1. Número 1 · Enero 2015

  2. Número 2 · Enero 2015

  3. Número 3 · Enero 2015

  4. Número 4 · Febrero 2015

  5. Número 5 · Febrero 2015

  6. Número 6 · Febrero 2015

  7. Número 7 · Febrero 2015

  8. Número 8 · Marzo 2015

  9. Número 9 · Marzo 2015

  10. Número 10 · Marzo 2015

  11. Número 11 · Marzo 2015

  12. Número 12 · Abril 2015

  13. Número 13 · Abril 2015

  14. Número 14 · Abril 2015

  15. Número 15 · Abril 2015

  16. Número 16 · Mayo 2015

  17. Número 17 · Mayo 2015

  18. Número 18 · Mayo 2015

  19. Número 19 · Mayo 2015

  20. Número 20 · Junio 2015

  21. Número 21 · Junio 2015

  22. Número 22 · Junio 2015

  23. Número 23 · Junio 2015

  24. Número 24 · Julio 2015

  25. Número 25 · Julio 2015

  26. Número 26 · Julio 2015

  27. Número 27 · Julio 2015

  28. Número 28 · Septiembre 2015

  29. Número 29 · Septiembre 2015

  30. Número 30 · Septiembre 2015

  31. Número 31 · Septiembre 2015

  32. Número 32 · Septiembre 2015

  33. Número 33 · Octubre 2015

  34. Número 34 · Octubre 2015

  35. Número 35 · Octubre 2015

  36. Número 36 · Octubre 2015

  37. Número 37 · Noviembre 2015

  38. Número 38 · Noviembre 2015

  39. Número 39 · Noviembre 2015

  40. Número 40 · Noviembre 2015

  41. Número 41 · Diciembre 2015

  42. Número 42 · Diciembre 2015

  43. Número 43 · Diciembre 2015

  44. Número 44 · Diciembre 2015

  45. Número 45 · Diciembre 2015

  46. Número 46 · Enero 2016

  47. Número 47 · Enero 2016

  48. Número 48 · Enero 2016

  49. Número 49 · Enero 2016

  50. Número 50 · Febrero 2016

  51. Número 51 · Febrero 2016

  52. Número 52 · Febrero 2016

  53. Número 53 · Febrero 2016

  54. Número 54 · Marzo 2016

  55. Número 55 · Marzo 2016

  56. Número 56 · Marzo 2016

  57. Número 57 · Marzo 2016

  58. Número 58 · Marzo 2016

  59. Número 59 · Abril 2016

  60. Número 60 · Abril 2016

  61. Número 61 · Abril 2016

  62. Número 62 · Abril 2016

  63. Número 63 · Mayo 2016

  64. Número 64 · Mayo 2016

  65. Número 65 · Mayo 2016

  66. Número 66 · Mayo 2016

  67. Número 67 · Junio 2016

  68. Número 68 · Junio 2016

  69. Número 69 · Junio 2016

  70. Número 70 · Junio 2016

  71. Número 71 · Junio 2016

  72. Número 72 · Julio 2016

  73. Número 73 · Julio 2016

  74. Número 74 · Julio 2016

  75. Número 75 · Julio 2016

  76. Número 76 · Agosto 2016

  77. Número 77 · Agosto 2016

  78. Número 78 · Agosto 2016

  79. Número 79 · Agosto 2016

  80. Número 80 · Agosto 2016

  81. Número 81 · Septiembre 2016

  82. Número 82 · Septiembre 2016

  83. Número 83 · Septiembre 2016

  84. Número 84 · Septiembre 2016

  85. Número 85 · Octubre 2016

  86. Número 86 · Octubre 2016

  87. Número 87 · Octubre 2016

  88. Número 88 · Octubre 2016

  89. Número 89 · Noviembre 2016

  90. Número 90 · Noviembre 2016

  91. Número 91 · Noviembre 2016

  92. Número 92 · Noviembre 2016

  93. Número 93 · Noviembre 2016

  94. Número 94 · Diciembre 2016

  95. Número 95 · Diciembre 2016

  96. Número 96 · Diciembre 2016

  97. Número 97 · Diciembre 2016

  98. Número 98 · Enero 2017

  99. Número 99 · Enero 2017

  100. Número 100 · Enero 2017

  101. Número 101 · Enero 2017

  102. Número 102 · Febrero 2017

  103. Número 103 · Febrero 2017

  104. Número 104 · Febrero 2017

  105. Número 105 · Febrero 2017

  106. Número 106 · Marzo 2017

  107. Número 107 · Marzo 2017

  108. Número 108 · Marzo 2017

  109. Número 109 · Marzo 2017

  110. Número 110 · Marzo 2017

  111. Número 111 · Abril 2017

