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Tribuna

Juventud sin futuro, y también sin pasado: las falsas promesas de la meritocracia

El discurso de libertad económica desregulada reviste al mercado laboral de un tono meritocrático falaz, más relacionado con cuestiones de clase que con el hipotético talento

José Antonio Llosa (Workforall) 12/06/2019

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El J.R. Mora de hoy: "Destrucción de empleo" 

J.R. Mora

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El objetivo de cualquier investigación se resume en el análisis de las paradojas, y la juventud actual navega en una situación paradójica hiriente. La imagen de la juventud posmoderna aventurera, flexible, abierta al cambio, dinámica y creativa dibuja una fachada que oculta las aspiraciones de estabilidad y crecimiento que las y los jóvenes siguen manifestando hoy, igual que lo hacían antes. En nuestros análisis detectamos que las y los jóvenes con mayor nivel de formación son quienes viven su presente y futuro con mayor angustia y dolor. Aquí radica la paradoja, ya que la lógica meritocrática neoliberal demanda la mayor formación posible, con el consiguiente desarrollo competencial, como receta ideal para un futuro prometedor. El contraste con la realidad muestra que al rebuscar en la historia de los nuevos emprendedores rápidamente se detecta que la consecución de éxito guarda más relación con el código postal que con el CV. Al pensar en la precariedad laboral desde la óptica de la calidad de vida, encontramos que un ingrediente básico tiene que ver con las expectativas y las promesas que se quiebran –no sólo aspectos monetarios o de contratación–. Por ello, la juventud más formada se pega un batacazo mayor al descubrir que la garantía del futuro prometedor es, en muchos casos, un espejismo. El discurso de la empleabilidad, el de “quien quiere, puede”, se quiebra impactando directamente en la línea de flotación de ese pacto meritocrático. La juventud más empleable, la más prometedora, también resulta la más desesperanzada al descubrir que las promesas sobre su futuro son ya cosa del pasado.  

las y los jóvenes con mayor nivel de formación son quienes viven su presente y futuro con mayor angustia y dolor

El profesor Josep María Blanch define esta paradoja con elocuencia: “Los jóvenes millennials siguen pensando como fordistas”. La infinita diversidad de modelos familiares que se pueden construir en la actualidad poco tiene que ver con el modelo tradicional, pero en común guardan con los fordistas la necesidad de cierta estabilidad para que se puedan llevar a cabo. Cuando nos topamos con la metáfora de este profesor, vimos alumbrar una explicación sencilla para una situación compleja. Hay quien afirma que la juventud actual se encuentra en un proceso de transición entre un modelo de sociedad estable y uno líquido. Miente. Hemos de desterrar el término de transición de cualquier proceso social que haya tenido lugar en la última década. La transición, como idea, presupone cierta armonía, progresividad y consenso, y el salto entre modelos estables y flexibles de vida posee un carácter impuesto, antinatural y en cierto modo cínico. Impuesto porque la Crisis –con mayúscula– ha sido herramienta conductora para dirigir y legitimar un escenario permanente de inestabilidad, volatilidad y desigualdad. Cínico, porque el discurso de libertad económica desregulada reviste al mercado laboral de un tono meritocrático falaz, más relacionado con cuestiones de clase que con el hipotético talento. Antinatural en dos términos, ya que las personas tendemos a la estabilidad, y el cambio, cuando es racional, se caracteriza por su carácter progresivo.  

al rebuscar en la historia de los nuevos emprendedores rápidamente se detecta que la consecución de éxito guarda más relación con el código postal que con el CV

Para comprender las consecuencias personales de esta situación hemos de asumir la necesidad de estabilidad como una cualidad esencial de las personas. Entendiendo que la estabilidad, como necesidad de anclajes sociales, se antoja el único modo de encontrar un hueco en sociedad, cualquier otro modo de vida resulta vacuo. Esteban Agulló ha dedicado buena parte de su investigación a lo que denomina trayectorias vitales. Las trayectorias vitales se convierten en planes de vida al normalizarse social y culturalmente. Cuando carecen de anclajes y es materialmente imposible que la persona fije hitos realistas en su futuro, diríamos que las trayectorias vitales se hacen erráticas. Anómalas. Con toda la suerte de disfunciones psicosociales que esto supone y que la comunidad científica ha constatado reiteradamente, el mercado laboral flexible –sinónimo de precario–, ha hecho de esta anomalía generalización. Mientras los recruiters de personal preguntan a sus aspirantes dónde se imaginan en diez años, ninguno de ellos ofrece una proyección laboral a una década vista en los puestos ofertados. Entre otras cosas, porque posiblemente estas empresas tampoco existan pasado este lapso de tiempo.

Normalizar esta situación desajusta vidas y sociedades en un cisma que recorre de lo emocional a lo demográfico, repercutiendo en las pautas de consumo, acceso a la vivienda, y la salud en un sentido integral. La trayectoria tiene también un carácter finalista, ya que precisa dirigirse a algún lugar. Una noción de progreso necesariamente anclada en un marco de seguridad que permita una vida de desarrollo racional y digno. Sin embargo, el espejismo es absoluto en nuestro momento, ya que el mercado flexible genera trayectorias circulares: los trabajadores que saltan de puesto lejos de afrontar “nuevos retos” únicamente realizan nuevos intentos. 

Tras el dinamismo de la flexibilidad laboral como indicio de vida moderna, la realidad dicta que los jóvenes de entre 16-29 años en España son el grupo de edad con mayor índice de pobreza y exclusión social

Bajo esta lógica resulta fácil encontrar jóvenes de alta cualificación navegando entre empleos a lo largo del planeta con unos perfiles de Instagram excepcionales, y unas vidas completamente desarraigadas. Primero con el deseo de volver a casa, y pronto sin recordar cuál es su casa. Tras el dinamismo de la flexibilidad laboral como indicio de vida moderna, la realidad dicta que los jóvenes de entre 16-29 años en España son el grupo de edad con mayor índice de pobreza y exclusión social. Un grupo de edad sistemática y deliberadamente desatendido por las políticas públicas, ante la promesa –una más– de que recorrer la miseria de la precariedad durante la década entre los 20 y los 30 constituye la única vía para acceder al sueño fordista de la estabilidad. Una zanahoria para, entre tanto, legitimar un clima de desigualdad competitivo que nos deja maltrechos.

