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Hasta el cuello (III)

“No están solos”

Los inmigrantes que reconstruyen las ciudades estadounidenses afectadas por desastres naturales tratan de organizarse para hacer frente a los abusos de sus contratadores

Álvaro Guzmán Bastida 28/08/2019

<p>Una montaña de escombros tras el paso del huracán Michael por Panama City.</p>

Una montaña de escombros tras el paso del huracán Michael por Panama City.

Sammy Mayo Jr

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Con el estómago lleno y los bolsillos vacíos, Melvin regresa al parking de la ferretería. Por allí, bajo un sol que ya abrasa, quedan apenas un par de decenas de jornaleros rezagados. La mayoría ha encontrado trabajo en algún tejado o cuneta cercana. Otros, ya en sus coches, se guarecen resignados a un día en blanco. No así Melvin. El padre de familia hondureño se mueve con comodidad lejos de la piña de trabajadores migrantes que suele haber por donde él para. “Donde hay muchos latinos escasea el trabajo y abunda la policía”, suele decir. “Yo en este país prefiero andar solo”. Por eso apenas nadie sabe de su rutina diaria de baño en la playa. Y por eso cada noche suele estacionar su coche en el parking trasero de la ferretería, mientras el resto de los trabajadores se agolpa en una esquina del aparcamiento principal del establecimiento, presas fáciles para las redadas de la policía migratoria. A la una del mediodía, Melvin encuentra su ansiada soledad haciendo el movimiento opuesto, como los mediocentros inteligentes a los que le gusta ver jugar a fútbol: busca el centro de la explanada en la que se asienta el aparcamiento expuesto por sus cuatro costados a varias carreteras adyacentes y a los rayos UVA que abrasarían cualquier nuca indefensa al instante. Se coloca un sombrero de tela blanca tipo cowboy y arranca a caminar en pequeños círculos, buscando establecer contacto visual con el conductor de cualquier coche con la ventanilla a medio bajar. Su apuesta por no pasar inadvertido da frutos casi instantáneos.

Apenas cinco minutos después de reubicarse, Melvin ve aparecer por el rabillo del ojo un coche que se mueve torpe, zigzagueante, hacia él. Duda un momento. No es una de las camionetas que acostumbran a pasar a recoger trabajadores, sino un deportivo. ¿Será el de un policía de paisano? El piloto mira a ambos lados, visiblemente nervioso, antes de dirigirse a él y guardar las gafas de sol. Melvin lo escudriña y parece respirar tranquilo: en Panama City no hay policías árabes. “Hola”, dice en voluntarioso español antes de volver al inglés áspero, de erres marcadas y eses resbaladizas. “¿Sabe usted levantar escombros? Necesito alguien que haga un trabajo. Le puedo pagar ciento cincuenta dólares por unas horas de esfuerzo, pero antes de aceptar quiero que venga a ver de qué se trata”.

 “¿Paga hoy mismo?”, responde Melvin, con los ojos abiertos y brillantes como dos lunas llenas.

“Sí, claro. En cuanto termine el trabajo. Suba al coche y le llevo a verlo”.

Ahmed, palestino apátrida descendiente de refugiados, nació en Jordania, pero lleva casi toda su vida en Estados Unidos. Estudió Economía en Texas, donde le tocó sufrir un sinfín de insultos racistas e islamófobos, antes de trasladarse hace dos décadas a Panama City. Allí fundó una pequeña empresa familiar de atención médica a domicilio para personas mayores, fértil nicho en una ciudad llena de jubilados y carente de servicios sociales públicos. Su sede está a apenas trescientos metros del aparcamiento de los temporeros. Para cuando el huracán devastó la ciudad, tenía 300 empleados y más de 5.000 pacientes. “Perdone que esté nervioso”, le dice a Melvin antes de bajar del coche. “Me han contado lo de las redadas. Es una lástima que tengamos que escondernos así de la policía. Ustedes ofrecen trabajo y nosotros lo necesitamos. ¿Tan difícil es?”

