de la OTAN en el conflicto de Kosovo. Al mismo tiempo, Handke venía denunciando el lenguaje sensacionalista de los medios de comunicación, que contribuyeron decisivamente a incendiar y avivar los históricos resentimientos étnicos-nacionalistas entre eslovenos, serbios, bosnios, croatas, montenegrinos y albaneses-kosovares.

Handke venía denunciando el lenguaje sensacionalista de los medios de comunicación, que contribuyeron decisivamente a avivar los resentimientos étnicos-nacionalistas en los Balcanes

Estos motivos políticos de fondo, sin embargo, no fueron esgrimidos por el ayuntamiento de Düsseldorf, ni salieron a relucir tampoco en el subsiguiente revuelo mediático, que degeneró en una verdadera caza de brujas. En lugar de una discusión pública de las controvertidas posiciones de Handke, expuestas larga y detalladamente por el autor en entrevistas, artículos, una obra de teatro, crónicas de viaje, etc., se desató una aparatosa tormenta de indignación moral que se cebó con la comparecencia de Handke en el entierro del antiguo presidente yugoslavo, Slobodan Milošević. Lo que en principio constituyó un acto de protesta contra prácticas condenatorias indiscriminadas, sirvió de pretexto perfecto para descalificar al escritor, para desviar la atención de su consistente crítica a los medios y de su compromiso con las víctimas de los enfrentamientos bélicos. Los más moderados lo consideraban un enajenado; la actitud general, sin embargo, fue más agresiva: se le tachaba de pro-nacionalista y “amigo de un asesino múltiple”. De esta manera quedó finalmente aislado y neutralizado uno de los pocos intelectuales europeos de alcance internacional que había levantado su voz contra la llamada “guerra humanitaria”.

La maraña de desinformación, medias verdades y mentiras que rodea las guerras balcánicas resulta poco menos que impenetrable. Sin embargo, no es aventurado afirmar que esta maraña y el bajísimo nivel del debate sobre la toma de partido de Handke son en gran parte fruto de una “ignorancia intencional”, como la denomina Noam Chomsky, dado que los opinadores más vehementes en el “caso Handke” son intelectuales, políticos y periodistas supuestamente informados. Todos ellos hacen caso omiso de las investigaciones de historiadores y documentalistas sobre los intereses estratégicos y económicos de las potencias involucradas; pretenden desconocer las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU y los informes de altos mandos sobre las desastrosas operaciones militares; algunos –como los miembros del ayuntamiento de Düsseldorf– hasta se jactan de no haber leído los libros en los que Handke aclara ponderadamente su visión de la trágica desintegración de Yugoslavia.

En su breve discurso pronunciado en el entierro de Slobodan Milošević, se limitó a declarar que se encontraba allí para estar al lado del pueblo serbio

En su breve discurso pronunciado en el entierro de Slobodan Milošević, Handke se limitó a declarar que se encontraba allí para estar al lado del pueblo serbio. Cuando se trata de lo “políticamente correcto”, sin embargo, parece que poco importan las palabras exactas. Que la disconformidad del escritor se haya contestado meramente en términos morales revela el actual funcionamiento de las democracias occidentales. La negativa de Handke a clasificar a los serbios como un pueblo de asesinos per se y de participar en la demonización pública de su antiguo presidente se aparta del consenso general, y con éste han operado los medios de comunicación, que finalmente han negado a Handke el derecho al disentimiento.

Cuestionar las versiones oficiales, exigir una representación cuidada y matizada por parte de los informadores, que se investigue en el lugar de los hechos antes de opinar, son principios básicos del periodismo cuya aplicación reclamó Handke para todos los implicados en los conflictos yugoslavos. Así se originaron sus crónicas de viajes por Yugoslavia y los “informes” sobre sus visitas al Tribunal Internacional de La Haya. La intención declarada fue, por un lado, mostrar una cara distinta de las guerras balcánicas que la dibujada en blanco y negro por la prensa y la televisión internacionales, y, por otro lado, poner en tela de juicio la imparcialidad y los procedimientos del Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia.

