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El año que tuiteamos peligrosamente

¿Problemas para orientarse en las redes sociales? ¿Tiene usted la sensación de que se está perdiendo los mejores debates literarios y culturales de Twitter y Facebook? No se preocupe: le ofrecemos un informe de la actividad anual

Xandru Fernández 17/01/2019

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Echo de menos lo que no viví. Me pasa lo que a muchos conservadores: desencantados con el presente, añoramos, ellos y yo, un pasado que solo conocemos por medio de testimonios ajenos, por imágenes proyectadas y ecos impresos. Igual que el monárquico que se imagina al rey con capa de armiño, o que el mod que se piensa que los años sesenta fueron lo mismo en Puerto Hurraco que en Carnaby Street, me figuro yo a veces que tuvo que ser interesante ver cómo nacía el periodismo en una época en que los periódicos no pasaban de ser los tablones de anuncios de los puertos de granel. No me duran mucho esos arranques de nostalgia por lo desconocido, solo lo suficiente para indagar un poco y llegar a la constatación hiperconservadora de que cualquier tiempo pasado fue un ensayo del presente.

“Cuando la tirada del periódico comienza a bajar, uno de sus redactores debe, en un artículo virulento, insultar a cualquiera de sus camaradas. Un duelo tiene lugar y de él se habla en todos los salones”. Bien por Maupassant, pero la descripción ya no nos sirve: pertenece a una época de ciudades ensimismadas, donde las polémicas no pasaban de los arrabales y los grandes asuntos que hoy estudiamos como la carne y el tuétano de aquellos tiempos no se discutían jamás en la prensa diaria. El columnista era parte de la fauna local, como el confitero, el marmolista o el boticario. Fuera de su ciudad, era un perfecto desconocido. En contrapartida, podía comer caliente la mayor parte de los días, esto es, tenía un oficio. Eso ha cambiado en un mundo en el que el periodista de opinión compagina esa tarea con media docena de labores igualmente serviles, incluyendo hacer de clown en Twitter. Solo se conserva la pose, la chulería enhiesta que en tiempos de Maupassant le hacía a uno acreedor a una hostia.

Muchos usuarios de Twitter se han creído lo que dicen de Twitter los que no tienen Twitter. A saber: que a Twitter se viene a insultar o a que te insulten. Ciertos columnistas de opinión alimentan esa especie porque les viene bien, porque les da réditos, no necesitan argumentar, tampoco contrastar fuentes, les basta con escoger un tema que suscite pasiones enconadas y ya hacen el agosto, o el domingo.

Las redes sociales, lejos de universalizar los vínculos y los temas de discusión, los segmentan y particularizan. Son en esto, también, ultraconservadoras. Conste que yo me apuntaría a la internacional conservadora si se tratara de conservar conquistas irrenunciables como la penicilina, el principio de Arquímedes o las leyes de la termodinámica, incluso el latín como lingua franca, pero no suele ocurrir: el conservadurismo moderno (no hay paradoja ahí, en absoluto: ninguna) suele amalgamar la defensa de un puñado de principios de alcance universal y dudosa legitimidad epistemológica (la virginidad de María, los derechos de los nonatos, la superioridad natural del hombre blanco) con el apego pasional a docenas de tradiciones locales, entidades reverendísimas como la nación o los dioses de la tribu, más supersticiones sangrientas y ruidosas. Twitter y Facebook hacen lo mismo, sus algoritmos respectivos son el eco de nuestras afinidades electivas y al final lo que pasa por delante de nosotros en la pantalla del móvil se corresponde más o menos con nuestras filias y fobias: lo que nos resulta indiferente no existe.