Dispuesta en forma de rectángulo abierto hacia uno de sus lados, la decrépita sede de la empresa de Ahmed reabrió casi seis meses después del huracán, aunque sigue funcionando a medio gas. Las heridas del desastre aún no han cicatrizado en su estructura. A escasos metros de la fachada, dificulta el paso un poste de ocho metros de altura que sostenía el cartel del anuncio de un restaurante de comida rápida. Apenas han vuelto a ingresar un par de las decenas de ancianos residentes que había en las habitaciones de una de las alas del edificio. La guardería del extremo opuesto sigue cerrada. El techo de la sala de rehabilitación aún está agujereado, cubierto con un plástico para no dejar pasar el agua de la lluvia mientras llega el dinero del seguro para arreglarlo. Afuera, el césped que bordea el complejo es un atajo de calvas y matojos, salteadas por montañas de escombros. Es ahí donde necesitan a Melvin.

Ahmed le da un paseo por el perímetro de la sede de la empresa. Se va deteniendo ante las pilas de escombros y la vegetación muerta. “Hay que quitar todo esto”, explica. “Tengo un rastrillo y unas escobas grandes. La idea es limpiarlo todo, dejar el césped libre. Luego veremos si hay que replantarlo”. Le señala una segadora de pie, de las que se utilizan para repasar las esquinas. “Cuando llegue a los bordes, junto a la calzada, tiene que podar los matojos y el césped alto con esto. ¿Cómo lo ve?” Melvin asiente y se ajusta el sombrero. “How much time? ¿Cuánto tiempo” pregunta en su inglés deslavazado. “Lo que usted necesite”, responde Ahmed. “Trabaje a su ritmo para hacer bien el trabajo. Le voy a traer un par de botellas de agua. Por favor, refrésquese. Cuando termine, avíseme y le pago”.

Melvin se pone manos a la obra. Avanza unos pasos y se encorva para retirar un puñado de ramas secas. Las mete en un cubo de basura de plástico con ruedas. A escasos dos palmos, empuja con el rastrillo un puñado de escombros y los mete en una bolsa. Vuelve sobre sus pasos para acercar el cubo, los escobones y la segadora. Se aproxima a un bordillo, apoya la máquina en el suelo y la sujeta contra el pecho, haciendo fuerza con las piernas para sostenerla. Cuando tira de la cuerda para arrancarla, un intenso olor a gasolina y un ruido taladrante dominan la escena. Durante las próximas cuatro tórridas horas, repetirá la operación una y otra vez en intervalos de dos o tres minutos: agacharse para recoger escombros, barrer piezas más grandes, arrimar el cubo, amontonar y descartar un puñado de ramas, arrancar malas hierbas, alcanzar el rastrillo, recortar hierbajos con la segadora... Es un trabajo arduo, exigente para las caderas, el cuello y la espalda. Lo tendrían que hacer tres o cuatro personas, no una. Pero supera con mucho a la más habitual alternativa de subirse a lo alto de una casa con una escalerita sin andamio ni arneses, a dejarse la espalda reponiendo un tejado. A las seis de la tarde, Melvin ha terminado el trabajo. Ahmed le felicita y le entrega los ciento cincuenta dólares prometidos, una pequeña fortuna para lo que se estila en la economía de la reconstrucción. “Buena suerte”, le dice. “Le pasaré a buscar si necesitamos más trabajo”.

Melvin se apea de su Hyundai bajo los abedules que rodean un aparcamiento, cerca de donde ha pasado la noche. Se apoya contra el capó, estira la espalda y cierra un instante los ojos. Cae sobre sus párpados la luz cobriza de una puesta de sol enturbiada por unos hoscos nubarrones. Saca del bolsillo trasero el fajo de billetes que le han entregado hace un rato. Los separa en dos montoncitos. “Me guardo veinte para mí”, susurra. “Para mis gastos. Los otros ciento treinta van para Honduras, para Ever y Melvin Onán”. Cuando reúna quinientos dólares, los mandará a Honduras para que su mujer los administre y siga manteniendo a los dos hijos de ambos. “Ellos sí tienen techo. No como uno. Yo les compré un terrenito con mi trabajo y construí una casa. Tienen internet para poder estudiar. Van a un colegio bueno. El mayor quiere ser doctor”.