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Jose Antonio Llosa es miembro del equipo de investigación Workforall, Universidad de Oviedo.

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7 comentario(s)

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  1. Alberto Pietro

    <b> Interesante </b>

    Hace 2 años 3 meses

  2. Roberto Pedreiturria

    Es una discusión interesante y ciertamente reñir con buenos interlocutores es una de mis paciones. Sin embargo, debo aclarar, que no pretendo tener la razón. A mi edad, soy más socrático que sofista. Me apresuro a sentenciar que «sesgo ideológico tenemos todos». Si alguien está libre de ese pecado enorme y vulgar, que lance la primera piedra. ¿Qué es lo que no me parece bien o que me cuesta aceptar? Lo que no me parece bien es crear un argumento, con una línea propia de razonamientos, apoyándonos en un acerbo ideológico. Las ideologías no son fiables y mucho menos son matrices filosóficas. Doy por zanjado este asunto de las ideologías, porque no es el tema que nos ocupa. Si nos pusiéramos a mezclar temas, nunca llegaríamos a una conclusión razonable. Esa es una de las premisas del método científico, identificar los problemas y estudiarlos por separados, para al final integrarlos. Un matemático diría que lo primero es identificar y despejar las variables. Aquí hablábamos de meritocracia, y de eso debemos ocuparnos. Desigualdad es un fenómeno natural y esto incluye a todos los organismos biológicos. Supongo que fue Charles Darwin quien se dio cuenta primero que dentro de un mismo organismo biológico existían diferencias de las cuales podía obtener ventajas, o desventajas, y que a través de una decantación selectiva y natural unos individuos terminaban siendo más exitosos que los otros. Si existe algún reporte anterior a Darwin, estaría encantado de saberlo, porque de esa primacía no estoy completamente seguro. Ahora, no me parece desacertado sacar una conclusión de lo anterior y es que competir es un fenómeno natural, algo así como la tendencia a una meritocracia biológica. Pero por supuesto, nosotros como seres humanos, tenemos el instinto racional de resistirnos a esta tendencia, de lo contrario seríamos unos racistas, individualistas, egoístas, exclusivistas, narcisistas y unas otras cuantas características desvirtuantes, de acuerdo a nuestra moralidad moderna. No en balde somos humanos, competimos, pero no le damos la espalda a los menos actos. Pensamos en los que no son tan capaces de competir a un mismo nivel. De otra manera, cuando nuestra abuela dejara de ser productiva, la dejaríamos morir al puro estilo esquimal, o tal vez le daríamos la espalda a nuestra prima con una incapacidad intelectual. Lo que intento expresar, es que a pesar de nuestro instinto competitivo, hemos adquirido durante esa evolución biológica que mencionaba Cayetano, emociones que al final se traducen en sentimientos, y para ser más evidente, en sentimientos humanos. Al margen de esta historia de más de veinte mil años, de manera irremediable hemos chocado de narices con lo que es «humanidad». La pregunta que deberíamos hacernos, como filósofos trasnochados, lo que somos, es: ¿Como lograr de manera natural, y sin forzar los procedimientos a través de una herramienta ideológica, un equilibrio entre nuestra natural disposición para competir y nuestra propia humanidad? Le dejo a Cayetano, esta pregunta, - bien intencionada -, como una apuesta sana a su racionalidad. ¡Heroísmo! Para mi existen dos tipos de heroísmos. El primero es el heroísmo del mártir, aquel que lo sacrifica todo por un ideal, ya sea religioso o ideológico, a cambio de nada personal, sin ni siquiera esperar el reconocimiento por dicho sacrificio. El segundo es el heroísmo del egoísta, el que se sacrifica o hace algo grandioso, pero que siempre espera al final, una compensación por dicho sacrificio. Si Dante llegó hasta el Empíreo, no fue más que por puro egoísmo, buscaba a Beatriz y compensar con ello una ambición personal. Pongo este ejemplo extremo, en un intento de demostrar que hasta el amor conlleva a una racionalidad del egoísmo. Es por ello que aclaro que no hay heroísmo en pasar hambre mientras se estudia, si detrás de esa acción no beneficiamos a otros y a su vez renunciamos literalmente a la recompensa. Si lo hacemos para ayudar a nuestros padres, egoísmo, si lo hacemos para vivir mejor, egoísmo, si lo hacemos para que nos reconozcan otros, egoísmo, si lo hacemos porque nos sentimos bien aprendiendo, egoísmo. Solo el heroísmo del mártir puede ser reconocido como una acción totalmente desprendida. Para contextualizar el asunto, si Ronaldinho se incubó en una favela y luego escaló hasta convertirse en un ciudadano del mundo, en hora buena. Compitió y ganó, pero es imperioso reconocer que desde un punto de vista humanista, no hizo nada extraordinario. Quiero precisar, que yo y muchos de mis compañeros de estudio, nos sacrificamos por razones rotundamente egoístas. Sencillamente, lo anterior también se ajusta a un ejercicio competitivo dentro de un sistema meritocrático. Es de justicia aceptar, que en el tema del pedigrí real, una vez que los individuos ascienden a niveles sociales privilegiados, es extremadamente difícil que en un par de generaciones dichas familias regresen a algo parecido a una favela. Una vez que conquistas lo que aquí han definido muy bien como la élite, te esmeras en quedarte. Garantizas educación, conocimientos de otra índole, respaldo económico y un sin fin de privilegios para tu descendencia. A pesar de esto, y no puedo mencionar apellidos, he sido testigo presencial de como familias de gran importancia en la heráldica española, han ido desvaneciéndose hasta tocar tierra. Hablo de familias con muchísima historia y de opulencia imponente, que en otros tiempos caminaban sobre los hombros de otros. Intento precisar que tanto como es posible ascender, también lo es descender. Sin ir más lejos, la propia corona española ha ido perdiendo, no solo influencia sino privilegios, aunque es obvio que no es suficiente. No quiero entrar en la parte política del asunto de la conveniencia, o la inconveniencia, de conservar, o no, a una realeza en tiempos posteriores a la Revolución Francesa. Pues, como no soy el único que lo piensa, puedo dictar que la Revolución Francesa fue un desatino y una barbarie; hoy no tengo la menor duda. En contrapartida reconozco que a partir de ese momento el mundo entendió que existía una alternativa de gobierno independiente al derecho de consanguinidad. No me quedó muy claro si Cayetano al hablar de elites quiso referirse a la realeza, aunque si entiendo su utilidad cronológica. Sin embargo, quiero invitarlos a reflexionar en como la meritocracia sigue siendo un sistema justo en medio de estas fatalidades elitistas, destacando que dentro de esa misma élite, se continua compitiendo en un entorno meritocrático. La meritocracia sigue siendo el escenario por excelencia