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Cuando Baltimore prohibió los niños (negros) limpiacoches

Desde mediados de los ochenta, la policía ha centrado su lucha contra el crimen en la persecución de aquellos que se buscan la vida en la economía sumergida

Kaila Philo (The Baffler) 25/09/2019

<p>Un limpiador de coches en Baltimore. imagen del canal WMNAR-2 NEWS / Youtube.</p>

Un limpiador de coches en Baltimore. imagen del canal WMNAR-2 NEWS / Youtube.

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En 1982, el científico político James Q. Wilson y el criminólogo George Kelling publicaron un ensayo en The Atlantic en el que describían un nuevo método policial cuyo objetivo era frenar una supuesta amenaza. Su argumento era que “los disturbios y el crimen, por lo general, están inextricablemente relacionados”, y que, en última instancia, “una ventana rota que no se repara es una señal de que a nadie le importa, y por eso romper más ventanas no cuesta nada”. El argumento, peligrosamente simplista, sostenía que si los departamentos de policía se concentraban en comportamientos habitualmente no delictivos, podrían mantener el orden social de una comunidad y evitar de esa manera que las ciudades sucumbieran al deterioro. Lo natural, y casi inevitable, fue que las fuerzas de seguridad pública de la época de Reagan terminaran adoptando esa teoría como práctica, puesto que les proporcionaba el poder para vigilar interacciones que eran ligeramente amenazantes o, las más de las veces, sencillamente molestas para ellos en el ámbito personal.

La teoría de las ventanas rotas le pareció bien al Instituto para la Investigación Política de Manhattan, un incipiente laboratorio de ideas que surgió de las cenizas de la crisis fiscal de la década de 1970. El objetivo central del grupo, que fundaron el emprendedor británico sir Antony Fisher y el antiguo director de la CIA William J. Casey, era promover ideas de libre mercado que por entonces eran poco populares en Nueva York. Este instituto creció durante la época de Reagan y en los noventa vendía libros a las principales editoriales y elaboraba una publicación trimestral llamada City Journal. La teoría de las ventanas rotas encajaba perfectamente con su agenda: en 1991, la institución organizó una conferencia sobre vigilancia policial para mejorar la “calidad de vida” que giró en torno a las infracciones menores. Fue precisamente esa conferencia la que le dio ideas nuevas a un abogado de mediana edad llamado Rudolph Giuliani.

Por aquel entonces, Giuliani ya había perdido en 1989 unas elecciones para la alcaldía contra el demócrata David Dinkins. Fue un combate particularmente rudo, puesto que Giuliani estaba increíblemente mal preparado para hacer campaña contra el hombre que se convertiría en el primer alcalde negro de la ciudad. Al suponer que se enfrentaría al impopular titular del cargo Ed Koch, Giuliani, en las primarias, adoptó una actitud moderada que se centró en “crimen, crack y corrupción”. Sin embargo, cuando Dinkins se convirtió en un serio contendiente, Giuliani pasó a jugar sucio, e intentó equiparar al candidato negro con el candidato equivocado: en la última mitad de la campaña, publicó un anuncio en la revista en lengua yiddish Algemeiner Journal en la que yuxtaponía una foto de sí mismo con la del por entonces presidente Bush y otra de Dinkins con Jesse Jackson, quien había llamado de forma infame a Nueva York “judiolandia” en 1984. “Dejemos que la gente de Nueva York elija su propio destino”, proponía el anuncio.

Giuliani perdió por apenas 50.000 votos, pero aun así perdió. Por eso, para las siguientes elecciones a la alcaldía, basculó su plataforma hacia las ideas que propagaba el Manhattan Institute. Y funcionó: ganó las elecciones de 1993 en gran parte porque apuntó a lo que muchos consideraban el origen del deterioro de la ciudad: las prostitutas, los sintecho y, quizá lo menos recordado, lo que Dinkins fue el primero en tachar de “plaga de limpiacoches”. Este último concepto describe a esas personas non gratas de la metrópolis que se dedican a limpiar en la calle los parabrisas de los coches a cambio de una propina.

