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TRIBUNA

Ellos dicen mierda, nosotros amén

El cambio, de venir, vendrá por fuera del sistema de partidos: desde el cielo de Europa y de una crisis que se anuncia; o desde el subsuelo de la desafección que puede convertirse en indignación

Emmanuel Rodríguez 18/09/2019

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Algo debe de ir mal –francamente mal– cuando la clase política se fuerza por cuarta vez a repetir unas elecciones que seguramente darán unos resultados bastante parecidos a los del actual Parlamento. La magia de la representación, para ser eficaz, requiere de momentos puntuales y escasos. Estos consisten en esa suerte de ritual semisacro que algunos llaman la “fiesta de la democracia”. Si el ritual falla, si por algún casual el voto no se convierte en gobierno, la magia se muestra como un burdo artificio y los sacerdotes –esto es, la clase política– como meros charlatanes. 

En efecto, nuestra democracia lo es por consentimiento, el mismo que ejercemos mediante el voto y por el que elegimos, de forma casi ciega, a quienes nos gobiernan durante cuatro largos años. Con el voto ocurre lo mismo que con la pregunta “¿me quieres?”. Repítela dos veces y fuera de contexto, y de la magia sólo quedará la propensión neurótica y obsesiva de la inseguridad propia y del deseo de posesión del otro.

Con razón el CIS, en su barómetro de julio, mostraba el punto de mayor descrédito de la clase política hasta la fecha. Los políticos figuran como segundo problema del país apenas después del paro. Hartazgo, descrédito o rechazo, la encuestas del CIS nos ofrecen indicios escasos, pero seguros, de la desafección de la sociedad española. La perplejidad es enorme: pongan al lado de su aburrimiento político la pluralidad de opciones disponibles. Hoy podemos votar de todo: centristas y constitucionalistas convertidos en vengadores de las afrentas a España, independentistas de la República de los 30 segundos, pijos-de-toda-la-vida que hablan contra la migración, el globalismo y la oligarquía al tiempo que no invitan a sumarnos a la “resistencia”, guapos figurines de corazón neoliberal que se visten de socialdemócratas, conservadores cargados de corrupción que basculan entre las viejas glorias del imperio y la vuelta al centrismo, neocomunistas de nomenklatura y dacha, jóvenes turcos de la soberanía social que sonríen contentos con el pan bajo el brazo que la abuela trae siempre en forma de operación inmobiliaria, etc. Con semejante paleta de colores, la industria de la representación tendría que funcionar mejor. La crisis de nuestra democracia debe tener un origen distinto al de la opciones de voto.

Recordemos brevemente lo que nos ha llevado hasta aquí, y que ya podemos leer con más desarrollo y matices en muchos otros artículos. Sánchez no llega a acuerdos. No llega porque, siendo como es de izquierdas pero responsable, no se fía de sus socios preferentes en la campaña electoral, Podemos. No se fía porque dice que quieren un “gobierno dentro del gobierno”, porque Iglesias es artero y malo, porque no se sabe qué harían con Catalunya. Sánchez estaría mucho más cómodo con C’s, los del “centro”. 

Pero el problema es que Rivera está solo. Ha hecho todo lo posible por estar solo. Se despejó el camino de “intelectuales” como los Nart o los de la Torre, apartó a su “cerebro” Garicano y se rodeó de los “del casting”: los chicos y chicas del aplauso, que como el propio Rivera, deberían haber limitado su papel al de bellas bolitas de tela y trapo en manos de los que verdaderamente saben. Al cortar lo hilos con quienes marcaban el guión, en ningún otro partido se ha producido de forma tan acusada ese proceso de selección negativa que caracteriza a la política moderna. En el último momento, y ante la inminencia de la convocatoria de elecciones y de su previsible debacle electoral, Rivera promete un gobierno de centro. Seguramente ya tarde.

Por su parte, Iglesias ha renunciado a la verdadera oferta del PSOE: dar su votos a cambio de nada. En su imaginación (quizás solo en ella), Podemos en el gobierno significaba un gigantesco desplazamiento tectónico del régimen. La orografía resultante mostraría, por primera vez desde la transición, el verdadero valor de Estado de una roca plutónica genuinamente de izquierdas: asentado en el gobierno y por sus propia virtudes, Podemos solo podría crecer y consolidarse en su vocación de gobierno. 

Iglesias también está solo. Todos los estrategas de Podemos caben hoy cómodamente frente a una chimenea de una casita en la sierra de Madrid

Ciertamente, Podemos siempre ha sido un partido prisionero de sus propias premisas (las del tándem Errejón-Iglesias), esto es: que la política es tocar poder o no es nada, que el método es el marketing y la comunicación, que no merece la pena pensar a medio plazo y que todo lo que incordie (movimientos sociales, corrientes internas, pluralismo, etc.) debe ser pulverizado. Iglesias, por eso, también está solo. Todos los estrategas de Podemos caben hoy cómodamente frente a una chimenea de una casita en la sierra de Madrid. La opción obvia de haber condicionado la investidura a unas cuantas medidas de urgencia y haber construido una oposición eficaz frente a un gobierno débil y condenado a lidiar con la crisis no entraba en las cabezas de Podemos, porque sencillamente tampoco les ofrecía más papel que el de observar y apoyar a todo ese incordio que ya no se reconoce en su partido.

Respecto a las dos derechas del PP, la de Estado y la de los condottieri de la ultra España, apenas se puede decir que en el guión presente solo les queda el papel de “centrarse” y prepararse para un ciclo posterior. Pasado el susto que a una parte de la sociedad le produjo el fuego de artificio catalán, este tiempo no parece ser el suyo.

