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Cartas desde Brooklyn

Sanders muerde en la madriguera

El senador situó el ideario del socialismo democrático, algo hasta hace bien poco inimaginable, en el corazón del aparato cultural del capitalismo más salvaje

Álvaro Guzmán Bastida 29/05/2019

<p>Bernie Sanders.</p>

Bernie Sanders.

Luis Grañena

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La cara del locutor era un poema. Acababa de cambiar de tercio, para hacer intervenir al público. El invitado se estaba creciendo y, al fin y al cabo, jugaba fuera de casa. Era el momento de hacérselo notar. “¿Cuántos de ustedes obtienen seguro médico a través de su puesto de trabajo?” Se levantaron casi todas las manos en un salón de actos abarrotado. El presentador continuó: “¿Y cuántos estarían dispuestos a hacer el cambio a un sistema de seguro estatal, como el que propone el senador?” El tiro de la cámara se abrió para comprobar la desbandada general, reflejo inequívoco –ay– del éxito del modelo de sanidad privada estadounidense. Nada más lejos de la realidad. Las manos no bajaron y la sala prorrumpió en vítores.

El invitado era Bernie Sanders, candidato, una vez más, en las primarias del Partido Demócrata para la presidencia de los Estados Unidos. Y la ocasión, un encuentro con votantes en la cadena FOX News, era un campo de minas que el senador de Vermont supo convertir en oportunidad de oro para difundir su mensaje y dibujarse como alternativa viable al gobierno de Donald Trump.

Siempre pedagógico, Sanders había arrancado su intervención despejando balones fuera sobre un dato que se había planteado como incómodo: en 2016, y coincidiendo con su primer intento de alcanzar la presidencia, Sanders había ganado un millón de dólares. El extremo había trascendido al hacer públicas el veterano político sus declaraciones de la renta. El presentador de la FOX le apretó varias veces por esa vía, acusándole de pertenecer al 1% de los más ricos al que el senador fustiga en sus discursos. Pero Sanders, que debe su exponencial aumento en ingresos a los derechos de autor de un libro, no cedió un centímetro: “Si alguien pretende que venga yo aquí a pedir disculpas por haber escrito un best-seller, no pienso hacerlo”, dijo tras señalar que grandes corporaciones como Netflix o Amazon no pagan nada. Ante la insistencia del presentador, se dirigió directamente a él, elevando el tono. “Sea yo, usted (que probablemente gana mucho más dinero que yo) o quien sea, creo que los ricos y las grandes empresas que ganan miles de millones deberían empezar a pagar lo que deben en impuestos”.

Sanders logró colocar su mensaje en tierra hostil gracias a un agudo desdoble en el discurso: se mostró conciliador con los votantes que intervinieron para hacerle preguntas, a menudo incómodas, al tiempo que duro y cortante con los presentadores, y por extensión con la cadena. Así lograba cuadrar el círculo al dejar intactas sus credenciales de outsider y presidenciable capaz de pescar fuera de su burbuja de convencidos, en las antípodas de la audiencia de la FOX.

“Ustedes háganme preguntas honestas y yo les responderé con honestidad”, espetó a los presentadores poco después de arrancar. “¿Saben qué? No todo el mundo estaba de acuerdo en que yo viniera a este programa. Su cadena no es precisamente muy respetada en mi mundo, pero yo pensé que era importante estar aquí y tener una discusión seria sobre asuntos importantes.”

¿Por qué aparecer en la cadena que envenena Estados Unidos desde hace décadas con un mensaje intolerante y reaccionario?

