1. Número 1 · Enero 2015

  2. Número 2 · Enero 2015

  3. Número 3 · Enero 2015

  4. Número 4 · Febrero 2015

  5. Número 5 · Febrero 2015

  6. Número 6 · Febrero 2015

  7. Número 7 · Febrero 2015

  8. Número 8 · Marzo 2015

  9. Número 9 · Marzo 2015

  10. Número 10 · Marzo 2015

  11. Número 11 · Marzo 2015

  12. Número 12 · Abril 2015

  13. Número 13 · Abril 2015

  14. Número 14 · Abril 2015

  15. Número 15 · Abril 2015

  16. Número 16 · Mayo 2015

  17. Número 17 · Mayo 2015

  18. Número 18 · Mayo 2015

  19. Número 19 · Mayo 2015

  20. Número 20 · Junio 2015

  21. Número 21 · Junio 2015

  22. Número 22 · Junio 2015

  23. Número 23 · Junio 2015

  24. Número 24 · Julio 2015

  25. Número 25 · Julio 2015

  26. Número 26 · Julio 2015

  27. Número 27 · Julio 2015

  28. Número 28 · Septiembre 2015

  29. Número 29 · Septiembre 2015

  30. Número 30 · Septiembre 2015

  31. Número 31 · Septiembre 2015

  32. Número 32 · Septiembre 2015

  33. Número 33 · Octubre 2015

  34. Número 34 · Octubre 2015

  35. Número 35 · Octubre 2015

  36. Número 36 · Octubre 2015

  37. Número 37 · Noviembre 2015

  38. Número 38 · Noviembre 2015

  39. Número 39 · Noviembre 2015

  40. Número 40 · Noviembre 2015

  41. Número 41 · Diciembre 2015

  42. Número 42 · Diciembre 2015

  43. Número 43 · Diciembre 2015

  44. Número 44 · Diciembre 2015

  45. Número 45 · Diciembre 2015

  46. Número 46 · Enero 2016

  47. Número 47 · Enero 2016

  48. Número 48 · Enero 2016

  49. Número 49 · Enero 2016

  50. Número 50 · Febrero 2016

  51. Número 51 · Febrero 2016

  52. Número 52 · Febrero 2016

  53. Número 53 · Febrero 2016

  54. Número 54 · Marzo 2016

  55. Número 55 · Marzo 2016

  56. Número 56 · Marzo 2016

  57. Número 57 · Marzo 2016

  58. Número 58 · Marzo 2016

  59. Número 59 · Abril 2016

  60. Número 60 · Abril 2016

  61. Número 61 · Abril 2016

  62. Número 62 · Abril 2016

  63. Número 63 · Mayo 2016

  64. Número 64 · Mayo 2016

  65. Número 65 · Mayo 2016

  66. Número 66 · Mayo 2016

  67. Número 67 · Junio 2016

  68. Número 68 · Junio 2016

  69. Número 69 · Junio 2016

  70. Número 70 · Junio 2016

  71. Número 71 · Junio 2016

  72. Número 72 · Julio 2016

  73. Número 73 · Julio 2016

  74. Número 74 · Julio 2016

  75. Número 75 · Julio 2016

  76. Número 76 · Agosto 2016

  77. Número 77 · Agosto 2016

  78. Número 78 · Agosto 2016

  79. Número 79 · Agosto 2016

  80. Número 80 · Agosto 2016

  81. Número 81 · Septiembre 2016

  82. Número 82 · Septiembre 2016

  83. Número 83 · Septiembre 2016

  84. Número 84 · Septiembre 2016

  85. Número 85 · Octubre 2016

  86. Número 86 · Octubre 2016

  87. Número 87 · Octubre 2016

  88. Número 88 · Octubre 2016

  89. Número 89 · Noviembre 2016

  90. Número 90 · Noviembre 2016

  91. Número 91 · Noviembre 2016

  92. Número 92 · Noviembre 2016

  93. Número 93 · Noviembre 2016

  94. Número 94 · Diciembre 2016

  95. Número 95 · Diciembre 2016

  96. Número 96 · Diciembre 2016

  97. Número 97 · Diciembre 2016

  98. Número 98 · Enero 2017

  99. Número 99 · Enero 2017

  100. Número 100 · Enero 2017

  101. Número 101 · Enero 2017

  102. Número 102 · Febrero 2017

  103. Número 103 · Febrero 2017

  104. Número 104 · Febrero 2017

  105. Número 105 · Febrero 2017

