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Españoles en la escena ‘rave’ de East London

‘Clubs’, ‘raves’, ‘houseparties’... Una crónica particular de la noche londinense, durante una fiesta en ‘la manzana del pecado’

Luca Dobry 13/01/2019

<p>Una <em>rave</em> en Hackney, Londres. </p>

Una rave en Hackney, Londres. 

Silk

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Es un fin de semana cualquiera, de un mes cualquiera. Mis amigos y yo nos hemos puesto pedo en un evento de arte cualquiera, donde servían un vino cualquiera, pero gratis. Son ya las tres de la mañana y tenemos ganas de farra. Somos todos españoles y, como tales, nos parece que esta es la hora normal para dar por concluida la ‘previa’ y empezar la fase seria de la noche. Pero en Londres el ritmo es distinto. Aquí la gente sale de trabajar a las cinco, y para las ocho ya están desfasados. Entran a los clubes, o pubs, a las diez, y a las dos se van a casa. Ahora no vamos a encontrar nada abierto. Saco el móvil y hago un escaneado rápido del Resident Advisor, nada prometedor. Todo carísimo y además, seguro que lleno de capullos. Alguien dice que ojalá supiéramos de una rave. Nuestras mejores noches en nuestro tiempo de emigrados a la gran metrópolis han sido en fiestas clandestinas pero, como no somos de aquí, nos faltan contactos para estar alerta de lo que se mueve a puerta cerrada. Sabemos aun así que raves las hay, todos los fines de semana, sin falta.

Alguien aventura una sugerencia, de esas medio en coña, medio en serio: vayamos a Hackney, allá en las vecindades del parque olímpico, siempre hay fiestas. Dice otro que lanzarse a tamaña travesía (vivimos a una hora de Hackney) sin tener certeza de llegar a buen puerto es, cuanto menos, arriesgado. Pero convenimos en que nos queda algo de fuel en la bolsa y mucho fuego en las venas, así que esta noche vale la pena probar. Llegando en el Uber XL a lo que se podría llamar la manzana del pecado (las cuatro calles donde están las warehouses que albergan raves cada semana), vemos a unos individuos tanteando su próxima jugada en una esquina. ¡Pare aquí! Hi guys… is there a rave around here? Why, of course, just around the corner, want to buy something? We got everything… [Hola, chicos… ¿hay alguna rave por aquí? Claro, a la vuelta de la esquina, ¿queréis comprar algo? Tenemos de todo…]  Y así, felizmente, comprobamos que nuestro pronóstico era acertado: hemos encontrado exactamente lo que buscábamos.

A medida que nos acercamos, empezamos a reconocer el lugar, hemos estado aquí antes, es una warehouse donde suelen hacer fiestas. Esta es en realidad una ‘casa’ donde vive gente –otras están abandonadas, por lo que son más adecuadas para este propósito, pero son las menos. Las conocidas como warehouses son antiguos almacenes, fábricas o demás edificios industriales en desuso, reacondicionados como espacios habitables. El prohibitivo precio del alquiler de los apartamentos en las zonas céntricas de Londres ha provocado que cada vez más, jóvenes de todo tipo –estudiantes, hippies o exitosos trabajadores de las industrias creativas– opten por esta alternativa de vivienda nada desdeñable. Un grupo de jóvenes alquila un espacio adecuado, se instalan cocinas, baños, paredes de pladur u OSB para convertir los espacios diáfanos en habitaciones separadas, se ponen plantas por todas partes, y el resultado suele ser encantador. Algunas de estas warehouses (quizá no tanto en las que se hacen raves) son dignas de revistas de interiorismo. La vida en la warehouse no es para todos, pero a muchos les parece un privilegio tener la oportunidad de vivir en una de estas. El alquiler es sustancialmente más barato, y la zona por donde se encuentran la mayoría, al noreste (Hackney, Stoke Newington, Seven Sisters), es la que rodea a barrios súper hip como Shoreditch, Clapton o Hoxton. Además, solo se accede a través de conocidos, las habitaciones se van pasando entre círculos relativamente cerrados, por lo que hay un componente de exclusividad y secretismo –igual que con la rave.