La presencia de Sanders en la FOX había sido muy criticada por importantes voces del Partido Demócrata y el movimiento progresista. Al fin y al cabo, la cadena, propiedad del magnate australiano Rupert Murdoch, ha sido durante décadas un ingrediente fundamental del caldo de cultivo de miedo y odio sin el que hubiera sido imposible el desarrollo del trumpismo.  Noche tras noche, las pantallas de FOX llevan a decenas de millones de hogares estadounidense bilis en forma de xenofobia, negacionismo sobre el cambio climático, militarismo desenfrenado y misoginia trasnochada. Más aún, desde la llegada de Trump a la presidencia, la cadena ejerce indisimuladamente de televisión de partido. El propio Trump, que dedica el 60% de cada jornada de trabajo al “tiempo ejecutivo”, que consiste principalmente en ver la televisión, devora la programación del canal religiosamente. Trump tuitea en directo varias veces al día para sus millones de seguidores las retransmisiones de la cadena. En sus discursos, repite hasta la saciedad los argumentos y datos (con frecuencia falsos) emitidos en la FOX.

El presidente trata a la FOX como una especie de apéndice de su gabinete. Su secretario de Vivienda, Ben Carson, y su asesor de seguridad nacional John Bolton, eran antes figuras omnipresentes en la cadena, lo mismo que el segundo de a bordo del Consejo de Seguridad Nacional, K.T. McFarland. En julio de 2018, la Casa Blanca nombraba a Bill Shine, antiguo presidente de FOX News, director de Comunicación y segundo jefe de gabinete de Trump. La puerta entre FOX y la Casa Blanca gira en ambas direcciones. La predecesora de Shine en el cargo, Hope Hicks es ahora directiva de FOX, sellando una promiscuidad del affaire Trump-FOX, que a veces toca lo incestuoso: Kimberly Guilfoyle, antigua presentadora del programa The Five, dejó la FOX el verano pasado para hacerse un hueco en la familia Trump: es novia del hijo homónimo del presidente, y aún encuentra tiempo para trabajar en la campaña de reelección del padre. La interconexión trasciende el amor y los negocios: Según contaba en un reciente reportaje en The New Yorker la periodista de investigación Jane Mayer, los presentadores Pete Hegseth y Lou Dobbs han intervenido en reuniones de alto voltaje en el Despacho Oval para ofrecer consejos políticos a través del manos libres de alguno de los asistentes. Sean Hannity, el presentador estrella de la cadena, se vanagloria de hablar con el presidente casi todas las noches, al terminar su programa. En abril, el Washington Post citaba a asesores de la Casa Blanca, que se referían a Hannity como “El Jefe de Gabinete en la Sombra”.

¿Por qué aparecer en la cadena que envenena Estados Unidos desde hace décadas con un mensaje intolerante y reaccionario y sirve además de lubricante para el gansteril nepotismo trumpista? La respuesta tiene que ver con un término que se repite como un mantra en la política estadounidense, a menudo con intenciones sibilinas: La electability, significa literalmente probabilidad de salir elegido, pero tiene mucho de resbaladizo. Es una de esas palabras fetiche de los tertulianos encantados de conocerse, que protegen el perímetro del sistema que les da de comer. Invocada por doquier, la electability casi nunca responde a parámetros medibles. Tampoco a análisis demasiado concienzudos de las aptitudes de los candidatos. Ni siquiera a la comparación entre sus propuestas y el sentir ciudadano en diversos asuntos. Suele tener que ver con una suma etérea de telegenia –o presencia en los medios–, predictibilidad y capacidad de no asustar a los poderosos. Dicho así, suena muy feo. Así que donde dicen electability, los expertos suelen querer decir centrismo, moderación, statu quo. Sanders fue a la FOX a darle la vuelta al término como a un calcetín.

Durante la campaña de 2016, el aparato demócrata y los opinólogos que lo rodean bombardearon al senador, autodenominado socialista, con la metralla de la electability. Hillary Clinton, rezaba la canción, tenía más experiencia, más relaciones con los agentes del poder y mayores conocimientos. Proponía cosas que los estadounidenses ya habían probado. No como el iluminado judío socialista, empeñado en hablar de sanidad universal, subidas de impuestos a los ricos o programas de inversiones estatales para acabar con el cambio climático y reducir la desigualdad. Ella tenía electability; él, no. Pero Clinton perdió contra el candidato con menos popularidad de la historia reciente del país. Lo hizo, además, sin hacer apenas campaña en los estados del medio oeste desindustrializado, donde millones de votantes de Obama se quedaron en casa u optaron por partidos minoritarios, entregando la victoria a Trump.

