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En primera persona

Bosnia, la nueva frontera de Europa

Cada noche, un centenar de personas intenta cruzar a Croacia. Es lo que entre ellos llaman ‘el juego’. La mayoría paga a algún traficante que los guíe, pero otros muchos van por libre

Joaquín Urías 30/01/2019

<p>El castillo de Velika Kladusa</p>

El castillo de Velika Kladusa

Wikimedia Commons

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Bosnia, un país que evoca aún en muchos de nosotros las peores tragedias de la guerra de los noventa, se ha convertido ahora en la nueva frontera de la Unión Europea para miles de personas que huyen de la guerra o la miseria. Durante el año 2018 han entrado en Bosnia más de 23.000 refugiados e inmigrantes, según fuentes del Gobierno bosnio. La mayoría vienen de Afganistán, Pakistán, Irak y Libia, pero en las calles de algunas ciudades se mezclan gente de muchas otras nacionalidades.

Sucede sobre todo en Bihac y Velika Kladusa. Las dos poblaciones están en una zona muy montañosa con forma de bolsa que se mete en territorio croata. Durante la guerra fue un terreno que, con sus más y sus menos, estuvo siempre en manos musulmanas. Bihac es la capital del cantón y está a quince kilómetros de la frontera croata. Sin embargo Velika Kladusa, que es una ciudad pequeña y con fuerte personalidad, está a sólo unos centenares de metros de una frontera que en mayor parte transcurre por los montes cercanos y no tiene ningún tipo de valla o delimitación. Eso ha atraído a la ciudad a miles de personas deseosas de llegar a la Unión Europea, y que esperan el momento adecuado para intentar cruzar. Su situación vital es dura, pero más duro es cómo los tratan los países fronterizos, miembros de la UE que se saltan todas las normas internacionales al respecto.

Hasta bien entrado el mes de diciembre cinco mil personas malvivían en los campos que rodean ambas ciudades. La mayoría, en tiendas de campaña precarias compradas en algún supermercado, calentándose con la leña que le cedían algunos campesinos bosnios y comiendo gracias a la ayuda de algunas pequeñas organizaciones independientes de voluntarios. La situación empeoró tras algunas grandes nevadas y una ola de frío que bajó la temperatura a quince grados bajo cero. Afortunadamente, entonces empezaron a llegar las grandes agencias internacionales y la ayuda de emergencia aprobada por la Unión Europea.

Es una misma pauta temporal que se da en casi todas las crisis humanitarias recientes que he vivido.

Al llegar los primeros grupos de extranjeros suelen recibir el apoyo de la población local. En Bosnia esta ayuda fue ejemplar. Muchos bosnios han sido ellos mismos refugiados no hace tanto tiempo y se volcaron, dentro de sus posibilidades, con los que venían. Cuando la llegada se vuelve masiva y empeoran mucho las condiciones de vida de la gente al apoyo espontáneo de la población se unen las autoridades locales y proyectos de voluntarios independientes. Las autoridades suelen habilitar espacios de acogida de emergencia y los voluntarios, la mayoría activistas extranjeros, organizan proyectos eficaces pero precarios aprovechando al máximo los pocos fondos que consiguen. En esta ocasión los espacios de acogida fueron unos antiguos dormitorios con las ventanas sin cristales en Bihac y algún edificio fabril abandonado en Velika Kladusa. Pocos voluntarios, muy comprometidos, consiguieron dar un trato humano y solidario.

Si la crisis persiste, por fin llega la asistencia oficial profesionalizada. Se trata de los fondos internacionales y las grandes agencias y oenegés. Son menos eficientes, dan impresión de derroche, pero es la ayuda estatal necesaria. La única capaz de afrontar con la necesaria dignidad la situación.

Es Bosnia oriental se acaba de entrar en esta última fase. Se han habilitado tres grandes centros de acogida. El de Bira acoge a unas 1.700 personas y el de Miral a 700. Ambos están en grandes fábricas abandonadas. Por ahora las personas sobreviven de mala manera en inmensos dormitorios corridos. Cuelgan mantas de las literas para conseguir cierta privacidad y la calefacción no llega a todos los rincones. Los baños son portátiles, apenas hay duchas, la comida es escasa y el reparto de ropa y zapatos no cubre todas las necesidades. Sin embargo, ya se están reformando los dos, han traído decenas de contenedores térmicos para ampliar la comodidad de los residentes y se está reparando un edificio para otro nuevo. En el Hotel Sedra han acogido a familias: unas 250 personas, la gran mayoría niños que revolotean por los pasillos y la explanada de delante del hotel. Aquí las condiciones son buenas, usan habitaciones distintas para cada familia, lo que les da al menos cierta privacidad, aunque aún les falta el agua corriente. En general las condiciones son muy duras, pero parece que la tragedia empieza a encauzarse.

Permanecen sobre el terreno un par de grupos de voluntarios independientes. Atienden, sobre todo, al poco más de un centenar de muchachos –afganos, magrebíes, egipcios, sirios– que han rechazado alojarse en la fábrica Miral y se han quedado en la ciudad de Velika Kladusa. La mayoría vive en casas abandonadas que han okupado, a veces con permiso de sus dueños. Los voluntarios mantienen un servicio de comidas gratuitas elaboradas por veteranos de la guerra bosnia en un restaurante local y un espacio con tres duchas de agua caliente al que pueden ir a asearse y descansar.

