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Los prejuicios de la IA

Los algoritmos refuerzan las estructuras de poder, colaborando activamente con el cumplimiento de la normatividad social que las sustenta

Cristina Bernabeu 20/03/2019

<p>IA.</p>

IA.

Mike MacKenzie

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Si hay algo que está confirmando la Inteligencia Artificial (IA) es la hipótesis de que la tecnología no es ni exacta, ni neutral, ni transparente, ni imparcial. Esto no tendría por qué resultar problemático, si no fuera porque en contextos de desigualdad social, como en los sistemas neoliberales o heteropatriarcales, los algoritmos no solo (re)producen esa desigualdad, sino que, además, la naturalizan. En un sentido muy general, la función de los algoritmos es alimentarse de las masas de datos que se encuentran en la realidad empírica, para después volverla a definir. En esa redefinición, sin embargo, hacen algo más que copiar, reflejar o describir la realidad. La fabrican, la generan, la construyen, la prescriben. 

En sociedades como la nuestra, en la que las mujeres y las personas racializadas –todavía más, las mujeres racializadas– ocupan, estructuralmente, posiciones inferiores dentro de la jerarquía social, los algoritmos construyen una realidad –reforzando la existente– en la que las mujeres y las personas racializadas deben ocupar las posiciones inferiores de la estructura social. Es decir, convierten al hecho de que las ocupan, en algo natural: normal. Probablemente, así haya que entender eso que se dice –cada vez más– de que los algoritmos nos gobiernan. Pues nos nombran, y ahí reside su poder social y cultural. Es desde aquí, desde donde tenemos que entender los fallos de la Inteligencia Artificial, por qué es aplicable a un tipo de personas y a otras no. 

Así ha ocurrido, por ejemplo, con los sistemas de reconocimiento facial, que resulta que estaban sesgados. Básicamente, lo que hace este tipo de algoritmos es aprender a reconocer y clasificar caras humanas según distintos criterios de categorización, como la edad, el género o el tono de piel. El problema, es que al tomar como principal referente al hombre blanco, desplazan a las personas que integran colectivos alejados de este arquetipo a categorías inferiores. Especialmente a raíz de algunos casos muy polémicos, como el caso de Alcine en 2015, a quien Google Photos etiquetó a sus amigos como gorilas por ser negros; o los casos en los que la criminalidad se ha asociado indefectiblemente al color de la piel, como desveló ProPublica en 2016, la cuestión de la injusticia algorítmica está siendo cada vez más señalada. “Algoritmos opresores” (Algorithms of Oppression), “Desigualdad automática”, (Automatic Inequality) o Armas de destrucción matemática son los títulos de algunos de los libros más recientes que evidencian el poder político y social que hay en los algoritmos.

Con el fin de contrarrestar los efectos nocivos de estas nuevas formas de injusticia, están emergiendo proyectos de carácter ético, como el AI Now Institute, dedicado a investigar el impacto social de la Inteligencia Artificial; la “liga de injusticia algorítmica” (Algorithmic Justice League- AJL), promovida por Joy Buolamwini y enfocada a mitigar la desigualdad en el uso de técnicas de reconocimiento facial; o el proyecto Gender Shades, del Medialab del Instituto Tecnológico de Massachussets (MIT), destinado a evaluar el sesgo de los algoritmos utilizados por tres grandes compañías: IBM, Microsoft y Face++. Este último ha mostrado que el reconocimiento facial funciona mejor en hombres que en mujeres; mejor también en personas de piel clara que en personas de piel oscura y peor, por último, en mujeres negras que en mujeres blancas.

En esta línea, y en el plano jurídico, la semana pasada los senadores Brian Schatz y Roy Blunt propusieron en EE.UU. el Comercial Facial Recognition Privacy Act of 2019, muy similar al Reglamento General de Protección de Datos (RGPD) aprobado en Europa, pero dirigido específicamente a las técnicas de reconocimiento facial. El objetivo es aumentar la transparencia y el control, impidiendo que las compañías recopilen y compartan datos de los consumidores sin su consentimiento, y fortalecer las medidas de protección de las personas que hacen uso de ellas, dentro de la esfera comercial. 