  106. Número 106 · Marzo 2017

  107. Número 107 · Marzo 2017

  108. Número 108 · Marzo 2017

  109. Número 109 · Marzo 2017

  110. Número 110 · Marzo 2017

  111. Número 111 · Abril 2017

  112. Número 112 · Abril 2017

  113. Número 113 · Abril 2017

  114. Número 114 · Abril 2017

  115. Número 115 · Mayo 2017

  116. Número 116 · Mayo 2017

  117. Número 117 · Mayo 2017

  118. Número 118 · Mayo 2017

  119. Número 119 · Mayo 2017

  120. Número 120 · Junio 2017

  121. Número 121 · Junio 2017

  122. Número 122 · Junio 2017

  123. Número 123 · Junio 2017

  124. Número 124 · Julio 2017

  125. Número 125 · Julio 2017

  126. Número 126 · Julio 2017

  127. Número 127 · Julio 2017

  128. Número 128 · Agosto 2017

  129. Número 129 · Agosto 2017

  130. Número 130 · Agosto 2017

  131. Número 131 · Agosto 2017

  132. Número 132 · Agosto 2017

  133. Número 133 · Septiembre 2017

  134. Número 134 · Septiembre 2017

  135. Número 135 · Septiembre 2017

  136. Número 136 · Septiembre 2017

  137. Número 137 · Octubre 2017

  138. Número 138 · Octubre 2017

  139. Número 139 · Octubre 2017

  140. Número 140 · Octubre 2017

  141. Número 141 · Noviembre 2017

  142. Número 142 · Noviembre 2017

  143. Número 143 · Noviembre 2017

  144. Número 144 · Noviembre 2017

  145. Número 145 · Noviembre 2017

  146. Número 146 · Diciembre 2017

  147. Número 147 · Diciembre 2017

  148. Número 148 · Diciembre 2017

  149. Número 149 · Diciembre 2017

  150. Número 150 · Enero 2018

  151. Número 151 · Enero 2018

  152. Número 152 · Enero 2018

  153. Número 153 · Enero 2018

  154. Número 154 · Enero 2018

  155. Número 155 · Febrero 2018

  156. Número 156 · Febrero 2018

  157. Número 157 · Febrero 2018

  158. Número 158 · Febrero 2018

  159. Número 159 · Marzo 2018

  160. Número 160 · Marzo 2018

  161. Número 161 · Marzo 2018

  162. Número 162 · Marzo 2018

  163. Número 163 · Abril 2018

  164. Número 164 · Abril 2018

  165. Número 165 · Abril 2018

  166. Número 166 · Abril 2018

  167. Número 167 · Mayo 2018

  168. Número 168 · Mayo 2018

  169. Número 169 · Mayo 2018

  170. Número 170 · Mayo 2018

  171. Número 171 · Mayo 2018

  172. Número 172 · Junio 2018

  173. Número 173 · Junio 2018

  174. Número 174 · Junio 2018

  175. Número 175 · Junio 2018

  176. Número 176 · Julio 2018

  177. Número 177 · Julio 2018

  178. Número 178 · Julio 2018

  179. Número 179 · Julio 2018

  180. Número 180 · Agosto 2018

  181. Número 181 · Agosto 2018

  182. Número 182 · Agosto 2018

  183. Número 183 · Agosto 2018

  184. Número 184 · Agosto 2018

  185. Número 185 · Septiembre 2018

  186. Número 186 · Septiembre 2018

  187. Número 187 · Septiembre 2018

  188. Número 188 · Septiembre 2018

  189. Número 189 · Octubre 2018

  190. Número 190 · Octubre 2018

  191. Número 191 · Octubre 2018

  192. Número 192 · Octubre 2018

  193. Número 193 · Octubre 2018

  194. Número 194 · Noviembre 2018

  195. Número 195 · Noviembre 2018

  196. Número 196 · Noviembre 2018

  197. Número 197 · Noviembre 2018

  198. Número 198 · Diciembre 2018

  199. Número 199 · Diciembre 2018

  200. Número 200 · Diciembre 2018

  201. Número 201 · Diciembre 2018

  202. Número 202 · Enero 2019

  203. Número 203 · Enero 2019