Precisamente en Pennsylvania, uno de esos Estados, se filmó el encuentro de Sanders con votantes, moderado y emitido por la FOX. Sandres rubricó con su participación en el programa, a finales de abril, una mini gira por el medio oeste, con paradas en Wisconsin, Indiana, Ohio y Michigan antes de llegar a Pennsylvania. En concreto, el escenario era un centro cultural acristalado en Bethlehem, ciudad que fuera bastión de la producción de acero durante buena parte del siglo XX, al albergar, desde su fundación hasta su cierre en 2003, al gigante Bethlehem Steel. La ciudad es hoy una sombra de lo que fue, y su crepúsculo un símbolo del desvanecimiento de la clase media manufacturera estadounidense, que se fue para no volver con la deslocalización del empleo. Si Trump supo conectar con los obreros sin fábrica de las decenas de Bethlehems de Estados Unidos en 2016 fue en gran parte por incomparecencia de su adversaria, y de una legión de líderes –todos bendecidos por grandes dosis de electability– que le precedieron. La solución demócrata, durante demasiado tiempo, consistió en negarle a aquella gente que tuviera problema alguno. El ahora presidente logró apelar a su desazón, a la que propuso como chivos expiatorios a los inmigrantes y a países extranjeros. Y las fábricas no han vuelto a abrir en el medio oeste.

Hay en el ecosistema del centroizquierda estadounidense una querencia por el vilipendio de los casi 63 millones de estadounidenses que votaron a Trump. Desde medios progresistas y tertulias de opinión se proyecta una imagen de un enorme bloque racista, intolerante e inculto, que además se engloba bajo el término “clase trabajadora blanca”. Esta caracterización no tiene que ver con la realidad –Trump perdió por un 11% las elecciones entre la mitad más pobre del país, y sólo mejoró los resultados de sus predecesores republicanos entre los votantes más ricos– pero sigue pesando mucho. Como el mantra de la electability, es un artefacto ideológico que busca ahuyentar cualquier asomo de política de clase, y pretende mantener al Partido Demócrata en el redil de las políticas neoliberales en lo económico y sensibles para con el reconocimiento de las minorías. Funciona como un cepo. Y al aparecer en la FOX, Sanders se libró de él.

Trump perdió por un 11% las elecciones entre la mitad más pobre del país

“Sé que muchos de vosotros votasteis a Trump”, dijo el senador en una nota previa a su intervención en la cadena. “Pero os mintió. Os dijo que iba a llevar la sanidad a todo el mundo. Pero sus políticas van camino de dejar a 30 millones de personas más sin seguro. Os dijo que su plan fiscal no beneficiaría a los ricos. Y os volvió a mentir. El 83% de los beneficios van al 1% más rico. ¿Cómo se le explica eso a la gente que votó a Trump si uno no habla con la gente que votó a Trump?”. Una vez en el estrado, Sanders profundizó sobre sus diferencias con Trump en el asunto que atañía más directamente a sus interlocutores. De pronto, el enemigo no eran los trabajadores mexicanos ni los gobiernos asiáticos, sino los patrones del gran capital. “Están ante un senador que no sólo votó en contra del NAFTA (el acuerdo de libre comercio entre Estados Unidos, México y Canadá que firmó Bill Clinton y abrió en canal las economías de la región a la deslocalización del empleo), sino que marchó en los piquetes junto a los sindicatos. Votó contra el CAFTA, se opuso firmemente al Acuerdo Transpacífico. ¿Y por qué? Estaba muy claro que estos acuerdos estaban escritos por corporaciones multinacionales contra los intereses de los trabajadores estadounidenses”.