Alcanzamos un acuerdo con la chica que cobra la entrada, y pagamos cinco libras a testa en cambio de los diez que querían en principio. Yo pensaba que las raves eran gratis, por definición, pero a menudo no es así. Es habitual, por ejemplo, que se contrate a uno o dos seguratas para una fiesta, cuyo sueldo hay que pagar, y son ellos los que se encargan muchas veces de cobrar la entrada, siempre en efectivo, claro –y los más listos se acaban embuchando unos cuantos billetes por lo bajo. Solo en esta fiesta debe de haber unas 200 personas. Si cada una hubiera pagado realmente esas diez libras, serían 2.000 libras recaudadas solo en entradas –lo que no está nada mal: da la sensación de que, con el enfoque y la praxis adecuados, en esto hay negocio.

Cuando le pregunto sobre el asunto a Luis (del colectivo Silk), uno de los chicos que organiza fiestas como la de esta noche, me dice que su objetivo no es hacer negocio, sino pasárselo bien: “Es por amor al arte. Claro que los proyectos han de ser sostenibles y esto siempre requiere de cierta visión empresarial, para que sea duradero. Pero si no fuera por pasión, no estaría involucrado en esto: programar estos eventos requiere dedicación, compromiso y tiempo”. Javi (Lulu Dinamo) me dice sin embargo que hay “gente que realmente vive de esto. Cuando mis colegas y yo montamos una fiesta, todo el dinero que recaudamos nos lo repartimos a partes iguales, también con quien hayamos invitado a pinchar. Pero hay otros organizadores que no son tan transparentes, que igual no pagan lo que deberían a los djs, y eso no me cae bien”.

Son ya las cuatro y pico de la mañana cuando entramos a la rave, en el momento álgido. Están dos chicas pinchando –una italiana y la otra española–, y justamente, con sólo parar la oreja e intercambiar dos frases, aquí y allá, nos damos cuenta de que casi la mitad de la gente es española o italiana (y hay también un buen número de franceses). Lo he notado ya en otras raves, y también en las noches de techno de clubs legales (en los que podrían considerarse más de culto que comerciales). Como creo que es curioso, lo comento con Celia y Simon (ambos rave-goers habituales y españoles), pero me dicen que no es nada especial, que en esta fiesta, como en otras, hay tantos españoles e italianos porque los organizadores lo son, pero que si fueran lituanos, habría muchos lituanos: “La escena rave en Londres atrae a todo tipo de nacionalidades, ese factor depende de quién organice la fiesta. Cuando organizas una rave, los primeros en seguirte son tus amigos, y luego amigos de amigos, etc., ya que son eventos casi secretos”. De todas formas, dicen, es cuestión de pura estadística, hay muchos españoles e italianos en Londres. Puede que sea así, y no haya más explicaciones que éstas, pero sería una casualidad considerable. Sí, hay muchos españoles en Londres, pero hay muchos más ingleses, y esa proporción está totalmente desequilibrada en muchas noches de club, sobre todo los que cierran más tarde, como el Corsica Studios o el Pickle Factory.

Hay todavía un tercer tipo de fiesta hegemónica en Londres, aún más exclusiva y en aforos más reducidos: la houseparty. Si a la rave solo se accede a través de círculos de amigos, en las houseparties lo más probable es que solo entres si conoces personalmente al que la monta, y que, ya dentro, todos o casi todos se conozcan entre ellos. Por lo que he podido atisbar, los ingleses suelen reunirse en este tipo de fiestas más que en otras. Es un hecho que los círculos de amigos locales son bastante impenetrables y, como joven extranjero, es más probable que hagas amistades con otros como tú. Este factor, más algún particular afecto por bailar hasta que clarea, quizá explique la mayoría mediterránea en según qué fiestas.

