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Un malentendido

A propósito de la muerte de Peter Hamm

Ignacio Echevarría 12/10/2019

<p>Libros apilados.</p>

Libros apilados.

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Cuando, en 2011, a propuesta Cecilia Dreymüller, me invitaron desde el Goethe Institut de Madrid a participar en una mesa redonda que contaba con la presencia estelar de Peter Hamm, acepté sin pensármelo. Por esas fechas, el único libro de Hamm traducido al español era Crítica de la crítica, que no es propiamente un libro de su autoría, sino un volumen colectivo coordinado y presentado por él, donde incluye una contribución suya. El título original del volumen era Kritik / Von Wem / Für Wen / Wir? (‘Crítica / De quién / Para quién / Cómo’), y había sido publicado por Hanser Verlag en el emblemático año de 1968. En España lo publicó Barral en 1971, en la colección “Libros de Enlace”. 

Aún conservo –profusamente subrayado– el librito, de poco más de 150 páginas, en el que participaban diecisiete escritores y críticos de habla alemana de muy distinto pelaje. Algunos hablaban a partir de sus experiencias como críticos en el campo de la literatura, de la de la música, de las artes plásticas y de las artes escénicas; otros hacían consideraciones más generales sobre la función social de la crítica y cuestiones de orden teórico. Apenas uno, entre los colaboradores del volumen, podía aspirar a ser conocido en España por un lector común: el narrador, ensayista y dramaturgo alemán Martin Walser, si bien por aquellas fechas era todavía un principiante. Todos los demás –editores de periódicos y revistas, profesores universitarios, ensayistas, críticos y recensionistas más o menos profesionales– eran, y siguen siendo, autores casi del todo ignorados por estos pagos, al menos fuera de los círculos especializados. A pesar de lo cual, desde que cayó en mis manos (muchos años después de haber sido publicado, todo sea dicho), y sobre todo partir de que empecé a dedicarme yo mismo al reseñismo, el librito al que me refiero pasó a formar parte de mis lecturas más frecuentadas a la hora de reflexionar sobre cuestiones relativas al oficio.

Cuento esto porque, cuando los del Goethe Institut me plantearon la posibilidad de conocer a Peter Hamm y de conversar con él sobre la crítica, me entusiasmó la perspectiva de contrastar con él algunas de las ideas y de las convicciones que ese viejo librito había fomentado en mí. Muchas de ellas permanecían tan vivas y tan vigentes en mi cabeza, que no reparé en el dato flagrante de que el librito había visto la luz 45 años antes de ese encuentro con Hamm, cuando él era apenas treintañero, en un horizonte cultural y político –el de 1968, nada menos– completamente distinto al de 2011. Hube de reparar en esto durante nuestra mesa redonda en el Goethe Institut, a medida que mi entusiasmo dialéctico chocaba con la estupefacción, la contrariedad y la educada reserva del pobre Hamm, que se veía reclamado e interpelado con argumentos sostenidos y amparados por él mismo hacía casi medio siglo, de los que se había distanciado en muy variable medida, en ocasiones hasta el más neto rechazo.

Confieso la decepción que sufrí aquel día, decepción que se fue atenuando conforme iba cobrando conciencia de mi ingenuidad. Cómo podía pensar yo que ese hombre distinguido y cultivado, excelentemente relacionado, autor de una extensa bibliografía y de varios documentales (dedicados a algunos de los más importantes escritores de la actualidad), guionista de cine, conductor de afamados programas culturales de la radio y la televisión, miembro de los más prestigioso jurados literarios, vicepresidente de la Academia Alemana de Lengua y Literatura... cómo podía pensar, repito, que, casi medio siglo después, ese hombre mantuviera posiciones tan combativas como las que sostenía en el librito al que me vengo refiriendo, muchas de ellas en la órbita de la crítica cultural marxista en su versión frankfurtiana o, más concretamente, adorniana. La verdad es que me tenía bien merecida la paciente y escandalizada perplejidad con que el bueno de Hamm me miraba mientras yo me empeñaba en retrotraerlo a esas posiciones abandonadas por él mismo hacía tanto.

Lo cual no me priva de escribir aquí –a la orilla de los muy merecidos homenajes que, con motivo de su reciente fallecimiento, vienen tributándosele en Alemania– que no cambiaría los sin duda elegantes, cultos y atinados ensayos publicados posteriormente por el mismo Hamm en torno a Nelly Sachs o Ingeborg Bachmann, en torno a Robert Walser o Fernando Pessoa, en torno a Hermann Lenz o Gerhard Meier o Arnold Stadler, en torno a Thomas Bernhard o Peter Handke, por ese librito editado en su juventud contestataria.

Hablo prejuiciosamente. No he leído ninguno de esos ensayos. No por falta de interés –me encantaría leerlos, sin duda–, sino porque, desdichadamente, no leo alemán. Estoy convencido de que son estupendos. Que volcarían nuevas luces sobre mis impresiones y mis juicios en torno a todos esos autores. Que aprendería un montón con su lectura. Pero en mi personal concepción de la crítica, de su función, de sus lacras y de su horizonte de expectativas, el librito de 1968 ha jugado para mí un importante papel catalizador de ciertas ideas que sigo suscribiendo, razón por la que siento hacia él una querencia muy particular, una adhesión casi incondicional, reflejo sin duda de un razonable sentimiento de gratitud y de deuda.

