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El colonialismo y racismo cool de la propuesta migratoria de Pritchett

El académico sostiene su teoría sobre la falsa alternativa entre el cierre de fronteras y la política migratoria vinculada al mercado laboral, cuando ambas son parte de un mismo relato que persigue ahondar en la precariedad

Gonzalo Fernández Ortiz de Zárate Juan Hernández-Zubizarreta 16/01/2019

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Cada vez es más evidente que el capitalismo avanza desbocado y nos conduce a la humanidad y al planeta a un abismo de desigualdades crecientes y al colapso ecológico. La agenda política y mediática hegemónica insiste en negar esta realidad, obviando las causas estructurales de la situación que atravesamos. Se pone el foco, en sentido contrario, en las consecuencias. Esta inversión de prioridades, por supuesto, no es casual. Si la acumulación del capital sufre una crisis sin precedentes –en la que se aúnan escasas expectativas de crecimiento económico, reducción de la base material y energética, y vulnerabilidad climática–, quienes detentan el poder no pueden permitirse un cuestionamiento profundo de su sistema y de sus privilegios. Desvían de este modo la atención sobre otros fenómenos –productos de dicho sistema–, convertidos en núcleos centrales de la crisis, para salvaguardar e incluso fortalecer su andamiaje de injusticia y sostenibilidad en este momento especialmente crítico. La migración es, sin duda, uno de estos fenómenos estrella.

El abordaje más extendido sobre los flujos migratorios ejemplifica a la perfección este nuevo momento político en el que, aprovechándose del miedo generado por la crisis como caldo de cultivo, se azuzan lógicas de fascismo social y político. Se fomenta la guerra entre pobres, la disputa interna entre sectores dominados y explotados por razones de clase, de género, de sexo y de raza/etnia, mientras quienes dominan y explotan salen del foco de la contienda política. Se multiplican de este modo los relatos excluyentes, que dan voz y altavoz a mensajes y prácticas heteropatriarcales, clasistas, xenófobos y coloniales.

La consecuencia se convierte en causa. Las mayorías sociales, sobre todo las parias de la tierra, en culpables. Los migrantes, en invasores. Da igual que Naciones Unidas señale que el 70% de los conflictos actuales –y por tanto génesis de los flujos migratorios– tienen un origen socio-ambiental, con vínculo directo con el modelo económico que provoca el cambio climático. Da igual que la mayoría de conflictos armados vigentes partan de disputas geopolíticas y económicas entre bloques capitalistas. Da igual que la precariedad, la exclusión, la dominación y la expulsión de crecientes grupos sociales sean la seña de identidad del sistema vigente. La raíz de la crisis se sitúa en las y los migrantes, y cada vez se escucha, sin tapujos y con más fuerza, la idea de cerrar las fronteras, de crear muros, vallas, concertinas. La realidad se simplifica, la mentira se amplifica. El proceso de inversión de prioridades se cierra: las víctimas creen ver a su verdugo entre las otras víctimas, mientras este no ceja de afilar y utilizar su guillotina.

En este contexto un académico de Harvard, antiguo economista del Banco Mundial –Lant Pritchett–, ha realizado una propuesta migratoria muy polémica, que pareciera contravenir los vientos huracanados en favor de un Norte-fortaleza inexpugnable. Defiende vehementemente que Europa necesitará 200 millones de inmigrantes en los próximos 30 años, si se quiere frenar lo que considera el actual “suicido demográfico”. Apuesta así por una inmigración en masa, selectiva, rotativa y sin derechos, en base a trabajadores y trabajadoras con escasa cualificación, cuyo permiso de residencia se limitaría a un período de 3-5 años, durante el cual no contarían con ningún tipo de derecho de ciudadanía, ya que se les “integraría económicamente, pero no políticamente”. En su opinión, se trata de una estrategia win-win, todo el mundo gana. Por un lado, Europa podría contar con una masa laboral empleada en sectores de escaso valor añadido por salarios muy bajos, pero mejores que los que obtendrían en sus países. De este modo se revertiría el envejecimiento estructural y se podrían mantener ciertos estándares de bienestar, vía servicios a bajo coste y vía sostenimiento de la seguridad social mediante aumento de las cotizaciones. Por el otro, entiende que los diferenciales de productividad entre países del Norte y del Sur generan el fracaso de los actuales programas de desarrollo y cooperación internacional. No hay posibilidad de avanzar en espacios que no favorecen la productividad, por lo que invertir en desarrollo en los países del sur no es eficaz ni eficiente. En cambio, favorecer que gente con baja productividad trabaje temporalmente en espacios productivos incrementará sus recursos y capacidades, lo que en última instancia redundará en el desarrollo y bienestar de sus países de origen al regresar.

