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Tender puentes hacia ninguna parte

En Estados Unidos, el Partido Demócrata practica una política de compromiso, de hacer lo que se pueda con lo que hay, que con el tiempo se ha convertido en una defensa acérrima de las existentes relaciones de poder

Nathaniel Friedman (The Baffler) 23/01/2019

Barack Obama de camino a su discurso en la Casa Blanca, después de haber alcanzado un acuerdo sobre el programa nuclear de Irán, el 2 de abril de 2015.
Barack Obama de camino a su discurso en la Casa Blanca, después de haber alcanzado un acuerdo sobre el programa nuclear de Irán, el 2 de abril de 2015. NICHOLAS KAMM

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A Ike Turner, un detestable ser humano cuyo maltrato a su por entonces esposa Tina Turner pasó a ser caldo de la cultura popular tras la película de 1993 What’s Love Got to Do With It?,  que consiguió una nominación al Oscar, le debemos al menos una innegable contribución a la cultura. En 1951, su banda Kings of Rhythm condujo la hora y media que separa Clarksdale, en Mississippi, del estudio Memphis Recording Service en Tennessee. Durante el viaje, el amplificador del guitarrista Willie Kizart se estropeó, ya fuera por la lluvia o por el uso y desgaste habitual. Cuando llegó el grupo, se encontraron con que el altavoz del ampli se había perforado. La sesión estuvo en peligro hasta que Turner le metió mano al ampli y lo arregló con un montón de periódicos que producían un sonido que, aunque rasgado y discordante, todavía podía aguantar un riff. Los Kings consiguieron grabar la desenfrenada y provocadora Rocket 88, en la que Kizart participó de manera prominente, un éxito que se atribuye a Jackie Brenston y sus Delta Cats, y que a menudo se considera la primera canción rock'n roll de la historia. Y de paso, Turner, ya fuera por necesidad o por imaginación, había logrado consagrar la distorsión.

Turner no fue ni mucho menos el primer músico en experimentar con la distorsión, ni el primero en darle un sentido. En los momentos de clímax, los saxofonistas de R&B a menudo soplaban en exceso sus instrumentos para crear armónicos, en una práctica conocida como “honking and screaming” (graznar y gritar). Los bluesmen ya habían manipulado sus amplis para ensuciar el sonido y aumentar la intensidad, como se puede escuchar en la canción de Guitar Slim The Things I Used to Do. Y si tenemos en cuenta las entremezcladas “notas de blues” que están presentes en casi toda la música afroamericana, se puede decir que existía una clara relación entre imprecisión de sonido y profundidad de sentimiento. Aunque en los anteriores ejemplos la distorsión se utilizaba para crear efectos espectaculares, en el caso de Turner se trataba del principal elemento, de una alternativa propiamente dicha que iba en contra de lo que te decían que había que hacer, de cómo tenían que sonar las cosas. Rocket 88 no fue la primera pista popular que mezclaba una sexualidad explícita con la libertad de la carretera, con la fanfarronería de lo nuevo o con negarse a respetar las reglas, pero la distorsión le añadió una nueva capa: un sentimiento general de crudeza y decisión, que contrastaba claramente con las normas (sónicas) establecidas. Cuando nació el rock, la distorsión fue el elemento que le suministró el carácter subyacente y la guitarra distorsionada pronto se convirtió (y así se mantuvo durante décadas) en un sinónimo del género.

Rocket 88 está en consonancia con un concepto singularmente estadounidense: las cosas que están estropeadas, y son por tanto imperfectas, son de algún modo más auténticas. En tanto que estética, no solo es la lengua franca del rock, sino que se puede observar también en el mobiliario desgastado, en los vaqueros prelavados y en el fetichismo por el chisporroteo de los discos, por utilizar solo unos ejemplos relativamente aleatorios. Pero también explica la cinemática obsesión con los antihéroes y con las expresiones como “I’ve got issues!”, que son tradiciones que amplían el concepto de la verdadera imperfección para englobar la idea misma de carácter y virtud en el dilatado teatro estadounidense de la confrontación física.

un concepto singularmente estadounidense: las cosas que están estropeadas, y son por tanto imperfectas, son de algún modo más auténticas

Sin embargo, de forma simultánea, lo que podríamos llamar el carácter de la distorsión ha logrado desfigurar una gran parte de nuestra mitología social colectiva. Como principio general de sabiduría ganada a pulso, sirve para conformar gran parte del culto individualista estadounidense hacia la persona individualista y posesiva que se ha hecho a sí misma y que conquista nuevas fronteras. Dentro de los confines de este primigenio ideal estadounidense, el dolor significa experiencia o, al menos, el paso del tiempo. Hace que tengas una historia. Algo ha sucedido, ha dejado su huella y hay una historia que contar: has aprendido una lección. El dolor significa que has estado en sitios, que has visto cosas y que, en consecuencia, ahora eres más sabio. Significa que para ti las cosas no siempre han sido fáciles, que no has salido indemne y que sin duda te has ganado cualquier deferencia social que disfrutes en la actualidad. También es una señal de que probablemente te hayas enfrentado a tus debilidades y hayas conseguido estar a gusto con un cierto grado de fracaso. Te conoces a ti mismo, sabes cómo funciona el mundo y te sientes cómodo cargando con tu conocimiento de la escuela de la vida. Eres un subestimado, un superviviente, un realista áspero; no tienes deudas con ningún falso dios y solo sabes lo que el mundo te ha enseñado. Eres real porque reflejas la naturaleza desordenada de la realidad. Eres defectuoso y, por tanto, eres humano.

