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III. Aquel okapi

PILLAJE Y NOSTALGIA: TRES ESTAMPAS

Alain-Paul Mallard 11/10/2019

<p>Dikisenga, el Rey Juan Carlos, Mobutu.</p>

Dikisenga, el Rey Juan Carlos, Mobutu.

A.-P. M.

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Frenazo.

Acelerón.

Frenazo.

Acelerón.

Frenazo.

Jalones centrípetos ponen a prueba y en roce a la docena y media de cuerpos que, sudorosos, nos apretujamos en las bancas del taxi-bus. El conductor no es –y le complace dejarlo claro– un dechado de dulzura.

Kinshasa. Los tirones y tumbos de la vida metropolitana.

A los destartalados taxi-buses se les nombra fula-fula. Que vendría a ser, según entiendo, algo así como 'carrozas funerarias' –en parte por ir pintados de negro, en parte dada su propensión natural a accidentarse y verter un reguero de cuerpos sobre el candente asfalto. Humor típicamente kinés. Pero Fula fula es también el nombre de un problemático cementerio de la periferia... (Problemático porque, se rumora, allá termina todo lo que, en circunstancias turbias, se le muere al Estado.)

Entonces, ¿fula-fula o Fula fula?

¡Vaya usted a saber! Aquí en la República Democrática del Congo –no tardé mucho en constatarlo– sucesos y fenómenos suelen tener explicaciones múltiples y paralelas, que coexisten sin necesariamente competir.

El trayecto en taxi-bus por la ruta que sale hacia Matadi es sofocante y eterno. Prensado como voy poco alcanzo a ver (la puerta corrediza va, no obstante, abierta). Algo, amén de mi blancura, me distingue de los resignados pasajeros que regresan rendidos de su jornada de trabajo: me animan prospectos de aventura.

En la otra ribera del río Congo, el cielo arrebola cumulonimbos de apocalipsis. Retumban truenos ecuatoriales. Un distante rugir de artillería

Arranqué, en una guía de viaje, la dirección de una boutique de arte y artesanía africana. La guía, con una pobreza de metáfora que exige el énfasis, la describe como una «verdadera caverna de Alí Babá». Que encerraría, si la página se escribió de buena fe «gran cantidad de fetiches y máscaras, recientes y antiguos, de todo el país». Un adjetivo, «antiguos», me pone en marcha; puedo –cuando me conviene– resultar bastante crédulo.

Me acompaña y cuida Bienaimé –entre mis estudiantes, acaso con quien mejor he congeniado. Mis alumnos africanos llevan no pocas veces nombres candorosos y cursis: Parfait, Gentille, Aimé, Merveille, Radieuse... El nombre de la risueña y guapísima Promedi, me entero, es forma apocopada de Promesse-de-Dieu. Algunos de ellos se turnan para, en los momentos libres, pasearme por Kinshasa. La intimidante, caótica, impredecible y pendenciera Kinshasa.

Que en la voluble capital las cosas cambian rápido, lo constato una vez más en la guía de viaje, obsoleta aunque de factura reciente: donde a todas luces debería estar la Boutique Dikisenga, no hay nada.

Pedimos informes en un bar techado con lámina ondulada, abierto a cuatro vientos. Bienaimé saca en claro que la boutique cerró: el propietario no pagaba el alquiler y lo echaron. Se llevó sus trastos a su casa. Que no queda lejos, nos dicen. Un par de manzanas, rumbo al río.

Bajamos por una calle sin nombre, de declive abrupto, cenagosa de un chaparrón reciente. La erosión urbana es en Kinshasa, tierra de temporales, un problema de peso. Uno más. Mi bienamado guía pide informes a unas mujeres que lavan. El lingala no me ofrece asideros –mi léxico supera apenas diez palabras–, así que me dejo llevar.

En la otra ribera del río Congo, el cielo arrebola cumulonimbos de apocalipsis. Retumban truenos ecuatoriales. Un distante rugir de artillería.

Torcemos por otra calle, según mi brújula interna paralela al río y por ello sin pendiente, y avanzamos saltando charcos hasta una casa 'en duro'. Una edificación de dos plantas con un patio al frente y un ostentoso portón anaranjado. Para lo que es el vecindario, la casa impone algo de respeto. Verdes, blancos, o ambarinos, feroces tesones de botella coronan la barda.

Bienaimé recoge una piedra y aporrea la lámina. Desata una fiesta de ladridos. Tras un rato, una voz pregunta quién vive.

Explicamos qué nos trae y el sésamo se abre. Un adolescente en chanclas sujeta un perro bravo. Mientras pasamos, el mastín olisquea furioso el aire.

De un vistazo distingo en el patio lodoso un tendedero colorido –se oscureció de lluvia la ropa puesta a secar. Asentada en la tierra, una camioneta picada que no saldrá ya nunca. Un columpio de hierro. Rejas desmontadas. Mobiliario malenvuelto en plásticos y lonas.

La casa de dos plantas, con una torpe escalera al exterior, vio tiempos mejores: inquietantes fracturas recorren, en diagonal, los muros perpendiculares al río.

Un hombre nos aguarda en el vano de la puerta.

–El Dr. Dikisenga, supongo... –aventuro jocoso.

Asiente. Mi torpe gracejo pasa cabalmente inadvertido.