  112. Número 112 · Abril 2017

  113. Número 113 · Abril 2017

  114. Número 114 · Abril 2017

  115. Número 115 · Mayo 2017

  116. Número 116 · Mayo 2017

  117. Número 117 · Mayo 2017

  118. Número 118 · Mayo 2017

  119. Número 119 · Mayo 2017

  120. Número 120 · Junio 2017

  121. Número 121 · Junio 2017

  122. Número 122 · Junio 2017

  123. Número 123 · Junio 2017

  124. Número 124 · Julio 2017

  125. Número 125 · Julio 2017

  126. Número 126 · Julio 2017

  127. Número 127 · Julio 2017

  128. Número 128 · Agosto 2017

  129. Número 129 · Agosto 2017

  130. Número 130 · Agosto 2017

  131. Número 131 · Agosto 2017

  132. Número 132 · Agosto 2017

  133. Número 133 · Septiembre 2017

  134. Número 134 · Septiembre 2017

  135. Número 135 · Septiembre 2017

  136. Número 136 · Septiembre 2017

  137. Número 137 · Octubre 2017

  138. Número 138 · Octubre 2017

  139. Número 139 · Octubre 2017

  140. Número 140 · Octubre 2017

  141. Número 141 · Noviembre 2017

  142. Número 142 · Noviembre 2017

  143. Número 143 · Noviembre 2017

  144. Número 144 · Noviembre 2017

  145. Número 145 · Noviembre 2017

  146. Número 146 · Diciembre 2017

  147. Número 147 · Diciembre 2017

  148. Número 148 · Diciembre 2017

  149. Número 149 · Diciembre 2017

  150. Número 150 · Enero 2018

  151. Número 151 · Enero 2018

  152. Número 152 · Enero 2018

  153. Número 153 · Enero 2018

  154. Número 154 · Enero 2018

  155. Número 155 · Febrero 2018

  156. Número 156 · Febrero 2018

  157. Número 157 · Febrero 2018

  158. Número 158 · Febrero 2018

  159. Número 159 · Marzo 2018

  160. Número 160 · Marzo 2018

  161. Número 161 · Marzo 2018

  162. Número 162 · Marzo 2018

  163. Número 163 · Abril 2018

  164. Número 164 · Abril 2018

  165. Número 165 · Abril 2018

  166. Número 166 · Abril 2018

  167. Número 167 · Mayo 2018

  168. Número 168 · Mayo 2018

  169. Número 169 · Mayo 2018

  170. Número 170 · Mayo 2018

  171. Número 171 · Mayo 2018

  172. Número 172 · Junio 2018

  173. Número 173 · Junio 2018

  174. Número 174 · Junio 2018

  175. Número 175 · Junio 2018

  176. Número 176 · Julio 2018

  177. Número 177 · Julio 2018

  178. Número 178 · Julio 2018

  179. Número 179 · Julio 2018

  180. Número 180 · Agosto 2018

  181. Número 181 · Agosto 2018

  182. Número 182 · Agosto 2018

  183. Número 183 · Agosto 2018

  184. Número 184 · Agosto 2018

  185. Número 185 · Septiembre 2018

  186. Número 186 · Septiembre 2018

  187. Número 187 · Septiembre 2018

  188. Número 188 · Septiembre 2018

  189. Número 189 · Octubre 2018

  190. Número 190 · Octubre 2018

  191. Número 191 · Octubre 2018

  192. Número 192 · Octubre 2018

  193. Número 193 · Octubre 2018

  194. Número 194 · Noviembre 2018

  195. Número 195 · Noviembre 2018

  196. Número 196 · Noviembre 2018

  197. Número 197 · Noviembre 2018

  198. Número 198 · Diciembre 2018

  199. Número 199 · Diciembre 2018

  200. Número 200 · Diciembre 2018

  201. Número 201 · Diciembre 2018

  202. Número 202 · Enero 2019

  203. Número 203 · Enero 2019

  204. Número 204 · Enero 2019

  205. Número 205 · Enero 2019

  206. Número 206 · Enero 2019

  207. Número 207 · Febrero 2019

  208. Número 208 · Febrero 2019

  209. Número 209 · Febrero 2019

  210. Número 210 · Febrero 2019

  211. Número 211 · Marzo 2019

  212. Número 212 · Marzo 2019

  213. Número 213 · Marzo 2019

  214. Número 214 · Marzo 2019

  215. Número 215 · Abril 2019