para alcanzar objetivos (como un estatus social) y lo que la corrompe, pienso yo, es el mecanismo que intenta reducir a pedazos a la propia meritocracia. No advierto en ese mecanismo una acción política o ideológica de manera directa, sino que estas son una consecuencia de los mecanismos aberrados que han logrado influenciar de manera negativa en la meritocracia. Franklin Delano Roosevelt, fue el primero en atacar a los monopolios que se habían establecido en Estados Unidos y comprendió que tanto poder en una familia constituía la manera perfecta de controlar a una nación, y todo esto sin necesidad de participar directamente en la política. Fue la primera vez en que un político se dio cuenta de que el capital estaba gobernando. El capital del monopolio gobernaba por dos razones evidentes, una era el control de precios y la segunda el control estratégico de un sector de la economía. Para ponerlo en contexto, los Rockefeller tenían el poder de dejar sin combustible a todo el país, mientras que los Carnegie podían paralizar todas las obras de construcción. Si queremos ver esto de una manera comparable con la actualidad, entiéndase que es el mismo poder que ejerce Rusia sobre Europa, con el gaseoducto que calienta los hogares de la mayoría de los ciudadanos occidentales. Solo basta con cortar el suministro para crear una crisis y esto es en si una herramienta política que Moscú siempre tendrá presente. O sea, que yo y el profesor Llosa seguramente estaríamos de acuerdo en que tanto poder empresarial debe ser regulado. – sesgo ideológico en entredicho –. Ahora, desde un punto de vista objetivo, cualquier formula que se quiera aplicar contra este fenómeno, nunca debería ir contra la competencia, que a fin de cuentas es el alma de la Meritocracia. Esta es lo que hace justo y apetecible el deseo de ser mejores y de marchar hacia adelante. Pienso que China es el ruido en el zapato rechinante que jamás debieron sacar a pasear. ¿Las clases medias aumentan en China? ¿Has estado en China alguna vez? Si visitas Dongguan o Hangzhou, que son ciudades que yo conozco, puede darte la sensación de que existe una clase media de cierta importancia, pero si solo viajas un poquito fuera de la urbe, y sin ni siquiera llegar a la periferia, te das cuenta que lo que está ocurriendo es que paralelamente se crea una tercera clase, de la cual no se habla, que es y no exagero en mis palabras, una clase esclava. Trabajar por la comida del día y nada más, es muy común a ese nivel. No en balde China es el paraíso de las Transnacionales, porque es el territorio donde es posible acceder a un mercado inmenso de obreros esclavos. Piénsalo mejor. China posee una población de 1490 millones. De manera que esos pocos millones de clase media, de lo que yo sospecho, sobre todo tratándose de una nación monopartidista, en la que la cifras están muy contraladas, solo garantiza que menos del 1 por ciento de la población es clase media. Por otra parte, el trabajo de McKinsey Quarterly, que habla del crecimiento de la clase media China, descuida, y me temo que muy apropósito, la magnitud de la pobreza en que vive el resto de la población. Para colmo Quarterly, no hace ninguna comparación entre las características de esa clase media china y la de cualquier otro país occidental, que bien pudo haber sido España. La primera vez que cayó en mis manos ese estudio, tuve la impresión inmediata de que se estaba lavando la imagen de China. Posteriormente a ese trabajo (2013), se han publicado otros que ponen en entredicho a Quarterly, pero que no tuvieron ninguna presencia en los programas estelares de CNN-Business. Hablando como si nos conociéramos, no me extrañaría que en un futuro, las universidades españolas cierren, y que nuestros jóvenes se vayan a estudiar a China. Solo hace falta que el gobierno descubra que es más económico pagarle a China para que ofrezca esos servicios, que pagarle a los profesores nacionales para lo mismo. Yo me atrevo a decir que China no solo es el peor ejemplo, sino que también es el mayor peligro. Sin embargo, de cualquier manera en que lo miremos, incluso en China funciona la meritocracia. Propongo un ejercicio de imaginación apocalíptica, una de la que hablo en un libro que estoy escribiendo desde hace ya tres años. Imaginemos lo siguiente, dividimos el planeta en dos partes iguales; lado Superior y lado Inferior. En el lado Superior cohabitan individuos altamente competitivos y con un gran poder acumulado. En esta parte del planeta se concentra la industria, las instituciones científicas y tecnológicas, las universidades y en su conjunto el desarrollo. La otra parte, el lado Inferior, es netamente servil a la primera, con personas menos actas, menos valoradas y que el lado Superior, por una razón puramente humana, prefiere mantenerla como un sobrante de la humanidad, al que por ley no se puede exterminar. Ahora imaginemos que el lado Superior ha alcanzado un bienestar tan elevado que decide igualar a todos en cuanto a beneficios a pesar de sus esfuerzos y capacidades. Si quieres tener un Ferrari ahí lo tienes, si necesitas dos piscinas, pues ahí también las tienes. No hay limites porque están en la capacidad de complacer en su parte del planeta, la más ínfima de las ambiciones. Yo auguro que lo primero que ocurrirá es que la productividad y la creatividad compensarán a retroceder, porque el sistema meritocracia a sido desnaturalizado. Y en vista este fenómen,o en algún momento, el lado inferior saldrá adelante y superará en todos los aspectos al lado Superior. Esto ha sucedido y seguirá sucediendo cada vez que se intente echar mano de una ingeniería social contra los instintos naturales de nuestra especie. Dicho de otra manera, la Meritocracia se resiste a ceder ante cualquier capricho ideológico, que con sus acciones arremete contra lo que es esencialmente natural. Todo intento de sustituir la Meritocracia por un sistema en el que no importe el esfuerzo para alcanzar los objetivos, poco a poco se irá degenerando, y lo que hace extraordinario este argumento, es que esto ya ha sucedido muchísimas veces en la historia de la humanidad. Siempre me asombra la falta de imaginación de los ideólogos para establecer nuevas soluciones, y es que las ideologías son formas preestablecidas del pensar tan rígidas, que no titubean a la hora de someter al propio razonamiento. La pregunta sigue en pie. Pienso que quien la responda habrá creado un postulado tecno-filosófico que tarde o temprano habría que tomar en cuenta. Pero bien, por ahora esto para mi es un tema de cafés nocturnos y esas tempestades intelectuales que no se olvidan a lo lardo de la vida. Desafortunadamente, yo resido actualmente en Alemania y eso supone que tener estas discusiones de manera presencial se complica. Es una lástima, tener que escribir esto, y no tener la posibilidad de discutirlo en persona, porque no ver el rostro del contertulio hace que se pierda emoción e información. Saludos.

