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Bill de Blasio, postureo progresista

La fracasada política de vivienda del alcalde de Nueva York es una advertencia: guardáos de quienes dicen luchar por los trabajadores con soluciones que solo enriquecen al sector privado

Robin-Kaiser Schatzlein (The Baffler) 21/08/2019

<p>Bill de Blasio participa en 2016 en el desfile alternativo de San Patricio, All Parade en Sunnyside, Queens.</p>

Bill de Blasio participa en 2016 en el desfile alternativo de San Patricio, All Parade en Sunnyside, Queens.

Marcela

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A finales de agosto de 2017, Bill de Blasio fue entrevistado en dos ocasiones por Chris Smith, del New York Magazine. El célebre alcalde “progresista” de Nueva York, cuya gigantesca figura corona un cabezón cuadrado que lo hace fácil de transformar en un muppet, se presentaba a su reelección. En el transcurso de la entrevista, de Blasio realizó algunos comentarios que inflamaron a los medios de comunicación de la derecha. Cuando se le preguntó qué se interponía en el objetivo de su anterior campaña, destinada a reducir la desigualdad salarial, respondió:

“Lo más difícil ha sido la manera en que nuestro sistema legal está estructurado para favorecer a la propiedad privada. Creo que la gente de esta ciudad, sea cual sea su procedencia, querría tener un gobierno de la ciudad capaz de decidir qué edificio va a qué sitio, cuál será su altura, quién vivirá en él, cuál será el alquiler. Creo que hay una suerte de impulso socialista… que [los ciudadanos] querrían que este tipo de cosas estuviesen planificadas de acuerdo a sus necesidades. Y yo también lo querría.”

De ser leída en otro contexto, parecería como si de Blasio estuviese acariciando un kaláshnikov fuera de cámara, preparándose para la revolución popular. Pero este discurso incendiario estaba salpimentado por evasivas que emocionarían a cualquier persona de consenso: “Por desgracia, lo que se interpone son cientos de años de historia que han elevado los derechos de propiedad y riqueza hasta el punto de que esta es la realidad que determina muchas promociones inmobiliarias”. ¿Y qué respondió cuando se le preguntó si su decisión de rechazar varias invitaciones para visitar las oficinas de JP Morgan debería colmar de miedo los corazones de la mimada comunidad empresarial? ¡Que por supuesto que no! “He tenido muchas reuniones con líderes del sector”, aclaró, “y les he dado con frecuencia las oportunidades para implicarse más en la cuestión de la desigualdad salarial y una vivienda accesible.” El alcalde terminó diciendo que una intervención gubernamental como las del New Deal en el mercado de la vivienda “no estaba a nuestro alcance por ahora.” ¡Qué alivio! Fox News y The National Review pueden tranquilamente desatrancar la puerta protegida con el sofá y devolver el equipo antidisturbios al armario.

En un plan hecho público meses después de asumir el cargo, de Blasio prometió dedicar 41 mil millones de dólares para crear o retener doscientas mil unidades de vivienda asequible

Estos días Bill de Blasio vuelve a estar de campaña. Esta vez, en una desafortunada carrera a la presidencia, emprendida posiblemente por aburrimiento y nada más. Su programa descansa en buena medida en su defensa de los trabajadores. De Blasio mencionó la cuestión de la vivienda en aquella entrevista de 2017 porque sabe que es el punto de partida de la desigualdad salarial: se ha demostrado que la desigualdad en la vivienda es uno de los principales factores de la desigualdad económica en general. Y además es una cuestión nacional: el alquiler asequible es escaso para la mayoría de trabajadores en todo el país, desde Kittery (Maine) hasta Long Beach (California). Pero como alcalde de la ciudad de Nueva York, que tiene una población mayor que treinta y ocho estados, su apoyo pasivo a los ineficaces mecanismos de mercado ha dejado el mayor problema de la ciudad sin resolver. Aunque la campaña presidencial de de Blasio es vista por muchos como una farsa, tiene mucho que decirnos sobre el imaginario de candidatos como él.