Mal desde el principio

Este pensamiento permea la mitología de referencia en Estados Unidos: eres un colono hecho de retazos que libra una batalla asimétrica contra los británicos; eres el agonizante dolor que supuso alumbrar la Constitución; eres el país construido sobre la mano de obra esclava que con el tiempo cambió de parecer; eres un país de inmigrantes que tuvieron que ganarse a pulso su lugar en una sociedad que no te quería hasta que dejó de hacerlo; eres un país que toma decisiones difíciles sobre guerras complicadas; o, si utilizamos el registro autogratificante de un nuevo compositor milenial, ahí está el irrefutable testimonio de John Legend: “Cause all of me loves all of you / Loves all the curves and the edges / All your perfect imperfections” (Porque todo mi ser ama todo el tuyo / ama todas tus curvas y tus aristas / todas tus perfectas imperfecciones).

Las consecuencias políticas cotidianas que conlleva esta forma de ver el mundo son sobrecogedoras: una política de compromiso es más creíble que una que sea estrictamente ideológica. Si consideramos que el pragmatismo es sincero en cuanto al funcionamiento del mundo, entonces el compromiso, entendido tanto como un proceso que como un destino, se vuelve la opción más sincera y más digna de confianza. Querer grandes cosas y defender grandes ideas (imaginar un mundo diferente) no solo se considera sospechoso, sino que es totalmente ajeno a una estética de la imperfección que a menudo asigna significados a las cosas, o un “alma”, porque se ha modificado su forma original. Y el proceso que lo provoca está tan idealizado como el resultado final, que a su vez nunca se presupone estable o consistente.

Los liberales estadounidenses han interiorizado por completo una política que es al mismo tiempo cínica y enormemente ingenua

Por supuesto, muchas personalidades de la derecha no son verdaderos ideólogos, pero al menos todos entienden que para poder avanzar en sus objetivos tienen que comportarse como ideólogos. Saben que el fanatismo reaccionario facilita la conversión del hambriento. Sobre todo después del 9/11, la derecha ha aprovechado con éxito la retórica del patriotismo como distintivo irrefutable de los conservadores. Pero como ya está demostrando la era Trump, su presunto ardor por las posturas ultraestadounidenses se dejará dominar de buena gana por cualquier antigua e inconcreta directiva poderosa, nada más que por el simple hecho de hacerlo, si existe el impulso plutocrático adecuado o la oportunista y burda posibilidad política. (En este sentido, basta con observar las épicas y fraudulentas trayectorias de Paul Manafort, Rudy Giuliani, Scott Pruitt o de casi cualquier otro miembro del círculo íntimo de Trump).

Comparemos este enfoque con la percepción dominante que tiene de sí misma la oposición liberal, hacia 2018. Los liberales estadounidenses han interiorizado por completo una política que es al mismo tiempo cínica y enormemente ingenua. Aunque el mantra “haces lo que puedes con lo que tienes”, que irónicamente sirve de guía a los liberales, ha conseguido arrebatarles todo poder real de gobierno, ellos han conservado un carácter favorable al compromiso, que con el tiempo se ha convertido en una defensa acérrima de las existentes relaciones de poder, independientemente de lo brutales, ilegítimas o erróneas que demuestren ser. Y así, los liberales de hoy en día han aceptado esa situación como si fuera un dogma fundacional (y emocional).

Esta destructiva aceptación del compromiso que practican los liberales de hoy en día también tiene como consecuencia la errónea suposición de que aquello que experimentamos (cómo son las cosas) delimita aquello que es posible. Lo que ya sucede ha sido moderado y trabajado. No solo es factible, sino que de algún modo también es intrínsecamente noble puesto que es factible. Cualquiera que proponga algo más abarcador no dice más que tonterías y es ligeramente siniestro o está alejado de la realidad. Pudimos ser testigos de cómo se desarrollaba esta dinámica una y otra vez en el establishment demócrata y en el elitista tratamiento mediático que recibió la sublevación de Bernie Sanders en 2016. Por una parte, los pesos pesados demócratas lamentaron la contundente temeridad de una campaña como la de Sanders, que seguía batallando por la nominación presidencial demócrata mucho tiempo después de que ganarla fuera algo plausible y, por otra, los medios de comunicación respetables utilizaron diversas versiones huecas de la cantinela típica de las tertulias, que afirma que sencillamente las cuentas no salen, para machacar una y otra vez la naturaleza poco realista de la agenda política de Sanders. Fue una petición demasiado drástica y siempre será vista entre los círculos políticos demócratas que piensan de sí mismos que son serios como demasiado buena para ser verdad.

Las quejas también están principalmente motivadas por una profunda obsesión por salvaguardar los procedimientos, que a su vez está relacionada con el compromiso y con limar diferencias (aunque el apoyo del partido republicano al levantamiento trumpista de derechas haya eliminado sin rodeos cualquier apego residual a las sutilezas procedimentales). No obstante, la idolatría liberal por el procedimiento es más que una simple estrategia política miope en esta era populista, también es una lógica multiuso (y una excusa) para seguir en un estado permanente de impotencia. El procedimiento a través del cual se llega a compromisos, y no a través del cual esas mismas cosas se convierten en realidad, se idealiza como el verdadero objetivo y los clichés sobre llegar a laboriosos acuerdos y trabajar en ellos con honor se vuelven eufemismos para hablar de algo que te la suda completamente. En resumidas cuentas, es un panorama incruento que ha convertido en arte el hecho de no darle a nadie lo que realmente quiere o necesita.