  204. Número 204 · Enero 2019

  205. Número 205 · Enero 2019

  206. Número 206 · Enero 2019

  207. Número 207 · Febrero 2019

  208. Número 208 · Febrero 2019

  209. Número 209 · Febrero 2019

  210. Número 210 · Febrero 2019

  211. Número 211 · Marzo 2019

  212. Número 212 · Marzo 2019

  213. Número 213 · Marzo 2019

  214. Número 214 · Marzo 2019

  215. Número 215 · Abril 2019

  216. Número 216 · Abril 2019

  217. Número 217 · Abril 2019

  218. Número 218 · Abril 2019

  219. Número 219 · Mayo 2019

  220. Número 220 · Mayo 2019

  221. Número 221 · Mayo 2019

  222. Número 222 · Mayo 2019

  223. Número 223 · Mayo 2019

  224. Número 224 · Junio 2019

  225. Número 225 · Junio 2019

  226. Número 226 · Junio 2019

  227. Número 227 · Junio 2019

  228. Número 228 · Julio 2019

  229. Número 229 · Julio 2019

  230. Número 230 · Julio 2019

  231. Número 231 · Julio 2019

  232. Número 232 · Julio 2019

  233. Número 233 · Agosto 2019

  234. Número 234 · Agosto 2019

  235. Número 235 · Agosto 2019

  236. Número 236 · Agosto 2019

  237. Número 237 · Septiembre 2019

  238. Número 238 · Septiembre 2019

  239. Número 239 · Septiembre 2019

  240. Número 240 · Septiembre 2019

  241. Número 241 · Octubre 2019

  242. Número 242 · Octubre 2019

  243. Número 243 · Octubre 2019

  244. Número 244 · Octubre 2019

  245. Número 245 · Octubre 2019

  246. Número 246 · Noviembre 2019

  247. Número 247 · Noviembre 2019

  248. Número 248 · Noviembre 2019

  249. Número 249 · Noviembre 2019

  250. Número 250 · Diciembre 2019

  251. Número 251 · Diciembre 2019

  252. Número 252 · Diciembre 2019

  253. Número 253 · Diciembre 2019

  254. Número 254 · Enero 2020

  255. Número 255 · Enero 2020

  256. Número 256 · Enero 2020

  257. Número 257 · Febrero 2020

  258. Número 258 · Marzo 2020

  259. Número 259 · Abril 2020

  260. Número 260 · Mayo 2020

  261. Número 261 · Junio 2020

  262. Número 262 · Julio 2020

  263. Número 263 · Agosto 2020

  264. Número 264 · Septiembre 2020

  265. Número 265 · Octubre 2020

  266. Número 266 · Noviembre 2020

  267. Número 267 · Diciembre 2020

  268. Número 268 · Enero 2021

  269. Número 269 · Febrero 2021

  270. Número 270 · Marzo 2021

  271. Número 271 · Abril 2021

  272. Número 272 · Mayo 2021

  273. Número 273 · Junio 2021

  274. Número 274 · Julio 2021

  275. Número 275 · Agosto 2021

  276. Número 276 · Septiembre 2021

  277. Número 277 · Octubre 2021

CTXT necesita 15.000 socias/os para seguir creciendo. Suscríbete a CTXT

Epidemia de violaciones en los ‘colleges’

Una de cada cuatro estudiantes sufre agresiones sexuales durante el grado. El mensaje que se trasmite desde las universidades es que violar a una persona es punible de la misma forma que lo es copiar en un examen

Azahara Palomeque Filadelfia , 10/07/2019

<p>Emma Sulkowicz, alumna de la Universidad de Columbia, protagonizó una de las performances más mediáticas para denunciar <br /> su presunta violación llevando a todas partes el colchón donde en teoría se produjo el acto.</p>

Emma Sulkowicz, alumna de la Universidad de Columbia, protagonizó una de las performances más mediáticas para denunciar
su presunta violación llevando a todas partes el colchón donde en teoría se produjo el acto.