La crisis de la vivienda en Nueva York ha sido clasificada por Michael Greenberg, en un reportaje para The New York Review of Books, como una emergencia humanitaria. Esto no es culpa de Bill de Blasio. Su predecesor, el multimillonario Michael Bloomberg, transformó, a propósito, la ciudad en un patio de recreo de lujo con la esperanza de tentar a un sector de los movedizos flujos de capital a asentarse aquí. Si Rudy Giuliani se obcecó con reducir el crimen, Bloomberg lo hizo con inflar los precios de la mercancía más valorada de Nueva York: el suelo. Lo consiguió, en parte, recalificando más de 11.000 manzanas de la ciudad. Como explica Samuel Stein en su libro Capital City, “las recalificaciones de Bloomberg, a pesar de su descomunal escala, no han de confundirse con un plan exhaustivo; eran, más bien, una abdicación de una planificación del mercado.” En estas recalificaciones se mezclaban las que hacían subir el valor de la zona y lo contrario. De este modo, Bloomberg escogía, como escribe Stein, “qué partes de un barrio defender y cuáles destruir.” Dependiendo de cómo, una recalificación puede llevar a reducir o limitar la densidad urbana, lo que puede ser bueno para los propietarios que buscan conservar su barrio tal y como es, pero en su sentido contrario puede ser una ganga para los promotores inmobiliarios, que ven cómo pueden construir edificios más grandes, con más viviendas que generen rentas.

La mayor parte de las recalificaciones de Bloomberg se aprobaron en barrios pobres. Muchos argumentaron que serían beneficiosas para los vecinos, ya que la ampliación del parque atenuaría los precios. Pero incluso la responsable de planificación de la alcaldía de Bloomberg,  Amanda Burden, admitió después que esta lógica, tan simple como elegante, había fracasado. Había pensado que si la ciudad “mantenía un aumento constante de la oferta… los precios se reducirían.” Sin embargo, “los precios no cayeron para nada.” La recalificación puede aumentar el número de viviendas, pero no lo hace a un precio determinado. Como otras administraciones anteriores, Bloomberg utilizó el llamado Programa de vivienda inclusiva (Inclusionary Housing Program) para conquistar las objeciones de los vecinos. Este programa anima a los promotores inmobiliarios a incluir viviendas asequibles en sus edificios de lujo a cambio de una mayor densidad en la construcción. De manera parecida, el 421-a (ahora conocido como Programa de vivienda asequible de Nueva York) premiaba a los promotores inmobiliarios con generosas ventajas fiscales.

Además de confiar en la buena fe de los promotores inmobiliarios, estos programas estaban plagados de lagunas legales y muchos otros problemas. Por empezar por algún sitio, permitían con frecuencia a los promotores construir sus viviendas asequibles en otro lugar en un barrio diferente o simplemente pagar a un fondo. Más significativo todavía, la definición de “asequible” de este programa vivienda inclusiva estaba basada en el llamado salario medio por área (AMI por sus siglas inglesas) que en la ciudad de Nueva York tiene un sesgo ascendente porque incluye los ricos condados de Westchester, Rockland y Putnam. Así la definición de asequible se calculó para una vivienda con el 80% del AMI; en 2017 esta cifra giraba en torno a los 68.720 dólares anuales, o 22.000 dólares más que el salario medio por hogar en la ciudad. Además, las recalificaciones ocurren con frecuencia en barrios con salarios medios inferiores, lo que significa que esta relajación de la definición ha inundado los barrios pobres con viviendas para una clase media móvil, dejando casi nada para los trabajadores que ingresan de 20.000 a 40.000 dólares al año. Incluso si la definición de asequible no estuviera amañada, el tipo de vivienda de lujo que se construye a menudo dispara los precios en estos barrios, exacerbando la gentrificación. El simple rumor de una recalificación puede causar un frenesí especulador, haciendo aumentar los precios antes de que se construya siquiera algo. Y además hasta el año 2015, los residentes de las viviendas asequibles con frecuencia eran segregados de los residentes que pagaban el precio de mercado completo, ya fuesen excluidos del acceso a los patios, o, en el caso del chic edificio de Manhattan que instaló una “puerta para pobres”, separada para los inquilinos de  las viviendas asequibles, excluidos incluso de entrar a través de la entrada principal.