  216. Número 216 · Abril 2019

  217. Número 217 · Abril 2019

  218. Número 218 · Abril 2019

  219. Número 219 · Mayo 2019

  220. Número 220 · Mayo 2019

  221. Número 221 · Mayo 2019

  222. Número 222 · Mayo 2019

  223. Número 223 · Mayo 2019

  224. Número 224 · Junio 2019

  225. Número 225 · Junio 2019

  226. Número 226 · Junio 2019

  227. Número 227 · Junio 2019

  228. Número 228 · Julio 2019

  229. Número 229 · Julio 2019

  230. Número 230 · Julio 2019

  231. Número 231 · Julio 2019

  232. Número 232 · Julio 2019

  233. Número 233 · Agosto 2019

  234. Número 234 · Agosto 2019

  235. Número 235 · Agosto 2019

  236. Número 236 · Agosto 2019

  237. Número 237 · Septiembre 2019

  238. Número 238 · Septiembre 2019

  239. Número 239 · Septiembre 2019

  240. Número 240 · Septiembre 2019

  241. Número 241 · Octubre 2019

  242. Número 242 · Octubre 2019

  243. Número 243 · Octubre 2019

  244. Número 244 · Octubre 2019

  245. Número 245 · Octubre 2019

  246. Número 246 · Noviembre 2019

  247. Número 247 · Noviembre 2019

  248. Número 248 · Noviembre 2019

  249. Número 249 · Noviembre 2019

  250. Número 250 · Diciembre 2019

  251. Número 251 · Diciembre 2019

  252. Número 252 · Diciembre 2019

  253. Número 253 · Diciembre 2019

  254. Número 254 · Enero 2020

  255. Número 255 · Enero 2020

  256. Número 256 · Enero 2020

  257. Número 257 · Febrero 2020

  258. Número 258 · Marzo 2020

  259. Número 259 · Abril 2020

  260. Número 260 · Mayo 2020

  261. Número 261 · Junio 2020

  262. Número 262 · Julio 2020

  263. Número 263 · Agosto 2020

  264. Número 264 · Septiembre 2020

  265. Número 265 · Octubre 2020

  266. Número 266 · Noviembre 2020

  267. Número 267 · Diciembre 2020

  268. Número 268 · Enero 2021

  269. Número 269 · Febrero 2021

  270. Número 270 · Marzo 2021

  271. Número 271 · Abril 2021

  272. Número 272 · Mayo 2021

  273. Número 273 · Junio 2021

  274. Número 274 · Julio 2021

  275. Número 275 · Agosto 2021

  276. Número 276 · Septiembre 2021

  277. Número 277 · Octubre 2021

  278. Número 278 · Noviembre 2021

CTXT necesita 15.000 socias/os para seguir creciendo. Suscríbete a CTXT

LECTURA / ‘Anatomía del fascismo’

¿Qué es el fascismo?

El fascismo se confunde con la dictadura militar porque sus dirigentes militarizaron las sociedades y situaron las guerras de conquista en el centro de sus objetivos

Robert Owen Paxton 1/05/2019

<p>Benito Mussolini durante una inspección a las tropas, en Etiopía.</p>

Benito Mussolini durante una inspección a las tropas, en Etiopía.

A diferencia de otros medios, en CTXT mantenemos todos nuestros artículos en abierto. Nuestra apuesta es recuperar el espíritu de la prensa independiente: ser un servicio público. Si puedes permitirte pagar 4 euros al mes, apoya a CTXT. ¡Suscríbete!

¡Hola! El proceso al procés arranca en el Supremo y CTXT tira la casa through the window. El relator Guillem Martínez se desplaza tres meses a vivir a Madrid. ¿Nos ayudas a sufragar sus largas y merecidas noches de fiesta? Pincha ahí: agora.ctxt.es/donaciones

Límites

No podemos comprender bien el fascismo sin trazar fronteras claras que lo diferencien de formas superficialmente similares. Es una tarea difícil porque el fascismo fue ampliamente imitado, sobre todo durante la década de 1930, cuando Alemania e Italia parecían tener más éxito que las democracias. Aparecieron así préstamos del fascismo tan lejos de sus raíces europeas como en Bolivia y en China.1

