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Tribuna

España, país nihilista (donde el fascismo asoma como contrarrevolución)

José Antonio Pérez Tapias 23/01/2019

<p>Fuga</p>

Fuga

MALAGÓN

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Decía Ortega, en frase citada con profusión, que “no sabemos lo que nos pasa y eso es precisamente lo que nos pasa”. Pues bien, si no sabemos lo que nos pasa es porque no nos da la gana, dado que tenemos recursos para averiguarlo. Y si no lo hacemos es por intereses no confesables que nos llevan a mantenernos en la indolencia intelectual y política que supone esa supuesta ignorancia que, en verdad, es culpable.

Aventuremos, aunque se considere una osadía, algún diagnóstico. Y ahora, en vez de llevar la contra a Ortega, sigámosle la corriente. Si dejó dicho que una nación es “un proyecto sugestivo de vida en común”, por ahí tenemos una pista para indagar en lo que colectivamente nos pasa: no tenemos proyecto compartido. No lo tenemos en España si ésta se piensa desde los parámetros conservadores de una nación identificada con un Estado centralista y unitario. La prueba evidente es que otros proyectos nacionales, que en determinadas comunidades son sugestivos, operan como apoyatura también para cuestionar que el proyecto de un nacionalismo español sea sugestivo y común a todos. Pero de rebote, como efecto boomerang, resulta que en las comunidades autónomas de nuestro Estado en las que se presenta un proyecto que puede jugar políticamente con ventaja por ofrecerse abiertamente como tal, aunque se quiera sugestivo, queda lejos de ser aceptado en modo suficiente como común. Euskadi, por ejemplo, viene de esa experiencia y Cataluña está ahora mismo en ella de manera dramática.

Sucede, por tanto, que en España andamos deficitarios de proyectos nacionales con capacidad suficientemente reconocida y de carácter integrador en el modo en que habría de ser necesario, tanto para mantener el Estado con proyección de futuro como para afirmar de manera consistente las pretensiones de nacionalismos contrapuestos al español, en especial las de independencia de otras comunidades nacionales en las que así se quiere, al menos por una parte relevante de su ciudadanía.

Cuando no hay en verdad proyecto, todo es moverse en un vacío que hace insostenible la acción política, por mucho que ésta quiera guardar imposibles equilibrios –las más de las veces sirviéndose de “coaliciones negativas” frente a lo que se rechaza, sin apenas capacidad para proponer en positivo- o se enfoque, por el lado de los independentismos, hacia metas por lo pronto imposibles de alcanzar. En tal situación de empantanamiento, estancadas las aguas en un lodazal donde los agravios acrecientan el fango a diario, las propuestas políticas no alcanzan la solidez ni la credibilidad necesarias para ser constructivas; a lo sumo son reactivas, cuando no destructivas. Incluso lo que cuenta con resortes comunicativos, afectivos y simbólicos para aparecer como proyecto que se pretende viable desde una identidad colectiva que se reivindica como nacional y que exige independencia como Estado, al operar desde un unilateralismo en extremo voluntarista, bajo un liderazgo mesiánico y sin atender a las más elementales condiciones de viabilidad acaba siendo también reactivo. No hay que gastar mucha tinta para dejar constancia de que el nacionalismo españolista, procediendo de una historia previa narrada en siglos anteriores en términos de decadencia y en las décadas próximas bajo un relato edulcorado en clave de modernización que hoy por hoy se ha agrietado, sitúa su proyecto bajo un paradigma igualmente reactivo, que en sus manifestaciones más extremas retorna con mitificaciones insostenibles acompañadas de un negacionismo de lamentables realidades, como es el caso de aquéllas de las cuales siguen siendo testimonio irrefutable las víctimas de la guerra civil y la dictadura franquista.

Si con proyectos nacionales que o no se construyeron bien o no acaban de sostenerse adecuadamente ya es difícil alumbrar propuestas políticas susceptibles de generar confianza, eso queda más imposibilitado aún cuando la crisis económica que venimos padeciendo, con sus nefastas consecuencias de precariedad, paro, destrucción del Estado de bienestar e incremento de desigualdades, pone más trabas para relanzar proyectos colectivos enhebrando el cabo de la justicia social. La redistribución de cargas y beneficios en aras de la equidad necesaria para que los objetivos de igualdad social no aparezcan como ilusorios se hace imposible si no se resuelven las cuestiones de reconocimiento, en este caso nacional, en virtud de las cuales sean articulables relatos inclusivos donde se vean como protagonistas de pleno derecho las comunidades nacionales y culturales de nuestra realidad política. Es decir, la carencia de proyecto se agrava, afectando a todo el espectro político.