Inversores institucionales

Así que sí: esta sombría visión del mundo continúa siendo el consenso sagrado que sirve de sistema operativo a la corriente dominante del partido demócrata, lo que significa, a su vez, que es el principal argumento que se utiliza para decidir cómo se asignan los recursos a los candidatos con tintes de izquierda. Últimamente, el ala bernista del partido demócrata ha comenzado a crear un espacio para sus causas y candidatos con la intención de preparar las elecciones a mitad del mandato. Pero ya estamos asistiendo también a una violenta reacción desde los centros de poder demócrata, que pretenden desactivar esos esfuerzos de base antes incluso de que consigan despegar.

Esto supone, una vez más, un esclarecedor contraste con las últimas décadas de constante inclinación derechista en el lado republicano del pasillo. Más aún, la ferocidad de la campaña de asalto demócrata (que ha visto cómo el Comité de Campaña para el Congreso del Partido Demócrata ha tomado la medida de desplegar una campaña de oposición contra la candidata insurgente de izquierdas, Laura Moser, en la carrera por el relevante escaño de Texas) demuestra hasta qué punto el partido de la capitulación dogmática está dispuesto a sofocar el entusiasmo reformista juvenil que habita en sus filas.

En otras palabras, resulta que los liberales no solo son prácticos o insípidos, sino que además están entregados a la infructuosa política de compromiso procedimental, por muy difusa y terminalmente aburrida que sea. Es una fuente de identidad para ellos. El problema no es solo que nadie haya propuesto nada mejor, es que los liberales son auténticos aficionados a ello. Para ellos, el fantasma del compromiso de las altas esferas es lo que más les inspira de la política, y los llamamientos reformistas a favor de la justicia social y la reducción de la desigualdad son peligrosos anatemas de todo lo que es adulto, lento y cojea. Están orgullosos de sus llamadas al civismo y a un tiempo imaginario en el que los políticos dejaban sus diferencias de lado para sacar adelante las cosas (como por ejemplo la guerra).

resulta que los liberales no solo son prácticos o insípidos, sino que además están entregados a la infructuosa política de compromiso procedimental

Según esta perspectiva, el liberalismo no es defectuoso, sino que es sincero sobre lo que es posible y, por tanto, es más humano, más fiable y más intrínsecamente estadounidense. Como mínimo, eso equivale a una devoción fatalista por controlar los límites externos de los principios aceptables. Los líderes liberales del ámbito nacional se parecen más que nada a directores de escuelas privadas: un parecido adecuado, dada la hostilidad del partido hacia la educación pública y las huelgas de profesores, ya que reducen los arrebatos rebeldes de sus jóvenes cargos como simbólica reafirmación de su autoridad justamente conquistada.

Parece casi inconcebible que algo tan débil pueda influir a millones de personas, pero el romance liberal con el compromiso no productivo, por ningún otro motivo que el simple hecho de llegar a un compromiso, es el sello característico de un dogmatismo cultista cerrado o, para ser más precisos, esa esclerótica mentalidad es el legado del culto por la personalidad que atesora el centrismo demócrata, y que proviene de dos figuras para las cuales la fusión de autenticidad y perjuicio era casi absoluta. Y sancionar esa fusión mientras estuvieron en el poder es lo que ayudó a consolidar este increíble culto por el compromiso eternamente imperfecto como movimiento político de masas.

Medianamente cool

Objetivamente hablando, Bill Clinton no era muy buen saxofonista. La interpretación que hizo en 1992 de “Heartbreak Hotel” en The Arsenio Hall Show estaba al nivel de lo que se esperaría de un aprendiz que sabe lo justo como para controlar la lengüeta. Pero esto no solo es que fuera irrelevante, es que era lo más importante. Incapaz de esconderse tras la técnica, lo único que Clinton podía hacer era proyectar emociones. Había un simulacro de soul sin ninguna sustancia detrás y los votantes terminaron tragándose la evidente deficiencia acústica y espiritual. Dominar el funcionamiento del instrumento no estaba ni siquiera en la mente de Clinton: él solo quería pasárselo bien y soltarse la melena. No se trataba de replantear la política como entretenimiento. En su lugar, lo que Clinton hizo fue canalizar temas relacionados con la expresión personal, que son propios de la cultura popular, para reorientar la conversación; a cambio de tener que rendir cuentas, nos dieron no solo fama, sino que apelaron a uno de los postulados subyacentes del rock ’n roll: que ser un tipo con clase (de ahí las gafas de sol) era valioso en sí mismo, en la medida en que se abría a una integridad particular más existencial que moral.

Si esto da la impresión de ser típico de los baby bommers es porque lo era. En los años 90, muchos baby boomers estaban intentando reconciliarse con la fácil transición que habían hecho entre el idealismo de los 60 y el voraz capitalismo de los 80. Este cambio, visto desde cualquier ángulo programático que fuera coherente ideológica o políticamente, era imposible de justificar, pero los baby boomers, cuyo principio de referencia era el descubrimiento personal disfrazado de cambio social, necesitaban racionalizar las cosas. Bill Clinton, por muy exótico que pudiera parecer a causa de su acento sureño y su pasado obrero, fue un hábil representante para una generación hambrienta por encontrar una forma de interpretar su evolución política, que todavía fuera relevante y consistente en su interior.