Cuando apenas ha podido tomarse un respiro y terminar la operación de contabilidad de su empresa unipersonal, le suena el teléfono móvil. Es un mensaje de Daniel Castellanos, adalid del sindicato en ciernes. Le recuerda que la reunión empieza en veinte minutos. Melvin copia la dirección del café elegido para el encuentro y la pega en la aplicación de navegación del teléfono. Vuelve a ponerse al volante y gira la llave. El motor chirría resentido. Vuelve a intentarlo. No arranca. Melvin repite la operación una y otra vez. No hay manera. Se dispone a abrir la cubierta del motor, pero justo entonces se desata una tormenta prodigiosa. Llueve con rabia y sopla un viento arremolinado. Melvin se apresura a cobijarse dentro del coche. “No voy a llegar a la reunión”, masculla. La lluvia se ha apoderado de todo. Apenas se ve más allá del cristal. Junto a sus ruedas, se han acumulado tres dedos de agua en un par de minutos. El viento menea amenazante el liviano vehículo. De pronto, uno consigue imaginar cómo debió de ser aquel apocalipsis de octubre. Cuando los elementos conspiran en el noroeste de Florida, la vida humana y sus vicisitudes se antojan insignificantes. Melvin mantiene la calma y marca el teléfono de un amigo hondureño. “Josué”, le dice. “¿Sigues por Panamá? Necesito que vengas a ayudarme. Estoy aquí donde el parking del Home Depot. Se volvió a joder el carro”.

A cuatro kilómetros de distancia, en la calle principal del desvencijado centro de la ciudad, la trastienda de un agradable café con muebles de segunda mano, paredes de ladrillo visto y ciertas ínfulas hipster hierve como trinchera de cábala del sindicato de los insindicables. Unas 50 personas abarrotan la sala.  En su mayoría son hombres jóvenes centroamericanos y de México, pero también hay afroamericanos, y alguna que otra mujer, entre ellas dos con bebés en brazos. Hay más personas que sillas, de manera que en las esquinas de la sala se agolpan trabajadores de pie. Otros han decidido sentarse en el suelo. La mayoría luce rostro demacrado tras un largo día de trabajo. En las paredes de la sala, cuelgan cartulinas en las que Cynthia Hernández, la artífice de la implantación de la organización en Florida, ha dibujado los contornos de los diferentes estados en los que ha habido desastres naturales en los últimos años, junto al nombre del desastre y el año en el que se produjo.

Ayudado por la traducción simultánea, Saket Soni, el cabecilla de la Alianza Nacional de Trabajadores Huéspedes pelea con el cansancio de sus interlocutores, la mayoría desconocidos curiosos ante el desembarco de la organización, tratando de llamar su atención. “¿Quiénes de ustedes estuvieron reconstruyendo Nueva Orleans después del Katrina?” Se alzan casi todas las manos. “Les voy a pedir que se pongan de pie y se sitúen debajo del cartel en el que aparece el desastre en el que trabajaron”. Los asistentes obedecen entre risas, y de pronto la esquina opuesta al lugar desde el que habla Soni se atiborra de gente. “¿Y quién estuvo en las nevadas de Lake Storm, en Buffalo, en 2006?” Un puñado levanta la mano y Soni les instruye para que se sitúen debajo del cartel correspondiente. “¿Y en los tornados de Alabama, Arkansas y Virginia en 2011? ¿Y en el de Joplin, Misuri? ¿Alguien estuvo en las inundaciones de Colorado en 2013? ¿Y en 2015 en las Carolinas? ¿O en el Matthew en Georgia en 2016? ¿O en el Harvey en Houston en 2017?”. El ejercicio provoca el efecto de tener al medio centenar de asistentes circulando por la sala y, figuradamente, por una geografía estadounidense agujereada por catástrofes naturales como un queso gruyère. Para cuando termina, no hay nadie en la sala que no haya pasado por al menos dos estaciones. La mayoría han circulado por cinco o seis. “Desgraciadamente, estos desastres son cada vez más frecuentes. Y aunque todos se produjeron igual, las recuperaciones no lo son”. Los asistentes asienten para sus adentros, masticando el mensaje de Soni. “Ustedes son la fuerza que hace que este país siga adelante. Mírense. No están solos”.

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Álvaro Guzmán Bastida

Nacido en Pamplona en plenos Sanfermines, ha vivido en Barcelona, Londres, Misuri, Carolina del Norte, Macondo, Buenos Aires y, ahora, Nueva York. Dicen que estudió dos másteres, de Periodismo y Política, en Columbia, que trabajó en Al Jazeera, y que tiene los pies planos. Escribe sobre política, economía, cultura y movimientos sociales, pero en realidad, solo le importa el resultado de Osasuna el domingo.

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