En siete textos de no ficción más o menos extensos desarrolla Handke este propósito. Emplea en ellos una forma de exposición deliberadamente personal, en la que “relata” su experiencia. A veces satiriza lo que ha visto y averiguado en Yugoslavia y en La Haya; en ocasiones, llevado por la amargura, incurre en evidentes salidas de tono (exabruptos en los que se ha centrado la recepción tergiversadora). Sin embargo, lleva a cabo una argumentación coherente que resulta sumamente reveladora. Al agudizarse la polémica sobre los contenidos de estos textos, sin embargo, dejaron de ser traducidos y publicados en español. Hasta hoy, sólo los tres primeros –Despedida del soñador del noveno país (1991), Un viaje de invierno a los ríos Danubio, Save, Morava y Drina o Justicia para Serbia (1995) y Apéndice de verano a un viaje de invierno (1996)– estaban al alcance del lector hispanohablante. Varias editoriales españolas rechazaron la publicación de los otros por considerarla políticamente inoportuna. En lugar de reconocimiento, su reclamación de veracidad y de transparencia ha granjeado al escritor el desprestigio general –con el distanciamiento de muchos de sus lectores–, aparte de haberlo expuesto desde hace quince años a todo tipo de ataques personales y calumnias (como los que describe en Preguntando entre lágrimas).

Antes del estallido de los conflictos relacionados con el desmembramiento de Yugoslavia el iconoclasta autor de Insultos al público había mantenido una postura más bien distante hacia los temas de carácter político. De hecho, él fue uno de los escasos sesentayochistas críticos con el fervor politizador de sus compañeros de generación, y radicalmente contrario a la politización de la literatura (“Soy un habitante de la torre de marfil”, rezaba el título de uno de sus ensayos, de 1972). Esto no significa que su obra literaria no contenga alusiones políticas. Todo lo contrario: está trufada de comentarios acerca de la situación en Yugoslavia, que conoce desde los años cincuenta. Pero sólo con la violenta escisión de Eslovenia de la República Federal de Yugoslavia, en 1991, Handke comienza a expresarse de forma más explícita, publicando una elegíaca crónica de viaje por la región yugoslava a la que estaba unido por sus orígenes familiares (Despedida del soñador del noveno país).

La familia materna de Handke pertenecía a la minoría eslovena del sudeste de Austria. Este vínculo biográfico incide fuertemente en su obra literaria y constituye la explicación de que sea Handke un escritor plurilingüe y traductor. En Griffen, pueblo austriaco fronterizo con Eslovenia donde se crio Peter Handke, hijo de un soldado alemán y una austriaca eslovena, se hablaba todavía esloveno durante su infancia. Su primera novela, Los avispones (1966), se gestó en la isla adriática de Krk, delante de la costa dálmata; en los años ochenta Handke explora en largas excursiones a pie el país vecino, y una de sus novelas más emblemáticas, La repetición (1986), trata de la historia de la minoría eslovena en Carintia.

De modo que Handke conoce desde su infancia y de primera mano las circunstancias particulares de Eslovenia y de otras partes de Yugoslavia. Y no ha sido en absoluto acrítico con las decisiones del gobierno yugoslavo: en Despedida del soñador del noveno país señala como una “injusticia” la abolición de la autonomía de Kosovo (con la que se agudizan en 1989 las tensiones entre los independistas kosovares y la minoría serbia). Y en Un viaje de invierno a los ríos Danubio, Save, Morava y Drina va todavía más lejos y da rienda suelta a su indignación en una fantasía de violencia en la que se pregunta, ante las imágenes de los niños asesinados de Sarajevo, por qué “nadie de nosotros aquí, o, mejor aún, uno de allí, uno del pueblo serbio” comete un atentado contra el general serbio Radovan Karadžić.

El móvil del primer viaje, no obstante, es indagar en los motivos de la violenta escisión de Eslovenia. No es la escéptica revisión de antecedentes y perspectivas de una Eslovenia independiente, sin embargo, la causa por la que Handke se convierte en blanco de una ofensiva mediática sin parangón; aunque seguramente levantaba ampollas el hecho de que reconociera y señalara, tras la cortina de humo de los razonamientos liberacionistas, los motivos poco solidarios de los prósperos estados del norte, Eslovenia y Croacia, para desvincularse del centro y sur yugoslavos, económicamente deprimidos. La controversia estalla con la publicación, en 1996, de Un viaje de invierno a los ríos Danubio, Save, Morava y Drina, recreación de un viaje al país de los “agresores” durante la guerra de Bosnia en el que Handke recoge impresiones personales y testimonios directos sobre la situación desolada de la población civil. Y de paso, sin darle demasiada importancia, corrige tópicos y leyendas sobre los desencadenantes de la guerra de Bosnia y la creación de una “Gran Serbia”. Ésta es la verdadera piedra de escándalo que, sin embargo, los detractores de Handke no tocan abiertamente, dado que resulta difícil de refutar.