Lo que hizo, o quiso hacer, o haría con el tiempo, importaba menos que la imagen que se tenía de él. Eso era exactamente lo que los baby boomers necesitaban para sí mismos: una desviación de la acción que incorporara en su lugar un mantra parecido a la autoayuda. Puede que dieran un giro de 180 grados y dieran la espalda de forma colectiva a su propio pasado radical pero, ¡qué coño!, todavía rebosaban fuerza vital. Sus vidas no se parecían en nada a lo que se imaginaban que iban a ser, pero, en el fondo, estaban totalmente seguros de que seguían siendo los más guays. Para los baby boomers, el solo de Bill Clinton no fue un ejercicio de nostalgia, sino un grito de guerra.

Honking and Shouting

El atractivo de Clinton no se detenía ahí, ni tampoco lograba hacerse eco solo entre los baby boomers. El Hombre de Hope (NdT: juego de palabras en el original entre el lugar de nacimiento de Clinton y la palabra hope: esperanza) no solo encandilaba a los votantes con su don de palabra y su campechanía, sino que también era un maestro a la hora de parecer humano, es decir, menor y trágicamente imperfecto, pero al mismo tiempo en plena posesión de su propio discurso redentor. Por ese motivo, y comenzando por su torpe momento estelar en Arsenio, nos pasamos casi una década acostumbrándonos al ritual familiar de ver cómo comparecía el primer presidente del baby boom para desnudar su alma frente al público estadounidense, rodeado de un mar de problemas y una batería de martirizadores de derechas. Se mordía el labio, levantaba la barbilla, fijaba su mirada en la media distancia, aseguraba que nos llevaría en volandas hacia el siglo XXI y, al mismo tiempo, machacaba la estrategia de gobierno moralmente vacía de “triangulación” política (también conocida como: apropiarse de los objetivos de tus oponentes antes de arriesgarse a proponer cualquier reforma profunda de factura propia) y el desprestigiado mantra de El centro vital que estaba tan en boga durante la Guerra Fría.

Oponerse a los detalles concretos era imposible cuando existía la falsa ilusión generalizada de que Clinton tenía buenas intenciones

Como demostraron sin ambigüedades las encuestas que se realizaron tras el proceso de destitución de Clinton, el público estadounidense se había tragado este malfuncionamiento estándar. Se había convertido en el argumento de venta más importante de Clinton: que se podía confiar en él porque era honesto, y era honesto porque no tenía miedo a admitir que era humano y por tanto imperfecto (y admitirlo era el aspecto más importante, que lo distingue de la bravura intocable de Trump, a pesar de la multitud de pruebas que demuestran lo contrario). Al principio de su presidencia, Clinton preparó el terreno de su presidencia de una forma que pareció casi profética: confesando a medias sus infidelidades conyugales frente a un equipo del programa 60 Minutes y, de forma simultánea, expresando de forma teatral, durante el ciclo de primarias de 1992, su conformidad con la ejecución de un preso de Arkansas con lesiones cerebrales, lo que le permitía posicionarse como un tipo diferente de demócrata a favor del orden público, etc.

Cuando llegó al poder, daba una imagen bienintencionada y valiente, aunque sus políticas tendieran hacia el centro político y hayan lastrado al partido demócrata desde entonces. Por eso, en lugar de ganarse la enemistad pública por ceder ante la nueva armada de donantes corporativos del partido demócrata y ratificar los acuerdos del NAFTA y del GATT, Clinton consiguió posicionarse como alguien que decía la verdad sin rodeos, y no tenía miedo de oponerse a la claramente obsolescente base obrera y sindical del partido. En la superficie, este giro que autoidealizaba el liderazgo presidencial parecía sencillamente insólito, como cuando Clinton, por ejemplo, intentó apuntalar su legado durante el segundo mandato escenificando una “conversación nacional sobre la raza” después de haber desmantelado sin miramientos el programa de Ayuda a las Familias con Hijos Dependientes solo para garantizar su segundo mandato en el poder.

Oponerse a los detalles concretos era imposible cuando existía la falsa ilusión generalizada de que Clinton tenía buenas intenciones y de que, en lo más profundo de su corazón, se inclinaba más fielmente hacia la izquierda de lo que dejaba entrever (muestra de una singular y autocomplaciente fantasía liberal, que se manifestaría de una manera igualmente agonizante durante los años de Obama). Al fin y al cabo, todos los adultos saben que a veces los sueños no se hacen realidad.

El culto a la personalidad de Bill Clinton era tan extremo que, para millones de estadounidenses, seguía siendo un gran ejemplo aunque les mintiera a la cara de forma repetida sobre, básicamente, todo lo que decía. De hecho, mediante una curiosa inversión de la ley del evangelio de la autenticidad estadounidense, Clinton se volvió más genuino, aunque no necesariamente más simpático, por su condición de ídolo caído que no podía evitar ser como era. En efecto, nunca llegaría a caer realmente en desgracia si dejaba claro desde el principio que consideraba ese estado de gracia algo fuera del alcance de los simples mortales.