A diferencia de otros medios, en CTXT mantenemos todos nuestros artículos en abierto. Nuestra apuesta es recuperar el espíritu de la prensa independiente: ser un servicio público. Si puedes permitirte pagar 4 euros al mes, apoya a CTXT. ¡Suscríbete!

CTXT se financia en un 40% con aportaciones de sus suscriptoras y suscriptores. Esas contribuciones nos permiten no depender de la publicidad, y blindar nuestra independencia. Y así, la gente que no puede pagar puede leer la revista en abierto. Si puedes permitirte aportar 50 euros anuales, pincha en agora.ctxt.es. Gracias.

“El ático de las violaciones” –así llaman en la prestigiosa Universidad de Swarthmore, en Pensilvania, al cuarto donde presuntamente se han llevado a cabo impunemente estos crímenes durante años. Se trata del último escándalo al respecto que ha visto la luz en Estados Unidos, un país atravesado por una crisis endémica de agresiones sexuales que afecta directamente a una de cada cuatro estudiantes de grado, según datos de la Asociación Americana de Universidades y del Departamento de Justicia. En el caso de Swarthmore, las protestas de buena parte del alumnado han surgido tras hacerse públicos unos documentos pertenecientes a una de sus fraternidades, las famosas asociaciones masculinas de estudiantes conocidas por sus fiestas y escándalos sexuales. Las notas contenían comentarios de sus miembros en los que alardeaban de poseer burundanga y hacían referencias explícitas a actos de violación. El controvertido ático pertenece a una casa en la que el grupo se reunía para realizar sus actividades. Actualmente existen 305 casos abiertos por violencia sexual en las universidades de todo el país, según The Chronicle of Higher Education.

Las fraternidades, los atletas y la cultura de la violación

No es extraño encontrarse en los medios estadounidenses con noticias que informan de violaciones ocurridas en terreno universitario. De hecho, la cultura de la violación está tan arraigada en la vida estudiantil del país americano que incluso las sobrecogedoras cifras que se manejan en cuanto a crímenes perpetrados representan una nimiedad si se comparan con el 80% de los casos de violencia sexual que no se reportan, según un estudio del Departamento de Justicia. Violar, que en el contexto educativo ha sido estudiado como un acto de socialización masculina y preparación para la vida adulta, conforma el sustrato de un entramado de poder en el que participan las masivas donaciones de antiguos alumnos, el prestigio que aportan a los centros las fraternidades y los diferentes deportes de élite, así como la legislación que obliga a las universidades a investigar estos hechos a cambio de recibir financiación pública. A la hora de analizar el fenómeno, no existe una sola respuesta sino, más bien, un conglomerado de factores que lo posibilitan y lo explican a medias. Lo que sí está claro es la magnitud del problema, como ya demostrara en su día la reconocida antropóloga Peggy Reeves Sanday en su libro Fraternity Gang Rape, en el que examina las violaciones grupales ocurridas en las fraternidades. 

La obra de Sanday, que recoge investigaciones que indican cifras similares de agresiones sexuales a las de hoy desde los años setenta, enfatiza el privilegio de estos colectivos masculinos, los “frat boys”, junto al que detentan los atletas, lo cual los vuelve más proclives a la violencia de género. Ambos grupos operan con relativa independencia dentro del conglomerado universitario gracias a la afiliación a sus respectivas organizaciones, cuya influencia y presupuestos abultados suelen actuar como barrera protectora. Sin embargo, como se ha podido comprobar en casos recientes, en la era del #metoo existe cada vez mayor presión –mediática y por parte de la comunidad estudiantil– por desmontar esta intricada urdimbre que encubre o normaliza los hechos. Sólo hace falta examinar los casos más polémicos. En 2015, Brock Turner, miembro del equipo de natación y alumno de la llamada Ivy League del oeste, la universidad de Stanford, violó a una chica inconsciente junto a un contenedor de basura. La condena, seis meses de cárcel de los cuales sólo cumplió tres por no tener antecedentes penales, fue considerada insuficiente para una ciudadanía cada vez más sensibilizada con la discriminación de género y el abuso sexual. Si bien la presión popular no consiguió que se modificara la sentencia, la fotografía y el nombre de Turner se propagaron como la pólvora en las redes y el caso llegó a suscitar la compasión del mismísimo Joe Biden, antiguo vicepresidente durante las dos legislaturas de Obama y ahora candidato a las primarias con el Partido Demócrata, quien calificó a la víctima de “guerrera”. Meses más tarde se hizo público que el juez encargado de condenar a Turner, Aaron Persky, fue depuesto de su cargo en el condado de Santa Clara por votación popular. 