Debe de ser por eso que en 2018 yo me perdí, supongo, la mayoría de las polémicas que en el futuro se dirá que caracterizaron a nuestra época. Desde mi agujero tan solo asistí a un puñado de (eso sí) enconadas discusiones, y no incluyo en esta rúbrica los regüeldos de los buscadores de clics a los que me refería antes, pero tampoco los pellizcos de monja del aspirante a celebrity que va picoteando aquí y allá a ver si le hacen caso. Como muchos de esos personajes han venido a hablar de su libro, suelo preferir que sea este el que se haga merecedor de los halagos o las críticas, y no las acrobacias digitales de sus autores. Tan solo hubo una excepción a este principio en 2018, una novedad editorial que se empeñó en protagonizar mi pequeño universo tuitero. Su autor no es en principio ninguno de esos tarados capaces de cualquier cosa a cambio de insultos canjeables por cheques bancarios, y el libro, aunque deficiente (a mi juicio), tuvo y sigue teniendo un impacto considerable en mi círculo de afines, por lo que creo que debo incluirlo en este informe. Se trata de La trampa de la diversidad, de Daniel Bernabé. Al margen de lo que yo opine del libro y de sus tesis, su publicación no ha servido solamente para generar discusiones sino también para observar qué actitudes adoptamos al tomar partido en esas discusiones y en qué medida ambas, las actitudes y las discusiones, replican lo que ocurre en el seno de los partidos y las familias políticas, al menos en las de izquierdas.

Las izquierdas españolas llevan mal lo de practicar la lucha de clases. Creen en ella, pero en abstracto. En su día no supieron qué hacer con el sindicalismo vertical heredado de la dictadura y, en lugar de desintegrarlo, lo integraron en el sindicalismo antifranquista, permitiendo que los estilos del primero se adueñaran de las estructuras del segundo. En consecuencia, los partidos de izquierda ven a la clase trabajadora con los mismos ojos con que la veía el nacionalsindicalismo: como una fuerza de choque desorganizada que se pone en movimiento a toque de silbato y se detiene a golpe de chequera. La dirigencia de esos partidos proviene de las clases medias y son estas las que deciden cuándo hay que tocar el silbato y cuándo no.

Así mismo, de todas las clases medias posibles, que son muchas, tan solo una pinta algo en las ejecutivas de los partidos, a saber, la que reside en la villa y corte de Madrid. También esto se ha normalizado, porque es transversal y de las JONS, si bien genera malestares que en unos casos echan mano del tradicionalismo más acendrado, esa noche carlista en la que todos los urbanitas son pardos (“no necesitamos que los de la capital nos digan cómo tratar a nuestros toros / lobos / whatever”), y en otros casos se dejan tentar por el secesionismo y la cosa centrífuga. La derecha centralista se maneja bien con estas tensiones, porque es capaz de convocar a los primeros al grito de “¡Se rompe España!” y de pactar con los segundos al de “¡Que vienen los rojos!”. Pero las izquierdas centralistas lo llevan crudo, porque ni consiguen vencer la desconfianza secular del campesino (en parte porque siguen buscando campesinos en vez de obreros del campo, y eso que ya nos explicó John Berger que los campesinos europeos son cosa del pasado) ni empatizan con los agravios de las izquierdas centrífugas, así que a ver qué hacemos.

Aparte de repetir “federalismo” como si alguien supiera lo que significa, la izquierda española no ha desarrollado en cuarenta años de democracia un proyecto territorial integrador y coherente. En consecuencia, la crisis catalana del otoño de 2017 le estalló en los morros con toda la virulencia esperable y algo más. El 15M y Podemos ya habían abonado el campo para que plantar patriotismo no quedara raro, pero a la España del “a por ellos” no le pareció entusiasmo suficiente y receló, en cambio, de que le hubieran regado el patriotismo con laicismo, feminismo y respeto a la diversidad. Lo que floreció en los balcones en octubre y noviembre de 2017 no fueron las mil flores de Mao, sino los mil trapos comprados en el bazar chino de la esquina.