Como es sabido, ahora recordamos Nueva York como el mejor ejemplo de mantenimiento del orden policial de esa era: ciudades como Newark, Los Ángeles o Baltimore adoptaron una forma u otra de esta filosofía, que cambió por completo la manera en que los ciudadanos interactuaban con esas “personas indeseables” en sus comunidades. En definitiva, los síntomas de desigualdad racial y económica de muchas de las ciudades más grandes de Estados Unidos pasaron a considerarse el origen del deterioro urbano e incluso del caos.

Comienza el mal

Era julio de 1984 y el gobierno de Reagan llevaba más de dos años intentando reducir drásticamente la ayuda federal que se entregaba a las ciudades, una política que agudizó la desaparición de las industrias urbanas a lo largo y ancho del país. En Baltimore, los niños con bayetas limpiacristales regresaron a los semáforos para ganar un poco de dinero extra durante las vacaciones de verano, como lo llevaban haciendo desde al menos la década de 1960.

En aquella época, la periodista local Katie Gunther puso el foco en la ‘moda’ de los niños limpiacoches para el Baltimore Sun, y utilizó el ejemplo de Lionel, un niño de ocho años, que había salido a las calles para ganar “25 o 50 céntimos, o hasta un dólar o más”, durante sus largas vacaciones escolares. “Al igual que las aves de pata larga caen sobre la arena cuando retroceden las olas, y se apresuran hacia las alturas cuando regresa el agua, estos niños se precipitan sobre el paso de cebra cuando la luz se vuelve roja y se baten rápidamente en retirada cuando cambia de color”, escribió Gunther. En esta versión desenfadada, es evidente que los niños limpiaban parabrisas no porque tuvieran que hacerlo, sino porque querían hacerlo: los “jovenzuelos” aprovechaban mejor sus vacaciones que si estuvieran jugando a la rayuela, a los indios y vaqueros o buscando cuerpos muertos en las vías del tren a las afueras de la ciudad. Como ejemplo de periodismo cotidiano, la reseña de Gunther fue poco más que un inocente artículo sobre cierto suceso local. No obstante, hoy en día vale la pena preguntarse: ¿hizo la lógica de las ventanas rotas, o la guerra de Reagan contra los guetos, que los lectores se escandalizaran contra los jóvenes de la ciudad?

El de Gunther fue el único artículo que se publicó ese año sobre los niños limpiacoches, aparte de un sucinto editorial del Evening Sun unos meses más tarde que se preguntaba: “¿Por qué (no) están  más de estos niños limpiacoches en los colegios?”. El número aumentó el año siguiente: en enero de 1985, el departamento de policía de Baltimore solicitó que el ayuntamiento criminalizara por completo a los limpiacoches, y en particular el acto de limpiar los parabrisas en los semáforos por dinero, a menos que la persona en cuestión fuera el conductor o el pasajero del vehículo. ¿Por qué? “En ocasiones, si el conductor no quiere que le limpien el parabrisas, los niños le golpean la ventana o el capó del coche”, comentó un portavoz. Ya existía una ley que prohibía la venta sin permiso de productos y servicios en la calle, pero como los niños recibían propinas en lugar de pagos, la ley no podía aplicarse a los limpiacoches.

Fue Bishop L. Robinson, el primer comisario de policía negro de la ciudad, quien comenzó a impulsar que se criminalizara la práctica de limpiar los parabrisas. Sus intenciones eran tan puras como lo pueden ser las de un policía: “Lo hice pensando en el bien y la seguridad de los niños”, declaró posteriormente en el Sun. “La intención no era enviar a los niños a la cárcel”. El ayuntamiento celebró la primera audiencia el 12 de marzo, y se dio cuenta de que no sería fácil. El ayuntamiento estaba dividido principalmente en función del color: los concejales negros pensaban que los niños limpiacoches estaban sencillamente imbuidos por un espíritu emprendedor y que limpiar parabrisas era un mejor aprovechamiento de su tiempo que cualquier otro desagradable pasatiempo al que podrían dedicarse. El concejal Nathaniel McFadden, en un claro contraste con el comisario Robinson, pensó que el proyecto de ley “asignaría a los limpiadores de parabrisas el papel de delincuentes”, según un reportaje del Sun de marzo de 1985. El concejal Timothy Murphy pensaba algo parecido: “Prefiero ver a los niños limpiando parabrisas y ganando dinero de forma honesta antes que verlos robando bolsos”.