    Hace 2 años 3 meses

  3. jose

    Dentro de poco todos a la plaza y el capataz tú, tú, y tú, y los demás a casa que mañana habrá más suerte. No en balde hay tanta promoción de las tradiciones y de las raíces... nada como el pasado. Como decía el Roto: Volvemos a lo de antes de antes.

    Hace 2 años 3 meses

  4. cayetano

    Roberto, pese al sesgo ideológico que trasluce su comentario –curiosamente que denuncia en el autor-; sin embargo reflexiona añadiendo elementos que coadyuvan el razonamiento principal del artículo: la pérdida de importancia en la meritocracia. Es una aportación rica, no en vano su vida ha transcurrido en las aulas, primero como alumno que siguió como Maestro. Vaya por delante, que la desigualdad tal como dice Roberto es una realidad biológica y que siempre ha existido. Sí, es cierto, pero la desigualdad no siempre ha sido la misma ni en intensidad, formas, maneras, consecuencias. Incluso la desigualdad biológica evoluciona, la social mucho más rápidamente y también puede involucionar. Que Roberto estudiara en condiciones tan paupérrimas, hambre y por su descripción, con frío en invierno, habla no de meritocracia sino de heroicidad griega frente al destino. Su ejemplo podría asemejarse a los jóvenes de las favelas que dedicando todas sus horas al fútbol y poseyendo potencialidad, llegaron a ser grandes figuras del fútbol. Pero como debería comprender Roberto, si consiguiera levantar su velo ideológico, ser héroe implica excepcionalidad y ésta -intrínsecamente- impide inducir generalidad. Pero Roberto plantea como decía una serie de argumentos que coadyuvan en lugar de contradecir el fin de la meritocracia como base del ascenso social. Y es que pese a ser cierto el decaer de la meritocracia, no se abunda en las razones que han contribuido a ello en el artículo. Cosa que sin pretenderlo explica en parte Roberto, la desigualdad ha existido siempre –aunque distinta, diferente-, y la meritocracia compartirá el autor que tampoco antes era el elemento central de la reproducción de status social, aunque sí era vía de ascenso. Se explica, sería imposible que la meritocracia fuera el elemento central de la reproducción, y que España venga gobernada en los consejos de administración por no más de las mismas 70 familias desde antes que naciera el IBEX 35, probablemente coincidiendo con los reinados de los bisabuelos o tatarabuelos de Felipe VI. Luego, la meritocracia ha tenido una capacidad limitada en el ascenso social, y para la oligarquía económica han existido excepcionalidades que confirmaban la regla, barreras o muros infranqueables. Pero sí, cuando Roberto arguye terceros elementos que influyen en el resultado son ciertos, y esos mismos elementos que no operaban anteriormente eran los que permitían dicha capacidad de ascenso social. Son esas razones que enumera Roberto y concluyen que cada vez somos más y menos necesarios, deslizando también la idea de que finalmente habrá que tomar medidas tendentes a superar dicha situación. Efectivamente, tanto cuando concluye Roberto como cuando habla el autor, en definitiva nos están dibujando un panorama en que crecimiento económico, no significa ampliación de las clases medias. Efectivamente la desvalorización de la meritocracia convencional es brutal. Las operaciones automatizadas no se reducen a las mecánicas, hoy existen programas que cuando no revolucionan la productividad de profesionales liberales, los sustituyen. Y pronto la conexión perceptiva e inteligente entre las cosas acelerará el proceso, no digamos nada cuando la computación cuántica éste aplicada socialmente. Por ello han surgido corrientes educativas en competencias, y es lógico, no sólo el conocimiento está a un clic, además no sabemos qué nuevas profesiones y si las habrá para todos. Llevamos ya muchos años desde la crisis, y por mucho que insistan las nuevas profesiones caducan antes de nacer (piloto de drones con la automatización incluso de enjambres, por ejemplo). El destruccionismo creativo de Schumpeter se enfrenta a un estadio de la producción y el intercambio desconocidos antes, que lo han falsado actualmente, ya estamos en 2019 y todavía no han aparecido, ni aparecerán los empleos –convencionales- que aseguren marcos de relaciones estables que perduren. En ese contexto, la reproducción social para las clases medias con un pilar colocado en la meritocracia se tambalea. Hoy día no es que el ascenso social sea complicado, es que ya es complicada la reproducción del status dentro de las familias de clases medias, por mor de los cambios en la producción y el intercambio que entre otras cuestiones, ha devaluado la meritocracia. Pero es acertado acentuar -como hace el autor- el fin de la meritocracia, pues aun siendo un síntoma de un contexto, al haber sido mantra legitimador y reiterado del capitalismo liberal o neoliberal, es justo denunciar que hoy mérito, capacitación y experiencia no son garantía de ascenso social, ni ante el descenso. Esa es la cuestión central, y evidentemente que en ese contexto habrá corresponsabilidad del Estado, también de los candidatos al ascenso o mantenimiento social por meritocracia. Pero como bien explica Roberto –aunque no sé sí lo pretendía- las razones del decaer meritocrático están en la propia evolución del sistema capitalista hoy, en el Mundo Que Come (no olvidemos que en China y otros países asistimos al desarrollo de clases medias). Un cordial saludo.