La frontera más simple es la que separa el fascismo de la tiranía clásica. El socialista moderado exiliado Gaetano Salvemini, que abandonó su cátedra de Historia en Florencia y se fue a Londres y luego a Harvard porque no podía soportar tener que enseñar sin decir lo que pensaba, indicó la diferencia esencial cuando se preguntó por qué «los italianos sintieron la necesidad de librarse de sus instituciones libres» precisamente en el momento en que deberían enorgullecerse de ellas y en que «deberían dar un paso adelante hacia una democracia más avanzada».2 Para Salvemini el fascismo significó dejar a un lado la democracia y el procedimiento debido en la vida pública en favor de la aclamación de la calle. Es un fenómeno de las democracias fallidas y lo novedoso de él fue que, en vez de simplemente imponer silencio a los ciudadanos como había hecho la tiranía clásica desde los tiempos más remotos, halló una técnica para canalizar sus pasiones en la construcción de una unidad nacional obligatoria en torno a proyectos de limpieza interna y de expansión externa. No deberíamos utilizar el término fascismo para dictaduras predemocráticas. Por muy crueles que sean, carecen del entusiasmo de masas manipulado y de la energía demoníaca del fascismo, así como de la misión que este se plantea de «prescindir de las instituciones libres» en pro de la fuerza, la pureza y la unidad de la nación.

El fascismo se confunde fácilmente con la dictadura militar, porque los dirigentes fascistas militarizaron sus sociedades y situaron las guerras de conquista en el centro mismo de sus objetivos. Armas3 y uniformes fueron para ellos un fetiche. En la década de 1930 las milicias fascistas estaban todas uniformadas —también lo estaban, en realidad, las milicias socialistas en aquella era de la camisa de color—,4 y los fascistas siempre han querido convertir la sociedad en una fraternidad armada. Hitler, recién instalado como canciller de Alemania, cometió el error de vestir una trinchera civil y sombrero cuando fue a Venecia el 14 de junio de 1934 para su primer encuentro con el más maduro Mussolini, «resplandeciente de uniforme y daga».5 A partir de entonces el Führer apareció de uniforme en los actos públicos, unas veces con chaqueta marrón, más tarde a menudo con una guerrera militar sin adornos. Pero mientras todos los fascismos son siempre militaristas, las dictaduras militares no son siempre fascistas. La mayoría de los dictadores militares han actuado simplemente como tiranos, sin atreverse a desencadenar el entusiasmo popular del fascismo. Las dictaduras militares son mucho más comunes que los fascismos, porque no tienen ninguna conexión necesaria con una democracia fallida y han existido desde que ha habido militares.

La frontera que separa al fascismo del autoritarismo es más sutil, pero es una de las más esenciales para la comprensión.6 He utilizado ya el término, o el similar de dictadura tradicional, al analizar España, Portugal, Austria y la Francia de Vichy. La frontera entre fascismo y autoritarismo fue especialmente difícil de trazar en la década de 1930, cuando regímenes que eran, en realidad, autoritarios adoptaron parte de la decoración de los fascismos triunfantes del periodo. Aunque los regímenes autoritarios pisotean a menudo las libertades ciudadanas y son capaces de una brutalidad criminal, no comparten el ansia del fascismo de reducir a la nada la esfera privada. Aceptan espacios mal definidos pero reales de ámbito privado para «órganos de intermediación» tradicionales como notables locales, cárteles económicos y asociaciones, cuerpos de oficiales, familias e Iglesias.  

Estos órganos, en vez de un partido único oficial, son los principales instrumentos de control social en los regímenes autoritarios. Los autoritarios prefieren dejar a la población desmovilizada y pasiva, mientras que los fascistas tienden a hacer participar al público y a movilizarle.7 Los autoritarios tienen un gobierno fuerte, pero limitado. Vacilan a la hora de intervenir en la economía, algo que los fascistas hacen de muy buena gana, o de embarcarse en programas de seguridad social. En vez de proclamar un nuevo camino, se aferran al statu quo.8

El general Francisco Franco, por ejemplo, que dirigió al Ejército español en la rebelión contra la República en julio de 1936 y que se convirtió en 1939 en el dictador de España, tomó prestados claramente algunos aspectos del régimen de su aliado Mussolini. Se hizo llamar Caudillo y convirtió a la Falange fascista en el único partido. Durante la Segunda Guerra Mundial y después de ella, los aliados trataron a Franco como a un socio del Eje. Fortaleció esa impresión el carácter sanguinario de la represión franquista, en la que pudieron haber muerto hasta 200.000 personas entre 1939 y 1945, y por los esfuerzos del régimen para impedir el contacto cultural y económico con el mundo exterior.9

En abril de 1945, funcionarios españoles asistieron a una misa por la muerte de Hitler. Sin embargo, un mes más tarde el Caudillo explicó a sus seguidores que «era necesario bajar un poco las velas [de Falange]».10 A partir de entonces la España de Franco,11 siempre más católica que fascista, basó su autoridad en pilares tradicionales como la Iglesia, los grandes terratenientes y el Ejército, encargándoles básicamente del control social en vez de la cada vez más débil Falange o el Estado. El Estado franquista intervino poco en la economía y apenas se esforzó en regular la vida diaria de la gente siempre que se mostrase pasiva.