Se mire por donde se mire, la presidencia de Clinton no fue defectuosa, sino que fue un rotundo éxito, un gran timo que blanqueó la política de dudosa calidad y la mala conducta personal al fortalecer la idea de que sus tribulaciones nos pertenecían de algún modo a todos nosotros. Antes de que saliera elegido George W. Bush como “el candidato con el que los votantes se tomarían una cerveza”, Clinton empleó una artimaña mucho más complicada: convencer a los estadounidenses de que era fácil identificarse con él porque cometía errores y (supuestamente) podía confesarlos a plena luz del día. Que los cometiera mientras acaparaba un poder inmenso y que tuvieran importantes consecuencias nunca fue algo que se discutiera. No tenía por qué dar excusas, porque ya había sido perdonado.

La mayor prueba del genio de Clinton llegó en el año 2000, cuando los demócratas eligieron a Al Gore, un empollón robótico hecho de madera que solo podía presumir de continuar con las políticas del gobierno, para que se enfrentara a Bush, un zoquete sin experiencia que obtenía autoridad moral de ser un exalcohólico que daba la impresión de que todavía podía pasárselo bien. Parecía como si ambas caras de Bill Clinton se estuvieran enfrentando entre ellas. Por un lado tenías al anticarismático Gore apurando la esencia de la presidencia de Clinton y, por otro, Bush era Bubba 2.0, que llegaba al extremo de distanciarse activamente de la idea de dirigir un país o proporcionar liderazgo. De acuerdo, la Corte Suprema le robó la victoria Al Gore, pero fue un resultado tan reñido que demuestra lo desfigurada que Bill Clinton dejó la política estadounidense.

Profetas y pérdida

Claramente, tras los numerosos horrores y calamidades de los años de Bush, Barack Obama supuso un soplo de aire fresco. En muchos sentidos, también supuso una clara desviación con respecto a Clinton. Con Clinton, EE.UU. tenía una relación personal, pero Obama era una figura mítica y eléctrica que recibía ataques de la derecha y de su principal oponente en las primarias por, básicamente, ser demasiado popular. Bill Clinton fingió estar interesado en cambiar las cosas de forma radical, mientras que Obama parecía prometerlo con rotundidad. Y allí donde Clinton demostraba ser seductor e intuitivo, Obama era virtuoso, y encandilaba a los votantes con su habilidad para llegar tanto a sus mentes como a sus corazones. Clinton nunca afirmó ser perfecto y a Obama, por causas ajenas a su voluntad, se le veía como un hombre que podía caminar sobre el agua, que no podía causar ningún daño y que podía cargar con expectativas por las nubes. A su campaña le rodeaba un aire de profecía: Obama parecía decidido de forma inquebrantable a cumplir con las promesas rotas de los años de Clinton y, al mismo tiempo, a asumir las responsabilidades sobrias y adultas que exigía la era Clinton.

Pero desde el principio, la visión de Estados Unidos que tenía Obama resultó ser curiosamente reacia a asumir riesgos. A pesar de sus grandiosas y arrolladoras declaraciones, creía por encima de todo en el inconmensurable lema liberal del consenso, en sí mismo una forma desordenada de compromiso que se apoyaba en el procedimiento. El discurso “una América” que inició en Boston su carrera electoral durante la Convención Nacional Demócrata de 2004 no contenía ninguna visión audaz sobre el futuro. En su lugar, solo instaba a los ciudadanos a que miraran al mundo con claridad y vieran al aparentemente diferente Otro como alguien no muy distinto de ellos mismos. La conversación política no iba a ser sobre cómo alcanzar el poder ni sobre cómo aprobar medidas universales de justicia económica, sino más bien sobre cómo mediar entre bandos diferentes para llegar a algo en lo que todo el mundo pudiera estar de acuerdo. La falta de unión era el estado inicial que definía la vida en Estados Unidos y las piezas del país solo podían volver a juntarse si se avenía el conjunto. Comenzar con ideas que sirvieran de base para la discusión posterior no solo era inadecuado, poco acertado y quizá hasta algo peligroso, sino que, por encima de todo, iba en contra del tono arrollador y emotivo del atractivo de Obama. El proyecto estadounidense quedaba así consagrado, si no idealizado, como una empresa imperfecta (aunque, irónicamente, toda la retórica de altos vuelos de Obama se basaba en esta visión en cierto modo deprimente).

Al contrario que Clinton, Obama no se presentó a sí mismo como imperfecto

Suponemos que conmovido por este abismal cambio contraideológico más o menos espontáneo de la opinión pública, el gobierno finalmente se espabiló y comenzó a hacer su trabajo. En la cabeza de Obama, su obligación era que todo el mundo obtuviera un trato justo. Su retórica, que parece casi agridulce si la comparamos con la rabiosa retórica nacionalpopulista de Trump, creyó que predominarían las cabezas frías, que la gente razonable se sentaría a la mesa, se daría cuenta de que todos querían más o menos las mismas cosas y que se podría partir de esa base. Aunque llegar al sagrado objetivo del compromiso requiriera esfuerzo y energía, la gente compartía una comprensión suficiente del juego limpio como para trabajar juntos, a pesar de sus diferencias.