Sin embargo, los concejales blancos pensaban que la práctica era peligrosa tanto para los niños como para los conductores. La concejala Rikki Spector explicó diligentemente que no todos los niños eran angelitos y, de acuerdo al concejal Anthony Ambridge, varios habitantes de Baltimore ya habían declarado que los niños limpiacoches agredían a los conductores y a sus coches cuando rechazaban el servicio. Ellos argumentaban que la ciudad debería sencillamente encontrar empleos más seguros y más constructivos para los jóvenes.

Registrados y con licencia

El ayuntamiento no se había movido un ápice de su postura cuando el 22 de abril de 1985 se produjo la primera votación. Sorprendentemente, los once concejales blancos del ayuntamiento votaron a favor de la ley y los siete concejales negros votaron en contra. El concejal Kweisi Mfume declaró abiertamente que la ley “estaba plagada de tintes racistas”, y esto provocó que el alcalde pospusiera durante una semana el voto final, eso sí, después de haber anunciado que promulgaría la ley en cuanto estuviera encima de su mesa.

La denominada “ley limpiacoches” pretendía imponer una multa de 100 dólares (que luego se redujo a 50) a cualquiera de más de 18 años que fuera sorprendido limpiando parabrisas en la calle. La concejal Jody Landers afirmó que lo único que haría sería “tapar un hueco” en la anterior ley (la que prohibía la venta de bienes o servicios en la calle) para permitir que los niños trabajaran mientras no estuvieran pidiendo nada al mismo tiempo. Mfume se retractó de sus declaraciones iniciales y afirmó que sus electores eran los únicos que pensaban que la ley era racista. Al contrario, “esta es una ley bien intencionada del comisario, que ha afirmado que le preocupa la seguridad pública”. El viernes 26 de abril presentó un plan de siete puntos cuya intención era regular la práctica de los limpiacoches: la ciudad proporcionaría a los niños mayores de 12 años un servicio de registro, clases de seguridad, uniformes y un número limitado de horas en las que podrían trabajar sin ser multados.

Tras semanas de discusión, un comité compuesto por el comisario Robinson, el procurador municipal Benjamin Brown y Mary Ann Willin, directora del Consejo Coordinador de Justicia Penal del ayuntamiento, enmendaron la ley para que se centrara menos en castigar y más en reformar: eximía a los menores de recibir sanciones penales y en su lugar creaba unas “estaciones limpiacoches” en las que tanto los niños como los adultos podían limpiar parabrisas con impunidad. Los menores que se negaran a detener la práctica serían inscritos en un programa de adaptación previo registro, que enviaba a los jóvenes sin antecedentes penales que cometieran delitos no violentos a organizaciones comunitarias para que asistieran a una formación laboral u orientación de 90 días.

El 3 de junio de 1985, se aprobó la “ley limpiacoches” por 18 votos contra uno. Se convenció a los concejales negros para que la apoyaran gracias a las enmiendas consensuadas (algunas propuestas por el propio concejal Mfume) y en cierto modo porque no había otra opción posible; si se hubieran mantenido firmes en su negativa habrían perdido de todos modos, dado que para empezar solo eran siete concejales negros. La única persona que votó en contra fue la concejala Jacqueline F. McLean. “Tienes que tener en cuenta a la gente de negocios”, explicó de manera desconcertante. “Muchos de esos vendedores de periódicos trabajaron en esquinas durante años”.

