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Homenaje a Ascensión Mendieta

“¿A tu padre también le han matado?”

Willy Veleta 18/09/2019

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Algunas de las últimas palabras que pronunció Ascensión Mendieta se las dijo a la enfermera que la estaba sedando casi por última vez:

– ¿A tu padre también le han matado? –le preguntó mientras le colocaba una vía.

La enfermera siguió su camino por los pasillos del hospital sin entender nada.

Esa pregunta resume 80 años de una ‘enfermedad’ que machacó a Ascensión cada día de su vida, ese sentimiento injustificado de culpa que le produjo abrirle la puerta a los verdugos de su padre en la primavera de 1939.  

– La frase que mi madre más repitió en su vida la decía siempre suspirando y casi sin que nadie se diera cuenta: ¡Ay, papá! –cuenta la familia el día de su entierro.

Papá era Timoteo Mendieta. Un carnicero de Sacedón (Guadalajara), que dejaba a deber a los que no podían pagar. Era presidente de la UGT local en esos años 30 en una España que empezaba a “bostezar”, como dijo el poeta, pero seguía sufriendo muchas miserias. Cuando comenzó a escasear la comida y sólo los ricos podían permitirse comprar carne, Timoteo tuvo que cerrar su pequeño negocio porque los ricachones no iban a ir a comprar a la tienda de un ‘rojo’. Ya estaba marcado y seguramente sentenciado.

La República daba sus últimos coletazos y, con 42 años, Timoteo fue llamado a filas para incorporarse a las milicias que defendían Madrid de la ira de los sublevados y sus aliados italianos y alemanes. El padre de Ascensión hacía aún la instrucción cuando las tropas de Franco entraban por la Castellana y por Princesa. No había pegado ni un tiro, como recalca siempre su familia.   

En esos días de abril, a su mujer, María Ibarra, le llega un rumor: Timoteo ha muerto.  María prepara un hatillo con algo de ropa y comida y se dirige a pie hacia la capital, a la zona de Canillas, donde está destinado su marido. Ese mismo día Timoteo realiza el mismo camino (115,3 kilómetros) pero en dirección contraria, va hacia su pueblo para encontrarse con su familia. En algún momento debieron cruzarse, pero no se vieron. Quienes le recibieron fueron sus siete hijos. Ascensión era la mayor. Con 13 años, cuidó de todos mientras su madre iba en busca de un marido al que creía muerto.

Cuando aún descansaba del viaje, de la guerra, del estar señalado, a la casa de los Mendieta llegan dos hombres. Les abre la puerta Ascensión.  Para ella, son dos gigantes, uno uniformado, otro un vecino de toda la vida, un traidor que no soporta que Timoteo fie a los pobres. Ascensión llama a gritos a su padre. “Mi papá se está echando la siesta”, se disculpa.  

“Manos arribas, está detenido”, es la orden que escucha Timoteo mientras baja las escaleras. Una orden que gritan bocas con rostro torcido y armas cargadas… 

Ahí nació la culpabilidad que Ascensión cargó desde ese 1939 hasta su muerte hace unos días: “Yo le abrí la puerta a los verdugos de mi padre”. Sentencia repetida cada día de su vida, una vida dedicada a estar ahí para los demás, para sus hijos, su familia, sus vecinas, pero sin olvidar nunca la tapia del cementerio de Guadalajara.

– ¿A tu padre también le han matado? ¡Ay, papá!

A papá le acusan de auxilio a la rebelión. Cuando su mujer, María, llega a Sacedón, Timoteo ya está en la cárcel de Guadalajara, la antesala del paredón. Un pelotón de fusilamiento acabaría en ese otoño con su vida y la de otras 49 personas, casi todas por ser de la UGT. 

Uno de los dos verdugos a los que abrió la puerta Ascensión se apellidaba Alique (años después se arrepentiría de delatar a Timoteo). Ya en democracia, su hijo fue alcalde del PSOE durante muchos años.

Tras el asesinato, la familia Mendieta decide huir a toda prisa a Madrid por miedo a más represalias, para empezar de cero. Son ya 10 personas, se han unido otros familiares. La ciudad a la que llegan es la capital del brazo en alto, del ocultar la vida pasada, del negar a los familiares que habían defendido a la República. Asunción y los suyos se hacinan en una sola habitación, el dinero que llevaban en el hatillo de María no daba para más.

Ascensión, que había dejado la escuela tras el golpe de Estado del 17 de julio, entra a trabajar como sastra para ganarse la vida, aunque su vida siga siendo reencontrarse con su padre, “aunque sea con un huesito de mi padre”.

El día de su boda con Francisco Vargas, el segundo hombre de su vida, Ascensión quiere depositar su ramo de novia donde cree que puede estar enterrado su padre, en una zona olvidada del cementerio de Guadalajara, llena de montones de tierra, escombros y cientos de tumbas anónimas. En esos años, la década de los 50, quienes habían perdido la guerra y querían homenajear a sus muertos no se la jugaban, tiraban las flores por encima de la tapia, esperando que cayeran donde tal vez se hallaba la fosa común de sus familiares fusilados. Ascensión se niega. Pregunta al encargado del cementerio, mete su cabeza por una portezuela, pide entrar a depositar el ramo en un lugar impreciso, pero la echan con cajas destempladas. “Que lo tire por encima de la tapia como todo el mundo”, le gritan.   