La principal herramienta de de Blasio para abordar la crisis habitacional fue más o menos la continuación del legado de Bloomberg que tanto satisfacía al mercado

De Blasio entró en el ayuntamiento en 2013 empujado por una ola de resentimiento hacia las políticas de la era Bloomberg. En un plan hecho público meses después de asumir el cargo, prometió dedicar 41 mil millones de dólares para crear o retener doscientas mil unidades de vivienda asequible. Como escribe Stein en Capital City, el rasgo más importante de su plan era la llamada Vivienda inclusiva obligatoria (MIH), que obligaría a los promotores inmobiliarios a incluir un cierto porcentaje de viviendas asequibles en sus nuevas construcciones, aunque solo en el suelo que ya había sido recalificado. Aunque este nuevo programa dio a los promotores la opción de construir un porcentaje menor de unidades a un precio muy inferior al AMI (40%), también les permitió, en algunos casos, cumplir los requisitos construyendo edificios para viviendas con el 115% del AMI. Como ocurrió con el programa de vivienda inclusiva anterior, el MIH permitió asimismo que algunas de las viviendas asequibles se construyesen en otro lugar. Así, la principal herramienta de de Blasio para abordar la crisis habitacional fue más o menos la continuación del legado de Bloomberg que tanto satisfacía al mercado. La ciudad continuaría animando a los promotores inmobiliarios a dejar caer edificios de lujo, feos y fuera de contexto, en barrios pobres a cambio de incluir viviendas que de asequible sólo tenían el nombre.

Así pues, no debería ser una sorpresa que de Blasio se presente como un apasionado progresista y al mismo tiempo haya contratado a un grupo de expertos compuesto de genios del mundo empresarial en su gabinete, como la antigua teniente de alcalde para vivienda y desarrollo económico Alicia Glen, una alumna de Goldman Sachs. Cuando Vice le preguntó por el creciente descontento populista hacia la implacable recalificación en 2015, Glen contestó que “el motivo por el que hay tanta gente enfadada es que se les ha condicionado a tener miedo al cambio. No me gusta que la tintorería cambie de dueño. Me saca de quicio porque he conocido a esta gente durante años. Me pone de los nervios. No me gusta el cambio. Pero el cambio es inevitable y cómo se da forma a ese futuro es increíblemente importante, a diferencia de dejarse simplemente llevar por él. Porque eso es lo que viene.” Eh, vosotros, tontainas, se os ha lavado el cerebro para haceros creer que queréis que vuestros barrios sigan siendo accesible. ¡Seguid el programa! Las declaraciones de Glen estaban teñidas del mismo conformismo –a regañadientes, pero aceptándolo– frente al capitalismo global que caracterizó a buena parte de la administración de Bill Clinton.

Peor aún, a finales del año pasado de Blasio anunció NYCHA 2.0, un nuevo plan de vivienda pública para compensar un gigantesco déficit presupuestario y que incluye la privatización de muchos de los elementos del sistema de vivienda pública de Nueva York, entregándoselos al mercado. De Blasio está respondiendo a una crisis real: la vivienda de protección oficial en todo el país, incluyendo el NYCHA, se encuentra en un estado ruinoso porque el Gobierno federal ha estrangulado su financiación durante al menos los últimos cuarenta años. Pero su administración ha ofrecido muy pocas resistencias a la hora de abandonar el NYCHA. Su primera presidenta de NYCHA, Shola Olatoye, llegó en una ocasión a preguntar a los periodistas: “¿Podemos utilizar… el sesgo de la administración [Trump] hacia el sector privado y la desregulación para ayudarnos [a construir más viviendas]? Por descontados, debemos hacerlo.” Olatoye ha defendido abiertamente la desregulación de la vivienda pública. ¿Era la defensa del capitalismo del desastre parte del plan de de Blasio todo este tiempo?