La palma es áspera, el saludo enérgico. La dentadura artificial ofrece una sonrisa algo insolente, toda regularidad y blancura. Alegre de recibir visita, André Dikisenga nos insta a pasar.

Es más bien bajo, cargado de hombros. Viste un polo suelto y pantalones que le vienen holgados varias tallas. Sin una sola cana, sus siete décadas se hacen notar cuando nos vuelve la espalda y seguimos su arrastrado andar.

Entramos a un salón lleno de trebejos. Sofás de velour sepultados por trastos heteróclitos. Un ventanal con cortinas de techo a piso, raídas, comidas por la luz. Detrás, sólidos rombos de herrería. Un estrecho pasaje entre los muebles permite un mínimo de circulación (la astrosa alfombra, pelada bajo los reiterados pasos). Mal alineadas, las  puertas en espejo de un antiguo armario multiplican el caos.

Ejemplos de arts premiers (como se les denomina en Francia desde que cesaron de llamarse arts nègres) no diviso muchos... Pero parece haber, sí, cosas intrigantes. Como el pangolín disecado que se aburre, moteado de polvo, sobre el respaldo de un sofá.

Su perfil insensato, su exquisita coraza, me ponen de inmediato a salivar. Lo cual no escapa al vendedor. Se estira a buscarlo, le sopla encima, me lo alcanza.

Es ligero. Tendrá la panza llena de serrín... Sus escamas superpuestas sugieren una alcachofa animal. ¡Qué criatura más exquisita! Tiene, a todas luces, años de esperarme en este abigarrado limbo de cachivaches...

–¡Llévatelo, llévatelo! Yo te firmo papeles para que lo puedas sacar.

El problema –le y me digo–, no está en sacarlo del Congo, sino en meterlo a Francia: el tráfico de materia animal está vigiladísimo.

De la vehemencia de mi superlativo constato, en directo y con no poca vergüenza, que lo que me detiene no es propiamente la ética...

Bienaimé ataja oportunamente mis impulsos culpígenos: cuando él era niño sus vecinos tuvieron un pangolín como mascota. Mejor se lo comieron, porque les estaba llenando el patio de agujeros.

Nuestro marchand desaparece. Pronto está de vuelta, cargado de bultos.

Una puerta se cierra. Hay colgado detrás un sombrero de charro. Terciopelo negro, ribetes bordados color plata. Uno de esos souvenirs de pacotilla que, amén de una botella de tequila, los turistas compran (o solían comprar) en el aeropuerto de la Ciudad de México...

–¿Y eso? –inquiero con genuina curiosidad–. El sombrero... Viene de mi tierra.

–Ése no lo vendo. Es lo único aquí que no se vende. Todo lo demás se lo puede llevar.

Enredado en desenrollar unos paños de textil, no dice más.

La palma es áspera, el saludo enérgico. La dentadura artificial ofrece una sonrisa algo insolente, toda regularidad y blancura. Alegre de recibir visita, André Dikisenga nos insta a pasar

Despliega anchas y hermosas bandas –metros y metros– de tejidos de raphia. Están ornadas de grecas laberínticas. Tienen detrás, sin duda, años de trabajo. Parecen quemadas a trechos regulares, como salvadas de las llamas.

–¡Llévatelas, llévatelas! –me las echa en brazos–. Son antiguas, genuinas. ¡Tú pones el precio!

Le digo que vengo buscando alguna máscara, de preferencia antigua. O «bailada». Algún fetiche especial, genuino.

Comenta que tiene, sí, pero no expuestos. Eso ya no interesa mucho. Las tiene en cajas, atrás, en otra habitación. Si el caballero gusta acompañarlo...

Con breves pasitos y cadera asimétrica, André Dikisenga me precede por un oscuro pasillo. Llegamos a un cuarto. El foco titubea y, pronunciándose al fin, revela un imponente amontonadero de cajas y costales. Del costal que tiene más a mano Dikisenga saca una máscara. La empuña para que yo la aprecie. Bastante tosca, la cara de luna decorada con círculos concéntricos suelta su hilillo mudo de caca de polilla. Como un reloj de arena.

–Es de los Luba, del Kasaï, –me ilustra mi maltrecho marchand al tiempo que me  entrega la máscara (me sorprende por ligera) para poder tirar de las sábanas, poco frescas, de un pequeño camastro.

La colocamos encima.

–Antes, de esto se comía –comenta lamentándose–. Hace mucho que ya no. ¡Años que no se para aquí un mundele!

Me insta a que hurgue yo mismo en los costales y cajas y se excusa: la ciática no le ofrece tregua.

Quedo a solas.

Una puerta da hacia un baño, con el plafón de escayola desfondado y la bañera llena de cascajo. Las grietas en los muros son dignas de la mansión Usher. Esta casa, me digo, no tarda en deslavarse hacia el río —¡ojalá sepa esperar a que me marche!

Frente a mí, en la penumbra, docena y media de cajas de cartón y otros tantos costales, apilado todo de piso a techo, de dos en fondo. Me remango y me pongo a bucear. En un costal ventrudo reconozco el logotipo —laureles y espigas— del Programa Alimentario Mundial. Me digo dispuesto a examinarlo todo, a conciencia, en pos de aquella hipotética y elusiva pièce de musée que confío en saber reconocer.

