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Exiliados en Transición

Ritama Muñoz-Rojas 29/05/2019

<p>Benita Izquierdo con una voluntaria de la Asociación de los Antiguos Refugiados Españoles en 1996.</p>

Benita Izquierdo con una voluntaria de la Asociación de los Antiguos Refugiados Españoles en 1996.

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Este artículo es el primero de una serie de siete que, bajo el título ‘Exiliados en Transición’, abordarán las vidas de los refugiados de la Guerra Civil y la dictadura ya en tiempos democráticos. La autora recoge los testimonios de los protagonistas a través de las cartas que enviaron, durante años, a los responsables de los Amigos de los Antiguos Refugiados Españoles (AARE). La iniciativa de CTXT, que se cerrará con la publicación de un libro, conmemora el 80 aniversario de la diáspora republicana.

La primera asociación para ayudar al exilio republicano en España se creó en 1983. Han pasado ocho años desde la muerte del dictador y, desde hace uno, gobierna en amplia mayoría el Partido Socialista Obrero Español. La joven democracia española avanza obsesionada con la reconciliación, la concordia, el entendimiento, palabras ahora mágicas que, junto al olvido, se han convertido en la esencia de la Transición. Casi nadie habla de la República, de los exilados, los desaparecidos, los muertos. “Dicen los viejos que en este país hubo una guerra. Que hay dos Españas que guardan aún el rencor de viejas deudas….”. Es parte de Libertad sin ira, algo así como el himno de la transición española, cuya letra animaba a taparse los ojos, la boca y los oídos para poder levantar ese nuevo país con el que había que soñar.

Con ese panorama nace en 1983 la asociación de Amigos de los Antiguos Refugiados Españoles (AARE), volcada en el apoyo económico y moral que tanto necesitan los cientos de ancianos españoles que sobreviven en el sur de Francia desde que acabó la guerra, sin que sus vidas hayan mejorado mucho desde entonces. Más bien ahora tienen que añadir a la dureza de su existencia las complicaciones que llegan con la edad. Son españoles y españolas que han envejecido ausentes y lejos de su tierra, que sobreviven con pensiones mínimas (del gobierno francés), muchos de ellos mutilados, enfermos y muy solos. Hace ya cuatro décadas que se les llama refugiados, refugiados de un fascismo contra el que lucharon y del que escaparon cruzando los Pirineos a pie. Han pasado cuarenta años desde que sus vidas están rotas, desde el destierro, los campos de concentración, la muerte de los más queridos; pero han conservado el orgullo y el recuerdo de haber luchado por la libertad y los derechos de los trabajadores; para ellos, España es la España republicana por la que pelearon y a la que siguen soñando regresar, aunque sepan que es imposible. Ellos no han olvidado.

En Spanish Refugee Aid (SRA), imprescindible organización norteamericana cuya actividad ha sido crucial para los exiliados españoles más desfavorecidos, preocupa la situación de los ya ancianos republicanos de la región del Mediodía francés (Toulouse, Montauban...) tras la llegada de la democracia a España. Entre otras cosas, porque muchos de sus colaboradores han retirado las aportaciones que venían dando desde hace tres décadas, convencidos de que ya no son necesarias. Para mentes democráticas como las suyas, el nuevo aire de la política en España debiera incluir medidas que dignifiquen la vida de las víctimas del franquismo.

La actividad de Spanish Refugee Aid supuso un gran alivio para muchísimos exiliados con vidas tristes y dramáticas, tal y como consta en los datos que fue recogiendo la propia organización: hombres y mujeres, en su mayoría obreros industriales o trabajadores del campo, que llegaban al exilio tras años, a veces décadas, de cárcel; enfermos incurables, ciegos o mutilados, con una formación demasiado elemental como para abrirse camino en un país extraño. Para ellos se creó SRA por iniciativa de Nancy McDonald, entusiasta mujer de ideas anarquistas, que tuvo un gran peso en la vida política e intelectual norteamericana desde los años treinta.

En sus casi tres décadas de vida, SRA llegó a recaudar cinco millones de dólares gracias a la colaboración de destacados intelectuales, artistas y políticos, comprometidos con el exilio español. Por citar algunos de ellos, el periodista Dwight McDonald, marido de Nancy, presidente y también fundador de SRA; Pau y Marta Casals, Alexander Calder, Noam Chomsky, Erich Fromm, Juan Marichal, Mary McCarthy, Francisco García Lorca, Ramón J. Sender, José Luis Sert, Barbara Probst Solomon, Charles Zimmerman, Esteban Vicente, Hannah Arendt, Jesús de Galíndez, Robert Lowell, Norman Thomas y una larga lista más.

Todos ellos respondieron a la llamada de Nancy MacDonald, para la que estos nombres eran, además, un recurso estratégico dirigido a llamar la atención sobre el drama de muchos refugiados españoles. Desde su fundación, en 1953, hasta su cierre, en 1984, SRA llegó a ayudar a 5.598 familias o individuos con cantidades mensuales, envíos de ropa, alimentos, medicinas, máquinas de coser, aparatos para sordos, gafas y el no menos importante apoyo moral y contacto personal.