La crisis habitacional se expresa a las claras en la explosión de la población sin techo en Nueva York, que ahora excede las 63.000 personas, muchas de las cuales, como de Blasio reconocía en la entrevista con ‘New York Magazine’, son trabajadores pobres y familias

Sea como fuere, la crisis habitacional se expresa a las claras en la explosión de la población sin techo en Nueva York, que ahora excede las 63.000 personas, muchas de las cuales, como el propio de Blasio reconocía en la entrevista con New York Magazine, son trabajadores pobres y familias. El 76% de los neoyorquinos no quiere que de Blasio se presente a la presidencia. En vez de estar intentando resolver los problemas intratables de los trabajadores de la ciudad, va arrastrándose por Iowa.

De Blasio no ha conseguido detener la oleada de gentrificación que ahoga a las comunidades y corroe el sustento de la gente a la que prometió apoyar. Una parte significativa de su fracaso tiene que ver con limitaciones políticas que no controla, pero también hablamos de un casero de dos propiedades que recibe donaciones de grupos inmobiliarios y que una vez se describió como un “activista progresista y conservador fiscal.” Sin duda, ello indicaría que no es del todo honesto acerca de los principios que le mueven. Incluso si de Blasio no estuviera mintiendo sobre sus intenciones, ciertamente ha malinterpretado sus capacidades. Podría haber recalificado al menos unos pocos barrios acomodados –como, pongamos por caso, Park Slope, al que favorece– para distribuir de manera equitativa las cargas del desarrollo inmobiliario, o aliviado la congestión de precios invirtiendo en un parque de vivienda pública, o presionado al Gobierno federal para que cancele las deducciones por intereses hipotecarios, el crédito impositivo que continúa inflamando la desigualdad económica subsidiando innecesariamente la vivienda en propiedad. Pero su capacidad política decrece incluso más cuando surge una crisis.

Es más, parece no tener los pies en la tierra como para darse cuenta. En 2017, cuando Chris Smith le preguntó por qué no tenía un porcentaje de aprobación más alto, de Blasio se mostró molesto. “Cuando pienso en cómo la criminalidad ha bajado estos cuatro años y han subido los datos de matriculados y licenciados, cuando hay más trabajos que nunca en nuestra historia, pienso, guau, no hay ningún candidato en ningún sitio que no quisiese algo así”, dijo, “no te sorprendería que hubiese desfiles en su honor en las calles.” ¿Así, pues, por qué la gente no ha pedido que se declare el Día de de Blasio? Pues bien, fue reelegido en 2017 con un porcentaje de participación históricamente bajo (sólo el 8,5% de los habitantes votó por él). Teniendo en cuenta lo irascible y combativo que se muestra en las entrevistas, de Blasio aparece como ese soltero que una vez y otra “dice lo primero que le pasa por la mente” y luego se sorprende que nunca pase de la primera cita.

Cuando una activista de los derechos de los sin techo se encaró recientemente a de Blasio durante sus ejercicios rutinarios en el YMCA de Park Slope, este le respondió que no iba a hablarle en el gimnasio: para este político profesional del siglo XXI, unos estiramientos y los ejercicios de cardio aparentemente tienen más importancia que hablar con los votantes en público. De haberse tomado de Blasio la molestia de hablar con esta activista de los derechos de las personas sin techo –como muchos de los candidatos demócratas contra los que compite en las primarias– no habría tenido mucho que ofrecerle. El fracaso de de Blasio en la cuestión de la vivienda es una parábola y, en última instancia, una advertencia: guardáos de quienes declaran que están dispuestos a enfrentarse a los ricos y luchar por los trabajadores si sus “soluciones” políticas recurren a mecanismos que únicamente enriquecen al sector privado con dudosos incentivos. Los intereses empresariales tienen a la política estadounidense tan agarrada por el cuello, desde hace tanto tiempo, que la asfixia ha terminado por provocar ceguera. Los mecanismos de mercado, la privatización y la desregulación no son soluciones. Hay otros instrumentos, y mejores, en la caja de herramientas. Por desgracia, parece que políticos como de Blasio no son capaces de encontrarlos. Y eso es porque de Blasio nunca fue un revolucionario que fuese por ahí arrojando bombas en nombre del progreso, sino, simplemente, alguien que se limita a interpretar bien a uno.

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Este artículo se publicó originalmente en inglés en The Baffler

Traducción de Ángel Ferrero.

Autor >

Robin-Kaiser Schatzlein (The Baffler)

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