El senador continuó, abandonando un tono pausado y pedagógico para adoptar otro más reivindicativo. “Déjeme sugerir algo que no creo que sea una idea muy radical: los trabajadores estadounidenses no tendrían que competir contra la gente desesperada del mundo que gana un dólar o dos al día. Creo que tenemos una responsabilidad moral de aupar a los pobres del mundo, y no sólo a los de los países ricos. Pero se puede hacer eso sin una subasta a la baja. Soy muy cercano a los sindicatos, y cuando hablo con trabajadores de sindicatos y me dicen: ‘Nuestro jefe nos ha dicho: Si no aceptáis este recorte de salarios o de condiciones sanitarias, nos trasladaremos a México o a China, donde la gente está dispuesta a trabajar por casi nada’. Así que necesitamos el comercio. El comercio es algo bueno, pero necesitamos una política de comercio que funcione para las familias trabajadoras, y no sólo para las grandes corporaciones”, concluyó.  

Sanders no escatimó palabras duras con Trump, al que acusó de ser un “presidente peligroso” y un “mentiroso patológico”, incapaz “de decir la verdad sobre dónde nació su padre”, pero lanzó un aviso a sus contrincantes en las primarias demócratas: “Si todo lo que hacemos es centrarnos en él, perderemos. Lo que tenemos que hacer es desarrollar una agenda que se ocupe de las necesidades de los trabajadores. Cuando hagamos eso, ganaremos, y por goleada”.

El senador desplegó la agenda universalista y redistributiva de siempre, con el espíritu didáctico que acostumbra. Habló de sanidad estatal de acceso gratuito, de progresividad fiscal, de reforma educativa para acabar con las tasas universitarias. Rechazó que “el país más rico en la historia de la humanidad” no pueda permitirse medidas que cuentan con apoyo mayoritario entre la ciudadanía. En definitiva, situó el ideario del socialismo democrático, algo hasta hace bien poco inimaginable, en el corazón del aparato cultural del capitalismo más salvaje.

“El socialismo democrático para mí pasa por crear un Estado y una economía y sociedad que funcionen para todos y no sólo para el 1% más rico”, explicó Sanders a un votante invitado al programa. “Pasa por terminar con las desigualdades absurdas que existen hoy en día. Y quiero dejarlas claras, porque no es algo que vayan a escuchar demasiado en FOX ni en los medios en general: El pueblo estadounidense tiene que concluir si creemos que es apropiado que tres familias tengan tanta riqueza como la mitad de abajo de la sociedad estadounidense, 160 millones de personas. Si es apropiado que el 1% de arriba tenga más que el 92% de abajo. Si está bien que el 49% de los ingresos vayan al 1% cuando mucha gente que está viendo este programa tiene dos trabajos solamente para sobrevivir. Así que, para empezar, queremos crear un sistema de gobierno que funcione para todos nosotros y queremos crear un sistema político que se base en una persona un voto, y no en que los multimillonarios compren elecciones”.

Fox no sólo es la cadena de televisión por cable más vista de los Estados Unidos. Su audiencia tiene, además, los ingresos medios más bajos

Por muy desencaminado que parezca utilizar un foro como la FOX, al otro lado de la trinchera de la guerra cultural, para tamaño despliegue de educación ideológica, los datos de audiencia de la FOX esconden una realidad meridiana: No sólo es la cadena de televisión por cable más vista de los Estados Unidos, muy por encima de la CNN. Su audiencia tiene, además, los ingresos medios más bajos de todo el panorama mediático estadounidense. Los lectores del New York Times o los oyente de la radio pública NPR, biblias del progresismo liberal estadounidense, son de media mucho más ricos que los de la cadena de Murdoch. El 77% de quienes ven la FOX ganan menos de 75.000 dólares al año. Un tercio percibe menos de 30.000 dólares al año. La inmensa mayoría son ancianos, que serían los principales beneficiarios de programas de ayuda a la tercera edad y de sanidad universal que propugna el senador. Si Sanders quiere ser presidente, su mensaje tiene que llegar a muchos de esos votantes.

En esos términos, la intervención fue un éxito sin paliativos. Dos millones seiscientas mil televidentes la siguieron en directo, lo que la convirtió en el acto de precampaña demócrata más visto, duplicando en audiencia a un acto del propio Sanders en la CNN semanas antes. Decenas de millones más compartieron extractos del programa, de hora y media de duración, por redes sociales. Donde había sembrado críticas casi unánimes por aceptar la invitación de la FOX, Sanders cosechó elogios casi unánimes.

