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Francisca Ramírez / Líder campesina nicaragüense

“En Nicaragua habrá que volver a alfabetizar, no en letras, sino en derechos”

Amanda Andrades Madrid , 27/03/2019

<p>Francisca Ramírez, después de la entrevista. </p>

Francisca Ramírez, después de la entrevista. 

Manolo Finish

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La infancia marca. Para algunos, paraíso perdido. Para otros, miseria. Para Francisca Ramírez, niñez de niña yuntera. “Mi vida de niña fue sufrimiento, sin alimentación, sin tener un techo donde vivir, sin contar con un juguete, nunca jugué, nunca tuve una felicidad como un niño”, recuerda esta líder campesina nicaragüense exiliada en Costa Rica, a quien en su país natal miles de personas le han añadido un doña de respeto a su nombre, doña Francisca o doña Chica.

Mujer aguerrida de metro cincuenta, doña Francisca nació “tristemente” en 1976 en La Fonseca, comarca del municipio de Nueva Guinea, en la frontera agrícola del Caribe sur nicaragüense. Su pena, la de una guerra, la que enfrentó en los ochenta a los sandinistas, vencedores de la Revolución de 1979, y a los contras. “Yo vivía en una zona rural, donde era el territorio de los contras, y cuando entraban los batallones del Frente Sandinista hacían lo mismo: secuestros, apresación, persecución. Ese etapa de mi niñez fue terrible”, rememora esta mujer de rostro curtido y serio, a la que solo se le escaparán unas escasas y breves risas durante la entrevista, y algunas otras, ya sin grabadora, mientras se termina el cafecito en una terraza madrileña.

Para cuando llegó la paz, en el noventa, Doña Chica ya tenía 14 años. Y poco más. Una madre y cinco hermanos. Ni casa, ni tierras, ni padre. Su progenitor había huído. “Mi papá se fue porque éramos tan pobres que él no podía marcharse con cinco hijos y con mi mamá. Para salvaguardar la vida, él se decidió a ir a otra zona donde no había mucha persecución”, parece justificarle. Su abandono podría formar parte de una historia colectiva, en un país de padres ausentes, donde las mujeres les tienen hijos a los hombres, según la expresión cotidiana con la que se define la paternidad en Nicaragua.

De ese no tener, brotó la que fue durante años su única ideología, su único sueño, su única “alegría”, el trabajo. “Yo no quería que, cuando mis hijos nacieran, vivieran lo que yo había vivido. Entonces, yo comencé a trabajar muy pequeña para ayudar a mi mamá con mis hermanos. Después nacieron mis hijos, pero bueno yo trabajaba como si nunca fuese a morir, yo trabajaba día y noche, no importaba en lo que fuera, porque mis sueños se iban cumpliendo, pues. Logré adquirir tierra donde trabajar, mi casa donde vivir. Tenía un hijo y ya compraba una casa porque era para mi hijo. Tenía el otro y compraba la otra casa porque era para mi hijo”, cuenta en tono risueño esta nieta de campesinos desplazados del Pacífico, en tiempos del dictador Somoza, por la vorágine de las algodoneras.

En 2013, su meta, la de tener un colchón sobre el que descansar cuando llegase a una edad avanzada, ya se había cumplido. Y ahí, nomás, la historia se giró.

El vuelco llegó con nombre de ley, la Ley Especial para el Desarrollo de Infraestructura y Transporte Nicaragüense atingente al Canal, Zonas de Libre Comercio e Infraestructuras Asociadas. Bajo la rimbombancia leguleya, un megaproyecto, la construcción de un gran canal interoceánico que conectase el Pacífico con el Atlántico y otros subproyectos como dos puertos en las costas de cada océano, un oleoducto, un canal seco para la construcción de una vía férrea para transporte de carga, y dos zonas de libre comercio con sus respectivos aeropuertos. Una obra faraónica, con un presupuesto inicial de cuarenta mil millones de dólares, que el presidente nicaragüense proclamó como la tierra prometida.

“Tanto tiempo nuestro pueblo yendo por el desierto. Buscando la tierra prometida. ¡Y llegó el día! ¡Llegó la hora de alcanzar la tierra prometida!”, sermoneó el 13 de junio de 2013 cuando se aprobó la ley en la Asamblea Nacional, dominada por el Frente Sandinista. Daniel Ortega lleva casi quince años, desde que iniciará su camino de vuelta al poder en 2005, plagando sus discursos de referencias religiosas.  “Nicaragua cristiana, socialista y solidaria” es su lema. 