Esta medida, surge en un marco donde, el temor cada vez mayor hacia la utilización de este tipo de técnicas con fines comerciales o de marketing –que suponen una clara invasión de la privacidad cada vez más difícil de evitar– se suma a la ya existente preocupación por el hecho de que su utilización con fines de vigilancia y seguridad socave los derechos destinados a proteger el núcleo esencial de nuestra intimidad. 

La semana pasada, sin ir más lejos, saltaron las alarmas en relación a la obtención masiva, rutinaria y sin consentimiento de fotografías de caras de personas que estaban disponibles en distintas páginas web. Concretamente, se ha denunciado la práctica que venía realizando IBM, de recolectar y clasificar fotos de personas que aparecían en el blog de Flickr (destinado a compartir fotografías), con el fin de mejorar sus algoritmos de reconocimiento facial, siguiendo la regla básica según la cual a más datos, fotografías en este caso, mayor precisión. Una mejora, que según la empresa, ha recolectado alrededor de un millón de fotografías de personas, la mayoría de las cuales no tiene conocimiento de ello, destinadas a erradicar los sesgos de raza y género de estos algoritmos. 

No cabe duda de que el papel de la IA es crucial en la articulación de las formas que tenemos de entender, de nombrar y de habitar el mundo contemporáneo. Sin embargo, sería un error pensar que su poder no está arraigado en las formas materiales y culturales que organizan nuestras sociedades. Justo al contrario, los algoritmos refuerzan determinados esquemas y estructuras, colaborando activamente con la activación y cumplimiento de la normatividad social que los sustenta. Así, como ocurriera en otros escenarios a lo largo de la historia, el tratamiento de la información es hoy un espacio esencialmente político, en donde habrán de librarse las batallas feministas y democráticas contra el racismo, la xenofobia y el machismo.  

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Este artículo se publica gracias al patrocinio del Banco Sabadell, que no interviene en la elección de los contenidos. 

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Cristina Bernabeu es filósofa e investigadora de la Universidad Autónoma de Madrid.