levantaba ampollas el hecho de que reconociera y señalara los motivos de los prósperos estados del norte para desvincularse del centro y sur yugoslavos, económicamente deprimidos

La mayor parte del texto versa sobre experiencias cotidianas en el país, afectado por el embargo de la ONU. El método de Handke es premeditadamente subjetivo, y esto es lo que se le reprocha: fijar la atención en los efectos secundarios de la guerra, en vez de hablar de las matanzas de Srebrenica, Sarajevo y Tuzla, minimizando así los crímenes cometidos por serbios. Handke, sin embargo, se dirige precisamente contra la acumulación de datos e imágenes del horror; no quiere someter al lector a su efecto impactante, aparte de que recela de la adjudicación unilateral de las atrocidades, cometidas por militares y paramilitares de ambos bandos.

Una vez finalizada la guerra de Bosnia, una tercera excursión –recogida en Apéndice de verano a un viaje de invierno– lleva a Handke de nuevo a Serbia, esta vez también a territorio bosnio. También aquí su descripción de las ciudades de Višegrad y Srebrenica, irreconocibles tras el saqueo y la quema, rehúsa la gran panorámica de la destrucción, repetida hasta la saciedad por los periodistas. El programa poético por el que se guía la obra literaria de Handke consiste precisamente en una percepción diferente del mundo, que pretende contrarrestar la avalancha de imágenes que obnubila al lector de periódicos y al espectador de informativos televisivos. Se trata de ofrecer una alternativa al lenguaje periodístico, y tal es el propósito de Preguntando entre lágrimas. El relato de los dos viajes que Handke emprende en la primavera de 1999, y que lo llevan directamente a la zona en combate, no presenta un recuento de las operaciones bélicas, ni acusa a los participantes de la catástrofe. Los dos textos elaborados sobre los apuntes tomados durante las visitas a la República de Yugoslavia atacada por la OTAN entonan, por el contrario, un contenido lamento de la destrucción. Igual que en el anterior viaje, Handke pasa por los lugares de los bombardeos para dar cuenta de los terribles efectos de la devastación sobre la gente, los pueblos y ciudades; sobre los monumentos y la infraestructura viaria e industrial.

Y habla un observador que no sólo repara en el dolor y la miseria actuales de las personas, sino que se indigna también ante su futuro. Aunque están a la vista de todo el mundo, las profundas secuelas de la guerra han sido raras veces comentadas en los periódicos, ya que no son noticia. Preguntando entre lágrimas hace ver que, al final de los bombardeos, la economía yugoslava, aquejada de una prolongada crisis, queda literalmente por los suelos, como consecuencia de “operaciones militares que violaron flagrantemente las leyes de la guerra”, como puntualiza Noam Chomsky.Los 32.000 ataques aéreos sobre Belgrado, Kragujevak o Priština, dirigidos en gran parte contra objetivos civiles, destruyeron sistemáticamente fábricas, centrales térmicas, escuelas, puentes y vías de tren, y dejaron atrás centenares de bombas de fragmentación no detonadas.

Los dos textos de Handke invitan a reflexionar sobre estos llamados “daños colaterales”. Con un tono grave y una mirada sensible no obstante a la belleza que surge en medio de la devastación, el relato discurre en un difícil equilibrio entre observación y emoción. En los lugares bombardeados, que por todo el país visitan el autor y sus acompañantes, las escenas descritas, los encuentros casuales con los damnificados hablan por sí solos. Handke recrea una realidad cotidiana más allá de las grandes conmociones. En este sentido, el título de su relato es equívoco. Y se condensa en él algo difícil de captar: el ambiente de apagamiento vital y de depresión económica que se respira en todo el país, ya se trate de las zonas atacadas o de otras alejadas de las acciones bélicas.