    Hace 2 años 3 meses

  5. Roberto Pedreiturria

    https://pedreiturriaecos.blogspot.com/2019/06/la-meritocracia-nunca-sera-cuestionable.html

    Hace 2 años 3 meses

  6. Roberto Pedreiturria

    De acuerdo a la cadena de diatribas que he leído en este artículo en contra de la meritocracia, como camino natural para alcanzar el desarrollo social y personal, me siento impulsado a dejar mi opinión y, si fuera el caso y el señor José Antonio Llosa pudiera soportarlo, ser aceptado en esta discusión. No voy a comunicarme usando denominado «lenguaje inclusivo». Es decir, no voy a estar aclarando constantemente que uno se refiere a chicos y chicas, y tal vez chiques, puesto que considero dichas prácticas de mal gusto, aburridas y ridículas. Baste aclarar, que chicos para mi es universal y sirve para todos los géneros que se pretendan «incluir», a la hora de respetar un estilo literario, uno que sea universal simple y entendible. Ante todo, critico la intención de hablar en términos de Calificaciones y Currículos Vitae como cláusulas absolutas para conseguir estabilidad social, porque la meritocracia no está relacionada al cien porciento con estos factores. Tener méritos para algo, para alcanzar una meta, no necesariamente pasa por las calificaciones, sobre todo cuando tenemos en cuenta los actuales programas curriculares establecidos en el sistema de educación. Voy a desviarme un poco del tema en cuestión y prometo retomarlo más adelante. Hemos llegado a un nivel en que incluso la meritocracia para acceder a la educación superior es muy cuestionable. Los chicos llegan a la universidad con una preparación básica muy precaria. Las asignaturas como Matemáticas, Química, Biología y Física (casi extinta), que son la base de todo conocimiento científico moderno, son cada vez más abreviadas. Al punto que se van creando mas espacios para asignaturas que se consideran adoctrinantes, como religión, ética, ideologías de genero, educación sexual y según mi opinión, estos temas nunca debieron salirse de las competencias domésticas. Si pensamos en términos de la nueva Ingeniería Social, donde el Estado se ha atribuido el derecho de moldear el pensamiento juvenil, con intenciones innegablemente políticas, es imposible no hacer un paralelismo con esta falta de calidad en la enseñanza. Desde mediados de los ochenta del siglo pasado, los gobiernos se fueron dando cuenta que para obtener ciudadanos calificados no era necesario que lo estuvieran tanto. ¿Qué quiero decir con esto? Es simple. ¿Si estudiabas Medicina, para que necesitarías lo que aun se conoce en términos académicos, - tiende a extinguirse como concepto -, como los tres niveles de Cálculo? Con el primer nivel sería suficiente, y además se ahorraría dinero por cada profesional formado. Está demás decir, y estoy seguro que al señor Llosa le costará negarlo, que las Matemáticas más que herramientas científicas moldean nuestro cerebro, a tal punto de que nos enseñan a pensar con una marcada independencia. La justificación más usada para explicar que los estudiantes universitarios modernos no estén obligados a recibir el beneficio de determinadas asignaturas, es muy interesante. «El cúmulo de conocimientos es cada vez más amplio, y por ello se hace imposible inyectar al estudiante todos estos conocimientos, ahora excluidos, y que en otras épocas fueron parte integral de la formación general universitaria». Sin embargo, a pesar de que es cierto que el cúmulo de conocimientos para cada carrera se ha enriquecido, un estudiante – por ejemplo - de ciencias biológicas, puede obtener puntos para terminar su carrera con algo tan esnobista e inútil como «el papel del Ying y el Yang para la vida». Otra vez se nota lo caricaturesco de este sistema, sobre todo si ya no son obligatorias asignaturas como Cálculo Diferencial, Estadísticas Avanzadas, o vamos a lo más simple y evidente, Inmunología, Fisiología Animal, Botánica, etc. De esta manera, ese pretendido super-profesional del que estamos hablando, no es más que una versión barata y rápida para cubrir una demanda en el mercado laboral, el que ahora puede darse el lujo de ser más exigente. Y aquí entramos en una nueva paradoja del sistema educacional, acercándonos cada vez al ataque de la meritocracia. La masificación en la producción de los profesionales de los mal llamados niveles medios y superiores, es un absurdo que engendra para si mismo su autodestrucción. Para explicar este tema con ejemplos claros revelo lo siguiente. En los Estados Unidos, para mi sorpresa, la carrera más demandada es Business Administration. En la Florida International University y la Pennsylvania University, el año pasado se graduaron cuatro futuros ejecutivos de Business Administration por cada estudiante de enfermería, o por cada estudiante de Bilogía o por cada dos estudiantes de las cinco carreras informáticas que se imparten en estas instituciones. Si trasladamos esto a la práctica dentro de un mercado laboral real, notamos una incoherencia de acuerdo a la estructura de cualquier empresa, donde los directivos no representan más del uno al dos porciento de todo el personal laboral. Las universidades complacen cualquier capricho, cuando el Estado promueve una educación superior masiva. Las capacidades de las Universidades se amplían excesivamente, y terminamos formando más huelguistas que profesionales actos para el trabajo. Si a este fenómeno le agregamos que lo que los chicos esperan de una universidad es un mundo surreal, a imagen y semejanza de American Pie, la decepción ya la podemos ir imaginando. Uno de mis estudiantes llegó a decirme una vez que «no entendía porque había que estudiar tanto en la universidad, pues se suponía que el estrés debería ser cosa del pasado». No voy a plasmar mi respuesta