En busca del Arca Perdida

En más de una ocasión, Obama utilizó con aprobación la profética máxima de Martin Luther King Jr.: “El arco del universo moral es largo, pero tiende hacia la justicia”. Esa cita, que para King era un motivo para seguir luchando, expresaba la singular ontología de las políticas de Obama. Es cierto que hubo delimitaciones claras del curso moral de la historia: bien y mal, bueno y malo, justo e injusto. Los discursos de Obama explicaban el mundo en relucientes términos absolutos, y esa era su principal meta teleológica. Pero mientras que el presidente invocaba resultados sonoros e inspiradores, también advertía, a la manera adulta y pragmática del saber hacer de Clinton, que conseguirlos no iba a ser fácil. Y no era por los motivos que King había citado (que la lucha continuaría y sería titánica hasta que, finalmente, triunfaran los buenos). No, sería un proceso largo y tortuoso al final del cual, a pesar de innumerables contradicciones, reveses y baches en el camino, se antepondría la razón, se neutralizaría a todos los depravados y Estados Unidos conseguiría finalmente la más perfecta unidad. El proceso, con todo el perjuicio que causa siempre y en todas partes, se celebró tanto como ese lejano, y tentadoramente impreciso, futuro.

Este pensamiento de la Ilustración perfectamente afinado demostraría con el tiempo estar profundamente desfasado en un país en el que los reaccionarios se habían posicionado como los autoproclamados guardianes de unos Estados Unidos cristianos y blancos profundamente necesitados de una restauración, y otorgó escaso valor al hecho de conseguir una auténtica unidad nacional. Obama imploró a Estados unidos que rechazara la polarización en un momento en el que el adversario comprendió la división partidista como la esencia misma del juego político. Obama, que no supo captar el derrumbe de cualquier cosa que se pareciera a una mediación sincera con el partido de la oposición, consideró conveniente hacer concesiones siempre que fuera posible y alentó grandes pactos, comisiones de primer nivel y otras naderías que fomentaban el buen y sincero compromiso liberal y, de forma simultánea, se negó a procesar a ningún banquero responsable de la debacle económica de 2008 (en gran parte por la razón eminentemente pragmática de que muchos de esos adinerados malhechores también eran destacados donantes del partido demócrata). Obama ofreció continuamente la tentadora (para él) visión de cortesía procedimental como concesión tanto a sus oponentes, cuyas preocupaciones dictaban en todo momento los límites del debate, como al actual sistema, que estaba siempre rumbo a su destino final y no podía, por tanto, ser cuestionado o trastocado de manera radical. Obama no defendió ningún tipo de coalición que diera lugar a claras reformas o, Dios nos libre, a la revolución que algunos le acusaban de intentar provocar. Los términos actuales del contrato de participación en Estados Unidos ya estaban de algún modo predeterminados y suponían el único camino posible. La empresa de recabar poder político para crear un nuevo marco de participación que fuera susceptible de favorecer los intereses de la mayoría y no de la minoría (es decir, adoptar la misma dirección que sugería su retórica) nunca se abordó.

Al contrario que Clinton, Obama no se presentó a sí mismo como imperfecto. Como consecuencia de la inevitable dinámica racial que operaba, tenía que parecer impecable desde cualquier punto de vista. Pero su historia fue el perfecto ejemplo de “por qué no podemos tener nada bueno”. El relato que sostuvo gran parte de la popularidad de Obama, sobre todo en la última parte de su presidencia, fue el de un gran hombre que siempre estaba bajo asedio: una figura hermosa y asediada que sencillamente nunca tuvo la oportunidad de rehacer el mundo a su imagen o, al menos, a la imagen que se había proyectado de él. Había querido demasiadas cosas y se las negaron cruelmente. El último asalto en las guerras culturales, que en esta ocasión idealizaron los demócratas, por extraño que parezca, pasó a tener el protagonismo e identificarse con las aparentes heridas de Obama se convirtió en el leitmotiv de la política del partido.

Daño agravado

Llegados a este punto, es importante señalar que a pesar de todas las expectativas que provocó el movimiento y que se habían proyectado sobre Obama, su deterioro fue lo que ocupó el centro del escenario. Lo que mantuvo a Obama, una vez que finalizó el subidón inicial de las elecciones, fue la aparente disparidad entre lo que supuestamente quería y lo que tenía que aceptar en su lugar. Poco importa que el “secretamente izquierdista” Obama, esa fantasía que favorecía los opuestos planes de los demócratas y de los republicanos, fuera un vano espejismo: era una construcción que siempre se formulaba en negativo y era un recordatorio táctico más de las sobrias limitaciones que constantemente dificultan la elaboración de un plan de gobierno seguro de sí mismo por parte de los liberales, por causas ajenas a su voluntad.

Vista desde esta perspectiva fatalista, la presidencia de Obama se convirtió supuestamente en una instructiva parábola sobre lo que se siente cuando no consigues alcanzar tus propios y nobles objetivos. Asimismo, se palpaba una impotencia asumida cuando Obama, al igual que Clinton, se quejaba de mala fe en la conducta de sus futuros interlocutores republicanos como principal excusa, algo que le permitió sortear algunas preguntas sobre la discordancia entre un supuesto pensamiento idealista y unas acciones que nunca iban en consonancia.

Ese es el autocomplaciente manual del liberalismo, por no decir el verdadero principio rector del partido demócrata actual, y se encuentra anclado en un apego al aparente sufrimiento de Obama, o a la idea de que el compromiso no solo es la carga que debe aceptar todo ciudadano, sino que de algún modo también se encuentra en la base misma del método para hacer realidad (y para definir los límites de) un país mejor. Los demócratas también engañaron a los votantes y les hicieron creer que la impotencia era una parte fundamental del proceso, y que perseguir el “largo arco” era la verdadera batalla; una fantasía que racionalizaba sus propias carencias al mismo tiempo que les protegía contra cualquier demanda futura sobre la volatilidad de sus posturas o sobre sus estrategias electorales.