¿Cómo posicionarnos ante esta propuesta? ¿Es ética y políticamente defendible? ¿Es viable? ¿La apoyaríamos simplemente por no sustentarse sobre el cierre de fronteras, dando así espacio al debate sobre la pertinencia de las personas migrantes en nuestras sociedades, aunque sea bajo supuestas necesidades del mercado laboral? ¿Debemos al contrario enfrentarla, ya que generalizaría en Europa la situación de los migrantes asiáticos en Emiratos Árabes Unidos o Arabia Saudí? En definitiva, ¿estamos realmente ante una mirada diferente de las migraciones, o es el mismo lobo con nueva piel de cordero, una especie de colonialismo y racismo cool?

En nuestra opinión, la propuesta de Pritchett posee una carga política tremendamente peligrosa –al ser menos evidente–, y debe ser absolutamente rechazada, por cuatro motivos complementarios: en primer lugar, se sostiene sobre una falsa alternativa entre el “cierre de fronteras” y “la política migratoria vinculada al mercado laboral”, cuando ambas son parte de un mismo relato que persigue ahondar en la precariedad y en la falta de derechos desde posturas racistas y pro-capitalistas; segundo, la lógica win-win es inviable, al basarse en un enfoque de desarrollo claramente colonial –que obvia la matriz colonial e imperial del desarrollo y de la globalización– y escasamente riguroso –al simplificar el análisis a cálculos econométricos–, generando resultados construidos sobre el barro, ajenos a una realidad mucho más compleja; tercero, la propuesta pasa por encima no solo de la historia y fenómenos sistémicos que afectan al Sur Global, sino también de asuntos globales hoy en día tan relevantes como el agotamiento de materiales y fuentes de energía fósil, el cambio climático, la nueva oleada de tratados comerciales, la cuarta revolución industrial, etc., invalidando así sus conclusiones y cálculos; cuarto, y a modo de corolario, desprende un explícito tufo xenófobo que contraviene sin paliativos el Derecho Internacional de los Derechos Humanos, por lo que se construye sobre  la negación del conjunto de convenios internacionales.

Argumentaremos brevemente estas cuatro críticas. Comenzamos afirmando que la propuesta Pritchett en ningún caso es una alternativa al relato duro de cierre de fronteras. Como muy bien explica Pastora Filigrana, todas las propuestas que supeditan las migraciones a la oferta de trabajo nunca han tenido como objetivo las necesidades del mercado laboral, en un contexto en el que el pleno empleo no solo es ya una quimera, sino que avanzamos en sentido contrario por efecto de la automatización. Su argumentación por tanto es una falacia, ya que lo que realmente se persigue con propuestas como esta es disponer de una abundante mano de obra barata, servicial y sin derechos, independientemente de la oferta laboral. El racismo y el colonialismo sirven así de herramienta para avanzar en una de las principales necesidades del capitalismo, que es la de contar con un ejército de reserva abundante y precarizado, que permita aumentar la tasa de ganancia empresarial apretando aún más la tuerca a los y las trabajadoras. Y este es el mismo mensaje y el mismo objetivo que mantienen, con otras palabras, tonos e intensidades, quienes abogan por los muros y el cierre de fronteras: apropiarse del trabajo migrante, a la vez que se convierte a estas y estos en chivos expiatorios de la crisis cuando el momento lo demande. Dos formas, dos relatos, por tanto, de perseguir un mismo mensaje que entroniza al capitalismo desde su matriz colonial y racista.

Pero además, esta propuesta es inviable y se sustenta sobre análisis pobres, fuera de la realidad. No es casual que Pritchett fuera economista jefe del Banco Mundial, organismo de funesto recuerdo para movimientos sociales, pueblos y comunidades de muchos países empobrecidos. Su concepción del desarrollo no solo obvia la historia de imperialismo y colonialismo que desestructuró procesos propios y generó dependencias en los países del Sur –y lo sigue haciendo en la actualidad, bajo otros parámetros–. Además, abunda en un enfoque metodológico que analiza la compleja realidad económica desde el simple cálculo de dos variables –en este caso el análisis comparativo entre ingresos de las personas migrantes en Europa y en sus países de origen, así como los diferenciales de productividad entre territorios–, manteniendo lo demás ceteris paribus, esto es, constante. Sostener de este modo que la productividad de personas de baja cualificación en sectores de bajo valor añadido se va a incrementar necesariamente por trabajar temporalmente en Europa –espacio en su opinión de productividad alta– es una quimera. Pretender además que el regreso de esas personas a sus territorios de origen tiene una correlación directa con el desarrollo del país, sin tener en cuenta fenómenos históricos y sistémicos que estructuralmente lo condicionan, es vivir en un mundo irreal. La tesis por tanto de que gente improductiva en espacios productivos aumenta su productividad, y que esta se derramará en su país de origen al regreso –tesis central de la propuesta–, es todo un brindis al sol.