Hay que reconocer que una vida colectiva sin proyecto compartido tiende a la autodestrucción de la comunidad, si antes no la explotan desde fuera. Como constatamos, el proyecto ausente no es sólo el que debiera ser en clave de identidad nacional. El bloqueo en que nos hallamos, que de ninguna manera es epidérmico, también lo encontramos en el marco internacional; basta mirar a la Unión Europea. Desde esa perspectiva hay realidades configuradoras de lo real en que estamos para pensar con razón que la ausencia de sentido en la que nos instala la carencia de proyecto es civilizacional. De ahí que hablemos de nihilismo, y más concretamente de nihilismo negativo si nos acogemos a un diagnóstico de corte nietzscheano. Se nos han volatilizado las coordenadas de sentido, primero las religiosas y luego las seculares que trataron de reemplazarlas. Malamente el poderío tecnológico las sustituye, desde el fetichismo tecnocrático hasta la “nueva religión” que rinde culto al big data. Individualismo socialmente cultivado y cultura cínica consolidada al calor del neoliberalismo propio del capitalismo en la época de la globalización cumplen su tarea disolutoria. Las vidas dañadas de los individuos y la ruptura de los vínculos que entrañaba el viejo contrato social perfilan un panorama de incertidumbre, empobrecimiento y violencia en el que los perdedores en la darwinista lucha por la vida buscan seguridad, al menos, para sobrevivir y un marco de orientación para recomponer las identidades fragmentadas.

En el contexto descrito, las izquierdas, también arrolladas por unas crisis a las que no han dado respuestas, exceptuando la vía falsa de populismos que, a la búsqueda de un pueblo, se atascan en las derivas de los hiperliderazgos tras ensueños de hegemonía, no logran hasta ahora hacer cuajar verdaderas alternativas. El nihilismo de sociedades líquidas donde todo se volatiliza menos el mercado alienta el refugio bajo planteamientos autoritarios, lo cual no es de extrañar cuando el carácter social dominante encierra actitudes no democráticas que afloran al hundirse los discursos otrora deslumbrantes y ser reemplazados por relatos que no hacen ascos a la posverdad. Y es ahí, en esa proclividad al autoritarismo –en España anidada en los no erradicados posos del franquismo- donde engancha el fascismo. No hay cientos de miles de fascistas –cabe responder a quien hacía esa constatación respecto a Andalucía-, pero sí cientos de miles que lo apoyan y millones que lo pueden apoyar en el futuro, con el agravante de que a más apoyo, más desplazamientos hacia la ultraderecha de la derecha política, tirando del conjunto de la sociedad en esa dirección.

El nuevo fascismo, que se presenta neoliberal en lo económico, nacionalista extremo en lo político, excluyente en lo social y machista en cuanto al orden simbólico desde el que se tejen las relaciones humanas, no se reduce a meros efluvios en lugares aislados. Basta ver el mapa y trazar las conexiones desde EEUU a Hungría, desde Italia a Brasil, desde Madrid a París…, con personajes como Steve Bannon cuales muñidores de una Internacional Fascista con ansias de reconfiguración del orden mundial. Y en cada lugar sirven los productos locales que para ello se prestan, sea el fundamentalismo evangélico o, como ocurre acá, un integrismo que vuelve a servir como catalizador nacional-católico de una visión de España de la que no se va el rancio olor a Contrarreforma e Imperio. Pero es olor que apesta, impregnando de cutrerío una vuelta al pasado que, no siendo meramente conservadora, es nefastamente regresiva. Es exactamente “contrarrevolucionaria” habida cuenta de que se opone frontalmente a lo que en nuestro tiempo puede considerarse pacífica revolución en marcha: la que impulsa el movimiento feminista. Banalizar la violencia machista, con grave ofensa a las víctimas, como bombardear lo que se trata de descalificar como “ideología de género”, no es sólo por añoranza patriarcalista de machos menoscabados; es golpear estratégico que exige hacerle frente con lucidez y sin merma de voluntad.

Hace décadas, tras la caída del muro de Berlín, hubo revoluciones conservadoras. Hoy las derechas se aglutinan arrastradas por una contrarrevolución fascista, con la cual, además, se prepara una vuelta de tuerca más a favor de un orden de dominio global vistos los destrozos de un desorden mundial que ya no puede controlar el mismo neoliberalismo que lo ha generado. Y así, palmo a palmo se plantean las batallas en las que no sólo hay que hacer frente a un terrorismo internacional que siempre aguarda su momento, sino a la violencia reactiva que actualmente, como en otros momentos de la historia, siembra un fascismo que amenaza como respuesta en falso a las violencias estructurales de nuestro mundo.

Imperdonable será que las izquierdas permanezcan tocando el bombo a cuatro manos, lo cual, dicho sea de paso, es “muy español”. No es ningún consuelo que otros hagan algo parecido. ¡Ojo al nihilismo –podemos decir de nuevo emulando a Dostoievski! Es el nihilismo que el capitalismo produce mercantilizando todo, incluidos los humanos, al cual los individuos sucumben y las naciones no responden. Con los recursos de la tecnología digital puestos al servicio de una sociedad del espectáculo encaminada hacia derroteros indeseables, la maldición de los populismos puede ser una gran trampa cuando lo que necesitamos son ciudadanas y ciudadanos con conciencia republicana respecto a la libertad que han de compartir y ejercer, a la igualdad que han de lograr y a la justicia como meta erigida desde el sentido de lo común. Aplíquese todo ello a una España que debe ser solidaria, federalista, plurinacional e intercultural… y tendremos proyecto. Cuando recordamos a Rosa Luxemburgo en el centenario de su asesinato, en una Alemania que tras la Gran Guerra se introdujo en el oscuro túnel que la llevaría al nazismo, el “socialismo o barbarie” que formuló aquella gran mujer revolucionaria bien lo podemos reescribir como “republicanismo o fascismo”. Necesitamos democracia de verdad.