auténtica porque no es mi propósito herir sensibilidades, pero si aclaro que le recordé que el estrés apenas acababa de empezar. Hoy por hoy puedo alardear de que aquellos jóvenes que pasaron por mis conferencias, son grandes profesionales que agradecen de manera sincera la realidad que yo les revelé y la formación que les proveí. Sin amor a los estudios, sin pasión por lo que se ha de conocer, solo obtendremos graduados para el ganado. Las motivaciones por la que hoy un joven decide obtener unos estudios superiores, en orden de importancia son las siguientes: a) Acceder a mejores remuneraciones, lo que debería representar un mejor estatus social. b) Obtener un reconocimiento social a través de estas calificaciones superiores. c) Amor y deseos de superación en alguna rama de los estudios universitarios. Una vez terminados los estudios, lo que diferencia a los profesionales más cotizados de los corrientes, es que donde para los segundos antes que nada primó la motivación (a), mientras para los primeros siempre fue la (c). Lo he visto, lo he observado; esa es mi experiencia. Si a esto le sumamos que la industria está cada vez más automatizada y que en consecuencia la fuerza laboral calificada y no calificada se hace más barata, no hay mucho espacio donde maniobrar en el mercado laboral y el asunto de la meritocracia, - no es que sea injusta -, se pueda hacer más exigente. ¿Entonces que es lo que falla? Definitivamente no es la meritocracia, porque es en si un sistema justo que premia el talento y las capacidades, aunque sorprendentemente hay otros elementos incidentes que el profesor Llosa ha pasado por alto. A las personas como yo, que estudiaron con hambre, que famélicos íbamos a las universidades, que devorábamos libros hasta altas horas de la noche, todo esto sin opciones recreacionales, con los zapatos rotos, mal vestidos con huecos en las medias y los calzoncillos, no nos pueden venir a convencer con términos como «grupos de exclusión social», «neoliberalismo» o «clima de desigualdad». No existe ha ni existido jamás exclusión social más haya de lo que estamos dispuestos a permitir como seres pensantes, mucho menos «neoliberalismo», tal vez liberalismo a secas,, y así sonará más lógico y menos politizado, pero lo que no ha existido ni existirá es la «igualdad», por supuesto, a no ser respecto a los derechos y los deberes. Esto último no estuvo presente en ninguna etapa de las civilizaciones que nos condujeron hasta aquí, desde el esclavismo hasta la modernidad, pasando también por los fallidos experimentos socialistas-comunistas de la contemporaneidad. No ha existido ni existirá simplemente, escuche esto bien, porque no somos iguales, exactamente porque es la meritocracia lo único que puede impulsar a la sociedad hacia delante, y decanta con más o menos eficacia, el éxito de los seres humanos dentro de esta. No es el código postal, tampoco es el CV que puede lucir muy admirable en la red, con retoques exquisitos y fotos impecables, lo que importa es lo que se demuestra en la práctica. ¿Cuales son esos otros elementos incidentes que condenan el éxito de los jóvenes profesionales? Prefiero enumerarlos aunque esto pueda sonar más académico que literario. 1- La producción de más profesionales calificados de los que realmente requiere la economía de una nación. Al ser más, se devalúan a si mismos, puesto que el mercado para ciertos trabajos se convierte en menos accesible. - La fuerza laboral se comporta como un producto cualquiera – y esto es así y será, en cualquier sociedad, de las que han existido y las que nos queden por soñar. 2- La falta de exigencia de méritos para acceder a esa educación superior. Esto no repercute solamente en la calidad de los graduados en su conjunto, sino en el colapso de la calidad de la enseñanza en muchas instituciones educacionales. No han sido pocas las veces en que he mirado sobre la montura de mis espejuelos, a toda una población de cincuenta estudiantes y he pensado que con solo veinte de ellos mi conferencia tendría más calidad, más participación y mejores resultados. 3- Le podemos sumar el gran tema tabú, que no es ni más ni menos que la explosión demográfica que estamos experimentando. Paradójicamente, cada vez somos más y cada vez somos menos necesarios. ¿O me van a contradecir esta sentencia? Lo advierto, no hay manera. 4- La falta de penalización a la automatización. Pues si cada vez somos más y menos necesarios, se impone que la automatización sea gravada con impuestos razonables, dado que genera una disminución de puestos laborales (esto es gravable de manera independiente), más ganancias (también gravable), y una suficiencia productiva capaz de subsidiar esos puestos de trabajo que ya no serán necesarios. La manera de hacerlo supondría más un reto político que técnico, pero las tendencias nos dicen que será inevitable. Para ir concluyendo. Es injusto atacar a la meritocracia sin tener en cuenta las nuevas necesidades laborales, el aumento de la población, la infinita revolución tecnológica, la expansión de la automatización en la industria, la masificación innecesaria de la educación superior, la falta de calidad preparatoria antes de alcanzar estos niveles y la idiotez que representa el victimizar al que menos éxito obtiene, y esto echándole la culpa a un código postal. Cuando ya se pensaba que las doctrinas de las clases sociales agonizaban en la vergüenza de la incompetencia, hay otros que se esmeran en resucitarla. Pues no lo duden, si no se toman medidas racionales, en un futuro muy próximo, nos daremos codazos hasta para recoger patatas, pero aun así, no lo duden, todo se hará a través del proceso que nos imponga la muy natural meritocracia. Dr. Roberto Pedreiturria Jubilado de FIU en USA (último intento)