Hoy la tendencia, al menos en la nueva clase política francesa que, afanosa de dejar clara una ruptura generacional y desvincularse del lastre colonial, propugna la restitución del patrimonio robado

Aparto de la primera caja un par de máscaras Baluba. Polvo y polilla. Varias más. Las voy disponiendo en hilera sobre el catre destendido y acometo un nuevo costal, que vomita réplica tras réplica, todas sin picardía, de fetiches claveteados. A un fétiche à clous se le exige, aun tratándose de una copia, que resulte inquietante; todos aquí rezuman mansedumbre. Sigo revolviendo y separando, estornudando, batallando a veces –la materia en roce parece crepitar– para sacar las piezas. Mis palmas están negras; siento irritados los ojos y reseco el gaznate. Paralizadas en sus muecas y gesticulaciones, siguen brotando máscaras que no sé identificar. Nada, de momento, que me hechice o imante: también ellas han sido despojadas de su poder atávico.

Saco instintivamente las manos y me aparto de golpe: algo –constato de pronto con pasmo y horror– rasca desesperadamente dentro de alguna caja. La dirección, clara; la distancia, imprecisa. Alguna alimaña acorralada.

El rasquido se apaga.

Expectación de parte y otra.   

Cesaron los inquietantes arañazos, pero el silencio se va poblando de cuchicheos, de sollozos urgentes. Provienen de la sala, al final del pasillo. Terminan también por apagarse.

¡Ni loco voy a seguir hurgando y que me muerda dios sepa qué!

Me vuelvo. Comienzo a pasar en revista las piezas, ya numerosas, en el roñoso camastro. La alineación les confiere una apariencia de orden. Conforman una extraña familia. Los componentes básicos del rostro humano sometidos a vigorosas y osadas reorganizaciones... Maderas oscuras embarradas de greda blanca. Lo que más nítidamente aparece en ellas es una empecinada voluntad de no ceder del todo los muertos a su mundo –aunque muy probablemente los especialistas serán de distinto parecer.

Ninguna verdadera pieza de museo; nada que me ponga a vibrar. Nada supera lo ya visto en el 'Marché des Valeurs', el lodoso mercadillo artesanal que los kineses prefieren llamar 'Marché des Voleurs'... Ya hablando de ladrones, al pillaje cultural del continente he llegado tarde, muy tarde. Tengo al menos un siglo de retraso. Hoy la tendencia, al menos en la nueva clase política francesa que, afanosa de dejar clara una ruptura generacional y desvincularse del lastre colonial, propugna la restitución del patrimonio robado.

Lo que tengo en hileras ante a mí es ya ese arte africano que se imita a sí mismo: artesanos de mayor o menor talento copian sus piezas de los catálogos de los museos de Europa, de cara a un mercado de trasnochados mundeles como yo, anacrónicamente ávidos de exotismo...

El sentido del oído, todavía en estado de alerta, me indica que alguien se acerca por el corredor. Es Bienaimé. Viene a mi encuentro. Sin alzar mucho la voz me conmina, entre apenado y tajante, a llevarme algo. De su avergonzado secreteo retengo que afuera en la sala Dikisenga lo llamó hijo, se le soltó a llorar, y entre ruegos –«¡Por favor! ¡Haz que el mundele se lleve algo!»–, se le colgó de las ropas –«¡Por caridad! ¡Algo! ¡No tengo ni para comer!».  

¡Qué arduo es posicionarse ante a la desesperación ajena!

Reconforto a Bienaimé. Le aseguro que sí, que pierda cuidado: algo me llevaré.

Lo que tengo en hileras ante a mí es ya ese arte africano que se imita a sí mismo: artesanos de mayor o menor talento copian sus piezas de los catálogos de los museos de Europa

Echo una última mirada –que conjuga resignación y miedecillo– al altero de cajas y costales que dejaré sin explorar y volvemos juntos a la estancia. Recompuesto, nuestro anfitrión nos regala su blanquísima sonrisa de resina. Tiene ya algo nuevo que ponerme entre manos.

Se trata de un marchito álbum filatélico: estampillas de vívidos colores con animales del extinto Zaire. Cuatro décadas atrás me habrían entusiasmado, y mucho.

Pasando las páginas, hallo inserto un estupendo retrato. Un joven de mandíbulas cuadradas posa montado en una moto. Chaqueta de cuero. Pantalones de campana. Vintage 70's; vintage Kinshasa. Es él, Dikisenga, en tamaño postal y ajado blanco y negro.

Se la enseño:

–Oiga, y como ésta, ¿tiene más?

Dikisenga esboza media sonrisa. Asediado de recuerdos, niega con la cabeza. Luego retoma aliento y termina por responder.

–Me las robaron todas. También mis fotos con el campeón me las robaron.

–¿Con?

–¡El campeón! –el rostro de Dikisenga se ilumina y apaga, incrédulo de que el mundele no atrape al vuelo algo tan evidente...

Dikisenga tenía su boutique en el lobby del Hotel Okapi.

Una breve digresión se impone, una acuarela a mano alzada del Okapi de los años 70.