Un viaje muy distinto es el que emprende Handke en febrero de 2002 a La Haya. Acude allí con el propósito de asistir como espectador a unas sesiones del proceso contra Slobodan Milošević en el Tribunal Internacional para la antigua Yugoslavia (ICTY, siglas en inglés). La institución se fundó en 1993 para juzgar los crímenes cometidos en las guerras de secesión que se libraron entre 1991 y 1999 en el territorio de la República de Yugoslavia. Se trata de una institución financiada por las Naciones Unidas, cuya asamblea general elige también a los jueces y nombra al fiscal jefe. Evidentemente, esta relación con un organismo estrechamente vinculado a los países implicados en la guerra de Kosovo mueve a cuestionar la independencia del tribunal. De hecho, desde varios frentes se ha delatado la instrumentalización política del tribunal. Norman Peach, profesor de derecho constitucional e internacional en la Universidad de Hamburgo, resume así sus dudas: “Si no existiera en la opinión pública europea una amplia condena previa de Milošević, hace tiempo que las graves deficiencias de estado de derecho del tribunal habrían conducido a la suspensión del juicio de Milošević y la refundación del tribunal. No se puede pasar por alto la sospecha de que los estados de la OTAN utilicen el proceso para reforzar, a posteriori, la todavía controvertida legitimación de los bombardeos de Yugoslavia. Parece muy dudoso que, en estas circunstancias, los hechos de los crímenes puedan ser aclarados de forma irrefutable e independiente de la propaganda interesada de las potencias del tribunal”.

Handke, jurista de formación, viaja a La Haya para conocer de cerca los procedimientos de la magistratura internacional, convencido de que Milošević está condenado de antemano. Ya el hecho de que el ochenta por ciento de los acusados en La Haya sean serbios suscita serias dudas sobre la imparcialidad del ICTY, dudas que se confirman plenamente al leer los protocolos y ver las grabaciones en vídeo de los procesos (el juicio contra el antiguo presidente yugoslavo fue uno de los más publicitados de la historia del tribunal; sus protocolos son accesibles en la página web del ITCY; las vistas fueron transmitidas por video–stream). Por otra parte, la fiabilidad de muchos testimonios es dudosa, pues se contradicen de forma palmaria: hay testigos que se han alistado como tales para acceder al programa de protección de testigos y, de este modo, evitar la persecución de crímenes propios.

En Alrededor del Gran Tribunal Handke apenas entra en todo esto. Se desentiende de la información previa de que dispone y refiere exclusivamente lo observado y verificado. Sigue un programa estricto de fuentes directas que incluye las conversaciones con el chófer o los guardias de seguridad del tribunal lo mismo que la descripción minuciosa de los alrededores del edificio. Y en ello intercala múltiples reflexiones, asociaciones espontáneas y reacciones emocionales. Resultan a menudo muy desconcertantes estas divagaciones –como resultan dificultosos los largos períodos enrevesados y los frecuentes saltos de idea en idea del autor–, pero aportan una gran cantidad de aspectos secundarios que se suman al final para proporcionar un cuadro provechosamente diferenciado. Así ocurre con la presentación de Milošević, caracterizado a través de particularidades aparentemente insignificantes de su aspecto y de su comportamiento. O con la digresión sobre sus propios gustos cinematográficos y el hecho de que cada vez más series de televisión y películas estén protagonizadas no ya por policías y comisarios, sino por abogados, forenses y jueces.

los textos sobre el Tribunal Internacional Penal están impregnados de una gran ironía, a veces incluso de sarcasmo, y revelan cierta amargura por parte del narrador

En general, los textos sobre el Tribunal Internacional Penal están impregnados de una gran ironía, a veces incluso de sarcasmo, y revelan cierta amargura por parte del narrador. Ésta viene motivada por la escandalosa desigualdad que aprecia Handke entre las fuerzas que determinan la actuación de la justicia: por un lado, el ex presidente de un pequeño país balcánico, presentado ante la opinión pública como la encarnación del mal; por el otro, la superpotencia de Estados Unidos y de los demás países de la OTAN, que en su momento respaldaron el régimen nacional–católico y racista de Franjo Tudjman en Croacia y el antidemocrático de Alija Izetbegović en Bosnia, que propagaba el estado islámico. A menudo la ironía de Handke se manifiesta en juegos de palabras que la traducción no siempre ha podido reproducir, pero sobre todo en la mirada sobre los coprotagonistas del proceso y el aparato de representación con el que se rodea el ICTY.

Cuando Handke acude por primera vez a La Haya, el proceso contra Slobodan Milošević acaba de empezar. Duraría cuatro años, de 2002 hasta 2006, y terminaría con la muerte del acusado, por lo que no llegó a fallarse sentencia. En su segunda visita a la ciudad holandesa a orillas del Mar del Norte, plasmada en Las tablas de Daimiel, Handke acude como invitado del tribunal. La defensa de Milošević ha solicitado su testimonio como testigo, como expert witness, a lo que Handke se niega. Asiste a un encuentro con el acusado Milošević porque busca entender la “relación de conjunto” y quiere aclarar para sí mismo las intrincadas y contradictorias relaciones causa–efecto de las guerras balcánicas. Para ello, opta de nuevo por un procedimiento de naturaleza literaria: emplea metáforas, “historias” y un discurso elíptico en el que sopesa pros y contras y justifica su propia inhibición. Este afán de explicación es muy patente en Las tablas de Daimiel y se manifiesta en la recuperación de argumentos y datos de textos anteriores. Pero, sobre todo, se descarga en ese discurso elíptico tan impenetrable a veces, donde se juntan la cautela y el recelo adoptados por Handke tras las continuas tergiversaciones de que son objeto sus declaraciones en los medios de comunicación.