    Hace 2 años 3 meses

  7. Roberto Pedreiturria

    De acuerdo a la cadena de diatribas que he leído en este artículo en contra de la meritocracia, como camino natural para alcanzar el desarrollo social y personal, me siento impulsado a dejar mi opinión y, si fuera el caso y el señor José Antonio Llosa pudiera soportarlo, ser aceptado en esta discusión. No voy a comunicarme usando denominado «lenguaje inclusivo». Es decir, no voy a estar aclarando constantemente que uno se refiere a chicos y chicas, y tal vez chiques, puesto que considero dichas prácticas de mal gusto, aburridas y ridículas. Baste aclarar, que chicos para mi es universal y sirve para todos los géneros que se pretendan «incluir», a la hora de respetar un estilo literario, uno que sea universal simple y entendible. Ante todo, critico la intención de hablar en términos de Calificaciones y Currículos Vitae en términos absolutos para conseguir estabilidad social, porque la meritocracia no está relacionada al cien porciento con estos factores. Tener méritos para algo, para alcanzar una meta, no necesariamente pasa por las calificaciones, sobre todo cuando tenemos en cuenta los actuales programas curriculares establecidos en el sistema de educación. Voy a desviarme un poco del tema en cuestión y prometo retomarlo más adelante. Hemos llegado a un nivel en que incluso la meritocracia para acceder a la educación superior es muy cuestionable. Los chicos llegan a la universidad con una preparación básica muy precaria. Las asignaturas como Matemáticas, Química, Biología y Física (casi extinta), que son la base de todo conocimiento científico moderno, son cada vez más abreviadas. Al punto que se van creando mas espacios para asignaturas que se consideran adoctrinantes, como religión, ética, ideologías de genero, educación sexual y según mi opinión, estos temas nunca debieron salirse de las competencias domésticas. Si pensamos en términos de la nueva Ingeniería Social, donde el Estado se ha atribuido el derecho de moldear el pensamiento juvenil, con intenciones innegablemente políticas, es imposible no hacer un paralelismo con esta falta de calidad en la enseñanza. Desde mediados de los ochenta del siglo pasado, los gobiernos se fueron dando cuenta que para obtener gente calificada no era necesario que lo estuvieran tanto. ¿Qué quiero decir con esto? Es simple. ¿Si estudiabas Medicina, para que necesitarías lo que aun se conoce en términos académicos, - tiende a extinguirse como concepto -, como los tres niveles de Cálculo? Con el primer nivel sería suficiente, y además se ahorraría dinero por cada profesional formado. Esta demás decir, y estoy seguro que al señor Llosa le costará negarlo, que las Matemáticas más que herramientas científicas moldean nuestro cerebro, a tal punto de que nos enseñan a pensar con una marcada independencia. La justificación más usada para explicar que los estudiantes universitarios modernos no estén obligados a recibir el beneficio de determinadas asignaturas, es muy interesante. «El cúmulo de conocimientos cada vez es más amplio, y por ello se hace imposible inyectar al estudiante todos estos conocimientos ahora excluidos y que en otras épocas fueron parte de la formación general universitaria». Sin embargo, a pesar que es cierto de que el cúmulo de conocimientos para cada carrera se ha enriquecido, un estudiante – por ejemplo - de ciencias biológicas, puede obtener puntos para terminar su carrera con algo tan esnobista como «el papel del Ying y el Yang para la vida». Otra vez se nota lo caricaturesco de este sistema, sobre todo si ya no son obligatorias asignaturas como Cálculo Diferencial, Estadísticas Avanzadas, o vamos a lo más simple y evidente, Inmunología, Fisiología Animal, Botánica, etc. De esta manera, ese pretendido super-profesional del que estamos hablando, no es más que una versión barata y rápida para cubrir una demanda en el mercado laboral que ahora puede darse el lujo de ser más exigente. Y aquí entramos en una nueva paradoja del sistema educacional, acercándonos cada vez al ataque de la meritocracia. La masificación en la producción de los profesionales de los mal llamados niveles medios y superiores, es un absurdo que engendra para si mismo su autodestrucción. Para explicar este tema con ejemplos claros revelo lo siguiente. En los Estados Unidos, para mi sorpresa, la carrera más demandada es Business Administration. En la Florida International University y la Pennsylvania University, se graduaron en el año pasado cuatro futuros ejecutivos de Business Administration por cada estudiante de enfermería, o por cada estudiante de Bilogía o por cada dos estudiantes de las cinco carreras informáticas que se imparten en estas instituciones. Si trasladamos esto a la práctica dentro del mercado laboral real, notamos una incoherencia de acuerdo a la estructura de cualquier empresa, donde los directivos no representan más del uno al dos porciento de todo el personal laboral. Las universidades complacen cualquier capricho, cuando el Estado promueve una educación superior masiva. Las capacidades de las Universidades se amplían, y terminamos formando más huelguistas que profesionales actos para el trabajo. Si a este fenómeno le agregamos que lo que los chicos esperan de una universidad es un mundo surreal, a imagen y semejanza de American Pie, la decepción la podemos ir imaginando. Uno de mis estudiantes llegó a decirme una vez que «no entendía porque había que estudiar tanto en la universidad, pues se suponía que el estrés debería ser cosa del pasado». No voy a plasmar mi autentica respuesta porque no es mi propósito herir sensibilidades, pero si aclaro que le recordé que