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Nita e Irene: pioneras del fútbol femenino en España

La historia de las dos mujeres que en una época muy difícil rompieron prejuicios

Ricardo Uribarri 24/04/2019

<p>Nita Carmona e Irene González. </p>

Nita Carmona e Irene González. 

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Anita nació en Málaga. Irene en La Coruña. Fueron coetáneas en el inicio del siglo XX pero seguramente no supieron de la existencia de la otra. A lo largo de su vida compartieron una afición que no estaba bien vista para las mujeres en aquella época aunque, curiosamente, las dificultades que tuvieron para desarrollarla no fueron las mismas. Ahora que el fútbol femenino está en auge en nuestro país, que arrastra importantes cantidades de espectadores a los estadios y que las jugadoras empiezan a ser admiradas, conviene acordarse de las primeras que decidieron practicar este deporte a pesar de tenerlo todo en contra. Su historia es un ejemplo de cómo no rendirse ante las adversidades cuando quieres realizar algo.

Anita Carmona Ruiz, conocida como “Nita”, vino al mundo el 16 de mayo de 1908 en el popular barrio malagueño de Capuchinos. Fue la hija menor de un estibador del puerto, donde había muchas superficies en las que se podía jugar al fútbol. Allí se ponían a practicarlo marineros ingleses y españoles. Nita acudía en compañía de su madre para llevar la comida a su padre y le gustaba ver los partidos. Al mismo tiempo, cerca de su casa se instala en 1922 un colegio salesiano que entre sus instalaciones tiene un campo de fútbol. Su abuela empieza a colaborar con el centro, lavando las indumentarias y cosiendo algunas camisetas, siendo la joven Anita la que terminaba llevando la ropa al propio campo. Se ofrecía porque ya le atraía ese ambiente.

La historia de Nita la conoce a la perfección el periodista Jesús Hurtado, que explica a CTXT que “ella encontró la complicidad del sacerdote gallego Francisco Miguez, que la dejaba estar en la lavandería, dar patadas a la pelota antes de los partidos e incluso que fuera la que llevara el agua a los jugadores. Cuando crece, se hace una chica fornida y empieza a jugar, mostrando buenas cualidades y haciéndolo mejor que algunos hombres”. En aquel campo del centro salesiano, conocido como Segalerva, llegaron a jugar distintos clubes, entre ellos, el Sporting Málaga, del que fue benefactor el Padre Miguez y que jugaba muchos partidos amistosos para recaudar dinero y comprar zapatos y ropa a los niños más desfavorecidos. En ese equipo fue con el que empezó a jugar Anita.

El fútbol estaba considerado un deporte para hombres y no se entendía que una mujer viviera ese ambiente y lo practicara. “Estaba mal visto que hasta sudara”, afirma Hurtado. De ahí que desde el primer momento decidiera disimular su aspecto y hacerse pasar por un chico. Se cortó el pelo, se puso ropa ancha y disimuló sus pechos con una venda. Aun así había veces que la descubrían y decidieron que jugara sólo cuando lo hicieran en otros lugares donde era menos conocida. Pero no siempre le funcionó.

“El hecho de que una mujer jugara mejor que algunos hombres no era aceptado de buen grado por todos y había envidiosos que por poner más dinero en el equipo se creían que debían jugar siempre y se chivaban de lo que hacía Nita”, explica Jesús. “Eso hizo que tuviera que aguantar que a veces le tiraran piedras o que entrara la guardia urbana al campo a llevársela por alteración del orden público. Estuvo varias veces detenida y gracias al Padre Miguez la cosa no pasó a mayores”.

Los padres no veían bien esa afición de Anita y un tío suyo, José, que era médico, incluso les dijo que la práctica del fútbol podía ser perjudicial para su desarrollo físico. Aprovechando que tenían familiares en Vélez-Málaga la mandaron allí, intentando sacarla de ese ambiente. Pero eso no impidió que al poco tiempo empezara a jugar también con el equipo de la localidad gracias a la recomendación de uno de sus componentes, un primo suyo llamado Quero, que había estado también en el Sporting Málaga. Aprovechando que muchos de los jugadores tenían motes, a ella decidieron ponerle uno para que pasara más desapercibida y la empezaron a llamar Veleta. De esa forma Nita se convierte en Veleta, figurando con ese nombre en las alineaciones que aparecían en los programas oficiales. Entre 1927 y 1932 disputó unos 40 partidos con el Vélez. “Llegó a ser una referencia del equipo, como demuestra que hasta los aficionados le dedicaran una canción” como recuerda Hurtado. Decía: “¿a dónde vas club Veleño con tus cinco delanteros? Voy al campo del… (el equipo al que se enfrentara) con Veleta para meterle 5-0”.

Plantilla del Vélez Football Club de 1924-1925.