Así que Handke se propone de nuevo convencer con una exposición subjetiva de lo que él mismo ha observado y oído, tomando notas de la organización del proceso y del lugar. Describe al detalle el edificio de la Corte –por fuera y por dentro–, lo mismo que la prisión donde se encuentra Milošević. El cuestionamiento de la legitimidad del tribunal y la justicia de la causa se basa una vez más en “detalles significativos”, pormenores que, si bien a primera vista no vienen al caso, sin embargo sintetizan el ambiente del lugar y marcan el contraste entre la amable apariencia del barrio de La Haya en el que está ubicada la Corte Internacional y las atrocidades que se tratan en su interior.

El texto tiene un tono claramente enfático (lo cual se percibe, entre otras cosas, en la puntuación desmedida del original). Handke ha tratado de conservar la inmediatez de las impresiones recibidas: durante la visita a la prisión, al oír la voz de un niño yugoslavo en los pasillos, el visitante y Milošević se distraen de su conversación a causa del acento de ternura que impone esta presencia infantil en el entorno de la prisión. Hay muchos momentos sentimentales como éste en los escritos supuestamente más objetivos de Handke, incluso se diría que en general su idea de Yugoslavia está impregnada de sentimentalidad. Esto puede agradar o desagradar al lector, pero introduce indudablemente una nota humana en un contexto en el que se ha perdido todo vestigio de humanidad. Handke trata en cada momento con personas y no con funcionarios, estadistas o criminales. Y su retrato de Milošević –el hombre que para él no es inocente, pero es al menos “no culpable” hasta que haya veredicto– es el de un ser humano (recordándonos así una de las grandes lecciones de Hannah Arendt en su protocolo del juicio de Eichmann en Jerusalén).

Recientemente, tras el nombramiento de Serge Brammerz como fiscal jefe del ICTY, el tribunal ha dado indicios de emprender una recapitulación de sus procedimientos partidistas. Desde la intervención de Rusia en el conflicto de Georgia con los independentistas de Osetia del Sur, cada vez más políticos europeos condenan públicamente la actuación de la OTAN en Kosovo. Y a pesar de que ya en Preguntando entre lágrimas Peter Handke había advertido que la edad de la información había terminado, últimamente van en aumento las pruebas de las manipulaciones informativas de los países implicados en los bombardeos de Yugoslavia. Pero con sus escritos sobre Yugoslavia Handke no sólo lanza una crítica a los medios, sino que rompe el monopolio informativo y ofrece otras imágenes; y con su airada exclamación de Preguntando entre lágrimas –¡Mirad y haceos vuestra propia imagen!”– desafía al lector a independizarse mentalmente de los medios, o, al menos, a hacerse cargo de su ignorancia política.

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Prólogo a Preguntando entre lágrimas, de Peter Handke, traducción de Cecilia Dreymüller, Ediciones Universidad Diego Portales, Santiago de Chile, 2010.

 

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Autora >

Cecilia Dreymüller

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3 comentario(s)

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  1. Belisario

    Un texto muy interesante, aunque me sorprende la referencia a Radovan Karadzic como general serbio, cuando su cargo era el de presidente de la República Srpska de Bosnia.

    Hace 1 año 11 meses

  2. Belisario

    Una lectura muy interesante, aunque se me hace rara la referencia a Radovan Karadzic como "general serbio", cuando en realidad fue presidente de la República Srpska de Bosnia.

    Hace 1 año 11 meses

  3. andres

    Por cierto, ¿Por donde para ahora el javierito solana, el carnicero de serbia, ese payaso al servicio de los gringos y que puso de moda los "daños colaterales"? ¿Que fue de aquello de mister PEC? o como demonios se diga esa patochada de la otan. No se porque me suena a mister puerco. No sigo porque me censurais pero del tribunal de marras y todos los periodicos de entonces !Y de hoy¡ ... Bueno me voy.

    Hace 2 años

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