Abierto en Binza con inversión extranjera a principios de década, el hotel dominaba, desde su vasta terraza en la cima de la colina, las vistas sobre la capital y el vigoroso río, la bahía de Ngaliema, Stanley Pool, incluso Brazzaville en la ribera opuesta. La arquitectura optaba por la horizontalidad, por el frescor, por el funcionalismo; la decoración mural, por un estilizado idealismo africanista. En el 73, como parte de su campaña de Zairización, Mobutu lo nacionalizó de un plumazo y concedió la administración a uno de sus tíos. Cambió un poco la clientela; la fiesta siguió. A la descomunal piscina —por mucho la mejor de Kinshasa— acudían a refrescarse los extranjeros y lo más granado de la nueva oligarquía congoleña: los favoritos del momento (entre purga y purga) de un insondable dictador con toca (y reflejos) de leopardo. Bajo la sombra del emparrado de buganvilia, beldades tanto negras como blancas alzaban el vaso para brindar, con cócteles de ron y frutas tropicales, por las bondades de la vida. En la pista las parejas, bañadas de pétalos de luz, bailaban hasta el alba la rumba y el jazz, o el soukous matizado de funk de las orquestas de moda –músicos siempre impasibles, de rigurosa gafa oscura.

–El Okapi era un paraíso. Todo lo destrozaron, lo pisotearon. No quedó nada. Fue arrasado, completamente arrasado. ¡Las vigas de los techos! ¡Los techos! ¡Todo se llevaban, todo lo rompían! Una vergüenza. ¡Nada más le digo que los aires acondicionados se vendían luego en los cuarteles!

Resulta más que comprensible que el tsunami de pillaje y rapiña que a finales de enero del 93 barrió la capital de Zaire se encarnizara con el Hotel Okapi, oasis de la despreocupación y el lujo.

–Tenía yo mis fotos con el campeón, dedicadas. Aunque Ali dormía en N'sele –allá entrenaba–, seguido pasaba al Okapi, con su séquito, a tomar el fresco. Y siempre ¡siempre! entraba a curiosear a la boutique. Nos hicimos amigos. Ya luego venía nada más por verme. ¡Hasta me enseño un par de fintas y me regaló un boleto de ring-side!

Nuevas digresiones se imponen: una ojeada somera a los anales boxísticos.

Para la psique kinesa, lo más dramático de los Grandes Pillajes fue, pasada la euforia, la conciencia de que se había asestado un golpe letal al resabio de inocencia que quedaba

1974. Don King, controvertido promotor, busca quién le financie una pelea de campeonato. Peso pesado. Mohammed Ali (32 años), contendiente, despojado del cinturón tras rehusarse a participar en la Guerra de Vietnam vs. George Foreman (25), campeón en título, invicto, superior en peso, potencia y alcance. King fija el premio en la inaudita, escandalosa suma de diez millones de dólares, cinco por participante. Incapaz de recabar los fondos en los Estados Unidos, el avezado promotor explora otros horizontes.

Mobutu Sese Seko, en el ápice de su poder y popularidad, recoge la escandalosa factura. Zaire, su joven país, ya se merece una fiesta. ¿Y qué mayor desafío a la arrogancia blanca que organizar el combate de dos titanes de ébano en el corazón mismo del continente negro? Con un magistral uno-dos el dictador pone al Zaire en el mapa y, en política interna, redora el blasón del mobutismo.

Los carteles publicitarios –en verde vivo, en amarillo y rojo, colores de la bandera del país– dictan al pueblo lo que debe pensar: «Un regalo del presidente Mobutu al pueblo de Zaire, y un honor para el hombre negro.» «Foreman y Ali confían en Mobutu. Haga como ellos: tenga confianza en Mobutu.» «El combate entre Foreman y Ali no es una batalla entre dos enemigos sino un deporte entre dos hermanos.» «Un duelo entre dos negros en un país de negros, organizado por negros y visto por el mundo entero, es una victoria del mobutismo.» (El cartel original, impreso por el inspirado King, molestó al dictador. Su lema rezaba: «Del barco de esclavos al campeonato del mundo.» [From slaveship to championship.] La tirada entera fue entregada a las llamas.)

Aunque se trate de información difícil de verificar y los detalles circunstanciales varíen de versión en versión, es tradición oral kinesa contar que Mobutu, quien no admitiría incidentes mientras los reflectores del mundo estuvieran puestos sobre el Zaire, mandó detener, en las semanas previas al combate, a todos los malandrines de la ciudad. Los hizo alinear en el campo del «Estadio 20 de mayo», donde en breve tendría lugar la pelea. Uno de cada diez, por sorteo, fue ejecutado. A los restantes los soltó, no sin previamente sugerirles que se merecían unas vacaciones.

¡Nunca Kinshasa se ha sentido más ligera y desenfadada! Para la pelea, los patrones recibieron orden de otorgar a sus empleados el asueto pagado. El litro de cerveza, también por decreto, se vendió a mitad precio. Las escuelas suspendieron clases.

El combate opuso dos estilos, dos filosofías, fulgurante insolencia y taciturnidad brutal. Las fintas, jabs, esquives y ganchos, las estrategias de fondo tanto psicológica como puramente pugilística, están narrados con ejemplar brío y penetración en The Fight, de Norman Mailer, un libro neurótico y sublime. Mailer, plenamente capaz de ganar a su causa incluso a quienes, como un servidor, se saben sordos a la poesía del cuadrilátero.

Alí recuperó su título en el octavo round.

En el Zaire, quien venció fue Mobutu. ¿Cómo podría el pueblo, en tal momento y circunstancia, no querer a su líder?