El ejemplo de Turner es uno de tantos en la cadena imparable de violaciones que, en muchos casos, quedan impunes pero que, cuando no lo hacen, revelan, más que un hecho aislado, la red de intereses que envuelve a sus perpetradores. La lista es larga: en 2018, el presidente de una fraternidad de la Universidad de Baylor, Jacob Anderson, fue juzgado por haber violado a una compañera tras haberla drogado, aunque en su caso la sentencia lo eximió de encarcelación y, en su lugar, le impuso el pago de una multa de 400 dólares. La condena fue más dura para tres ex jugadores de fútbol americano de la Universidad de Vanderbilt, condenados por haber violado a una alumna inconsciente a varios años de privación de libertad en sendos juicios celebrados entre los años 2016 y 2018. También era atleta Jameis Winston, el reputado quarterback de la Universidad Estatal de Florida que fue acusado de violación en 2013 por una compañera del mismo centro. Winston, ganador del premio Heisman al mejor jugador en la categoría de fútbol americano universitario, estrella de su equipo y de este deporte a nivel nacional, nunca fue juzgado, ya que el caso terminó con un acuerdo en el cual la víctima y su abogado recibieron 950.000 dólares con la condición de retirar los cargos. La suma provino directamente de la Universidad, a la que la alumna había demandado por obstruir presuntamente la investigación de la agresión con el propósito de que Winston pudiera seguir jugando. 

Lisa Wade, profesora de sociología en Occidental College, ha estudiado a fondo la cultura sexual que prevalece en las universidades de todo el país. En un artículo publicado en The Conversation, Wade explora el papel que juega el estatus de ciertos alumnos a la hora de dominar la escena sexual, entre los que destacan los atletas. Si bien estos suelen ser los más codiciados –junto a los frat boys– por muchas de sus compañeras, son también los más protegidos a nivel administrativo en caso de que cometan algún delito grave como una agresión sexual. Tras su visita a 24 instituciones diferentes, varias entrevistas y la lectura atenta de testimonios escritos, Wade concluyó que los atletas suelen tender a justificar los abusos sexuales, se identifican con modelos de hipermasculinidad y confiesan actos de agresión sexual más frecuentemente que otros estudiantes. La autora no menciona, no obstante, una industria deportiva que cada año mueve miles de millones no sólo en torno a los partidos, sino en forma de un capital simbólico que determina el número de matriculaciones, de cuyos precios abusivos depende en muchos casos la supervivencia de los centros. En el caso de las fraternidades, se produce un fenómeno análogo: como asevera Caitlin Flanagan en su extenso análisis para The Atlantic, una vez graduados, los miembros de estas asociaciones tienden a ser generosos con sus respectivas universidades, dado el sentido de pertenencia que desarrollan para con la institución gracias a la comunidad de “hermanos” de la que son parte. 

Además del poder que representan las sustanciosas donaciones, las fraternidades cuentan con sus propias casas en los campus, y estos espacios son prácticamente los únicos donde se celebran fiestas en las que se sirve alcohol en un país cuya edad legal para beber está marcada en 21 años, lo que condiciona sobremanera la vida social de una comunidad universitaria incapaz de acudir a bares u otros lugares de ocio. Por otra parte, las fraternidades constituyen motivo de adhesión y fidelidad institucional y ofrecen una oportunidad única para hacer contactos que serán clave en la vida profesional de sus miembros. Los ingredientes de ese poder casi ilimitado son relevantes para comprender una falta de supervisión de las actividades que se realizan en sus sedes y “áticos”, incluidas las violaciones, que Sanday ya identificó como un componente esencial en la construcción de vínculos entre sus miembros. Según la antropóloga, cuando estos hechos se producen de manera grupal, ayudan a establecer una complicidad entre los agresores que, de otra manera, sufrirían una intensa rivalidad en su preparación para el mercado laboral. La violación actúa así como el ritual que sella una hermandad en la que la mujer sólo sirve como objeto, normalmente para disfrazar un acto fundamentalmente homoerótico de experiencia heterosexual. La gravedad de estos ataques sobrepasa a la víctima en cuanto que está integrada en un tejido social que fomenta modelos de masculinidad violenta y los perpetúa más allá de la vida estudiantil. Si, como demuestran multitud de estudios, estas prácticas comienzan en el instituto y prosiguen más allá de la graduación, se entenderán ahora las declaraciones de un presidente, Donald Trump, que presumió de lo fácil que es disponer del cuerpo femenino cuando el hombre es “una estrella”.