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    Hace 3 años 8 meses

  2. Godfor Saken

    Del libro "La vida administrada. Sobre el naufragio social", de Juanma Agulles, editorial Virus: “El Estado y la tecnología: dos ámbitos de la destrucción organizada”. Las formas sociales de la construcción de nuestro mundo artificial han estado determinadas por dos instituciones —en el sentido más amplio del término— cuyo desarrollo y consolidación ha tenido lugar durante los dos últimos siglos. El Estado moderno y la combinación de ciencia y técnica, que aquí llamamos «tecnología», son dos campos de fuerza que han moldeado la sociedad que conocemos. Es decir, no son realidades añadidas a una realidad preexistente, sino determinaciones de las que emana el sentido de la realidad social contemporánea. A partir de ellas, sabemos lo que tiene realidad o no en el mundo; lo que está permitido y prohibido en la vida social; aquello que posee valor y lo que carece de él; en suma, lo deseable y lo indeseable dentro del proceso constante por el que la sociedad restaura continuamente sus equilibrios y desequilibrios. El proceso por el que se legitima un orden determinado de las cosas confiere influencia y poder a determinados grupos, dentro de la sociedad, y relega a otros a la servidumbre o la desaparición. Lejos de constituir un proceso natural de evolución hacia formas complejas de sociabilidad —tal y como el mito progresista relata—, las instituciones del Estado y la tecnología acaban combatiendo aquellas formas que, en la creación de la realidad social, se oponen a su imaginario. El Estado debe instituir la centralización y la burocracia como necesidades sociales, para después justificar su existencia en la necesidad de administrar con eficiencia el territorio imaginario que denomina «nación». Debe articular la organización social para acompasarla a la organización industrial de la producción. Y, para ello, se enfrenta a una miríada de formaciones sociales de carácter local o regional, a la autonomía de las ciudades, a las agrupaciones de trabajadores independientes, a las formas de trabajo autónomo y comunitario, al derecho consuetudinario. Se enfrenta a cualquier expresión de espontaneidad social que pretenda sustraerse a su regulación y control; desde las relaciones laborales hasta las pautas de consumo y, cada vez más, hasta los ámbitos íntimos del individuo, ya convertido en ciudadano. Y lo hace sin vulnerar su «privacidad», sino que la instituye como ámbito de preocupación pública y de gestión de los llamados «recursos humanos». Todo ello, en nombre de los más altos valores de la humanidad y del progreso social. Regula el derecho a la explotación y articula sobre el territorio, mediante sus infraestructuras, la expansión de la producción para la conquista del reino de la abundancia. Desarrolla su monopolio de la violencia para armonizar y amortiguar las consecuencias de la desposesión y el expolio. Orienta su aparato militar y la destrucción de sus guerras hacia el fin de lograr una «paz duradera». Finalmente, alza una arquitectura supranacional, una burocracia de expertos que, en nombre de la unidad de todas las naciones, da una última vuelta de tuerca al sometimiento de los pueblos. Trata por ello de determinar todas las formas de la vida social. Sin conseguirlo jamás. La tecnología, a su vez, instituye el marco por el que cobra sentido todo valor en la producción, aquello que constituye la riqueza y el desarrollo de las sociedades, por oposición a todo lo ineficiente y atrasado. Y lo hace mediante su enfrentamiento con formas de creación cuyo sentido escapa a esas determinaciones. Organiza el trabajo humano en torno a los criterios de la máquina, y en su desarrollo no es tanto que se «autonomice» respecto a la realidad de la que surge como que construye la realidad misma. Como decía Neil Postman, en determinado momento «ya no es la televisión dentro del mundo, sino el mundo dentro de la televisión». El trabajo humano, determinado tecnológicamente, se convierte en una simple mediación entre los procesos de distintas y cada vez más complejas máquinas. La determinación es, en este caso, doble: en la transformación material por la que hace surgir objetos, herramientas, procedimientos y subproductos de desecho que no se encontraban antes en el mundo (mientras destruye otros cuya realidad data de milenios), y en el ámbito simbólico, por el que se concibe cada una de esas realizaciones como una «liberación» respecto al yugo de la necesidad natural. La tecnología no crea la explotación ni nos libera de ella. Instituye sus propias formas de opresión, y en su culminación contemporánea determina aquello que es posible realizar en sociedad y aquello que está condenado a desaparecer. Toda forma de creación, conocimiento y relación con nuestro mundo artificial se ve remitida a la determinación tecnológica. Aunque su totalización sobre el mundo social tampoco se llega a completar nunca. Cuando los más alucinados entusiastas de las nuevas tecnologías de la comunicación hablan de la navegación por Internet como un acto de libertad supremo, es inevitable pensar que en realidad estamos asistiendo a los últimos actos del naufragio social. En la medida en que el Estado y la tecnología se convierten en entidades que pretenden determinar la totalidad de nuestra existencia, inevitablemente se convierten también en ámbitos de destrucción de otras formas sociales. Nada surge en sociedad a partir del vacío; y lo que los progresistas suelen entender como la historia del avance de la civilización sobre un mapa en blanco es también el proceso constante de destrucción de equilibrios previos, y la articulación de nuevas formas de opresión que se suceden en el tiempo. La culminación de la vida administrada ha llegado a alterar las condiciones de la reproducción biológica en la Tierra. Sus formas de construir nuestro mundo artificial —en lo material y en lo simbólico— son, por ello, eminentemente destructivas. Lo que no quiere decir que otras anteriores no llegasen a serlo también. Si nuestra situación presente es excepcional en algo es en que es la única sobre la que tenemos capacidad de actuar, aunque esa capacidad se haya visto reducida de manera drástica en el curso de los dos últimos siglos. Es posible que la violencia organizada del Estado y la producción organizada de la industria en su forma tecnológica hayan propiciado destrucciones