En muchos sentidos, ir de rave es la forma más inteligente de salir de fiesta, sobre todo si eres un joven estudiante o trabajador sudeuropeo con presupuesto limitado. Además de ser mucho más barato que el clubbing corriente, la seguridad es mucho más relajada, si la hay (en los clubs de Londres la seguridad es realmente agobiante), y la fiesta se alarga hasta bien entrado el día siguiente. Luis observa que “los clubes legales están sometidos a tantas regulaciones y controles, que no pueden ofrecer el grado de libertad de nuestras fiestas, que por ejemplo, sí es normal en cualquier club de Berlín. Son detalles, como que la seguridad esté pendiente de la seguridad y no del tiempo que pasas en el servicio, de buscar objetos peligrosos y no bolsas de plástico”. Simon coincide; cree que “la música es menos comercial y más innovadora y que hay un ambiente más libre, menos consumista. Además es una evasión de la rutina, un lugar donde te puedes sentir un poco como en casa, rodeado de paisanos y colegas –y, obviamente, también con más libertad para el consumo de drogas”. Celia (M.O.B) reconoce que “la rave cuesta menos dinero, dura más tiempo y es más divertida”. Pero añade que “también tiene el riesgo de que venga la policía, o de que funcione mal la electricidad o el equipo de música y que pare la fiesta, o que las warehouses sean lugares un poco oscuros y sucios, ya que algunos son locales abandonados. También me he fijado en que algunas raves atraen a gente extraña, en particular a personas que toman mucha (si no demasiada) droga, que están bastante perdidas… La mayoría son un poco pesadas pero no suelen dañar a nadie”.

Además de las ventajas tácticas, hay un componente de culto. Quizá no pueda decirse que se conserve su fuerza abiertamente subversiva de los 90, en que la rave tomaba el relevo del punk, en la resaca del thatcherismo, como un espacio que confrontaba directamente no solo a la ideología tory, sino a la policía, al racismo, al clasismo, al prohibicionismo, a la radio, a los terratenientes, y a tantas otras formas de opresión explícita o sutil. Pero sigue constituyendo un espacio al margen, protegido de las esferas de influencia del Estado y del comercio, que puede dar lugar a comportamientos más libres que los de los locales de ocio regulares. Luis está convencido de que la rave sigue teniendo un componente político: “De hecho es una de las cosas que me cautivó desde la primera vez que lo experimenté. Para mí, cada fiesta, cada disco es un acto de irreverencia, de insumisión a ciertos aspectos de nuestra sociedad, pero al mismo tiempo es un acto de hermandad, de igualdad y de olvido de los problemas mundanos por un breve (o quizás no tan breve) espacio de tiempo”. A Celia le parece exagerado considerar que las raves sigan siendo un acto reivindicativo, más allá de la defensa de un espacio donde se pueda fiestear libremente (o sea: tomar drogas a la sola discreción de uno mismo y bailar hasta que te dé la gana), pero admite que “las raves tienen un ambiente muy especial, porque se juntan todo tipo de personas. Puedes ser una pija o tener un estilo más alternativo, tener 20 o 50 años, no tiene ninguna importancia, no se juzga; y creo que esa apertura genera un espacio en que la gente se siente a gusto”.

M.O.B.

M.O.B.