El Estado Novo de Portugal12 difirió aún más profundamente del fascismo que la España de Franco. Salazar fue, sin duda, el dictador de Portugal, pero prefirió un público pasivo y un Estado limitado en el que el poder social se mantuvo en manos de la Iglesia, el Ejército y los grandes terratenientes. En julio de 1934, el doctor Salazar prohibió el movimiento fascista portugués, el Nacionalsindicalismo, acusándolo de «exaltación de la juventud, el culto a la fuerza a través de la llamada acción directa, el principio de la superioridad del poder político del Estado en la vida social, la tendencia a organizar a las masas tras un dirigente político»... No es una mala descripción del fascismo.13

La Francia de Vichy, el régimen que sustituyó a la república parlamentaria tras la derrota de 1940,14 es indudable que no fue fascista en un principio, ya que ni tuvo un partido único ni instituciones paralelas. Un sistema de gobierno en el que el funcionariado selecto tradicional del país regía el Estado, con papeles reforzados para los militares, la Iglesia, los especialistas técnicos y las élites sociales y económicas establecidas, cae claramente dentro de la categoría de autoritario. Después de que la invasión alemana de la Unión Soviética en junio de 1941 llevase al Partido Comunista Francés a la resistencia abierta y obligase a las fuerzas de ocupación alemanas a actuar con mucha mayor dureza en apoyo de la guerra total, Vichy y su política de colaboración con la Alemania nazi se enfrentaron a una oposición creciente. En la lucha contra la Resistencia aparecieron organizaciones paralelas: la Milice, o policía complementaria, «secciones especiales» de los tribunales de justicia para juicios expeditivos de disidentes, la Policía de Asuntos Judíos. Pero, aunque, como vimos en el capítulo 4, se les diesen a unos cuantos fascistas de París puestos importantes en Vichy en los últimos días del régimen, actuaron como individuos más que como jefes de un partido único oficial.

  ¿Qué es fascismo?

Ha llegado el momento de proporcionar al fascismo una definición breve y práctica, aunque sepamos que no nos mostrará todos sus contenidos, lo mismo que una foto no puede mostrarnos del todo a una persona.

Se puede definir el fascismo como una forma de conducta política caracterizada por una preocupación obsesiva por la decadencia de la comunidad, su humillación o victimización y por cultos compensatorios de unidad, energía y pureza, en la que un partido con una base de masas de militantes nacionalistas comprometidos, trabajando en una colaboración incómoda pero eficaz con élites tradicionales, abandona las libertades democráticas y persigue con violencia redentora y sin limitaciones éticas o legales objetivos de limpieza interna y expansión exterior.

Ciertamente, la actuación política exige elegir entre opciones, y las opciones que se eligen —como mis críticos se apresuran a señalar— nos hacen volver a las ideas subyacentes. Hitler y Mussolini, que despreciaban el «materialismo» del socialismo y del liberalismo, insistían en la importancia básica de las ideas para sus movimientos. Muchos antifascistas, que se niegan a otorgarles esa dignidad, no piensan lo mismo. «La ideología del nacionalsocialismo está cambiando constantemente», comentaba Franz Neumann. «Tiene ciertas creencias mágicas —adoración de la jefatura, supremacía de la raza superior—, pero no está expuesto en una serie de pronunciamientos categóricos y dogmáticos».15 Sobre ese punto, este libro se aproxima a la posición de Neumann, y ya examiné con cierta extensión en el capítulo 1 la relación peculiar del fascismo con su ideología, simultáneamente proclamada como algo básico y, sin embargo, enmendada o violada cuando conviene.16 No obstante, los fascistas sabían lo que querían. No se pueden desterrar las ideas del estudio del fascismo, pero puede uno situarlas adecuadamente entre todos los factores que influyen en este complejo fenómeno. Podemos abrirnos paso entre los extremos: el fascismo no consistió ni en la simple aplicación de su programa ni en un oportunismo descontrolado.