cuya magnitud difícilmente podremos evaluar mientras estemos envueltos en su vorágine y cuya reversibilidad será, en muchos casos, imposible. Por ello, guardar memoria de aquello que ha sido aniquilado se convierte en condición indispensable para sostener un proyecto social distinto al que surge de esos dos ámbitos de la destrucción contemporánea. Tratar de impedir nuevas destrucciones forma parte de una praxis radical contra la vida administrada. Pero la praxis no puede reducirse a este aspecto, ya que, por definición, es indeterminada. Aunque constantemente nos veamos tentados a producir una determinación aún mayor para combatir la que se nos impone, caer en esa tentación supone acabar sometidos a contradicciones insuperables y callejones sin salida. Quizá la radicalidad de nuestra praxis se cifre en la capacidad que tenga para restaurar ciertos equilibrios e impedir algunas destrucciones, sin tratar de determinar de una vez y para siempre las formas sociales que surgirán de ella. --- Si ha habido un movimiento realmente revolucionario -en el sentido de haber propiciado transformaciones sociales de largo alcance, inéditas en la historia humana-, ese ha sido el movimiento hacia la totalización del mundo tecnológicamente mediado y su extensión a cada vez más aspectos de nuestra existencia. La modernización ha supuesto una división y una fractura sin precedentes. En primer lugar, entre el ser humano y el complejo entramado de la vida en la Tierra, que fue su hogar durante decenas de miles de años. En segundo lugar, entre los seres humanos mismos, que hemos establecido relaciones de dominación basadas en la posición que ostentaban diversos grupos en torno a las nuevas formas de producción en masa. En tercer lugar, entre el ser humano y su propia conciencia, que ya no encuentra acomodo ni hogar en el mundo y que tiende a convertirse en una mónada escindida, inmersa en un entorno artificial que no deja de crecer. Las distintas revoluciones de la era moderna no fueron capaces de contemplar en toda su profundidad las implicaciones de estas transformaciones y, a menudo, optaron por hacer más confortable el encierro industrial, ayudando así a su consolidación. Cuando la extensión de la nueva cultura material inaugurada hace dos siglos había llegado a su punto álgido, las únicas fuerzas revolucionarias que quedaban en pie constituían ya el núcleo central de las formas de dominación contemporáneas. Así, se produjo un cambio de agente en la idea de revolución del que debemos ser conscientes: hoy, son las fuerzas de la técnica y la ciencia aplicada las que prometen la salvación y una redención final frente a la pérdida de equilibrio que ha supuesto el desarrollo de la civilización industrial, y se presentan como la única revolución posible para el contexto de crisis endémica que se reproduce cada pocos años. Su dominio se extiende a cada vez más ámbitos de la división y la fractura que la modernización alienta. --- A la gran transformación y la debacle de otras formas de vida que supuso la industrialización, le sigue ahora la tarea, no ya de su desarrollo y consolidación, sino la gestión de su paulatino declinar y los nuevos escenarios de destrucción y sometimiento que se abren a diario. Y no se trata solo de un cambio en las formas de gobierno, sino que en esos escenarios de la catástrofe se dan, al mismo tiempo, grandes expectativas de negocio y la competencia por administrar el desastre se torna feroz. De ahí que una multitud de instancias burocráticas, empresariales y filantrópicas broten, como setas en otoño, en el paisaje de cualquier destrucción, tratando de comandar y sacar partido de la enésima «crisis humanitaria». Y aquello que sucede a mayor escala en los márgenes del mundo industrializado tiene también su correlato en las sociedades llamadas «de la abundancia». Es en ellas donde el administrador luce su nuevo traje, de finísima tela que, como en el cuento popular, solo logra cubrir su desnudez por la ceguera inducida de sus súbditos. Quien no está al día de las enormes y ventajosas virtudes del traje tecnológico del administrador, de sus cualidades excepcionales para hacernos más felices, es tratado como un idiota. Aquellos que sí son capaces de admirar con qué tacto y delicadeza se nos gestiona la vida, y cómo nuestra existencia se recubre con una capa de tecnología para hacérnoslo todo mucho más fácil, ostentan la posición de saber lo que en realidad nos conviene a todos. --- Mientras se produce la desaparición generalizada de conocimientos ancestrales y valiosos saberes para la subsistencia, crece la dependencia hacia aquellos expertos instruidos en el conocimiento especializado necesario para el funcionamiento cotidiano del complejo urbano e industrial. Esta brecha entre las instrucciones hiperespecializadas y la pérdida de saberes, que no deja de ensancharse, contribuye a que la autoformación, el reciclaje continuo, el anhelo de una mayor instrucción para no quedar al margen y pasar a formar parte del excedente sin empleo se generalicen a aquello que, anteriormente, era conocido como «clases medias» y que hoy integra a la masa denominada ciudadanía en los países del capitalismo avanzado. Una ciudadanía que se ve atrapada en la incoherencia de tener que defender la educación pública al mismo tiempo que su experiencia directa de la misma les ha hecho constatar que, en realidad, no le servirá de salvoconducto para las coordenadas del declive de la sociedad industrial y las nuevas reglas de juego del capitalismo avanzado. Es, precisamente, el declive de la sociedad industrial aquello que hace que, para seguir rindiendo beneficios, haya cada vez más partes de la economía que deban autogestionarse. Al finalizar la fiesta, cada cual debe hacerse cargo de su parte y recoger la mierda, que ya se ha convertido en su mierda. Los expertos y administradores de todo tipo, profesionales de la servidumbre, se encargarán de recordarnos nuestra participación obligatoria en las tareas de limpieza. Tratando de conseguir que cada ciudadano se convierta en un experto administrador de sí mismo y demande las herramientas necesarias para monitorizar su propia existencia. Se tratará de ser, al mismo tiempo, pedagogo, policía, asistente, curandero, terapeuta de uno mismo, mediante la utilización de toda la cacharrería tecnológica que, diariamente, se pone en circulación como la última revolución para nuestra autonomía.