Claro, en Kinshasa, «el campeón» no es, no puede ser, otro que Mohammed Ali.

–Ali me compró bastante. También su señora. Piezas buenas, estatuillas. Tallas de marfil. El marfil todavía no estaba mal visto; ahí estaba el dinero. Varias, se llevó. Los managers, los periodistas, todos se iban con algo. En una de esas visitas nos retratamos. En una foto salíamos abrazados. En las otras dos con los puños en posición de guardia, de cara al fotógrafo. Luego-luego las mandé agrandar y enmarcar con las entradas de la pelea. Y allá las tenía, colgadas en mi tienda. Daban mucho de qué hablar. Eran mi mayor tesoro. Estaban autografiadas. ¡Veinte años las tuve colgadas, hasta que se las llevó la turba!

Zaire pasó a llamarse República Democrática del Congo. A la zaga de la Primera Guerra (1996-1997) vino la Segunda (1998-2002), conocida también, al involucrar nada menos que nueve países, como Guerra Mundial Africana

Dikisenga se expresa con amargura. Diríase que con asco. Para la psique kinesa, lo más dramático de los Grandes Pillajes fue, pasada la euforia, la conciencia de que se había asestado un golpe letal al resabio de inocencia que quedaba. Asombra la presteza con que los congoleños –gente de bien los más; hijos de vecino– se transformaron en una infame turba de aves de rapiña. Vendrían nuevos horrores, sí. Otros, sin duda, seguirán. Pero a partir del 91, del 93, imposible seguir viviendo como si nada hubiera ocurrido. Es imposible vivir Kinshasa sin cuidarse las espaldas.

Nostálgico, Dikisenga prosigue:

–Con la campaña por la autenticidad, Mobutu promovió mucho el arte africano. Por el lobby del Okapi pasaba toda la gente importante. Gente de dinero. Tenía yo mis muchachos en el interior del país para conseguir reliquias. Vendía yo bastante bien. Y no nada más a los mundeles; a gente pudiente de aquí. Era bien visto, entre los cercanos al régimen, redecorar a la africana. Tenía mis artesanos, mis talladores y ebanistas que me fabricaban cosas nuevas.

(Más tarde me arrastrará al patio, a desenvolver de sus plásticos y lonas remendadas un atroz comedor de doce plazas, estilo Mobutu temprano.)

Los eléctricos años del jet-set kinés se irían para no volver.

Pasados los pillajes –manifestaciones fehacientes de que ya nadie gobernaba– tuvo lugar, en un diminuto país vecino, un infame genocidio a machetazo limpio, cuya onda de choque, bajo la forma de una marea de refugiados y recíprocas expediciones punitivas, terminaría desatando la Primera Guerra del Congo. Cayó Mobutu y Kabila se instaló en el poder. En 1997 los kadogo de Laurent Desiré Kabila –la harapienta jauría de niños soldados que lo acompañó en su marcha de liberación a través del país– plantarían campamento, ya Kinshasa tomada, en las devastadas terrazas del Hotel Okapi.

Zaire pasó a llamarse República Democrática del Congo. A la zaga de la Primera Guerra (1996-1997) vino la Segunda (1998-2002), conocida también, al involucrar nada menos que nueve países, como Guerra Mundial Africana. Seis años de caos, de violencia, de éxodos, hambrunas, masacres y total incertidumbre. El conflicto más enredado y mortífero que viera el mundo en medio siglo.

Dikisenga había vuelto a montar la tienda en un entorno harto menos glamoroso que el Okapi: al borde del asfalto en la salida a Matadi. No es de extrañarse que el nuevo almacén nunca fuera negocio. A la postre, ahorcado por el alquiler, terminó mudando su heteróclito amontonadero a la villa de dos plantas que, en tiempos de vacas gordas, consiguiera edificar.

Y aquí estamos, entre mobiliario roto y mil chácharas... Él, para mí, un testigo vivo de las convulsiones de la Historia. Yo, a sus ojos, apenas un exótico mundele mexicano, demasiado apegado a su cartera, que discurre y opina como si algo supiera de la vida.

¡Resulta tan improbable que estemos frente a frente!

Y sin embargo, André Dikisenga y yo compartimos, parcialmente expresado, aquel fragmento de filamento genético que codifica al síndrome de Diógenes: reconozco, en la suya, el alma afín de un chacharero.

¿Cómo confluyó aquí tanto trasto? Visualizo en torno a mi anfitrión y su pelo teñido de azabache un campo magnético halando hacia él todo este revoltijo.

A falta de fotos firmadas por Ali, Dikisenga se estira a descolgar de la pared y me insta a que me lleve, a buen precio, dos ampliaciones enmarcadas de un apretón de manos, a todo color, entre Mobutu y Juan Carlos de Borbón.

Tiene pinta de visita de estado, ya que van ambos vestidos de aparato. Todavía Occidente no volvía las espaldas a Mobutu.