Yo creo que como mejor se deducen las ideas que subyacen a las acciones fascistas es partiendo de esas acciones, pues algunas de ellas no llegan a expresarse y se hallan implícitas en el lenguaje público fascista. Muchas pertenecen más al reino de los sentimientos viscerales que al de las proposiciones razonadas. En el capítulo 2 las llamé «pasiones movilizadoras»:  

  •  un sentimiento de crisis abrumadora contra la que nada valen las soluciones tradicionales;
  •  la primacía del grupo, respecto al cual uno tiene deberes superiores a cualquier derecho, sea individual o universal, y la subordinación del individuo a él;
  •  la creencia de que el grupo de uno es una víctima, un sentimiento que justifica cualquier acción, sin límites legales y morales, contra sus enemigos, tanto internos como externos;
  •  el miedo a la decadencia del grupo por los efectos corrosivos del liberalismo individualista, la lucha de clases y las influencias extranjeras;
  •  la necesidad de una integración más estrecha de una comunidad más pura, por el consentimiento si es posible o por la violencia excluyente en caso necesario;
  •  la necesidad de autoridad a través de jefes naturales —siempre varones—, que culmina en un caudillo nacional que es el único capaz de encarnar el destino histórico del grupo;
  •  la superioridad de los instintos del caudillo respecto a la razón abstracta y universal;
  •  la belleza de la violencia y la eficacia de la voluntad, cuando están consagradas al éxito del grupo;
  •  el derecho del pueblo elegido a dominar a otros sin limitaciones de ningún género de ley divina ni humana, derecho que se decide por el exclusivo criterio de la superioridad del grupo dentro de una lucha darwiniana.

El fascismo, de acuerdo con esta definición, así como la conducta correspondiente a estos sentimientos, aún es visible hoy. Existe fascismo al nivel de la Etapa Uno dentro de todos los países democráticos, sin excluir a Estados Unidos. «Prescindir de instituciones libres», especialmente de las libertades de grupos impopulares, resulta periódicamente atractivo a los ciudadanos de las democracias occidentales, incluidos algunos estadounidenses. Sabemos, por haber seguido su rastro, que el fascismo no precisa de una «marcha» espectacular sobre alguna capital para arraigar; basta con decisiones aparentemente anodinas de tolerar un tratamiento ilegal de «enemigos» de la nación. Algo muy próximo al fascismo clásico ha llegado a la Etapa Dos en unas cuantas sociedades profundamente atribuladas. No es inevitable, sin embargo, que siga progresando. Los posteriores avances fascistas hacia el poder dependen en parte de la gravedad de una crisis, pero también en muy alto grado de elecciones humanas, especialmente las de aquellos que detentan poder económico, social y político. Determinar las respuestas adecuadas a los avances fascistas no es fácil, porque no es probable que su ciclo se repita a ciegas. Pero estamos en una posición mucho mejor para reaccionar sabiamente si entendemos cómo triunfó el fascismo en el pasado.

-----------------------------------------

1. Para Bolivia, véase capítulo 7, nota 69 (en página 331). Para China, véase Payne, History, pp. 337-338; Marcia H. Chang, The Chinese Blue Shirt Society: Fascism and De- velopmental Nationalism, Berkeley y Los Ángeles, University of California Press, 1985, y Fred Wakeman, Jr., «A Revisionist View of the Nanjing Decade: Confucian Fascism», China Quarterly 150, junio de 1997, pp. 395-430. Wakeman no considera a los Camisas Azules auténticamente fascistas. Le agradezco sus consejos sobre este punto.

2. Las lecciones de Harvard de Gaetano Salvemini, publicadas en Opera de Gae- tano Salvemini, vol. VI, Scritti sul fascismo, vol. 1, p. 343.

3. Para las armas como un «objeto de amor» de los militantes fascistas, véase Emilio Gentile, Storia del partito, p. 498. «Mientras tenga una pluma en la mano y un revólver en el bolsillo», dijo Mussolini después de romper con los socialistas en 1914, «no temo a nadie». A principios de la década de 1920, tenía siempre un revólver y un par de granadas en su escritorio. En la década de 1930 el revólver había emigrado a un cajón del escritorio de su grandioso despacho del Palazzo Venezia (Pierre Milza, Mussolini, París, Fayard, 1999, pp. 183, 232, 252, 442). Hitler prefirió las fustas (Kers- haw, Hitler, vol. 1, p. 188), pero el 23 de abril de 1942 les dijo a sus comensales que «llevar armas contribuye al orgullo y el porte de un hombre» (Hitler’s Table Talk, trad. de Norman Cameron y R. H. Stevens, Londres, Weidenfeld y Nicolson, 1953, p. 435).