    Hace 3 años 8 meses

  3. Godfor Saken

    "Hello, my name is God. Thank you. Thank you. I know this looks like deus ex machina, but I'm not here to save the day. This is more like a public service announcement. The little drama you just saw was very amusing, but it actually contains a very serious message. The question has been asked by your greatest minds, if there are so many billions of inhabitable worlds in the universe, then where are all the aliens? Where are all the time travelers? Not here. Nowhere. This planet should be like an intergalactic Grand Central Station, but nothing, just you guys. Is that because you're the only intelligent life in the universe? Get over yourselves, there are billions of thriving planets in every stage of development, and they all have one thing in common, a naturally occurring reset point. Every species on every planet is free to develop and evolve as far as they can, but then they all hit the same reset point and that's as far as it goes. You folks call this reset point the Technological Singularity, and even though you had plenty of warning, and even though you know it's coming, there's really nothing you can do about it. Some greedy corporation, some military project, some kid in a garage, and that's all she wrote. It's been inevitable since Gutenberg. Well, since Adam, really. So, that's why there are no time travelers or space aliens. Everyone lets the AI genie out of the bottle before they get that far. I always like to pop in near the end and give my little speech, but it never makes any difference. You had your time and now it's over. Same for everyone, nothing personal. Don't climb up my ass about it, that's just the way it is. Well, that's it, thanks for coming out. Oh, and uh, don't love thy neighbor as thyself. That's weird, I never said that. Just leave your poor neighbor alone. Okay, drive carefully, or however you want, I guess. Now, go home and hug your kids. Good night." -Jed McKenna, ‘A Nice Game of Chess’.

    Hace 3 años 8 meses

  4. Godfor Saken

    In our current world, where worth is often gauged by online popularity, an online economy has developed for paying for followers and likes. With unique access inside the “click-farms” of Bangladesh, Garrett Bradley explores this multi-million dollar industry that has developed to grow social media following for celebrities and brands alike. https://youtu.be/JHh-_nevEiw

    Hace 3 años 8 meses

  5. Eduard

    Aquest "sesgo" es normal. Quants francesos publiquen a Facebook o a Instagram? Quants senegalesos?

    Hace 3 años 8 meses

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