El libro de Bernabé y los debates broncos y a veces desmesurados que provocó y sigue provocando son parte de ese proceso de desconexión de las izquierdas consigo mismas. Aguijoneadas por un sentido de la responsabilidad histórica del que ciertamente carecen las derechas, las izquierdas buscan siempre una explicación de sus fracasos, y eso está bien, solo que se quedan con la primera que encuentran aunque sea una estupidez, y eso ya no está tan bien. Así, por ejemplo, cuando se nos advierte de que todo lo que provenga del mercado será parte de una compleja trama conspirativa para desactivar los esfuerzos anticapitalistas, como si el mercado fuese un dios omnisciente incapaz de producir sustancias que lo debilitan: ¿no trata de eso El Capital, de explicar cómo un sistema complejo se reproduce a sí mismo a fuerza de alimentar procesos invasivos contra sí mismo? Es cierto que Black Panther es una película de coste megamillonario muy alejada del truño agit-prop que sin duda despertará las conciencias de los proletarios del mundo (uníos), pero también es cierto que un mundo donde mayoritariamente las clases populares no son blancas será más fácil de cambiar si nuestros héroes tampoco lo son. Y es cierto que muchas proclamas animalistas, descontextualizadas y lanzadas al vacío poniendo cara de perdonavidas, dan ganas de llamar al psiquiatra de guardia, pero también es cierto que responsabilizar al feminismo de los dislates de cualquier chiflado antivacunas no se le ocurre a todo el mundo, hay que haber desarrollado antes una fuerte conciencia de hombre blanco oprimido.

Y ahí es donde 2018 ha emitido tuits de socorro, señales de que algo se nos viene encima y no va a ser precisamente el cielo: cuando arrecian los cantos patrioteros en las democracias vecinas, a un sector de las izquierdas españolas, que yo caritativa y cariñosamente denomino Izquierda Viriato, le da por imitar a los nuevos fascistas convictos y confesos y, aunque repiten como loros que lo suyo es otra cosa, que lo que quieren es salvar a la clase obrera de los ataques de una clase media hiperdiversificada y aliada con el neoliberalismo para no se sabe qué, en seguida veremos a sus huestes enarbolar la bandera rojigualda y echarse a la calle tal vez con la intención de parar a Vox o con la de unirse a sus desfiles, aún lo están estudiando.

Por supuesto que la Izquierda Viriato no tiene la culpa de que Vox haya sacado doce diputados en las recientes elecciones andaluzas. Algo más de culpa (si es que tiene sentido hablar aquí de culpas, que yo creo que no, pero eso queda para otro día) se le podría imputar al Club de los Simplejos, así llamados por su vocación de opinar sin complejos pero también por su estilo de pensamiento, que consiste en ofrecer dos o tres ideas básicas, ni una más, exponiéndolas constantemente desde enfoques insólitos, haciendo que parezcan novedosas sin serlo, pura combinatoria sin contenido material (como los simplejos en las matemáticas). El desparpajo de estas gentes, los nuevos y desprejuiciados portavoces de la nueva derecha liberal, es tal que, por mucho que se esfuerce la Izquierda Viriato, no hay alternativa rojiparda que los pare: expertos en llevarse el agua a su molino, ganarán todas las partidas que jueguen en su cancha privada. Han comprado al árbitro y han hecho las reglas. ¿Qué podría salirles mal? Y de hecho son ellos los que marcan la agenda tuitera: límites del humor, dictadura de lo políticamente correcto, persecución de las entrañables tradiciones del pueblo llano, censura feminazi de libros de texto y películas de autor, todo eso ha salido de sus bodegas, incluido Bodegas, y malo será que no sepan cómo hacer para que estemos hablando de ello durante todo 2019, otra vez, si es que no nos vacunamos de alguna manera.

Un propósito de Año Nuevo: que Twitter recupere su esplendor como escenario de polémicas vivas y sin conservantes. Frente al product placement autoparódico en que se han convertido las celebrities del viejo Twitter, tan fáciles de imitar como de olvidar, recuperemos el debate fluido, respondamos a quienes nos provocan, provoquemos a quienes nunca responden hasta que les arranquemos una respuesta o, en su defecto, un bloqueo. Construyamos a nuestros adversarios: si 2018 fue el año de la diversidad, que 2019 sea el año de la adversidad. Dejemos la indiferencia y el discurso largo para Facebook. Make Twitter Great Again.

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  1. Feministo

    :-)

    Hace 2 años 2 meses

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