En Vélez-Málaga no tuvo tantos problemas. “Es cierto que hubo comentarios de que era peculiar pero la cosa no pasó a mayores. Dentro del campo no hablaba, no protestaba, era como jugar con un mudo. Intentaba pasar inadvertida. Pero ella hablaba jugando. A veces actuaba de central, otras de mediocentro e incluso de delantera. Y destacaba por tener buena pegada y dominar el juego aéreo”, explica Hurtado.

Una muestra de la huella que dejó en Vélez es que gran parte del coste de su entierro lo sufragaron los compañeros que tuvo en el equipo. Nita murió muy joven, con apenas 32 años a causa de una fiebre exantemática, conocida entonces como ‘el piojo verde’. Fue enterrada, por deseo propio, con la camiseta del Sporting Málaga, el que fue su primer y más querido equipo. En toda su vida sólo se hizo una fotografía de mujer vestida como futbolista (que ilustra esta información) y fue aprovechando que era carnaval.

Un año más tarde que Nita nació Irene González Basanta en La Coruña. Sus primeros pasos dentro del fútbol la sitúan a partir de 1925 en el equipo del Orillamar, como reconoce el club en su propia página web, disputando partidos en el campo de La Estrada. Algunas informaciones cuentan que empezó jugando de delantera pero pronto pasó a desempeñar funciones de portera. La afición que tenía por el fútbol era tan grande que le llevó a fundar su propio equipo, el Irene FC, en el que ella era la única mujer.

Aunque tampoco contaba con la aprobación de sus padres, la historia de Irene difiere en la de Anita en que ella no tuvo ningún problema para jugar al fútbol. Al contrario, fue muy popular y admirada en Galicia, hasta el punto de que el Irene FC era reclamado en distintas localidades para jugar partidos gracias a contar con el aliciente de su fundadora, que además era la capitana. El periodista Carlos Freire Cordeiro, autor del libro “Todo sobre o fútbol galego”, comenta a CTXT que “debido a la notoriedad que alcanzó Irene, el equipo pedía dinero por disputar esos encuentros y luego se lo repartían entre sus componentes. A cualquier sitio que fueran llenaban los estadios. La gente iba a verla a ella”.

Irene tenía en el mítico guardameta Ricardo Zamora a su referente y le imitaba con detalles como “colocar en el fondo de la portería un muñeco, un amuleto, para que le diera suerte, al igual que hacía El Divino”, explica Freire. Ella “intimidaba por su físico. Era alta y tenía buena planta y envergadura, por lo que era buena en los balones aéreos. Además atrapaba muy bien los balones y era muy decidida en las salidas. No estaba en ese puesto porque no hubiera otro sitio. Cubría bien su puesto”. Curiosamente, al igual que sucedió con Nita, a Irene también le dedicaron una copla que recitaban las niñas de la época, fruto de la popularidad que alcanzó en la zona. Decía: "Mamá/futbolista quiero ser para jugar como Irene/ que juega muy bien. Mamá/ cuando sea mayor/ ganaré mucho dinero/ jugando al fútbol”.

La vida de Irene fue, por desgracia, demasiado corta. Murió en 1928 con apenas 19 años por culpa de una epidemia de tuberculosis. Pero un detalle nos habla de nuevo sobre la huella que dejó en mucha gente. Al conocer que estaba enferma se organizó un partido para recaudar fondos y poder ayudarla. Meses después, apareció un artículo en La Voz de Galicia en el que bajo el título Hay que socorrer a Irene se daba cuenta de lo realizado con el dinero y de la situación que atravesaba. Recuperado por Carlos Freire, decía lo siguiente: “una vez más, es necesario apelar a los buenos sentimientos de los partidarios de la desafortunada Irene, la antigua cuidadora del equipo de su nombre, para que no la olviden y le traigan algo de alivio. Con la cantidad recuperada, recuperó toda la ropa que había empeñado, arregló su cama, con el colchón y todo lo que le faltaba, pagó varios meses del alquiler y su comida y sus medicamentos fueron atendidos de forma natural. Pero eso se evaporó, y el enfermo todavía no se levanta de la cama, carece de todo lo indispensable”. Poco después falleció, al igual que más tarde lo harían tres de sus hermanas por la misma enfermedad.

El paso del tiempo no debe hacernos olvidar a estas mujeres, que en una época muy difícil rompieron prejuicios y demostraron que estaban igual de capacitadas que los hombres para llevar a cabo la actividad que les gustaba. Tristemente ha tenido que transcurrir casi un siglo para que aquel ejemplo haya empezado a cundir.  

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Ricardo Uribarri

Periodista. Empezó a cubrir la información del Atleti hace más de 20 años y ha pasado por medios como Claro, Radio 16, Época, Vía Digital, Marca y Bez. Actualmente colabora con XL Semanal y se quita el mono de micrófono en Onda Madrid.

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