Toda esa nostalgia por los olvidados dioses del civismo y del compromiso que había en Washington le permitió a Obama esquivar las consecuencias de las políticas que sí que promulgó y, de igual modo, le permitió esquivar cualquier interrogatorio por las cosas que esperaba conseguir durante su vida política. En cierto modo, Barack Obama nunca llegó a ser presidente, en la medida en que se enfrentó a un nivel de crueldad, hostilidad y total deshumanización sin precedentes por parte de la derecha. Pero la verdad es que Obama sí que gobernó durante ocho años y pudo ejercer su voluntad política desde el cargo más poderoso del planeta. Y si todo lo que aprobó no fue más que centrismo extremista, quizá sea porque desde el principio Obama nunca pretendió cambiar el mundo, sino reconciliar al mundo consigo mismo. Para él, ese era el bien mayor.

Si sabes leer entre líneas, hasta el Obama candidato solo prometió una versión optimizada del statu quo. La idea de que todo lo que hizo Obama estuvo obligado a hacerlo es una útil ficción que convierte las políticas cuestionables en una imposición externa. Y nos seguimos tragando esa ficción porque es un puntal de la fe pragmática liberal. Al fin y al cabo, si se pudo abatir a un líder visionario y poderoso como Obama con las fuerzas inamovibles de la realidad política, entonces es un hecho irrefutable que como mucho solo podemos aspirar a que se produzcan cambios de compromiso graduales. Y solo aceptando de forma sumisa y colectiva la imperfección, llegaremos con el tiempo, en un futuro muy lejano, a algo que queramos de verdad. Idealizar lo que Obama no pudo hacer evita que nos preguntemos si acaso no será que lo hizo mal.

La era del mal presentimiento

Ahora, claro, ni Obama ni Clinton siguen en el puesto y, al mismo tiempo, el espíritu de compromiso ha sido elevado a un fin en sí mismo. Sin embargo, este enfoque ha de medirse con un registro pragmático de diferente calado: la utilidad que tiene de cara al futuro. Ahora estamos asistiendo a lo que sucede cuando el centrismo ya no puede venderse como la trayectoria personal de un gran hombre que las pasó moradas. Lo que nos queda es una política comprometida que se apoya en los respectivos cultos a la personalidad de Clinton y Obama, mientras que el centro pregona el proceso, el gradualismo, la cautela, el realismo, la lógica, el orden, y muchas otras categorías que parecen irremediablemente pasadas de moda en el actual clima político. La poca vitalidad que todavía pueda conservar esta visión del mundo se está desvaneciendo y se está convirtiendo en un espejismo resplandeciente, alimentado por el folklore típico del Kennedy Center, que ha terminado por envolver a dos talentos políticos únicos cuya principal fuerza fue convertir la imperfección en una virtud.

Los liberales querrán hacerte creer que votar a favor de tus valores es imprudente e inmaduro, que resignarse a lo ordinario es un fin noble en sí mismo

Pero el centrismo resiste, y ahora más que nunca como un dogma que se confirma a sí mismo. Como consecuencia del legado competente de Obama y del trabajo de preparación del terreno que hizo Clinton, esta mísera visión del mundo se ha convertido, perversamente, en un límite que los liberales se han marcado a sí mismos mientras observan cómo se reduce su propia relevancia política. Las heridas que infligió el ciclo electoral de 2016, que perduran en millones de estadounidenses hasta el día de hoy, han permitido que todo el proyecto ideológico del liberalismo en su conjunto haya adoptado un papel secundario de lo que se siente siendo un liberal. No se trata solo de que reciba ataques por parte de la derecha y de la izquierda, que es algo que sucede sin lugar a dudas, sino que vemos cómo el centrismo se afianza como algo netamente positivo, o como la única esperanza contra el criptofascismo de derechas y la última defensa contra los extremistas de frenética mirada, aunque estén perdidos en su mayoría, que están cobrando impulso a su izquierda. Los liberales, envalentonados y ennoblecidos como nunca antes (y por una vez no dependientes por completo de una figura arrebatadora), pueden declararse moralmente superiores por redoblar su lealtad al centrismo como lo único que realmente funcionará para el conjunto de Estados Unidos. En un país que está decididamente dividido, los liberales pueden reclamar con confianza el privilegiado estatus de mantenerse al margen del conflicto, sacudir la cabeza por la desesperada situación actual y lamentar lo injusto que es que los extremistas tanto de izquierdas como de derechas sean incapaces de reconocer los heroicos sacrificios que realizan día tras día para avanzar de forma gradual hacia el bien común procedimental.

Por supuesto, la ironía es que al contar con un presidente del Congreso que es tremendamente impopular, los demócratas podrían estar en condiciones de conseguir importantes avances electorales en los próximos cuatro años, pero solo si son capaces de abandonar su propio camino.