El título IX: un sistema paralelo de justicia

Susan Sorenson es profesora de la Universidad de Pensilvania y directora del Centro Ortner en Violencia y Abuso. En una entrevista personal niega en redondo el hecho de que la edad legal para beber juegue a favor del poder de las fraternidades y, ante la siguiente pregunta, asegura la inutilidad de prohibir estas asociaciones para evitar casos de violación, pues sus miembros “encontrarían otra forma de organizarse”. Estas hipotéticas soluciones parecen poco efectivas a una investigadora que destaca, en nuestra conversación, el rol de las universidades en la prevención, control y gestión de los casos de agresión sexual. Sorenson se refiere al cumplimiento del título IX de la Constitución, que prohíbe la discriminación de género en instituciones educativas. Bajo esta ley, las universidades que reciben fondos federales están obligadas a documentar, informar y tomar medidas frente a casos de abuso o agresión sexual a riesgo de perder dichos fondos o enfrentarse a serias sanciones. A lo largo del tiempo, los requisitos que las universidades deben cumplir en relación al título IX se han ido modificando y multiplicando hasta representar, en la era Obama, el mayor nivel de escrutinio con respecto a épocas anteriores, todo lo cual ha contribuido a crear un sistema paralelo a la vía legal para juzgar los casos de violación pues, aunque el mandato federal proviene de la Oficina por los Derechos Civiles, dependiente del Departamento de Educación, son las propias universidades las encargadas de implementar una normativa para proteger a las víctimas. Sorenson se muestra en contra de disminuir la presión a que están sometidas las universidades a la hora de regular estos crímenes, ya que las afectadas siempre pueden recurrir a los tribunales. A su juicio, “disponer de un sistema en la universidad para ser consciente de lo que ocurrió y responder a ello puede ser beneficioso para los estudiantes”. Ésta suele ser la opinión de grupos de activistas feministas y asociaciones de víctimas, mientras que algunos representantes de fraternidades han propuesto que las universidades sólo puedan evaluar los hechos una vez que estos hayan sido debidamente procesados por la vía judicial.  

El debate sigue abierto. La administración de una justicia meramente burocrática por parte de los centros educativos podría interpretarse como un arma de doble filo. Por una parte, las universidades son capaces de proteger a la víctima con el objetivo de que ésta pueda continuar sus estudios mediante, por ejemplo, la imposición de sanciones al presunto agresor como impedirle visitar el colegio mayor de la primera; por otra parte, al no contar con los medios ni la capacidad legal para examinar lo que a todas luces constituye un delito, a menudo se cometen errores graves que son resultado de estos juicios internos liderados por personal administrativo. Abby Jackson, en un artículo para Business Insider, comenta el caso de un acusado de violación que salió indemne del escrutinio administrativo pero resultó ser, en realidad, culpable, una vez que el asunto fue llevado a los tribunales. La periodista señala además que “las universidades imponen castigos leves por incidentes atroces”, en referencia a las violaciones. Así, entre las sanciones más comunes se encuentran la apertura de un expediente disciplinario, horas de asesoramiento psicológico, voluntariado forzado, escribir una reflexión sobre lo ocurrido o, en menor medida, la expulsión del centro. El mensaje que se trasmite desde las universidades es que violar a una persona es punible de la misma forma que lo es copiar en un examen.  