A finales de los años setenta, Nancy MacDonald se dispone a dar por concluida la actividad de SRA. Pero, como se ha dicho, permanece un grupo de refugiados a los que no se puede abandonar a su suerte, pues carecen de los recursos básicos para vivir, no tienen pensiones, son muy mayores y están enfermos. Y, desde España, no arranca ninguna iniciativa para hacerse cargo de la situación.

“El Gobierno español no ha tomado medidas para acoger a estas personas, y la mayor parte son mutilados de guerra o enfermos que rondan los setenta años. Por otro lado, también hay refugiados que no quieren volver, porque están demasiado enfermos o no tienen familia en España, en algunos casos exterminada en la represión de la posguerra. ¿Qué harían estos viejos si el Gobierno francés decidiera retirarles esa pensión extraordinaria y el Comité de Ayuda al Refugiado desapareciera? ¿No deben nada los demócratas españoles a este grupo de compatriotas abandonados en Francia? Es un problema humano del que deben hacerse cargo los españoles. Nosotros, norteamericanos, alemanes, suecos, belgas, les hemos ayudado durante estos últimos veintiséis años. Ahora que la situación en España se ha normalizado, la sociedad española debe reconocer por qué estuvieron fuera estos refugiados y adoptar las medidas necesarias para permitirles vivir tranquilamente los últimos años de su vida”.

El País, 16 de junio de 1978.

Por eso, van a volver a tomar la iniciativa en el apoyo a los exilados. Por un lado, dirigiendo cartas y circulares a los financiadores tratando de que se hagan cargo y comprendan la situación.

Querido Amigo

Le escribo en un tiempo difícil para los refugiados españoles. Aunque ha habido cambios en España desde la muerte de Franco, se ha hecho muy poco por los refugiados españoles que permanecen aún en el exilio y con grandes necesidades.

Muchos miles permanecen en Francia sin poder retornar a sus hogares porque nada se ha dispuesto para ellos allí.

Algunos no pueden permitirse perder parte de su ínfima pensión en Francia y otros son simplemente demasiado viejos para empezar una nueva vida en España.

La vida no ha ido siendo más fácil con el tiempo. Ellos huyeron a Francia en 1939 para no vivir en un régimen fascista, pero ahora, su coraje e idealismo han sido totalmente olvidados. Y continúan viviendo en condiciones miserables, a menudo solos y enfermos.

                                              Marta Casals Istomin

Por otro lado, provocando que desde España se responsabilicen de ellos. Así es como nació Amigos de los Antiguos Refugiados Españoles (AARE), primera organización que se ocupó del exilio español cuando parecía que ya habían vuelto todos, que el exilio había acabado el día en que María Zambrano llegó a España tras medio siglo de destierro. Era el 21 de noviembre de 1984, y así lo expresaba la prensa del momento: “Con el regreso de la pensadora, puede decirse que acaba el exilio español republicano”.

Nada que ver con la realidad. Justamente un mes después, quedaba legalmente constituida la Asociación de Amigos de los Antiguos Refugiados Españoles, tras varias reuniones en Madrid en las que participaban Nancy MacDonald, Laura de los Ríos y Carmen Aldecoa, las dos últimas casi recién llegadas de su exilio en Nueva York. Asisten a esas primeras reuniones el sociólogo Juan J. Linz, Rocío de Terán y Ritama Fernández Troyano, quienes serán el motor de AARE durante las tres décadas largas que ha durado su actividad.

Para su funcionamiento, y para obtener fondos, la nueva asociación va a seguir el modelo de Spanish Refugee Aid: atraer a personalidades de la cultura, la política e incluso la empresa que apoyen la iniciativa y lograr así sensibilizar a la sociedad y obtener recursos. Entre las personas que apoyaron la asociación desde el principio, están Justino de Azcárate, María Luisa Díaz Canedo, Carlos Fernández Casado, Isabel García Lorca, Antonio Garrigues Walker, Francisco Giner, Eugenio Granel, Víctor Hurtado, Pedro Laín Entralgo, José Lladó, Emilia de Madariaga, Gregorio Marañón, Juan Marichal, Enrique Miret Magdalena, Soledad Ortega, Vicente Piniés, José Prat, Joaquín Ruiz Giménez, Joaquín Satrústegui, Manuel Terán, José Juan Toharia o Manuel Vidal Beneyto.  

En 1999, el Gobierno Aznar eliminó totalmente la ayuda al exilio español

Pese a la negativa del Gobierno a canalizar de manera institucional la ayuda al exilio español, sí hubo colaboración con AARE a través de las subvenciones anuales del ministerio de Asuntos Sociales, cantidad que oscilaba entre los seis y ocho millones de las antiguas pesetas. Con la llegada del Partido Popular al gobierno, en 1996, esta cifra quedó reducida a dos millones. En 1999, el Gobierno Aznar eliminó totalmente la ayuda al exilio español, lo cual suponía un verdadero problema para la vida cotidiana de los ancianos españoles que continuaban siendo exilados en el Sur de Francia. Afortunadamente, AARE contó siempre con un buen número de asociados; con sus cuotas y su generosidad se logró mantener la ayuda indispensable para los refugiados.