Pero si esta cuenta de la vieja del modelo de desarrollo made in Banco Mundial es inviable –y por tanto el win-win con el que nos trata de encandilar no es cierto–, todavía lo es más aún en términos globales. Pritchett aplica el ceteris paribus a fenómenos globales hoy en día indispensables para cualquier estudio internacional que se precie. ¿Compensarán de este modo los incrementos individuales de productividad el expolio corporativo de bienes comunes y ganancias? ¿Puede haber desarrollo en el marco de una nueva oleada de tratados comerciales, que amenaza la democracia y promueve un gobierno de facto de las grandes empresas? ¿Podemos excluir del análisis internacional hoy en día el cambio climático, el agotamiento de las fuentes fósiles de energía o las tierras raras? ¿Será que la gente migra por vicio o ganas de hacer turismo? Pritchett insiste tozudamente en el clásico error de la economía hegemónica, que abusa del cálculo econométrico y se distancia de la realidad, como si la economía fuera un ente autónomo cuyas premisas y conclusiones pueden aislarse de la realidad. El resultado final, sin duda alguna, es un endeble castillo de arena cuyo objetivo parece ser el de dotar de una pátina académica a la agenda hegemónica actual: más capitalismo, explotando para ello su matriz excluyente, racista y colonial, pero desde un tono más cool que el de Trump, Salvini y demás.

Por último, afirmamos que la propuesta Pritchett no solo es inviable, sino que también se entiende como una agresión al Derecho Internacional de los Derechos Humanos. Según este, todos los seres humanos, de donde quiera que sean, nacen libres e iguales en su dignidad y son titulares, sin ninguna discriminación, del conjunto de libertades y derechos, tanto individual como colectivamente, que les son inherentes en su condición de seres humanos. Toda la ciudadanía de este modo, y en particular los grupos más vulnerables, deben participar de manera determinante en las decisiones que afecten a sus vidas y a su entorno. Y los Estados, finalmente, tienen la obligación de promover, respetar, proteger y garantizar los derechos humanos, es decir, los derechos civiles, políticos, sociales, económicos, culturales y medioambientales, tanto en su territorio como fuera del mismo. La propuesta migratoria de Pritchett indudablemente se salta a la torera estas máximas y contraviene los convenios internacionales: define ciudadanos de primer y de segunda; establece una línea abisal de ciudadanía en la masa de migrantes pobres; y lo hace además en el marco de una estrategia en la que se invita a colaborar a los Estados y a la Unión Europea.

En definitiva, Pritchett realiza una propuesta migratoria que en ningún caso es alternativa al cierre de las fronteras; cuyos análisis son inviables y ajenos a la realidad global; que atenta contra el Derecho Internacional de los Derechos Humanos; y que únicamente persigue vendernos capitalismo, colonialismo y racismo de una manera cool y bajo una supuesta pátina académica, invirtiendo causas y consecuencias. Nada que ver con un enfoque emancipador de las migraciones. Este pasa necesariamente por el señalamiento de la génesis de la crisis actual; por responder en el corto plazo a las necesidades prácticas de carácter cotidiano e inmediato de las personas migrantes; y por buscar un uso alternativo del derecho que permita que todas las personas excluidas del modelo neoliberal puedan ser sujetos de derecho de manera plena y al margen de fronteras y jerarquías. No busquemos atajos, el momento lo exige.

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Gonzalo Fernández Ortiz de Zárate y Juan Hernández-Zubizarreta son investigadores de Paz con Dignidad-OMAL

Cada vez es más evidente que el capitalismo avanza desbocado y nos conduce a la humanidad y al planeta a un abismo de desigualdades crecientes y al colapso ecológico. La agenda política y mediática hegemónica insiste en negar esta realidad, obviando las causas estructurales de la situación que atravesamos. Se...

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Gonzalo Fernández Ortiz de Zárate

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