Quisiera glosar aquí algunas de esas ideas. Para no extenderme más de la cuenta, me remitiré únicamente, y de modo muy somero, a las que ponía en juego el mismo Hamm, primero en la presentación del volumen y luego en el extenso artículo con que contribuyó al mismo. Constituirá mi particular homenaje a una figura que me inspira el mayor respeto, infundido sobre todo por la apasionada admiración que hacia ella siente mi amiga Cecilia Dreymüller, de cuyo exigente criterio me suelo fiar.

El texto de presentación escrito por Hamm para el librito de marras se titulaba, muy elocuentemente, “Necesidad de la crítica”. En él comenzaba por constatar la creciente desconfianza hacia la crítica y los críticos –desconfianza que en el medio siglo transcurrido desde entonces no ha hecho más que incrementarse, dicho sea de paso–, y se formulaba las preguntas que tantos lectores siguen haciéndose cuando, al abrir un suplemento cultural, constatan que hay unos señores o señoras (de momento, muchos más señores, todavía) dispuestos a afirmar, con más o menos contundencia, que tal o cual libro, pongamos por caso, resulta “convincente” o “malogrado”, que tal o cual película resulta “excesiva” o “brillante”. Me refiero a preguntas como: “¿De dónde sacarán tales personas su sabiduría, su convicción, su fe, su seguridad, su vocabulario”, “¿De quién y cómo dependen?”, “¿A quién sirven, si acaso sirven a alguien?”, “¿A sí mismos, a los editores o redactores de las publicaciones para las cuales escriben, a los lectores?”, “¿Quiénes son esos lectores?”.

Hamm fue a buscar las respuestas entre los propios interesados, los críticos. Y los escogió de muy variado espectro, pertenecientes a distintas franjas generacionales, con muy diverso grado de visibilidad. Fueron bastantes los que –sospechando del ánimo cuestionador del joven Hamm– prefirieron no colaborar. Otros, como Marcel Reich-Ranicki, enviaron sus colaboraciones pero las retiraron en el último momento, frente a los indicios de que el librito planeado entrañaba un ataque en toda regla a la crítica establecida. De este modo, aun sin pretenderlo del todo, el librito de Hamm se escoró hacia los planteamientos más radicales de los más jóvenes, por lo general, suspicaces respecto a la supuesta autonomía del hecho artístico, atentos a los condicionamientos materiales e ideológicos de la crítica. Entre ellos no faltaban los que planteaban una enmienda a la totalidad de la institución de la crítica, abogando por la rotunda renuncia a participar en sus circuitos. Fue el caso de Peter Schneider, quien declinó la participación en el librito de Hamm optando, en su lugar, por redactar octavillas de naturaleza abiertamente política. Eran otros tiempos, recuérdese.

La posición de Hamm respecto a los materiales que finalmente brindaba era netamente partidaria de las voces más inconformes. Él mismo, en su propia contribución al volumen, se dedicaba a reflexionar sobre la figura de “El gran crítico” (así se titula su artículo), impugnando casi todos los sobreentendidos en que se funda el ejercicio de su supuesta autoridad, empezando por el más dudoso de todos ellos, el de su pretendida objetividad. A este respecto, citaba un soberbio pasaje de Th.W. Adorno en su Introducción a la sociología de la música, que a muchos convendría recordar más a menudo: “La decadencia de la crítica como agente de la opinión pública no se manifiesta por el subjetivismo, sino por la atrofia de la subjetividad que se desconoce como objetividad”. Es decir: lo que invalida al crítico es su ceguera con respecto a los resortes ideológicos que operan en su propio juicio, en el sistema de valores que él defiende sin previo examen de su origen y de sus fundamentos. 

Al lado de Adorno, Hamm citaba, cómo no, a Walter Benjamin y la provocativa displicencia con que éste califica de “insensatos” a quienes lamentan la decadencia de la crítica, cuya hora, dice, “ha sonado hace ya tiempo”. Con planteamientos muy cercanos a los suyos, Hamm repasaba algunos de los conceptos más recurrentes en boca de los grandes críticos de su tiempo –objetividad, gusto, claridad, nivel, profundidad, destino, agudeza, estilo, detalle, individualidad, etc.– y, recordando a Roland Barthes, reclamaba la consideración de la crítica como “actividad” sujeta, en cuanto tal, a “una secuencia de actos intelectuales profundamente arraigados en la existencia histórica de aquel que los ejecuta y se responsabiliza de ellos”, lo cual la desasiste de toda pretensión de inmanencia, de verdad. 

Al final de su ensayo, Hamm anunciaba la inminente extinción de la especie “gran crítico” e ironizaba sobre la repetida reivindicación de la crítica como una actividad “necesaria”. Lo hacía en nombre de “un impulso revolucionario” que él mismo saludaba en las contribuciones más extremas que reunía en su librito, empezando por la suya propia.

No es de extrañar que, al verse interpelado cuarenta y cinco años después por aquellas ideas sostenidas en su momento con tanto apasionamiento, reaccionara con sorpresa y cierta alarma. Al fin y al cabo, él había terminado por ocupar –con todo el crédito, la dignidad y la decencia posibles, dicho sea en su descargo– el papel de “gran crítico”, y su propia eminencia venía a contestar, de una manera sin duda problemática, un diagnóstico acerca del cual cabe preguntarse si era errado o si, más simplemente, señalaba una dolencia incurable.

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Autor >

Ignacio Echevarría

Es editor, crítico literario y articulista.

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