El patinazo del presentador con el asunto de la sanidad, que se hizo viral en las redes, rubricó el éxito de la estrategia del senador

La web de noticias POLITICO, que toma el pulso mejor que nadie al sentir de los corrillos de poder en Washington, proclamó: “Sanders se enfrenta a la FOX… Y emerge triunfador”. El Washington Post recalcó que la intervención del senador “sugiere que a Trump se le puede derrotar”. VICE News declaró “victorioso” a Sanders, mientras que The Atlantic, a menudo duro con él, reconoció que la incursión en territorio hostil “valió la pena”, ya que sirvió para “pinchar la burbuja de la FOX”. En la derecha, la revista National Review aplaudió a un Sanders “formidable”, que “brilló en FOX News, distinguiéndose de sus compañeros demócratas en cuestión de carácter, confianza e imaginación”. Incluso el gran gurú republicano Karl Rove, artífice de las victorias de George W. Bush, dedicó su habitual columna en las páginas del Wall Street Journal para hacer saltar un señuelo entre sus filas: “El senador demostró que es un contendiente serio con posibilidades”, escribió Rove, que puso el énfasis en la habilidad del precandidato para trascender la crítica a Trump y plantear un programa visionario. “Cuando sólo un 37% de los estadounidenses declara en las encuestas que el país va en la dirección adecuada y el 56,4% percibe que va por mal camino, Sanders podría ser percibido como agente del cambio. Si es el nominado demócrata, la tarea de Trump será convencer a los estadounidenses de que un giro hacia el socialismo supondría un cambio ruinoso. Visto el encuentro con votantes del lunes, eso no será tan fácil como muchos republicanos podrían pensar. Sanders es un rival de verdad”.

La jugada de Sanders ya crea escuela. La semana siguiente a su aparición en la FOX, un puñado de rivales en las primarias demócratas anunciaban que participarían en programas similares en la cadena. La senadora Amy Klobuchar, de Minnesota, ponía fecha para su encuentro con votantes en mayo, igual que el alcalde de South Bend, Indiana, Pete Buttigieg. El exsecretario de Educación de Obama, Julián Castro, y los senadores Kristen Gillibrand y Cory Booker declaraban al New York Times que estaban abiertos a la idea de aparecer en la FOX. Solo Elizabeth Warren, la mayor rival de Sanders en el ala progresista, se mostraba contraria a aparecer en la cadena, tildándola de “estafa” que comercia con “odio a cambio de beneficios empresariales”.

El patinazo del presentador con el asunto de la sanidad, que se hizo viral en las redes en cuestión de minutos, rubricó el éxito de la estrategia del senador. ¿Y si hubiera vida más allá de la reproducción de las diferencias identitarias entre los de abajo? ¿Y si la white working class no fuera un enemigo a batir sino un sujeto en disputa? ¿Acaso no convendría salir a pescar votos, y conquistar conciencias, en los vastos caladeros declarados proscritos por quienes se juegan casi todo en que nada cambie? El silencio que recorrió el centro del plató ultraconservador al ver las manos en alto de un público elegido por la FOX en un bastión trumpista, y sin embargo exaltado por la idea de la sanidad universal, demostró que aquella noche, en aquel centro cultural, se había roto algo. Tal vez fuera el mito de la electability.

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Autor >

Álvaro Guzmán Bastida

Nacido en Pamplona en plenos Sanfermines, ha vivido en Barcelona, Londres, Misuri, Carolina del Norte, Macondo, Buenos Aires y, ahora, Nueva York. Dicen que estudió dos másteres, de Periodismo y Política, en Columbia, que trabajó en Al Jazeera, y que tiene los pies planos. Escribe sobre política, economía, cultura y movimientos sociales, pero en realidad, solo le importa el resultado de Osasuna el domingo.

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1 comentario(s)

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  1. jose

    Ya veremos, dijo el ciego...

    Hace 2 años 2 meses

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