A Doña Chica aquel anuncio de entrada no le pareció ni tan mal. “Uno está desinformado, pues, y ese es el beneficio de los dictadores, que la gente no esté informada de lo bueno  y de lo malo. A una parte de Nicaragua le vendía una falsa ilusión que era la salida de la pobreza, pero sin darnos cuenta, sin habernos consultado pues nos conocíamos la ley 840 [como se conoce la norma por la que se aprobó el canal]”, explica para apresurarse a señalar que los campesinos no se oponían así no más, sin motivos: “No es que estábamos en contra del desarrollo, pero no desarrollo como de esa manera, que fuera un empresario privado, el dueño de la concesión, al que se le había entregado la soberanía, quien iba a decidir cuándo nos iba a sacar sin tener un camino para donde íbamos a ir”.

Doña Chica no olvida el momento en que el presagio se hizo amenaza real. El día en que comenzaron a llegar “los chinos respaldados por el Ejército”. Eran los empleados de la empresa HKND –la concesionaria del canal durante 100 años y propiedad del empresario Wang Jing– que venían a medir las fincas.

Ahí fue cuando esta mujer, que nunca antes había “andado en nada”, empezó a ser la lideresa que ahora visita Europa para pedir a “la comunidad internacional de mantener la presión sobre Nicaragua, para que haiga justicia para las víctimas, una transición rápida y unas elecciones libres, transparentes, con observadores internacionales y con una institucionalidad de verdad”.

Tras la lectura de los 25 artículos de la ley canalera, a esta productora de “quequisque, jengibre, maíz, frijoles y un poco de ganadería” se le rompió el que había sido su amor hasta entonces. “Veo que estamos desprotegidos totalmente, que vamos a ser desalojados de nuestras tierras, que íbamos a ser pagados a precio catastral, que no llegaba ni a cincuenta dólares la manzana de tierra, que eso lo comíamos con nuestra familia en un día con una tortilla con cuajada en cualquier esquina. Eso me indignó tanto. Aquella visión y aquel amor a trabajar se terminó. Les dije a mis hijos continúen trabajando ustedes, yo voy a luchar, voy a preferir morir pero no voy a dejar que nos quiten nuestro derecho y nuestros sueños que hemos soñado”.

Y así fue que dejó sus 200 manzanas de tierra –compartidas con su esposo, los cincos hijos de él y los cuatro de ella– y se unió a la lucha de miles de campesinos en contra del proyecto canalero. Una “lucha muy bonita”, una lucha “autónoma”, en la que uno “llevaba una vaca, otro, un saco de cuajada, otro, las tortillas, otro, los tamales, otro, el agua”. Una lucha que hasta el momento ha conseguido paralizar la construcción del canal con la esperanza de que nunca se llegue a iniciar. “Logramos hallar una cláusula del acuerdo que decía que si en seis años no se había construido ni un proyecto, entonces la misma Asamblea Nacional tenía la potestad de derogarlo. Este 13 de junio de 2019 se cumplen los seis años”, explica Doña Chica, que tan solo llegó hasta tercero de primaria y se conoce de memoria la ley 840 y sus recovecos.

Cuando en abril de 2018, estallaron las revueltas en Nicaragua, al principio contra la reforma del sistema de pensiones, enseguida contra el régimen, que no dudó en reprimir a sangre y fuego, los campesinos se unieron.

“A 11 meses abril ya, el Gobierno de Ortega ha cometido crímenes de lesa humanidad con más de 325 asesinatos que la CIDH pudo confirmar en cuarenta y cinco días que estuvo”, denuncia Doña Chica. “Podemos contar que hay más de 1.000 asesinados, pero hoy la gente ya no se atreve ni a denunciar. Hay más de 700 presos políticos”, añade.

Entre los encarcelados, algunos de sus compañeros en el Consejo Nacional en Defensa de la Tierra, Lago y Soberanía, cuyos nombres lanza de un solo: “Medardo Mairena, condenado a 216 años, Don Pedro Mena, condenado a 210 años, Víctor Díaz, condenado a 25 años, Luis Orlando Pineda, condenado a 159 años y otros como Lener Fonseca, Freddy Navas o Ronald Enriquez que tienen más de seis meses de estar encarcelados y no los han llevado ni a un juicio, están arbitrariamente ahí, pues, secuestrados en las cárceles y torturados”.