Desde el primer momento, el funcionamiento de AARE consistió en un permanente contacto con los exilados a los que se dedicaba que, en los primeros ochenta, eran cerca de 500, con edades comprendidas entre los 70 y los 90 años. Resultado de esa relación casi familiar con los antiguos refugiados es la interesante documentación que conserva la asociación (a la que hay que añadir las elaboradas memorias anuales), valiosa fuente de información para el estudio de este exilio tan injustamente desconocido, el de los más desfavorecidos, el de la España de la Transición. Es una muy buena noticia avanzar que el archivo de los Amigos de los Antiguos Refugiados Españoles se va a depositar en la sede de Toulouse del Instituto Cervantes, centro desde el que se ha dedicado tiempo y trabajo de manera admirable al exilio republicano en el sur de Francia.

Para planificar la actividad de la asociación, AARE elaboró desde el primer momento cuestionarios en los que constaban de manera clara las demandas de los exilados. Las dos responsables de AARE en Toulouse, María Batet y Antoinette Caparrós, visitaban periódicamente a las familias en sus domicilios, elaborando informes de cada persona o familia y detallando su situación económica, familiar, enfermedades.

Estremece leer esos informes que tan bien reflejan la dura y triste vida de estos ancianos, que pedían carbón para los duros inviernos, alimentos, sábanas, braguitas o unas gafas. Aún más estremecedor es leer sus cartas, escritas en lo que parece ser la única hoja de papel que han encontrado, con trazos que son los de una mano temblorosa, faltas de ortografía y un lenguaje que empieza a confundirse mucho con el francés. Son cartas en las que, a lo largo de los casi treinta años que ha durado la actividad de esta asociación, algunas palabras se repiten constantemente: soledad, olvido.

“Tenemos necesidad un poco de todo, y puede ser que dentro de unas semanas o meses, ya no tendremos necesidad de nada. La soledad es lo peor”. [F.B. 198¿?]

“Agradezco con toda mi alma que no nos hayan olvidado en esa fecha tan triste para nosotros, cuando perdimos nuestra querida patria para siempre”.  [R.S. Junio, 1989]

 “Veo que a pesar de los años no nos han olvidado aquellos que tienen la dicha de pisar tierra española y que yo, enfermo, no podré ver más”. [F.M. Diciembre 1985]

Se repiten también las alusiones a su penosa situación, a las dificultades del día a día, a las enfermedades. Cuenta esta correspondencia que mantenían con los responsables de AARE recuerdos de la guerra, de la retirada y de la llegada a Francia; no son pocos los que protestan por la injusticia que comete con ellos el gobierno de su país, que ni entiende ni atiende ni resuelve reclamaciones de pensiones o indemnizaciones por años de cárcel o trabajos forzados.

Referente a la tan vapuleada indemnización por tiempos de cárcel cumplidos por la guerra. Te diré con dolor que después de tantos trámites y vueltas, recibí con sorpresa la notificación de que se desestima mi solicitud. […]. No tengo palabras para condenar este proceder, pero me resigno pensando que: “Es una más de las innumerables injusticias que recibí en esta desgraciada vida que me tocó transitar”. [G.B. Diciembre 1992]

“Es una más de las innumerables injusticias que recibí en esta desgraciada vida que me tocó transitar”. [G.B. Diciembre 1992]

Poner algo de alegría en vidas tan torturadas fue otro de los propósitos de los responsables de AARE. Y lo hicieron enviándoles cada Navidad un paquete con turrones, un calendario y guantes o gorros de lana. En primavera, recibían un buen libro con fotos de ciudades y paisajes de su país. Conmueve la ilusión, casi infantil, que expresan sus cartas en esas ocasiones. A muchos de ellos les cambió la vida en el viaje a España, organizado por AARE junto a Cruz Roja y Solidaridad Democrática, en 1986, en el que recorrieron varias ciudades en las que eran recibidos y homenajeados por autoridades y vecinos.

De ello también dan testimonio las cartas, como se irá viendo en las siguientes entregas de esta serie, donde se ofrecerá una selección de las más significativas.

Autora >

Ritama Muñoz-Rojas

Periodista y licenciada en Derecho. Autora de 'Poco a poco os hablaré de todo. Historia del exilio en Nueva York de la familia De los Ríos Giner, Urruti'.

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2 comentario(s)

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  1. invitado

    Me sumo a ese agradecimiento, conmovido.

    Hace 2 años 1 mes

  2. Roberto

    Gracias a trabajos como este, el olvido se tornará en recuerdo inmortal.

    Hace 2 años 1 mes

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