El alcalde William Donald Schaefer promulgó la ley el 25 de junio de 1985, y estaba previsto que entrara en vigor el 25 de julio. Después de eso, cualquier niño limpiacoches que quisiera seguir trabajando tenía que recibir una formación y hacerlo únicamente en las estaciones limpiacoches. Cuatro días después de que la ley entrara en vigor, Susan Warner del Evening Sun informó de que los niños limpiacoches ni siquiera sabían de la existencia de la ley; y que tampoco les importaba.

De los estranguladores a los minidelincuentes

En la primavera de 1986, un universitario publicó un ensayo sobre los limpiacoches en la revista de narrativa de la Universidad de Loyola. El culto al limpiacoches se iniciaba con la descripción de un antiguo culto a la muerte en el sur de la India llamado los thugs [NdT: homónimo en inglés para referirse tanto a esta red de estranguladores indios como a la palabra delincuente] que recorrían el país robando y matando viajeros hasta que una campaña de la East India Company, liderada por el capitán William Sleeman, los “exterminó” en algún momento entre 1831 y 1882 (el año en que se ahorcó al último estrangulador conocido). Como pueden haber imaginado, el joven escritor utilizó la anécdota para trazar los orígenes de la palabra thug antes de utilizarla para describir el “culto al limpiacoches” propio de Baltimore, y sostener que criticar a los thugs no era racista, ya que los thugs eran, al fin y al cabo, asesinos. “Las ‘guerras de los limpiacoches’ no tienen nada que ver con la raza”, escribió Stewart. “Las víctimas no son negros desempleados o conductores de vehículos. La auténtica víctima es el automóvil estadounidense”.

El ensayo es evidentemente satírico, y el estudiante pasa la segunda mitad del mismo desarrollando su absurda tesis, hasta llegar a declarar que limpiar parabrisas “¡es un ataque contra la Constitución y el capitalismo estadounidenses!”.

Cuando se aprobó la ley, la percepción pública de los niños limpiacoches sufrió un claro descenso. Mientras que los que robaban carteras o perdían el tiempo siempre habían sido considerados como manzanas podridas entre la multitud de jóvenes precoces, el foco de la opinión pública cambió y pasó a centrarse en el problema de los “minidelincuentes”. En una ocasión, un vecino escribió al Sun para denunciar que uno de los limpiadores había rociado la cara de su hija con líquido de limpieza. “Personalmente, considero el término “niño limpiacoches” con la misma benevolencia que el término “combatiente por la libertad” cuando este se utiliza para referirse a los terroristas revolucionarios”, escribió con toda sinceridad. Más tarde esa misma semana apareció una noticia que informaba de que un limpiacoches había golpeado a una anciana con un limpiacristales. Y el sábado 3 de agosto de 1985, un conductor pasó por encima del pie de un niño limpiacoches en la calle North Wolfe. Ese mismo fin de semana, otro adolescente más fue arrestado y acusado de patear el coche de una señora que se había negado a recibir el servicio.

Sin embargo, el Departamento de Policía de Baltimore, seguro y victorioso, declaró a mediados de 1986 que la “ley limpiacoches” había funcionado. Los niños limpiacoches seguían siendo una presencia habitual en algunas zonas no autorizadas de la ciudad, pero entre junio de 1985 y abril de 1986, solo “once menores y ningún adulto han sido arrestados”, informó el Sun. “El reducido número de arrestos es consecuencia de que la mayoría de los infractores obedece las órdenes de los agentes de policía sobre suspender… su actividad”, según el comisario Robinson.

A comienzos de agosto, un niño de 14 años, Howard Bradshaw, fue atropellado por un semirremolque de 18 ruedas en la autovía Jones Falls. Era un limpiador de parabrisas que principalmente quería ganar dinero para comprar ropa, zapatos y material escolar. Ese martes 5 de agosto, tenía 200 dólares encima que había ganado solo limpiando parabrisas. Bradshaw estaba limpiando el parabrisas de un coche poco después de las nueve de la mañana cuando el camión chocó contra un coche y “atropelló al joven”. El conductor fue acusado de conducción negligente; el adolescente falleció menos de una hora después como consecuencia de las heridas múltiples. Esto supuso el fin de las guerras de los limpiacoches… por el momento.