Todo ello está sirviendo para mitigar la dureza de las condiciones de vida, pero no esconde el problema real en este momento. Todas estas personas están en Bosnia con una única intención: cruzar a Croacia. Cada noche lo intenta un centenar. Es lo que entre ellos llaman “el juego”. Salen de noche. La mayoría paga a algún traficante que los guíe, pero otros muchos van por libre. Sobre todo, muchachos que se reúnen en grupos de cuatro o cinco y se confían a los navegadores de sus teléfonos móviles. Cruzan a Croacia por cualquier vereda y desde allí intentan llegar al sur de Eslovenia para llegar hasta la zona de Trieste, ya en Italia. Se mueven de noche y durante el día permanecen escondidos en alguna granja abandonada o directamente en la montaña. Todo ello, escondiéndose de la policía croata.

La inmensa mayoría no llega a su destino y son devueltos a Bosnia. A algunos los sorprende la policía de fronteras eslovena en alguno de los pocos pasos de montaña transitables, y los devuelven a Croacia. Más a menudo, es la propia policía croata la que los pilla al cruzar algún camino o cuando un lugareño los ve a lo lejos y los denuncia. Entonces los meten en furgones y los devuelven a Bosnia. A principios de diciembre hubo denuncias sobre grupos de policías croatas que entraban en territorio bosnio para completar estas devoluciones. Después el modo de materializarlas parece haber cambiado; según el relato de los jóvenes deportados, las fuerzas del orden los llevan hasta la proximidad de la frontera. Los bajan a unos doscientos metros de ésta y, a golpes, los obligan a salvarlos a la carrera.  

Prácticamente todas las personas devueltas cuentan malos tratos y robos por parte de la policía croata. Cualquiera que pase un par de días en Velika Kladusa se encuentra con jóvenes que vienen de la frontera con heridas, fracturas y señales de golpes. Nos encontramos con varios de ellos. Una mañana charlamos con un muchacho recién deportado que viene con la mandíbula rota a golpes, buscando a los médicos de MSF que los atienden. Las historias que escuchamos son todas parecidas. Un padre golpeado delante de sus hijos pequeños por no entregar a la policía todo el dinero que llevaba encima e intentar esconder algunos billetes. Varias personas que hablan de policías puestos en dos filas para hacerles el pasillo. Como prueba nos enseñan algunas heridas abiertas y, sobre todo, muchos moratones. Todos los que regresan del juego traen la espalda y el tórax marcados de golpes.

Murad, un chico afgano muy divertido, cuenta en un inglés muy precario cómo le roban. Los policías los registran para quitarles los teléfonos móviles y todo el efectivo que lleven encima. Ellos se esconden el dinero en sitios inverosímiles, pero la mayor parte se lo encuentran, así que cada vez que vuelven a Bosnia (algunos lo han intentado hasta quince veces) tienen menos recursos de los que ahorraron en su país para este largo viaje.

Los abusos policiales están perfectamente documentados y están sucediendo en territorio de la Unión Europea. Algunos vulneran la prohibición de trato inhumano o degradante del artículo 4 la carta de derechos de la Unión. Aunque muchas de las personas que entran ilegalmente en Croacia provienen de países en situación de conflicto no se les permite instar por protección internacional en el país ni pedir asilo en contravención de las normas europeas e internacionales.

Si Croacia se permite defender su frontera mediante la violencia y el abuso contra las personas es porque en realidad se trata de la frontera de toda la Unión Europea y porque lo hace con el apoyo de líderes de otros países que bajo la excusa de la “mano dura” contra la inmigración ilegal esconden terribles violaciones de los derechos humanos. Lo que está pasando en la frontera Bosnia es el resultado directo del discurso de Salvini en Italia, de Orbán en Hungría o de Vox en España.

Los desafíos migratorios actuales no son mayores que los de las últimas décadas. El flujo de migrantes no ha crecido y los países más desarrollados de la Unión Europea pueden acoger e incluso necesitan aún a centenares de miles de ellos para poder mantener sus cifras de producción económica. Sin embargo, la falsa imagen de una invasión desde países africanos y musulmanes está sirviendo para que partidos de ultraderecha exacerben los peores sentimientos nacionalistas excluyentes. Lo hacen como un modo de conseguir poder político, sin importarles que el coste sea la lesión de los derechos humanos.

Lo que está pasando en la frontera entre Croacia y Bosnia es, simplemente, un ejemplo descarnado de lo que están pidiendo estos partidos: que olvidemos la humanidad de las personas que huyen de la guerra o la miseria y dejemos de tratarlas como personas.

Bosnia, un país que evoca aún en muchos de nosotros las peores tragedias de la guerra de los noventa, se ha convertido ahora en la nueva frontera de la Unión Europea para miles de personas que huyen de la guerra o la miseria. Durante el año 2018 han entrado en Bosnia más de 23.000 refugiados e inmigrantes, según...

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Autor >

Joaquín Urías

Es profesor de Derecho Constitucional. Exletrado del Tribunal Constitucional.

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