Dikisenga se estira a descolgar de la pared y me insta a que me lleve, a buen precio, dos ampliaciones enmarcadas de un apretón de manos, a todo color, entre Mobutu y Juan Carlos de Borbón

[Ahora que me siento, con un lustro de retraso, a procesar y ordenar la experiencia, me preocupo por fechar el viaje al Zaire de los Reyes de España. Encuentro a la venta, en internet, fotografías de un banquete fluvial a bordo del Kamanyola, el yate del dictador:

Mobutu y un bronceado Juan Carlos, relajados ambos, en manga corta sobre el puente del navío. Las posturas transmiten despreocupación y camaradería, amistad cómplice. En otra el Rey, de pie ante la mesa de un opíparo bufé, pondera qué más puede servirse. ¿Se habrá atrevido con el mono ahumado, que tanto gustaba a su anfitrión?

Las imágenes, descubro, están fechadas ¡el primero de enero de 1993! Pretendiendo gobernar desde su búnker flotante, Mobutu estaba por perder el pulso con su ejército. Apenas una luna más tarde, furiosas por la maniobra cambiaria que redujo a nada sus salarios, las FAZ (Fuerzas Armadas del Zaire) salieron a saquear la capital. El pueblo se sumaría al pillaje.]

Devuelvo los marcos. Dikisenga los echa por ahí y se pone a sacar, de abajo de una pila, el retrato oficial, en blanco y negro éste, de Kasa Vubu, primer presidente del Congo independiente, derrocado por ya sabemos quién.

–Él sí que era un caballero –acota contrastivamente.

Enseguida me veo ofrecer un cuero de cocodrilo, imposible –de tan tieso– de desenrollar. Me propone una manida toca de jefe tribal –que no está mal– en chaquira blanquiazul y pelo animal. ¿Mi equivalente especular de su sombrero de charro?

Se va a otra parte de la casa, a buscar algo.

Bienaimé me insiste, a cuchicheos, que tendré que llevarme alguna cosa. Parece marcarlo el protocolo.

Al poco, Dikisenga retorna con un bulto envuelto en trapos. Desviste y saca un grisáceo cráneo animal, con dos modestos cuernecillos.

–Es –me dice poniéndomelo en mano– un okapi.

–¿¿¿Un okapi???

Mi sorpresa es mayúscula.

¡¡¡El cráneo de un okapi!!!

Lo examino fascinado. ¡¡¡El cráneo de un okapi!!!

Trato de pensar claramente antes de dejarme llevar por el entusiasmo o vencer por el escepticismo. Si efectivamente se trata de un okapi, es un auténtico tesoro...

Acaso mis previas aseveraciones, de tan erizadas de signos de admiración, ameritan beneficiarse a posteriori de un contexto más amplio...

El descubrimiento de tres nuevas especies tuvo en vilo a los naturalistas de la primera mitad del siglo XX. Las tres vienen de las selvas impenetrables del Congo:

El Afropavo congensis o pavo real congoleño, intuido hacia 1913 por un naturalista avispadísimo a partir de una única pluma, desconocida, arrancada al tocado de un indígena. El genial ornitólogo identificó el ave de la cual provenía la solitaria pluma décadas más tarde, en un reseco ejemplar del Musée Royal de l'Afrique Centrale (Tervuren, Bélgica), y terminó su descripción de la nueva especie en 1936.

El Pan paniscus, bonobo, o chimpancé pigmeo, nuestro pariente más cercano, discriminado del Pan troglodytes o chimpancé común como especie distinta hacia 1929, también a partir de un cráneo en los anaqueles de Tervuren. ¡Un nuevo antropoide! ¡En plano siglo XX! Terminaríamos resultando tan cercanos que acaso cabría nombrarlo Homo paniscus –o incluso rebautizar al hombre, como proponen otras plumas, Pan sapiens.

Y el elusivo okapi, que a la sazón nos atañe.

Vagos rumores de un supuesto unicornio africano se dibujan y esfuminan a través de los siglos, con empecinamiento suficiente como para dejar sospechar, mediando el siglo XIX, que efectivamente, en las selvas más espesas, en el mismísimo corazón del continente oscuro, un misterioso animal –de carne y hueso– sustenta al mito. ¿El corazón mismo del continente oscuro? Los ecos literarios de semejante formulación no son del todo inocentes. El primer eco, asumo, no pide mayor comentario. En cuanto al segundo, Through the Dark Continent, da título al relato de la malograda y catastrófica expedición de Henry Morton Stanley para socorrer a Emin Pasha. Costó cientos de vidas e impuso un calvario a los sobrevivientes que, a marchas forzadas, atravesaron la selva ecuatorial de Ituri no una sino tres veces, cada vez más mermados por el hambre, las lanzas y las fiebres. Vasto y sombrío, Ituri, en el entonces Congo Belga, es el hogar de los BaMbuti, los hasta hacía no mucho también míticos pigmeos. En los apéndices lingüísticos al final de su volumen, Stanley menciona, parco y casual:

«Los Wambutti hablan de un asno al que llaman atti. A veces, dicen, lo capturan en un foso. Lo que estos asnos hallan [en la selva] para comer es motivo de azoro. Comen hojas.»

Stanley, a quien la historia natural tenía bastante sin cuidado, nunca se topó testuz contra testuz con el ignoto 'asno' de las selvas, pero retrospectivamente sabemos que hablaba del okapi –como también a posteriori sabemos que un okapi, tirado de una brida, está representado en el friso de tributos de las naciones sometidas en la escalera Este del Apadana de Persépolis (Irán). Era un obsequio para Xerxes el Grande, Rey de los Persas.