Ascensión se vuelve a Madrid con el ramo, como volvió su madre a buscar a su padre. Empieza a urdir mil planes para recuperar el cuerpo de “papá”.

Tras décadas de idas y venidas, de meter la nariz donde no la llamaban… con cuatro hijos que criar, la llegada de la democracia abre una ventana al optimismo. La ‘modélica’ Transición no incluyó, sin embargo, que Ascensión ni nadie pudiera desenterrar a sus muertos. 

Ascensión tuvo que esperar a sus 88 años para subirse a un avión e ir a Argentina. Y allí, aunque no estaba previsto, se levantó y surgió su suspiro: “¡Ay, papá!”. 

– Solo quiero que me entierren junto a un hueso de mi padre, le dijo a la jueza Servini. 

– No te preocupes que lo conseguirás, le respondió la magistrada.

Su tesón, su lucha, no quedó ahí… Ascensión siempre quiso que todos los cuerpos desperdigados por esa geografía española conquistada a golpe de máuser, bombas incendiarias y granadas de mano, fueran exhumados. “Todos tienen el mismo derecho”.

Cuando hace dos años por fin recuperó los restos de su padre en la fosa 1 del Cementerio Civil de Guadalajara y logró enterrarlos en el de la Almudena (Madrid), Ascensión cambió el “¡Ay, papá!” por un “tanto tiempo sin verte, padre querido”.

En el momento en el que los operarios del cementerio cerraron con extrema delicadeza la sepultura, cercana a la de Marcelino Camacho, Ascensión sujetaba un clavel rojo y se secaba las lágrimas con un pañuelo diminuto.  Alguien gritó “gracias por luchar”. Y sí, Ascensión, gracias por luchar.

Este martes 17 de septiembre enterramos a Ascensión, en la misma sepultura que su padre, con otra bandera republicana. Nadie gritó, nadie dijo nada. Ni siquiera nadie se arrancó a entonar el Canto a la libertad de Labordeta, como en el entierro de Timoteo. Ya no estaba Ascensión, nos habíamos quedado huérfanos. 

“A veces te imagino libre de verdad, cumpliendo tu destino de felicidad. Ninguna pena adentro, ni una soledad.  Y es tanto ese deseo que parece real.  Aprender la lección de la historia debe ser no perder la memoria. Te busco en los que sueñan y los que te dan.  Eternamente todo sin echarse atrás.  La gente más sencilla la que sabe amar, y aún tiene el coraje para no callar. Aprender la lección de la historia… nunca más”, sonó, cuando ya nos marchabamos del cementerio, en un altavoz que llevaba Emilio Silva, el presidente de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica. Nunca más, de Teresa Parodi y León Gieco, se llama la canción que algunos cantamos en susurros. “A mi madre le hubiera encantado este momento”, agradecieron los hijos e hijas de Ascensión. A todos se nos cayó una lágrima pensando en ella.

Un pequeño núcleo de personas incapaces de soltarle la mano a Ascensión nos dejamos adoptar por los Mendieta y nos fuimos de merienda-cena a su terraza preferida, a la que solía ir a tomarse una clarita y picotear “un poco de todo”.

“Al llegar a casa, siempre me preguntaba ‘¿esta noche qué te hago?, ¿tortilla, croquetas, albóndigas?”, recordó Aitana, su nieta, de los días que vivió con ella. “Hacía eso y tejerme un suéter o dos, o un pañuelo para que no cogiera frío en la garganta”.

Durante 80 años, Ascensión se dedicó a recuperar a su padre, “aunque sea un huesito”. En sus ratos libres, tejía, cocinaba, sacaba de apuros a la gente. Igual que su padre, al que le habían matado… por adhesión a una de las cosas más bonitas que hay en el mundo, la rebelión.

–––– 

P.D.:  Gracias a Ascensión durante las exhumaciones de 2016 y 2017 en Guadalajara se lograron recuperar los restos de 49 fusilados más, además de Timoteo.  No debemos olvidar que en ese mismo cementerio hay, sin embargo, una pradera a la que fueron arrojados más de 900 hombres y mujeres republicanos. En España quedan por encontrar 114.226 desaparecidos por la represión franquista. Necesitamos muchas más Ascensiones Mendieta.

Autor >

Willy Veleta

Willy Veleta viene de otro planeta, de hecho ha tenido jefes tan variopintos como Ted Turner, Juan Pablo II, ZP, Paolo Vasile, Pedro Piqueras, José María Carrascal, Pedro J. Ramírez, Antonio G. Ferreras, Juan Luis Cebrián, Coca Cola y ahora Miguel Mora. Nunca ha aceptado tomarse una paella con Martínez Pujalte ni con ningún político pero todos le tratan como el novio que su hija siempre quiso tener.

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1 comentario(s)

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  1. Isabel López Ribera

    Muchas gracias por este bonito homenaje. Hay que seguir. Saludos desde México de una española que lleva 20 años aquí pero que sigue muy de cerca lo que pasa en España aunque esté muy adaptada a mi nuevo país.

    Hace 1 año 10 meses

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