el estrés apenas acababa de empezar. Hoy por hoy puedo alardear de que aquellos jóvenes que pasaron por mis conferencias, son grandes profesionales que agradecen de manera sincera la realidad que yo les revelé y la formación que les proveí. Sin amor a los estudios, sin pasión por lo que se ha de conocer, solo obtendremos graduados para el ganado. Las motivaciones por la que hoy un joven decide obtener unos estudios superiores, en orden de importancia son las siguientes: a) Acceder a mejores remuneraciones, lo que debería representar un mejor estatus social. b) Obtener un reconocimiento social a través de estas calificaciones superiores. c) Amor y deseos de superación en alguna rama de los estudios universitarios. Lo que diferencia a los profesionales más cotizados y los corrientes, una vez terminados los estudios, es que donde para los segundos antes que nada primó la motivación (a) para los segundos siempre fue la (c). Lo he visto, lo he observado; esa es mi experiencia. Si a esto le sumamos que la industria está cada vez más automatizada y que en consecuencia la fuerza laboral no calificada se hace más barata, no hay mucho espacio donde maniobrar en el mercado laboral y el asunto de la meritocracia, - no es que sea injusta -, se pueda hacer más exigente. ¿Entonces que es lo que falla? Definitivamente no es la meritocracia, porque es en si un sistema justo que premia el talento y las capacidades, aunque sorprendentemente hay otros elementos incidentes que el profesor Llosa ha pasado por alto. A las personas como yo, que estudiaron con hambre, que famélicos íbamos a las universidades, que estudiábamos hasta altas horas de la noche, todo esto sin opciones recreacionales, con los zapatos rotos, mal vestidos con huecos en las medias y los calzoncillos, no nos pueden venir a convencer con términos como «grupos de exclusión social», «neoliberalismo» o «clima de desigualdad». No existe ha ni existido jamás exclusión social más haya de lo que estamos dispuestos a permitir como seres pensantes, mucho menos «neoliberalismo», tal vez liberalismo a secas,, y así sonará más lógico y menos politizado, pero lo que no ha existido ni existirá es la «igualdad», por supuesto, a no ser en derechos y deberes. Esto último no estuvo presente en ninguna etapa de las civilizaciones que nos condujeron hasta aquí, desde el esclavismo hasta la modernidad, pasando también por los fallidos experimentos socialistas-comunistas de la contemporaneidad. No ha existido ni existirá simplemente, escuche esto bien, porque no somos iguales, exactamente porque es la meritocracia lo único que puede impulsar a la sociedad hacia delante, y decanta con más o menos eficacia, el éxito de los seres humanos dentro de esta. No es el código postal, tampoco es el CV que puede lucir muy admirable en la red, con retoques exquisitos y fotos impecables, lo que importa es lo que se demuestra en la práctica. ¿Cuales son esos otros elementos incidentes que condenan el éxito de los jóvenes profesionales? Prefiero enumerarlos aunque esto pueda sonar más académico que literario. 1- La producción de más profesionales calificados de los que realmente requiere la economía de una nación. Al ser más, se devalúan a si mismos, puesto que el mercado para ciertos trabajos se convierte en menos accesible. - La fuerza laboral se comporta como un producto cualquiera – y esto es así y será, en cualquier sociedad, de las que han existido y las que nos queden por soñar. 2- La falta de exigencia de méritos para acceder a esa educación superior. Esto no repercute solamente en la calidad de los graduados en su conjunto, sino en el colapso de la calidad de la enseñanza en muchas instituciones educacionales. No han sido pocas las veces en que he mirado sobre la montura de mis espejuelos, a toda una población de cincuenta estudiantes y he pensado que con solo veinte de ellos mi conferencia tendría más calidad, más participación y mejores resultados. 3- Le podemos sumar el gran tema tabú, que no es ni más ni menos que la explosión demográfica que estamos experimentando. Paradójicamente, cada vez somos más y cada vez somos menos necesarios. ¿O me van a contradecir esta sentencia? Lo advierto, no hay manera. 4- La falta de penalización a la automatización. Pues si cada vez somos más y menos necesarios, se impone que la automatización sea gravada con impuestos razonables, dado que genera una disminución de puestos laborales (esto es gravable de manera independiente), más ganancias (también gravable), y una suficiencia productiva capaz de subsidiar esos puestos de trabajo que ya no serán necesarios. La manera de hacerlo supondría más un reto político que técnico, pero las tendencias nos dicen que será inevitable. Para ir concluyendo. Es injusto atacar a la meritocracia sin tener en cuenta las nuevas necesidades laborales, el aumento de la población, la infinita revolución tecnológica, la expansión de la automatización en la industria, la masificación innecesaria de la educación superior, la falta de calidad preparatoria antes de alcanzar estos niveles y la idiotez que representa el victimizar al que menos éxito obtiene, echándole la culpa a un código postal. Cuando ya se pensaba que las doctrinas de las clases sociales agonizaban en la vergüenza de la incompetencia, hay otros que se intentan resucitarla. Pues no lo duden, si no se toman medidas racionales, en un futuro muy próximo, nos daremos codazos hasta para recoger patatas, pero aun así, todo se hará a través del proceso que nos imponga la muy natural meritocracia. Dr. Roberto Pedreiturria Jubilado de FIU en USA

    Hace 2 años 3 meses

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