Un diálogo en quiebra

A finales de junio se suspendió el primer intento de negociación entre el Gobierno y la Alianza Cívica de Nicaragua, una plataforma conformada por estudiantes, campesinos, académicos, religiosos y representantes de la Costa Caribe, sociedad civil y empresa privada. Ocho meses más tarde se inició la segunda mesa de diálogo, una nueva oportunidad que desde sus primeros pasos parece a punto de quebrarse.

Entre una y otra, una prohibición gubernamental de las protestas en las calles. También ilegalizó las manifestaciones en 1979 Somoza, el dictador al que combatió el FSLN.

Tras el comunicado de la Policía Nacional de cese obligatorio de las marchas,  las calles parecieron vaciarse. Hasta este pasado sábado 16 de marzo, en el que la oposición volvió a convocar en Managua, pese a la interdicción. La policía apresó a más de 160 personas, a las que liberaron horas más tarde. Una represión que, advierte doña Chica, no ha parado durante estos meses de aparente calma. “Los asesinatos son a diario. Diario, mataron al que estuvo en la barricada, mataron al que venía de este lado, o al que venía de regreso para Nicaragua o el estudiante que ya no aguantó estar pasando hambre en Costa Rica y se fue escondido otra vez a meter a la casa”.

A finales de julio, al menos 23.000 habían solicitado asilo en el país vecino desde el inicio de la crisis en abril, según Acnur. Se unieron a los miles a los que ya había expulsado la precariedad económica a lo largo de décadas. Solo entre enero y septiembre de 2108, acorde a los datos del Gobierno tico, alrededor de 52.000 nicaragüenses habían cruzado sus fronteras. Un flujo constante de exiliados políticos y económicos.

“Las condiciones mínimas para nosotros es la libertad inmediata de los presos y que se anulen todos los juicios, una negociación donde se alcance que haiga justicia para las víctimas y una transición para que haigan elecciones libres y adelantadas”, insistirá varias veces durante la entrevista Doña Chica, integrante de la Articulación de Movimientos Sociales. Estas exigencias aparecen también en la agenda para la negociación hecha pública por la Alianza Cívica este 19 de marzo. Al día siguiente, Ortega anunció que se compromete a liberar a todos los presos políticos en 90 días.

Para Doña Francisca, en Nicaragua hay mucha gente capaz de liderar esa transición. “Hay muchos sectores de la sociedad civil que pueden hacerlo, la Unidad Azul Blanco, la Articulación de movimientos sociales, ahí hay mucho material para sacar un gobierno de transición”, afirma. Al ser preguntada por la la acusación frecuente de que tras las protestas se hallan los intereses y la búsqueda de poder de partidos como el Movimiento de Renovación al Sandinismo, responde rauda: “Detrás de esto no anda ningún partido político. La gente que salió del 18 de abril es porque es gente pensante y nadie la va a enredar qué dónde van y qué hacen”.  

El si están sintiéndose acompañadas por las izquierdas de otros países recibe de Doña Chica la calificación de pregunta complicada. Ella, que nunca antes había andado en nada, recurre para responder a lo que ha vivido con aquellos que lucharon en la revolución del 79 y a los que le ha tocado consolar en estos meses porque han perdido a sus hijos o sus nietos o tienen a sus familiares en la cárcel. “Para esa gente, el desafío de la izquierda es bien terrible. En estos momentos en el que el pueblo está sufriendo por esos gobiernos que se visibilizan como izquierda y que porque es revolucionario, porque es de izquierda, haya gente que no quiera decir nada. La izquierda, cada día, se va a ir deteriorando si no son capaces de demandar por los derechos humanos o porque esas personas que han cometido crímenes de lesa humanidad paguen”.

Ahorita Doña Francisca anda con las feministas. Pero no siempre fue así. Y no lo oculta. Cuando se le pregunta si antes de iniciar la lucha campesina hubiera dicho que era feminista, responde clarito: “No, porque como campesinos no estábamos enterados que existían esas organizaciones y además las satanizan. Los gobiernos corruptos y dictadores y violadores como Daniel Ortega las satanizan para que la gente las vea como algo a lo que no debe de acercarse, pero realmente cuando yo conocí las organizaciones de mujeres me inspiró tanto”. Y entre risas, relata que la primera vez que acudió a un encuentro con feministas fue con su esposo y que para él todavía “no estaba claro que qué era eso”. Tras dos días, cuando regresaron a la casa, su marido ya sí sabía, ya sí se aclaró. “Fijate que estoy muy claro de la visión de esas mujeres, de lo que ellas están pensando para el futuro del país, cómo ellas están pensando por los derechos de las mujeres y desde entonces me dio la libertad para que anduviera con las feministas adonde fuera”.