La música, ciertamente, es el elemento crucial de esa sensación de libertad subterránea. Se sabe que los elevados BPMs (latidos por minuto) del techno inducen a un estado como de trance, hipnótico, mientras la oscuridad de la habitación y la presencia de los demás cuerpos, latiendo al mismo ritmo, generan una experiencia casi tribal: la realidad cotidiana desaparece, y no existe nada más que el aquí y ahora, en comunión con los que te rodean. Y, en casi todas las raves a las que he asistido por aquí, el sonido puramente digital del techno se juega analógicamente. No se usan los cdjs y sus mp3, que son la norma de los clubs, sino vinilos. Pinchar con vinilos es más caro, trabajoso y delicado que en digital; por lo que es un afecto casi poético, un aspecto nostálgico y purista que se transporta a la propia música, que en ocasiones suena algo resistente a incorporar sonidos nuevos o diferentes (aunque quizá también esto sirve al propósito). Luis cree que “la mayor diferencia (entre vinilo y digital) está en que el vinilo no tiene una pantalla brillante, y por eso la conexión con el público es mucho más intensa. Por otra parte, el vinilo no te permite ver un dibujo de la onda del tema que estés pinchando: tus oídos y tu intuición te guían, no la pantallita del ordenador”. Luca (dj y rave-maker habitual) añade: “Para mí, lo más interesante de este asunto está en la raíz de la cadena: los producers quieren hacer algo especial, no quieren ser un horno de mp3s que saca hornadas de temas cada semana. Actualmente mucha de la mejor música se libera exclusivamente en vinilo y en copias limitadas, lo cual me flipa”. Esto último es, seguramente, el quid de la cuestión. Así como la rave ocurre en espacios heterodoxos, de forma secreta, al margen de los canales oficiales, la música que suena aquí se distribuye casi sin dejar huella en las omnipresentes redes sociales. El gremio de los productores de techno, paradójicamente, es de los pocos que aún rehúyen, en lo posible, la digitalización y la exposición. Para los djs, encontrar la música es un arte que “viene de muchas fuentes distintas, a veces de asistir a otras fiestas, a veces de pasar horas y horas buscando en internet, a veces de las tiendas de calle o simplemente de amigos con los que intercambias material que te gusta. Aproximadamente debo tener unos 1.500 vinilos, y todas las semanas intento recibir al menos un par de paquetes”, dice Luis. “Muchos de nosotros somos producers, además de djs. Son dos caras de la misma moneda. Escuchamos a otros djs, compramos a otros producers, aprendemos unos de otros, compartimos ideas, nos apoyamos pinchando la música de colegas que quizá no se vende en ninguna parte. Es como un pequeño mundo en el que todos se conocen y se respetan, y es algo maravilloso sentir que nos comunicamos a través de la música”, apunta Luca.

 

Son ya las diez de la mañana, y la fiesta aquí se acaba: los de la casa quieren ir despejando, y el de seguridad solo ha cobrado para trabajar hasta esta hora. Afuera es completamente de día, pero es un día inglés, de cielo tupido, sin sol, por lo que la luz no nos condena tanto como podría. Algunos de los raveros se van a casa pero, para los que quieren seguir, se presentan tres planes más por aquí cerca, a los que se puede llegar caminando. Uno es una forest party (rave en un claro del bosque tras los Hackney Marshes, donde el soundsystem funciona gracias a un generador de gasolina), otro es en el boat (el famoso barco-fiesta de un portugués que se mueve por los canales de Hackney), y el tercero es en un bar legal que acaba de abrir para acoger a ravers con ganas de una cerveza fría y más techno

Hay algún elemento sospechoso, o claramente pasado, pero el humor general de los rostros es de felicidad. Para Luca está claro que, al fin y al cabo, estas raves son “una fiesta, una celebración de la música y de la gente. Este es un espacio en que puedes ser tú mismo y saber que vas a ser respetado y acogido. Es un momento que no quieres que pase, toda una experiencia”. Seguramente tenga razón, aunque ello no excluye el riesgo de que algunos realmente se queden atrapados en ese momento que no quieres que pase.

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3 comentario(s)

¿Quieres decir algo? + Déjanos un comentario

  1. durban

    no sabia que siguiera habiendo raves, yo estuve en algunas en los 90... y me marco de por vida

    Hace 1 año 4 meses

  2. Perico

    ¿En serio? ¿Un artículo sobre raves en Londres en el año 2019? ¡Vuelve al pasado, Mac!

    Hace 2 años 2 meses

  3. Berta Pagès

    "Beautifully fucking illustrated", que diría Sick Boy.

    Hace 2 años 3 meses

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