Hipersegregación

Cuando los forasteros piensan en Baltimore, lo normal es que piensen en dos cosas. La primera es The Wire, una serie de TV que se inspira en uno de los períodos más tumultuosos de la ciudad (finales de la década de 1980 y principios de la década de 1990), cuando su creador, David Simon, cubría la sección de delitos en el Sun, años antes de que el alcalde encargado de acabar el milenio, Martin O’Malley, diera el pistoletazo de salida a un método policial de tolerancia cero, inspirado en el férreo control que Giuliani había impuesto en Nueva York. (En un momento dado, la obsesión por la sobrevigilancia policial se volvió tan extrema que un chico de 19 años fue detenido por ensuciar el portal de su tía).

La segunda cosa que recuerdan los forasteros es a Freddie Gray. El 12 de abril de 2015, varios policías en bicicleta persiguieron a este joven de 25 años después de cruzar miradas en una esquina de North Avenue. Gray fue atrapado y arrestado por posesión de un pequeño cuchillo que pensaron que era ilegal. Entre las 8:46 h y las 9:24 h, la columna vertebral de Gray terminó prácticamente rota de camino a la estación de policía del distrito oeste. A los siete días falleció. Los acontecimientos que precedieron a la muerte de Gray dieron pie a que se produjeran una serie de disturbios por toda la ciudad (de diverso tipo) que cambiaron el paisaje de Baltimore para siempre.

En un reciente artículo publicado en ProPublica, Alec MacGillis señaló que Baltimore, antes de la muerte de Freddie Gray, estaba experimentando un “repunte”. “A causa del imperio biomédico de Johns Hopkins, del ajetreado puerto de la ciudad y de su proximidad con Washington”, escribió, “la zona metropolitana de Baltimore gozaba de mayores niveles de riqueza y renta (también entre la población negra) que muchos otros polos industriales previos”. El desempleo había pasado de casi un 12% en 2010 a un 5% en 2018. Por desgracia, seguía existiendo una marcada división racial mucho antes de la revuelta. La adquisición de viviendas por parte de la población negra no había crecido como muchas personas pensaban que lo haría durante ese impulso económico, y el hogar blanco medio ganaba aproximadamente el doble que el hogar negro medio. El patrimonio neto de un tercio de los hogares de color equivalía a cero en 2017.

Una gran parte de esto se debe a la segregación. En 2016, un profesor de Morgan State llamado Lawrence Brown publicó una sorprendente visualización de datos sobre patrones de inversión, que confirmaba la marginación sistemática de los ciudadanos negros de Baltimore. “A causa de 105 años de políticas y prácticas racistas”, escribió, “los barrios hipersegregados de Baltimore experimentan realidades radicalmente diferentes”. Los barrios blancos que acumulan ventajas estructurales adoptan la forma de una “L”; los barrios negros, que permanecen en situación de desventaja, conforman una mariposa. La riqueza y los recursos siguen concentrándose de forma deliberada a lo largo de la “L”: el Charm City Circulator (un servicio de autobuses privado y gratuito) en lugar del MTA (un servicio de autobuses públicos urbanos no gratuito), oficinas bancarias en lugar de casas de empeño, tiendas de comida orgánica en lugar de tiendas de productos de descuento, escuelas públicas con buena financiación en lugar de escuelas susceptibles de ser cerradas.

Los habitantes negros de Baltimore, a pesar de representar un 63% de la ciudad, son propietarios de menos casas que los habitantes blancos de Baltimore; hay tres residentes negros sin empleo por cada residente blanco sin empleo. Los hogares negros llevan a casa solo la mitad de lo que ganan los hogares blancos; nueve de cada diez presidiarios son negros. Y, francamente, la ciudad fue diseñada así: en 1937, el Instituto de Crédito Hipotecario publicó un mapa que asignaba un color a cada barrio de Baltimore, con el objetivo de establecer una clasificación de referencia para las empresas de préstamos hipotecarios. Las zonas que estaban en rojo presentaban supuestamente mayores riesgos, y casualmente todas eran mayoritariamente negras.