4. Las camisas de color proceden de la izquierda, probablemente de los «Mil» de Garibaldi, los voluntarios de camisa roja que conquistaron Sicilia y Nápoles para una Italia liberal unida en 1860. También procede de Garibaldi el título de Duce.

5. Alan Bullock, Hitler: A Study in Tyranny, ed. rev., Londres, Harper & Row, 1962, p. 297.

6. Juan J. Linz ha hecho el análisis clásico del autoritarismo como una forma diferenciada de gobierno: «An Authoritarian Regime: Spain», en Erik Allardt y Stein Rokkan (eds.), Mass Politics: Studies in Political Sociology, Nueva York, Free Press, 1970, pp. 251-283; «From Falange to Movimiento-Organización: The Spanish Single Party y the Franco Regime, 19 36-1968», en Samuel P. Huntington y Clement Moore (eds.), Authoritarian Politics in Modern Societies: The Dynamics of Established One- Party Systems, Nueva York, Basic Books, 1970, y «Totalitarian and Authoritarian Regimes», en Fred I. Greenstein y Nelson W. Polsby, Handbook of Political Science, Reading, MA, Addison-Wesley, 1975, vol. III, esp. pp. 264-350.

7. La frontera autoritaria-fascista es imprecisa aquí, pues en la práctica ninguno de los dos logra su deseo. Los autoritarios, lo mismo que los fascistas, enfrentados con públicos exaltados, pueden intentar crear una «solidaridad mecánica» durkhei- miana. Véase Paul Brooker, The Faces of Fraternalism: Nazi Germany, Fascist Italy, and Imperial Japan, Oxford, Clarendon, 1991. Hasta los fascistas pueden no lograr más que un asentimiento «superficial» y «frágil». Victoria de Grazia, The Culture of Consent:’ Mass Organization of Leisure in Fascist Italy, Cambridge, Cambridge Uni- versity Press, 1981, p. 20, y cap. 8, «The Limits of Consent». El estudio más meticu- loso sobre la opinión pública alemana bajo el nazismo, «Bavaria program», de Mar- tin Broszat, llegaba a la conclusión de que estaba descontenta pero atomizada, fragmentada y pasiva. Véase Ian Kershaw, Popular Opinion and Dissent in the Third Reich, Oxford, Clarendon, 1983, pp. 110, 277, 286, 389.

8. Véase la interesante comparación de Javier Tusell Gómez, «Franchismo et fascismo», en Angelo del Boca et al., Il regime fascista, pp. 57-92.

9. Michael Richards, A Time of Silence: Civil War and the Culture of Repression in Franco’s Spain, 1936-1945, Cambridge, Cambridge University Press, 1998, muestra cómo la autarquía económica y cultural se correspondía con la represión interna. El número estimado de muertos que aparece en Paul Preston, Franco, Nueva York, Basic Books, 1994, p. 30, hace la acusación de fascismo de otro modo, destacando las estrechas relaciones de Franco con el Eje al menos hasta 1942.

10. El estudio indispensable sobre la Falange es Stanley G. Payne, Fascism in Spain, 1923-1977, Madison, University of Wisconsin Press, 1999 (cita, en p. 401).

11. Véase capítulo 6, pp. 254-255.

12. Véase capítulo 6, pp. 256-257.

13. Citado en Stanley Payne, History, p. 315. Gregory J. Kasza, «Fascism from Abo- ve? Japan’s Kakushin Right in Comparative Perspective», en Stein Ugelvik Larsen, Fascism Outside Europe, Boulder, CO, Social Science Monographs, 2001, pp. 223-232, trabajando a partir del ejemplo japonés, propone una categoría diferenciada de re- gímenes unipartidistas que reprimen movimientos fascistas adoptando al mismo tiempo algunos instrumentos fascistas, como movimientos juveniles y economía corporativista, situándose así entre el conservadurismo tradicional y el fascismo. Sus ejemplos son Japón, Portugal, Polonia en 1979, Estonia y Lituania. Podría aña- dirse el Brasil de Vargas.

14. Véase pp. 193-194.

15. Franz Neumann, Behemoth: The Structure and Practice of National Socialism, 1933-1944, 2ª ed., Nueva York, Oxford University Press, 1944, p. 39. El escepticismo respecto a la ideología fascista no es algo que esté limitado a la izquierda. Considé- rese, por ejemplo, la famosa denuncia del antiguo presidente nazi del Senado de Danzig, Hermann Rauschning, Revolution of Nihilism, Nueva York, Alliance/ Longman’s Green, 1939. Véanse también los comentarios de Hannah Arendt citados en capítulo 2, p. 74.

