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El Brasil de Bolsonaro no es país para rojos ni gais

La crisis económica y la posterior llegada al poder de la extrema derecha disparan la inmigración brasileña en Portugal, especialmente de activistas y del colectivo LGTB

Daniel Toledo Lisboa , 3/04/2019

<p>El diputado brasileño Jean Wyllys en 2015, en la Comisión Permanente Mixta de Combate de la Violencia contra la Mujer.</p>

El diputado brasileño Jean Wyllys en 2015, en la Comisión Permanente Mixta de Combate de la Violencia contra la Mujer.

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Apenas un mes después de la investidura de Jair Bolsonaro, el pasado 1 de enero, el único parlamentario brasileño abiertamente gay, Jean Wyllys, ya había abandonado el país por temor a un violento repunte de homofobia. Menos de un año antes, en marzo de 2018 (en pleno auge de popularidad del candidato de extrema derecha), la concejala en la Cámara Municipal de Río de Janeiro, Marielle Franco, negra, lesbiana y activista por los derechos de las mujeres, y también amiga cercana de Wyllys, había sido asesinada a tiros dentro de su coche. El fortalecimiento de la extrema derecha en Brasil se está viviendo allí con una intensidad que para muchos resulta inaguantable, y las estadísticas apuntan que se está traduciendo en una salida masiva de migrantes/exiliados a otros países, sobre todo a Portugal.

Según Cyntia de Paula, presidente de la asociación de inmigrantes Casa do Brasil, situada en pleno corazón de Lisboa, en el Bairro Alto, “entre el 1 de enero (de 2019) y hoy hemos recibido el triple de nuevos solicitantes de información” en comparación con el mismo período del año pasado. Según analiza De Paula, el aumento de peticiones de información que acuden a la Casa de Brasil es un reflejo indiscutible del incremento de inmigrantes llegados del país sudamericano.

Según los números manejados no sólo por la Casa do Brasil, sino también por el Serviço de Estrangeiros e Fronteras y por el consulado brasileño en Lisboa, este incremento de brasileños llegados a Portugal comenzó con el proceso de destitución, el famoso impeachment, a la expresidenta Dilma Rousseff, entre marzo y mayo de 2016. A pesar de que todas las encuestas, sin excepción, reflejaban una clara mayoría que apoyaba el proceso de impeachment, su consecución y el posterior viaje sin escalas a los tribunales de la expresidenta se vieron como el fin de una era de progresismo y empoderamiento de las minorías sociales en Brasil.

Obviamente la política no es la única causa del aumento de emigración brasileña. La grave crisis económica que vive el país desde 2014 (que contrajo su PIB alrededor del 3,8% dos años seguidos, los peores de su historia), la inseguridad que se vive en las calles o la falta de oportunidades siguen siendo los dramas que lanzan a los brasileños a emigrar. A esto habría que añadirle que Portugal vuelve a ser un destino más apetecible, gracias a una recuperación económica elogiada internacionalmente. Pero Cyntia de Paula asegura que está habiendo una mudanza en las características tipo de los inmigrantes. “Es muy interesante”, asegura, “ver cómo, cada vez más, el perfil de solicitante de información es más cercano a activistas de derechos humanos, de LGTB, etc.”.

De hecho, fue precisamente la crisis económica y política lo que llevó a Jair Bolsonaro al Palácio da Alvorada. Pero lo que podría haber sido un cambio natural de ciclo, un relevo normal en la jefatura del Gobierno, se ha convertido en una sensación de guerra de revancha enardecida por las agresivas declaraciones de Bolsonaro. En plena campaña electoral, marcada desde el principio por los ataques a periodistas, activistas homosexuales y opositores, el futuro presidente de Brasil lanzaba perlas como ésta: “O salen (los opositores de izquierdas) o van para prisión. Esos rojos marginales van a estar prohibidos en nuestra patria”.