Schumpeter explicaba que la democracia es un sistema competitivo y oligárquico en el que distintas élites luchan por el voto de una clientela básicamente inepta (por falta de información) y estúpida (por una excesiva impronta de las pasiones en lo que debería ser una meditada decisión racional). Nada como una gota de pensamiento reaccionario para echar algo de luz: al menos los conservadores temerosos de Dios (y del pueblo) tienen la virtud de no engañar, ni tampoco engañarse. 

Las élites en competencia se han mostrado demasiado ineptas a la hora de explotar y manipular los símbolos con los que a su vez se diferencian

El problema actual, y la razón de la crisis, es que ninguna de las dos premisas de Schumpeter se cumplen hoy en día. Las élites en competencia se han mostrado demasiado ineptas a la hora de explotar y manipular los símbolos con los que a su vez se diferencian y mantienen la eficacia de eso que llamamos representación. De otra parte, nosotros, la masa aborregada de votantes, hemos dejado de identificarnos y confiar en esas mismas élites, incluso después de que nos hayan multiplicado las opciones disponibles.

La escalada teatral de la política española tiene mucho que ver con esta desafección de fondo, con esta falta de credibilidad de la clase política. La velocidad a la que ésta quema símbolos y construye problemas es vertiginosa: ruptura democrática, luego renovación democrática, ni derechas ni izquierdas, luego muy de izquierdas y muy de derechas, independencia de Cataluña, República(s), reinvención del nacionalismo español, reinvención de la socialdemocracia, emergencia de la ultraderecha, etc. Tal ha sido el vértigo en la innovación coreográfica que ya no parece posible que nos sorprendan con algo nuevo. 

No obstante, conviene ser prudentes en relación con la crisis de representación y del sistema de partidos. El agotamiento y el descreimiento respecto a los partidos dará lugar seguramente a más abstención y a una reafirmación del voto negativo (votar para que no lleguen otros considerados peores), pero de momento a nada más. La fortaleza del sistema de partidos reside en última instancia en su pobreza ecológica. A su lado, como en un bosquete de eucaliptos, los partidos no toleran nada con capacidad de crecer. Valga decir que los grandes cambios políticos de estas décadas se han producido por oleadas de movilización popular que no tenían ningún arraigo institucional: como las jornadas de marzo de 2004 o sobre todo el 15M en 2011.

Por esta razón, agotadas las vías de reforma interna del sistema por medio de la multiplicación de opciones, en noviembre, a muchos les parecerá razonable la vuelta a lo viejo conocido. En eso confían Sánchez y Casado. La gran innovación simbólica de esta campaña puede ser la de no innovar nada. La oposición entre nuevos y viejos partidos se quiere constituir en la gran clave de las elecciones de noviembre. Y aquí la ventaja de los viejos reside en dos aspectos. Los nuevos se han demostrado demasiado volubles e imprudentes, poco fiables y consistentes, excesivamente ideológicos y faltos de seriedad. Por su parte, los viejos arrastran todo lo conocido. Pero a pesar de la corrupción, de su servilismo a los poderes reales y de su mendacidad en ocasiones ilimitada, tienen algo que da seguridad en épocas de incertidumbre. Son fiables en un sentido. Tienen algo que los nuevos no tienen: una identificación medular con el Estado. Si el PP no ha colapsado es por los abogados del Estado y la inmensa cantidad de cuadros y cargos de que dispone hasta el último nivel territorial. Lo mismo vale para el PSOE. 

En estas nuevas elecciones, los viejos partidos parecen querer demostrarnos que son capaces de resistir a los escándalos de corrupción, los líderes mediocres y las crisis económicas más agudas. Si hay alguna esperanza de cambio en los próximos meses no la esperen en el terreno electoral. Desde luego no la esperen en alguna minúscula operación Errejón-Carmena, que no se producirá. El cambio, de venir, vendrá por fuera del sistema de partidos: desde el cielo, de Europa y de una crisis que se anuncia; o desde el subsuelo, de una región subterránea en la que en ocasiones la desafección se convierte en otra cosa llamada indignación. 

Como decía la Polla Records, “ellos dicen mierda, nosotros amén”. O no.

Autor >

Emmanuel Rodríguez

Emmanuel Rodríguez es historiador, sociólogo y ensayista. Es editor de Traficantes de Sueños y miembro de la Fundación de los Comunes. Su último libro es '¿Por qué fracasó la democracia en España? La Transición y el régimen de 1978'. Es firmante del primer manifiesto de La Bancada.

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4 comentario(s)

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  1. Roberto

    No se puede olvidar al 8M que también está cargado de mucho valor simbólico. Y, recientemente y afortunadamente, de las huelgas globales por la situación de emergencia climática. También están cargadas de valor simbólico del que puede que aún no seamos capaces de ser conscientes, pero la terquedad del propio clima se acabará imponiendo a nuestra ineptitud.

    Hace 1 año 6 meses

  2. Javier López de Guereña

    "Y me excluyen de sus "ego te absolvo" y me excluyen de su Jerusalén, cuando rinda por fin mi último polvo tendré que decir "¡mierda!" donde hay que decir "amén". (Javier Krahe, "Los siete pecados capitales". 1987) La canción reseñada de La Polla Records es de 1990.

    Hace 1 año 6 meses

  3. andres juan

    amen

    Hace 1 año 6 meses

  4. Maribel R.

    Brillante columna... Me gusta especialmente el final, ya que curiosamente coincide con la vuelta de La_PollaRecords a los escenarios... A mi, con que nos agiten, revitalicen y mineralicen a fuerza de poesia punk en vena para resucitar la indignación me vale. Salve Regina, mater misericordia !

    Hace 1 año 6 meses

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