16 Véase capítulo 1, pp. 37-44.

------------

Robert Owen Paxton (1932) es un politólogo e historiador estadounidense que ha dedicado toda su vida al estudio de la Europa de la Segunda Guerra Mundial, la Francia de Vichy y el fascismo, y en esta obra, Anatomía del fascismo, explora qué es el fascismo y cómo ha llegado a tener un impacto tan duradero y continuado en nuestra historia. Paxton ha sido profesor en la Universidad de California, Berkeley y en la Universidad Estatal de Nueva York en Stony Brook antes de unirse a la Universidad de Columbia en 1969. Trabajó allí durante el resto de su carrera, y se retiró en 1997. Sigue siendo profesor emerito. Es colabordor habitual del The New York Review of Books.

¡Hola! El proceso al procés arranca en el Supremo y CTXT tira la casa through the window. El relator Guillem Martínez se desplaza tres meses a vivir a Madrid. ¿Nos ayudas a sufragar sus largas y merecidas noches de...

Este artículo es exclusivo para las personas suscritas a CTXT. Puedes suscribirte aquí

Autor >

Robert Owen Paxton

Suscríbete a CTXT

Orgullosas
de llegar tarde
a las últimas noticias

Gracias a tu suscripción podemos ejercer un periodismo público y en libertad.
¿Quieres suscribirte a CTXT por solo 6 euros al mes? Pulsa aquí

Artículos relacionados >

3 comentario(s)

¿Quieres decir algo? + Déjanos un comentario

  1. Jose M. Belloso

    El concepto del fascismo viene de los pueblos pre-romanos como el etursco, donde el simbolo del fascis (el fajo) simbolizaba la contraposicion de una rama débil con un fajo de ramas fuerte, en pocas palabras, la fortaleza reside en la unión de las partes. Este simbolo acabado normalmente con una punta de hacha es ampliamente empleado en el asiento del monumento de Lincoln, el escudo de Francia o de la Guardia civil española. Se puede decir que los gobiernos anteriormente citados son fascistas pues no solo buscan que todos los ciudadanos hagan suyo la voluntad del estado. Al margen de eso, muchos estos tipos gobiernos aplican esa ley a la fuerza eliminando a los elementos subversivos. Lo que los hace fascistas no es su estructura económica, sino el sentimiento de pertenencia al conjunto del estado, "el todos a una". Ya sea por la fuerza o por la voluntad, la imposición o acatación de las ideas para un fin común y defenderlas a toda costa es lo que convierten a un estado en fascista.

    Hace 2 años 6 meses

  2. c

    Sicologia de masas del fascismo - de wilheim reich El miedo a la libertad - de Eric fromm Umberto Eco https://ctxt.es/es/20190116/Politica/23898/Umberto-Eco-documento-CTXT-fascismo-nazismo-extrema-derecha.htm https://blogs.publico.es/espejos-extranos/2019/03/18/los-modos-de-produccion-de-ignorancia/

    Hace 2 años 6 meses

  3. c

    NO hay qe confundir tampoco comunismo ni socialismo cn stalinismo - para qe el dictador militarice hace falta fascismo : alienacion en el acogotamiento y tbn la falta d reflexion-opinion=exaltacion - . https://blogs.publico.es/el-imaginario-salvaje/2019/01/31/los-neofascistas-ya-estan-aqui-cuatro-ideas-para-luchar-contra-la-bestia/ . https://www.publico.es/culturas/facha-facha-manual-instrucciones-detectar-fascismo-viene.html . https://www.eldiario.es/andalucia/lacajanegra/teatro/Leo-Bassi-fascismo-fragil-parece-Mussolini-Teatro-Sevilla_0_885061618.html . https://www.yorokobu.es/serie-el-dia-de-manana/?utm_source=GDPR+Approved&utm_campaign=2d7956fde9-EMAIL_CAMPAIGN_2019_02_05_07_48&utm_medium=email&utm_term=0_b2bd6b9b72-2d7956fde9-225708949&goal=0_b2bd6b9b72-2d7956fde9-225708949&mc_cid=2d7956fde9&mc_eid=c92da54102 . lo ultra tá dmoda https://www.youtube.com/watch?v=7jQLSp_elRM

    Hace 2 años 6 meses

Deja un comentario


Los comentarios solo están habilitados para las personas suscritas a CTXT. Puedes suscribirte aquí