Para dar respuesta al interrogante de cómo mejorar la situación de las mujeres, Doña Chica recurre a las palabras de uno sus hijos, dichas en una platicada en familia sobre el futuro de Nicaragua: “Habrá que volver a hacer una alfabetización no de letras, sino de derechos. Es un trabajo que queda muy grande de capacitar a la gente de sus derechos y especialmente a las mujeres”.

La alfabetización de la que tanto se enorgulleció Nicaragua, cuando la cruzada de 1980, coordinada por el sacerdote Fernando Cardenal logró, gracias a la participación de 60.000 jóvenes, reducir la tasa de analfabetización en cinco meses del 50 al 12%. Sacerdotes como el obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Managua, Silvio Báez, o el párroco de la comunidad indígena de Monimbó, en Masaya, Augusto Gutiérrez, parecen recoger aquel legado y estar hoy junto a los que protestan.

“La Iglesia Católica ha tenido un papel fundamental, porque ha abrazado a las víctimas. Vieron cómo realmente fuimos asesinados, cómo fue la persecución, lo vieron con sus propios ojos, los tuvieron en sus propios brazos los muertos, llorando con su familia. Si no hubiera estado metida en eso, tal vez no tuviera ese compromiso de luchar por la justicia”, afirma Doña Chica.

Sobre la patronal, el COSEP, otro de los actores llamados a participar en el diálogo, no habla con tanta devoción, pero se muestra partidaria a darles un voto de confianza. “Yo he sido muy crítica porque a mí me tocaron donde me dolía, cuando con la concesión canalera, el gran capital estuvo muy de acuerdo que ese proyecto se hiciera. Yo antes sentía un repudio a ellos porque no estaban pensando en nosotros, estaban pensando en sus reales, pero hoy tienen un gran compromiso con Nicaragua y hoy tienen que luchar porque realmente se vuelva una democracia verdadera que no sea falsa como las que ellos vivieron los once años con Ortega haciendo dinero”.

En quien confía plenamente es en el pueblo. Esta fe sale a relucir cuando se la cuestiona sobre qué pasará si sale Ortega, pero el modelo económico de zonas francas y maquilas sigue intacto. “Yo no sé pues, yo nunca había andado en nada, pero pienso que si el pueblo se atrevió a levantar las manos con todos los poderes concentrados… El pueblo de Nicaragua ha despertado y ahora mirará el bien y el mal”, responde.

Aún así, pensando en el futuro, a doña Chica hay un asunto que le preocupa: el de la reconciliación, el de volver a ser un pueblo unido. “Ya habíamos logrado eso del 80 al 90. Había pueblos que vivía gente que había sido de la contra, gente que había sido sandinista. Vemos que hoy uno se encuentra grupos [en las protestas], y uno dice yo era de la contra, yo era del Frente. Habíamos logrado eso, pero otra vez ahora vuelve a ser otro conflicto. Ortega vuelve a dividir a las familias. Es un trabajo que nos queda. Es un punto bien difícil, vamos a necesitar mucho de ayuda para poder entender este conflicto y que esto termine, pues”.

Y eso, que para ella, ya casi nadie apoya a Daniel por voluntad. “La mayoría está secuestrada. Hay miles de familias que viven día a día, que no tienen cómo mover su familia y quién se decida desprenderse de Daniel tiene que pensar que tiene que sacarla fuera a toda porque si no su familia paga caro. Mucha gente, aún del Estado, está secuestrada. Y algunos que andan muy metidos es porque son parte de la corrupción o están metidos en otros negocios ilícitos y están tapados”, afirma. “Daniel en Nicaragua se está sosteniendo solo por las armas”.

Lo primero que hará Doña Francisca al regresar a Nicaragua será volver a sus tierras a seguir trabajándolas. Esos son sueños, afirma.  

– ¿Qué será lo primero que comerá?

– Frijoles, con crema y cuajada –ríe–, si es que hayamos vacas todavía. Es bien difícil.

Será una de las pocas veces que la campesina Doña Francisca se quede sin palabras, en un silencio de ojos humedecidos.

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Autora >

Amanda Andrades

De Lebrija. Estudió periodismo, pero trabajó durante 10 años en cooperación internacional. En 2013 retomó su vocación inicial. Ha publicado el libro de relatos 'La mujer que quiso saltar una valla de seis metros' (Cear Euskadi, 2020), basado en las vidas de cinco mujeres que vencieron fronteras.

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