Justicia para Baltimore

Fue en este contexto cuando la alcaldesa Catherine Pugh (que dimitió el pasado mayo a causa de unos pagos que recibió del Sistema Médico de la Universidad de Maryland cuando pertenecía a su junta directiva) puso de nuevo el foco sobre los niños limpiacoches. Durante el verano de 2017, formó un “cuerpo de limpiacoches”, en una iniciativa similar a la que se propuso en 1985, es decir, que funcionara sin la amenaza de arrestos. El programa reclutó a niños que ya trabajaban por su cuenta y poseían lavaderos de coches efímeros. En lugar de limpiar parabrisas por unos pocos dólares cada vez, el “cuerpo de limpiacoches” ofrecía precios fijos según el modelo de vehículo que tenían los conductores y el tipo de limpieza que desearan. El objetivo era enseñar a los chicos cómo llevar un negocio y cómo trabajar en equipo, al tiempo que se les proporcionaba un espacio seguro para trabajar. El proyecto no llegó a finalizar el año.

A comienzos de 2018, Pugh comenzó a publicar una serie de vídeos en YouTube bajo el título Movimientos del alcalde, en forma de vlogs en los que se relataba el día a día del cargo más alto de la ciudad. La primera publicación, del 11 de enero, mostraba una interacción que llamó la atención de los habitantes de Baltimore. Mientras la llevaban en coche por Druid Heights, la alcaldesa Pugh observó a un joven limpiando un parabrisas. Bajó la ventanilla y le preguntó: “¿Por qué no estás en el colegio?” El niño se quedó sin palabras y la alcaldesa repitió la pregunta: “¿Por qué no estás en el colegio? ¡Vete de esa esquina, vete al colegio, ahora mismo!”.

La escena provocó la furia en Twitter; muchas personas criticaron a la alcaldesa por satanizar a los jóvenes negros y por gestionar mal una situación que precisaba de una mayor empatía. Pugh subió la apuesta dos meses después al basar su segundo discurso sobre el estado de la ciudad en la historia del joven.

En su discurso, reveló que la madre del chico era “en realidad una vagabunda y una drogadicta”, que había puesto a la familia en contacto con los servicios sociales y que “había averiguado que había muchos otros problemas que desconocíamos”. Terminó enviando al niño a un hogar de acogida y apuntándolo a uno de los programas de trabajo juvenil de la ciudad.

Este episodio ilustra la forma en que nuestras interacciones con los niños se han vuelto tensas. El 4 de octubre de 2018, un “hombre de Maryland” afirmó que un niño limpiacoches le había roto la ventanilla por rechazar sus servicios. “Si no hacemos nada con este tipo de personas, esto volverá a suceder”, declaró en la cadena de noticias WMAR-2. Sin embargo, como explicó la reportera Justine Barron en un reportaje para el Baltimore Fishbowl, “en realidad no se han recopilado datos que describan con qué frecuencia se producen o cómo de peligrosos son estos sucesos”. También averiguó que, inmediatamente después del incidente, el hombre había tildado a los niños de “animales”, un término que no es extraño que los residentes blancos de Baltimore utilicen en Facebook para referirse a estos niños. Tras hablar con los niños, Barron descubrió que eran objeto de “frecuentes abusos verbales y acoso”. En algunos casos, los conductores salían de sus coches y daban pie a que se produjeran escenas potencialmente violentas.