Los palafreneros del Okapi de Persépolis son, acaso, dos pigmeos.

A la zaga de Stanley (fue interlocutor suyo), entra en escena Sir. Harry Johnston, un diplomático avezado, explorador, naturalista de talento, pintor consumado y literato mediocre —un preclaro prohombre del Imperio Británico, vaya. Multi-condecorado, Johnston jugó un papel protagónico en el denominado 'Reparto de África', momento en que las potencias europeas se repartieron sin empacho, sobre el papel y luego sobre el terreno, un continente. En 1900, destacado en el Protectorado de Uganda, interceptó a un empresario alemán con un cargamento de pigmeos, ya apalabrado para exhibirse en uno de esos zoológicos humanos que tanto fascinaron a la Europa del positivismo, del progreso, del imperialismo colonial.

El reporte de Johnston mantiene la discreción en torno al nombre del empresario. Aunque me confieso incapaz de probarlo documentalmente, mis muy personales sospechas se ciernen sobre Carl Hagenbeck, padre del  jardín zoológico moderno, zoo sin jaulas ni barrotes en el que un foso infranqueable separa lo animal de lo humano. El Hagenbeck promotor, no obstante, no siempre fue muy regardant al delimitar dónde termina lo uno y comienza lo otro: sin el menor conflicto moral y cobrando bien las entradas exhibió, para públicos europeos y norteamericanos, salvajes de variopintas latitudes –Somalís, Inuits, Fueguinos secuestrados, Nubios, Samis... ¡Por supuesto que los diminutos y joviales BaMbuti, con sus dientes limados, sus chozas de hojas, y sus singulares vocalizaciones polifónicas serían un éxito!

El caso es que, en parte por plantar cara a un ciudadano de una potencia rival, el cónsul británico decomisó el cargamento. Los meses que tardó en repatriar a los pigmeos a sus bosques remotos e inexplorados logró intimar con ellos. Durante sus intercambios, trajo a colación el misterioso atti mencionado por Stanley. Le respondieron que sí, que por supuesto, que lo conocían, que vivía en lo más profundo de la selva, que era como un burro listado.

Debe tratarse, especula Johnston, de una cebra selvática. Viaja hasta Ituri y, guiado por sus amigos BaMbuti, pasa algunas semanas en la selva buscando al atti, que ya para entonces se llama appi.

No lo encuentra, pero sus minúsculos y expertos guías se acuclillan para señalarle un rastro seco en el barro. El appi, le dicen. Examina la huella con cierto escepticismo: no es la pezuña impar de un équido; partido el casco en dos, se asemeja a... una huella de jirafa.

Doblegado por las fiebres y solicitado en sus funciones, Johnston suspende la expedición, se despide de los BaMbuti, y emprende el arduo retorno a Uganda. Lejos de disiparse, el misterio ha tomado más cuerpo: más insólito incluso que una cebra en la jungla, una jirafa…

Johnston se detiene en el fuerte de Mbeni, un puesto de avanzada del Estado Libre del Congo. El administrador militar lo escucha con interés y de inmediato le cuenta que, días atrás, unos nativos le trajeron el despojo putrefacto de un o'appi. Ya lo hizo quemar, pero conservó en tiras la piel de las patas con miras a hacerse una cartuchera. Son de un hermoso color rojo tostado, sorprendente y delicadamente entreveteado de blanco. Se las obsequia y promete enviarle, pronto, una piel completa.

Una vez llegado a Entebbe, Johnston remite sin tardar a la Sociedad Zoológica de Londres, por valija diplomática, las singulares bandoleras. Se exhiben, causando sensación, en la sede de la Sociedad el 18 de Diciembre de 1900. La prensa recoge y amplifica la noticia: hay nueva e incontrovertible evidencia de que en el África se esconde un gran animal desconocido. Y se arma un expectante revuelo y comienzan las especulaciones.

Entre tanto, el comandante del fuerte belga de Mbeni ha sucumbido al paludismo, pero su subalterno se ocupa de honrar la promesa del difunto y despacha a Uganda una piel y dos cráneos de okapi, uno grande y otro más pequeño —¿hembra?, ¿cría? Johnston los recibe, los examina y, discriminando hipótesis, llega a la conclusión de que la altiva jirafa, sola en el reino animal, tiene en las selvas del Congo un pariente perdido. Debemos a Johnston una magnífica acuarela que retrata con encomiable precisión el tímido animal que nunca ha visto. Los cráneos parten rumbo a Londres. Él mismo viaja, un poco más tarde, para disipar controversias y asentar su descubrimiento.

Inaugurando su propio género, la nueva criatura recibe más tarde el nombre de Okapia. ¿Su específico apellido?, johnstoni.

Y se supone que eso que tengo entre las manos, grisáceo y con un leve olor a moho, es el cráneo de un Okapia johnstoni.

Los orificios orbitales son enormes, casi perfectamente circulares. Pero no sé... En su morfología, el cráneo no me parece suficientemente «extraño».

¿O lo es? ¿Seré yo quien necesita algo más «exótico»?

Comienzo a manifestar mis reticencias: demasiado pequeño y corto, osiconos (si efectivamente lo son) más bien modestos y en un ángulo «raro»

–¡Se trata de una cría! –rebate raudo Dikisenga.

Inquiero sobre su procedencia.