Los detractores de las investigaciones internas que resultan del cumplimiento del título IX también apuntan a otro fenómeno: el hecho de que, desde la era Obama, las universidades pueden juzgar a un acusado basándose en un número ínfimo de pruebas. Esto, según han indicado multitud de colectivos –incluyendo a profesores de Harvard y la Universidad de Pensilvania– violaría los derechos de los presuntos agresores a un juicio justo, además de su presunción de inocencia. Esta postura parece ser la adoptada por la administración de Trump que, desde la llegada al Departamento de Educación de la Secretaria Betsy DeVos ha emprendido una campaña legal para proteger a los acusados de agresión sexual, relajando las normas que afectan a cómo las universidades investigan los hechos. Algunas medidas como requerir mayores pruebas para determinar la culpabilidad de los supuestos violadores o enfocarse en sucesos ocurridos dentro del campus –y no fuera pero que también afectan a estudiantes– son las propuestas más recientes. Aunque el objetivo último sea proteger al agresor, algunos medios como The Economist han celebrado los cambios y hay hasta quien considera, como Jackson, que restringir el rol de las universidades en estos casos haría un favor a ambas partes implicadas. Finalmente, es necesario considerar la maraña de intereses –económicos, pero también de prestigio– que están en juego en estos procedimientos internos donde la universidad es, al fin y al cabo, juez y parte. Son frecuentes las situaciones en que es la misma administración la que disuade a la víctima de denunciar al violador, esconde información o la falsifica para mantener su reputación intacta o evitar suprimir el flujo pecuniario  –sonada fue la condena a la Universidad de Eastern Michigan, que ocultó la agresión sexual y el asesinato de la estudiante Laura Dickinson en diciembre de 2006 hasta que hubo pasado el plazo para darse de baja como alumno con la consecuente devolución de la matrícula.  

Un problema sin solución inmediata

El ático de las violaciones fue cerrado temporalmente; sin embargo, la epidemia de violaciones masivas no muestra visos de erradicarse. Las varias décadas de cifras similares a lo largo de múltiples presidencias apuntan a un fenómeno que está asentado en los cimientos mismos de un país del que Sanday afirmó ser uno de los más propensos a que se den este tipo de crímenes. Lo que sí ha mudado, no obstante, es su tratamiento, la percepción de la desigualdad de género y el grado de visibilidad que ahora mismo ostenta la injusticia social gracias al activismo, las redes sociales y un hartazgo colectivo que está actuando como terapia de choque hasta en las mentes más conservadoras. Cada caso que sale a la luz genera protestas generalizadas que, aunque no compensan los que se desconocen, sirven para movilizar conciencias. Las propias afectadas se han convertido, en ocasiones, en voces públicas de gran impacto: Emma Sulkowicz, alumna de la Universidad de Columbia, protagonizó una de las performances más mediáticas para denunciar su presunta violación llevando a todas partes el colchón donde en teoría se produjo el acto; las entrevistadas para del documental The Hunting Ground no dudaron en ponerse frente a las cámaras para narrar las agresiones sexuales sufridas y su experiencia como expertas en la defensa del título IX; recientemente, la víctima de Broke Turner ha anunciado que sacará un libro en septiembre contando lo vivido. Sólo queda esperar que los esfuerzos por suprimir unos modelos dañinos de masculinidad tan arraigados, por desarticular la tupida maraña de intereses que los envuelve, den sus frutos muy pronto.    

CTXT se financia en un 40% con aportaciones de sus suscriptoras y suscriptores. Esas contribuciones nos permiten no depender de la publicidad, y blindar nuestra independencia. Y así, la gente que no puede pagar...

El artículo solo se encuentra publicado para las personas suscritas a CTXT. Puedes suscribirte aquí

Autora >

Azahara Palomeque

Es escritora, periodista y poeta. Exiliada de la crisis, ha vivido en Lisboa, São Paulo, y Austin, TX. Es doctora en Estudios Culturales por la Universidad de Princeton.   Para Ctxt, disecciona la actualidad yanqui desde Philadelphia. Su voz es la del desarraigo y la protesta.

Suscríbete a CTXT

Orgullosas
de llegar tarde
a las últimas noticias

Gracias a tu suscripción podemos ejercer un periodismo público y en libertad.
¿Quieres suscribirte a CTXT por solo 6 euros al mes? Pulsa aquí

Artículos relacionados >

Deja un comentario


Los comentarios solo están habilitados para las personas suscritas a CTXT. Puedes suscribirte aquí