Lo que cada día está más claro es que no tienen ningún interés en hacerlo. Hay demasiadas carreras, sustentos y egos ligados al mantenimiento del ineficiente statu quo liberal. Se aferran al compromiso, al perjuicio y a la imperfección porque esto les insufla vida y les proporciona la tapadera necesaria para poder racionalizar sus numerosos errores (hasta e incluyendo su fracaso a la hora de controlar aunque sea una sola rama del gobierno nacional, y su ruinoso porcentaje menguante de cámaras estatales y órganos legislativos). A raíz de las elecciones de 2016, un pequeño puñado de estrategas y expertos liberales consiguió admitir que había malinterpretado gravemente el estado de ánimo del país. Pero esa trémula confesión a medias no ha producido ningún serio ajuste de cuentas por la miopía moral e intelectual del pragmatismo liberal. El mantra de los centros de poder demócratas sigue siendo el mismo de siempre: para acertar con la política y el gobierno hay que quedarse a medio camino. Todos los mandamases liberales del mundo de los laboratorios de ideas y los candidatos que ahora se presentan a las numerosas audiciones de donantes para 2018 te dirán que la historia del país, reciente o no, confirma lo siguiente: que el partidismo no lleva a ninguna parte y que la democracia es dura y dolorosa, pero que en eso reside su gloria.

Los liberales querrán hacerte creer que votar a favor de tus valores es imprudente e inmaduro, que resignarse a lo ordinario es un fin noble en sí mismo. Estas actitudes han terminado definiendo la corriente demócrata dominante y, en este momento, equivalen a un legado histórico, que nos dejaron no solo Clinton y Obama, sino la pasada generación ortodoxa del partido. Sin embargo, cualquiera que reivindique las virtudes inalterables del pragmatismo para la política liberal haría bien en acordarse de la presidencia de Franklin Roosevelt, a la que aluden con cariño los liberales, aunque también lo hagan sin darse cuenta, como una etapa de increíbles avances. Pero el New Deal no fue fruto del compromiso o de la capitulación. Y lejos de depositar su atractivo universal en un discurso estadounidense prototípico de autenticidad recuperada, Roosevelt fue un autoproclamado y jovial traidor de clase que se empeñó en culpar de la Gran Depresión a los líderes cortoplacistas del sector financiero, hasta el punto de afirmar “bienvenido sea su odio” en su último discurso antes de las elecciones de 1936. En lugar de encontrar un punto intermedio estratégicamente sobrevalorado, el gobierno de Roosevelt se opuso frontalmente a los mismos con los que los liberales ahora hacen causa común, ante los que capitulan voluntariamente y entre los cuales desearían que se les contara. La coalición del New Deal fue la columna vertebral del partido demócrata y sus políticas fueron mayoritarias durante décadas, hasta que, sin ninguna razón aparente, el partido empezó a hacer concesiones desde el primer mandato de Clinton.

Malinterpretar la señal

Científicamente hablando, cualquier modificación de una onda sonora cuenta como una distorsión. Sin embargo, en lo que a música se refiere, el término hace referencia a la distorsión armónica o enarmónica de un tono “puro”. La distorsión armónica es la acentuación de los armónicos, o la introducción de notas adicionales que se derivan matemáticamente del tono fundamental y que están presentes en la frecuencia original, si bien a niveles más bajos que ella. Luego está la distorsión enarmónica, que es lo que sucede cuando armónicos sin relación alguna y aparentemente aleatorios resultan en la transmisión, amplificación o conservación de una onda sonora. Se podría decir que incluso en este nivel tan básico (¡ejem!) ningún tono puede ser “puro” y la distorsión es una realidad inevitable. Por tanto, crear un falso binario entre la pureza y la distorsión termina indefectiblemente en el fatalismo o en la decepción, o lo que es lo mismo: “Si todo está distorsionado, ¿para qué molestarse?”.

Pero existe otra forma de interpretar este fenómeno: que los armónicos se sumen, en lugar de restarse, a la información musical. La distorsión como hecho necesario no pone en peligro un tono original, sino que más bien acentúa su profundidad, complejidad y resonancia y, desde el principio, puede aprovecharse como algo positivo, si se es capaz de generar una idea que pueda, y esté diseñada para, hacerse realidad en este mundo, sin necesidad de mezclarse con la idea (inexistente) de pureza.

Rocket 88 no era defectuosa porque tenía que estarlo por necesidad, sino porque, al hacer que la guitarra figurara de forma prominente, se concibió para que lo estuviera. O lo que es lo mismo: es sincera no porque sepa adaptarse a las dificultades, sino porque asevera descaradamente que el deterioro se puede superar, reconvertir, y luego resurgir como un nuevo tipo de belleza. Quizá la autenticidad no solo esté relacionada con aceptar la idea de que todo es una mierda, sino con saber diferenciar entre el mundo que tenemos y nuestra capacidad para encontrar maneras de enfrentarnos y corregir sus carencias.

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Nathaniel Friedman es el editor de Victory Journal y es un columnista de GQ. Ha publicado dos libros sobre la NBA como miembro del grupo FreeDarko.

Autor >

Nathaniel Friedman (The Baffler)

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1 comentario(s)

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  1. jose

    Obama: el presidente que ha mantenido a la vez más guerras y un mandato más largo de las mismas. No por eso el peor; simplemente igual que los demás. Todos alumnos de Brezinsky. Y este, mayordomo de los grandes poderes. Ahora hablen del neoliberalismo benigno y del maligno: Yo y Miniyo. Ya ven al gran libertador Sánchez, totalmente adscrito a las batallas venezolanas de Trump.

    Hace 2 años 2 meses

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