Autor >

José Antonio Pérez Tapias

Es catedrático y decano en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Granada. Es autor de 'Invitación al federalismo. España y las razones para un Estado plurinacional'(Madrid, Trotta, 2013).

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7 comentario(s)

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  1. jose

    Guerra no es un político. Es un actor de la pizarra - guiñol de Suresnes, donde todo quedó atado y bien atado. Más de lo que imaginó Franco. Si Franco se hubiera enterado de esto de Guerra y lo otro de González, y lo de más allá de Borrell, y lo de más acá de este campeón de las elecciones que es Sánchez, se le habrían saltado las lágrimas de emossión. ¡Estas sí que son mis raisses! Pero no, estas cosas no se pueden difundir ampliamente. Como mucho en rincones. Pero Guerra estará muy satisfecho que la bolsa de pensiones sea de 9.500 millones y las diversas ayudas a la iglesia de 11.000 millones. Por supuesto, nada como Venezuela para hurtar lo de España. Como dice alguien: de la chaqueta de pana, a la chaqueta de pEna. ¿merece la pena ser famoso para esto? Lo dudo mucho.

    Hace 2 años 2 meses

  2. jose

    Cuando recordamos a Rosa Luxemburgo... Ese es el problema, que para algunos sólo existe ella, cuando el movimiento obrero está plagado de dirigentes existosos que se ignoran. ¿Por qué será?

    Hace 2 años 2 meses

  3. jose

    Lo que nos pasa es que tenemos unas derechas muy inteligentes (con mayordomos impresentables pero que hacen disciplinadamente el trabajo sucio que les ordenan sus amos), y unas izquierdas cuya única estrategia es demostrar que son muy asamblearias. No todo no son asambleas: los políticos han de degluir la realidad y mostrarsela a los trabajadores. Del psoe, ¿qué decir? Sánchez dando lecciones sobre elecciones (¡¡¡) y atacando a un país que tiene el gasto social más alto del mundo, que acaba de subir el smi un 300% y está sometido a un acoso mundial que hundiría a la economía más poderosa. ¿Olvida Sánchez lo de Dilma Rusoff y Lula? ¿O es otro Lenin Moreno? Y cuando no es Sánchez es un iceta gritando "go Hilary", la señora de la guerra, que acababa de hundir con juego sucio a su compañero de partido Sanders).

    Hace 2 años 2 meses

  4. Rouvroy

    Hace falta un proyecto de país pero nada se ofrece articulado, concreto y creíble. Por qué no empezamos por ahí. Por qué los que pueden como esta publicación no convocan unos Estados Generales para debatir ese proyecto y ofrecerlo al País. El PSOE fracasó tras su deriva socialiberal y su creciente alineamiento con los poderes facticos. El PCE e IU se auto destruyeron junto con su excluyente clase trabajadora. Los otros partidos de la izquierda simplemente fueron irrelevantes hasta que surgió la gran idea de PODEMOS denostada por el articulista como populismo lastrado por delirios de hegemonismo e hiperliderazgo. Sin embargo solo desde una movilización de los jodidos por la realidad social, de todos, es posible concitar los apoyos para el proyecto de País libre, igual y fraterno, solo mediante la superación de la izquierda ortodoxa y el concepto de clase trabajadora es viable unir a suficientes actores para vencer a los que mandan. Convocad los Estados Generales y hablemos de futuro. Hablemos de un Estado Confederal capaz de articular un nuevo contrato social, ínter territorial, ínter generacional, comprometido con los derechos de género y de sexo, con la defensa de la sostenibilidad ambiental...

    Hace 2 años 2 meses

  5. braulio esperemos sin censurar

    He de admitir que esta vez estoy casi plenamente de acuerdo con lo que se escribe en este texto que toca muchos puntos fundamentales de lo que se podría describir como análisis psicosocial del postmodernismo. A excepción de definir al feminismo como principal "cosa" definitoria de "las relaciones humanas", en todo lo demás casi se acierta de pleno, fuere o no pues es irrelevante, que se escriba "en clave positiva o negativa", o como se suele decir ahora sin mayor rigor ni critica en la terminología propiamente usada; siendo una descripción de la realidad constructiva o destructiva

    Hace 2 años 2 meses

  6. bartleby

    Si necesitamos democracia de verdad podríamos comenzar por comprobar mediante un referéndum si alguno de los proyectos nacionales constructivos que se mencionan "queda lejos de ser aceptado en modo suficiente como común" o no.

    Hace 2 años 2 meses

  7. jose

    https://www.diariosur.es/v/20120705/malaga/doble-voto-bendodo-20120705.html flexipolítico

    Hace 2 años 2 meses

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