–¡Uf! Hace ya mucho que lo tengo... Ya ni sé. Alguien me lo trajo a vender. Que por lo de mi boutique en el Okapi. Venía envuelto en hojas de mangongo. Y pues algo le di, por lo del viaje.

Con el peso de mi erudición libresca a cuestas, lo que confronto es, en suma, mi inveterado amateurismo.

Alfred Jarry, se cuenta, exhibía sobre el dintel de su chimenea el cráneo de Voltaire niño. Siento que es, precisamente, lo que estaría comprando... Arriesgado, eso de venir a soltar mi puñado de dólares por un grisáceo cráneo de cabra.

Bienaimé no me ayuda. No se pronuncia más allá de decir que él nada sabe de historia natural.

[Pasado, como ya he dicho, más de un lustro de los hechos, examino en la pantalla del ordenador la foto digital en la que Bienaimé sostiene el cráneo en cuestión. Lamento haber tomado una sola vista, un único ángulo. Estaba yo turbado y había ya poca luz. Apoyándome hoy en algunas imágenes laboriosamente encontradas en la Biodiversity Heritege Library, decido que pudo tratarse de alguna especie de Duiker, antílope cefalofino de modesto tamaño. Me conviene hoy —claro— creer que no era aquél, de ninguna manera, un okapi.]

Afuera, llovió un poco. Pasó la lluvia y cayó la noche. De golpe y tibia, que así anochece en Kinshasa a fines de noviembre. Viene siendo hora de cerrar algún trato, que luego hay que volver al centro en fula-fula.

Me decanto por una talla pequeña, potente y tremenda, repescada de uno de los costales: un cautivo arrodillado. Dolorosamente maniatado tras la espalda, está amarrado al poste del suplicio por cuello y cintura. En la lengua –bien visible– arde la sed (a los castigados por el fimbu, infame chicote de nervio de hipopótamo que hacía imperar el orden colonial, se les dejaba atados, expuestos a los rigores del sol...) La fatiga se ensaña con los hinchados ojillos. De treinta centímetros de altura y unos siete de diámetro en la base, la estatuilla fue escarbada con innegable maestría y dramatismo, por manos anónimas, en un tronco de madera rojiza, durísima, pesada. Bienaimé, formado como artista, aprueba. Coincide en que se trata de «una pieza fuerte». Es fea. Inobjetable. E inobjetablemente fea. Y definitiva: cierra, en una nota de resignado horror, un escalofriante episodio de inhumanidad y martirio. Parece, sí, un souvenir ad hoc para llevarme de estas tierras poderosas, tierras sin razón ni justicia.

Algunos billetes cambian de mano. Peco –¡qué se le va a hacer!– de generoso. Dikisenga lo sabe y agradece. Con mis dólares férreamente apresados en el negro puño, me obsequia un guiño –hoy por mí, mañana por ti–, y una inmensa sonrisa. Me entrega, para que me lleve, la máscara con franjas bicolores y expresión de sorpresa ante la cual me viera vacilar.

Ya de salida, revuelvo en una bandeja de llaveros, chapas, botones de casaca, monedas, dedales, plumas estilográficas y baratijas varias. Encuentro una curiosa condecoración dorada, de aquellas con que Mobutu Sese Seko, en su rol de Padre de la patria, premiaba a sus hijos: en el haz, dos nítidos perfiles bantúes, una pareja idealizada; en el envés, «República de Zaire. Medalla al mérito conyugal.»

La muestro, y André Dikisenga asiente. Me la echo al bolso. Es perfecta para condecorar a mi mujer, quien me tolera los viajes a lugares inciertos, y el cuestionable botín con el que a veces vuelvo.

Autor >

Alain-Paul Mallard

Escritor, coleccionista, fotógrafo, viajero, cineasta, dibujante, Alain-Paul Mallard (México, 1970) es autor de 'Evocación de Matthias Stimmberg', 'El don de errar' y 'Nahui versus Atl' y miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte - FONCA, México. En su filmografía destacan las películas 'Evidences' y 'L'adoption'. Enseña la escritura y dirección del cine documental. Tras dieciocho años de vida parisina, radica hoy en Barcelona.

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  1. Alain-Paul Mallard

    Un breve descargo sobre el comercio de pangolines Bien que pinte yo las cosas con una ligereza que parece rayar en la indolencia, el tema del tráfico de fauna salvaje es serio y, en el caso particular del pangolín, de extrema gravedad: tiene el doloroso y terrible honor de ser el mamífero más traficado del mundo. El 16 de enero del año en curso, según reportó el New York Times, las autoridades de la aduana portuaria de Hong Kong decomisaron, en un barco procedente de Nigeria, ¡nueve toneladas de escamas de pangolín! Se estima que costaron la vida a unos 14,000 pangolines africanos. Al pangolín lo pierde su singular coraza: las escamas se destinan al mercado negro de la medicina tradicional china, en la que —sin duda por su potencial simbólico de «protección»— se les aducen propiedades curativas. También se trafica intensamente con la carne, servida en China y Vietnam como un refinadísimo manjar. Desde el 2016, las ocho especies de pangolín están cobijadas por el estatuto más estricto de la CITES (Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres): prohibición total en el comercio internacional. Se lo suplico, ¡no coma usted pangolín asado ni pretenda sanarse el riñón con sus escamas!

    Hace 1 año 9 meses

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