Después de que el concejal Eric Costello llevara el incidente de este hombre ante el Comité de Salud Pública el 10 de octubre, la Asociación del Centro de la Ciudad anunció que colocarían guardias de seguridad sin armas en ciertos cruces para monitorizar las interacciones que se producían entre los limpiadores y los conductores. El 22 de octubre, la alcaldesa Pugh escribió un editorial en el Sun en el que anunció su última iniciativa para sacar a los niños limpiacoches de las calles, antes de meterse con ellos por estar ahí. “El problema con algunos niños limpiacoches es, por supuesto, su costumbre de concentrarse en los mismos cruces, lo que genera una preocupación comprensible e incluso miedo entre los conductores que esperan en el semáforo”, escribió. “Lo que algunos de esos que desean ganar un dólar o dos por limpiar un parabrisas no comprenden lo suficientemente bien es que no significa eso, no”. Pugh, en el editorial, enumera también algunas de las pasadas iniciativas que había impulsado para acabar con la práctica de limpiar parabrisas en las calles. Además del “cuerpo de limpiacoches” (afirmaba que ocho de los chicos ganaban más de 700 dólares) destacaba también que algunos otros limpiacoches se habían inscrito en el programa BMORE Beautiful, que embellecía diferentes barrios de la ciudad.

Este año las tensiones han seguido creciendo: el 12 de enero, la cadena WJZ-13 informó de que una familia había tenido un altercado con un grupo de niños limpiacoches. De acuerdo con el padre, Jon Coles, uno de los chicos había golpeado la ventanilla del conductor cuando él rechazó el servicio. Salió del coche y le golpearon en la cara y en la cabeza antes de que rociara a los chicos con spray pimienta y se marchara. Los chicos no han sido identificados y solo podemos imaginar lo que pensaban que Coles les iba a hacer.

Es un negocio peligroso, pero es simplemente un negocio demasiado lucrativo. Muchos chicos prefieren ganar 200 dólares al día limpiando parabrisas que vendiendo drogas.

Muchas de estas cosas son de dominio público entre los residentes de Baltimore porque están a la vista. Lo ves cuando pasas por barrios gentrificados, por una universidad y por casas adosadas vacías, todas ellas situadas en la misma carretera, o cuando no puedes subirte al autobús Circulator porque te encuentras un poco demasiado al este. Después que los cuerpos de seguridad del Estado adoptaran métodos policiales de mantenimiento del orden como el de las ventanas rotas, aquellos que se encontraban en situación de desventaja económica o de vulnerabilidad decidieron utilizar medios de fácil acceso que les permitieran ganar dinero para poder sobrevivir. Y cuando eres un niño, sobrevivir no solo significa comer lo suficiente para vivir, sino también ganar suficiente para acudir al colegio cada día. Mientras tanto, el ayuntamiento adopta con demasiada frecuencia iniciativas antilimpiacoches para poder controlar a los chicos, cuando claramente son ellos las víctimas de las políticas municipales.

El método policial de mantenimiento del orden sigue utilizándose hoy en día, aunque su eficacia es cuestionable. Por ejemplo, en Newark, las relaciones entre la policía y la comunidad se han desintegrado como consecuencia de la llegada de las “citaciones judiciales azules” (por delitos menores) que saturan de multas sobre todo a los barrios con bajos ingresos. Nueva York, por su parte, experimentó un marcado descenso en las tasas de criminalidad después de que se implementara su política en la década de 1990: homicidios, atracos y robos de coches disminuyeron en más de un 60%. Como es lógico, hoy en día sabemos que este fenómeno estaba más relacionado con el dinero que con la teoría. En 2002, los economistas Hope Corman y Naci Mocan utilizaron argumentos convincentes para afirmar que unas mejores condiciones económicas proporcionaron a los neoyorquinos menos motivos para cometer delitos. Al final resulta que lo mejor que puedes hacer con las ventanas rotas es arreglarlas, algo que supone un apropiado preludio para el acto de limpiarlas.

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Kaila Philo es una escritora que vive en Washington D.C., donde trabaja como becaria editorial en el Washingtonian Media. Escribe principalmente sobre cultura, tecnología y bellas artes, y publica una columna mensual en Full Stop.

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Este texto se publicó originalmente en The Baffler.

Traducción de Álvaro San José.

Autora >

Kaila Philo (The Baffler)

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