Aunque muchos comparan a Jair Bolsonaro con Donald Trump, quizá sería más acertado compararlo con el actual presidente de Filipinas, Rodrigo Duterte. A las declaraciones incendiarias, políticamente incorrectísimas, al apoyo de sus opiniones en las incontrolables fake news, habría que añadirle un cínico tono militarista, de incitación a un odio que imprime en sus adversarios el miedo a la represalia. Después de 30 años siendo ridiculizado por la izquierda y usado por las televisiones, que el candidato vencedor haga con las manos, como señal de victoria, la forma de dos pistolas no tranquiliza a nadie. Así las cosas, es totalmente congruente la salida del país de personas que no sólo tienen que lidiar con la falta de oportunidades y de seguridad, sino también con la sensación de que el Gobierno les ha declarado la guerra.  

Si existiera un país extranjero donde palparle el pulso a este nuevo Brasil en el exilio, ese país sería Portugal. Sobre todo en ciudades como Lisboa y Oporto, la imagen es una calcomanía del amplio espectro social que coexiste, con escaso equilibrio, en ciudades como São Paulo o Río de Janeiro. A Portugal llegan las clases menos adineradas, que en el mejor de los casos encadenan empleos precarios para ir mal pagando los gastos de cada mes, y algunas figuras de la élite empresarial, que invierten millones de reales para conseguir permisos de residencia europeos.

Según el portal Datosmacro, que maneja y cruza datos de diferentes institutos y bancos de varios países, el primer receptor de inmigración brasileña es EE.UU., con 367.000 inmigrantes en 2017 (entre una población de 325 millones de estadounidenses), mientras que Portugal se sitúa en tercer lugar a nivel mundial, con 137.000 inmigrantes y una población de tan solo 10 millones de portugueses. En proporción, las cifras son aplastantes. A preguntas de CTXT, el Serviço de Estrangeiros e Fronteiras confirma que “la nacionalidad brasileña fue una de las comunidades que más creció en 2017, en términos de nuevos residentes. Los datos estadísticos relativos a 2018 no son definitivos (…), pero puede anticiparse que la tendencia será de continuo crecimiento”.

La paradoja es que, también en Lisboa, Bolsonaro salió ganador en las últimas elecciones con bastante ventaja. En concreto, el 56% de electores que votaron en la capital portuguesa votó por el candidato de extrema derecha. Lo mismo ocurrió en el resto del país. Este dato, si bien refleja el perfil del emigrado brasileño, se refiere a la realidad pre-Bolsonaro, con un país harto de los escándalos de corrupción protagonizados por el Partido de los Trabajadores de Lula da Silva, los niveles de violencia llegando hasta la estratosfera y una crisis que parece no acabar nunca. Como ocurre en España, los que se han visto obligados a emigrar no son muy aficionados a votar al partido gobernante.

La brasileña Jessica Fernandes, que llegó a Portugal en mayo de 2018, asegura que se decidió a venir “cuando las cosas comenzaron a ir mal en Brasil con relación a la violencia y a la economía”. Fernandes no relaciona el aumento de la emigración brasileña con causas políticas. “No creo que nadie salga de Brasil por estar en desacuerdo con la clase política. La crisis es uno de los principales motivos„ para quien tiene hijos también la cuestión de la educación, la inseguridad, y la sanidad pública”.

Fernandes, que en Brasil era propietaria de una tienda de ropa y ahora trabaja como empleada del hogar, cree que “hay muchos brasileños que se sienten amenazados. Gran parte de la población no está satisfecha con el Gobierno, pero no creo que eso sea un factor por el que se emigre. Las personas salen porque el Gobierno anterior nos colocó en una situación en que era necesario salir”. En relación con el caso del activista LGTB Jean Wyllys, que según fuentes de la Casa do Brasil está exiliado en España, Jessica Fernandes piensa que “fue un acto de rebelión, o quizá una cuestión de marketing”.

Lo que sí está claro es que la tensión y la fractura social que se vive estos días en Brasil está traspasando fronteras y llegando con la misma fuerza a los países de acogida. El pasado 26 de febrero, dos emigrados brasileños comenzaron a tirarle huevos a Jean Wyllys mientras éste daba una charla en la Facultad de Economía de Coimbra. “Cualquier fascista cobarde” –declaró Wyllys tras el incidente– “que se quiera manifestar, en vez de tirar huevos o disparos, por favor, vamos a conversar. Levántense, manifiéstense, hablemos”. Finalmente, sentenció que las personas que intentaron agredirle “están hechas de ese odio que no permite la diversidad” en Brasil.

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Daniel Toledo

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