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Ferlosio y el periodismo

Premiado y venerado a Ferlosio le sobrevuela la misma amenaza que otros escritores entronizados en vida: ser más celebrado que leído. Sacudimos sus textos para comprobar cómo dialogan con el periodismo contemporáneo

Silvia Cruz Lapeña 23/12/2018

<p>Rafael Sánchez Ferlosio.</p>

Rafael Sánchez Ferlosio.

ANDRÉS PÉREZ PERRUCA / FUNDACIÓN TELEFÓNICA

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A Rafael Sánchez Ferlosio no lo enseñan en colegios, institutos, ni facultades. Lo pude comprobar en un viaje que hice siguiendo los rastros que quedan en España de un personaje tan bello como Alfanhuí, el niño de los ojos amarillos por el que conocí al autor cuando era cría. Luego leí El Jarama, pero nadie, ni maestra, ni catedrática, ni jefes de redacción me avisaron nunca de todo lo que podía ofrecerme, como lectora, ciudadana, ser pensante y periodista el autor de El testimonio de Yarfoz. 

El reencuentro sucedió sin buscarlo y con Vendrán más años malos y nos harán más ciegos, un libro que descubrí en 1996, cuando empecé la universidad, y gracias a mis amigos. Era un volumen que no se prestaba porque había que leerlo con calma y muchas veces; había que subrayarlo e íbamos a quererlo, pues vino a confirmarnos muchas cosas que cualquiera que no esté sordo y quiera oír barrunta en cuanto empieza la carrera de Periodismo.  

Ese libro, que tuvo cierto eco porque ganó el Premio Nacional de Ensayo en 1994, hizo que algunos nos enamoráramos de Ferlosio, de su manera de sentenciar a la vez mudable y tajante y de esa forma de ir contra todo que resulta tan refrescante ver en un adulto para alguien que aún está verde. Creo que muchos de los que después serían mis colegas se quedaron en ese punto, incluida yo durante un tiempo.  

Todo esto lo he recordado gracias a “Ferlosio: más celebrado que leído”, un artículo en el que Gonzalo Torné se sorprendía de que el 90 aniversario del escritor hubiera suscitado tantas publicaciones festejando su cumpleaños cuando apenas se ha escrito alguno “sobre sus ideas, propuestas e impugnaciones”. Le chocaba también que ninguno ahondara en los aspectos más polémicos de su pensamiento: la patria, el mérito o el uso de la indignación como argumento, sobre todo cuando muchos de los que firmaban suelen defender puntos de vistas que entran en contradicción con los de su escritor admirado.  

En ese grupo de palmeros en apariencia incoherentes hay bastantes periodistas, y yo sospecho que sus vítores tienen que ver con que Ferlosio es piedra en el zapato: se nota porque molesta y porque otorga a los andares un aire exótico. Pues si en otras materias lo que señala y critica el autor de God and Gun sigue vigente, lo que ha dicho sobre el periodismo es perentorio. 

Diagnósticos ferlosianos 

Para sostener que algunos periodistas-palmeros no han echado ni un vistazo a sus textos, me apoyo en la labor que desempeñan en los medios donde trabajan y donde practican los mismos vicios que su “ídolo” critica. Muchos de esos defectos que Ferlosio nos afea tienen que ver con dinámicas de producción en las que un redactor común y moliente apenas tiene capacidad de decisión: pero hay otras que están en nuestra mano y el pelo nos luce a veces igual de pobre.  

Entre las cosas que dice y deberíamos tener en cuenta están las referidas al uso de la lengua. A los periodistas se nos supone un dominio de nuestra herramienta principal que rara vez poseemos y por eso, cuando Ferlosio firmó, junto a Agustín García Calvo entre otros, el Manifiesto de la lengua castellana, lo hizo dando ejemplos detectados en los medios de comunicación.  

Pero en España asuntos como la colocación del atributo se apartan con desprecio y se tratan como extravagancias de intelectuales, y tampoco hicimos caso a esa alerta cuando se lanzó desde un ámbito más popular y con un lenguaje más accesible. Me refiero aTV, fábrica de mentiras (Espasa, 1992), de Lolo Rico, libro en que la creadora de La bola de cristal asegura que toda la programación de la pequeña pantalla está contagiada de un lenguaje juvenil que usa frases cortas, lugares comunes e interjecciones, lo que ha dado como resultado un pensamiento igual de deslavazado.  

Los años de mayor actividad articulista de Ferlosio coinciden con la aparición de las cadenas privadas de televisión, algo que le lleva a hablar del “imperativo de la visualidad”

Los años de mayor actividad articulista de Ferlosio coinciden con la aparición de las cadenas privadas de televisión, algo que le lleva a hablar del “imperativo de la visualidad”. Sería muy interesante saber qué diría hoy de unos medios que se han sometido a la imagen por completo. Incluso las radios tienen páginas web para mostrar lo que ocurre en el estudio u ofrecer a sus oyentes, sin paradoja, el último vídeo viral, lo que refuerza la idea ferlosiana de que todos los medios forman ya parte de la industria del entretenimiento y poco más.  

También la separación que hizo entre noticia y acontecimiento debería enseñarse a los futuros periodistas. Simplificando, lo que viene a decir es que lo que no llega a los medios no importa, y hemos llegado a un punto, ya superado por las redes sociales, en el que a veces la noticia es en sí misma el acontecimiento. El ejemplo de que eso es así se puede ver en los anuncios de todo lo que tiene que ver con su persona: una entrevista a Ferlosio o la publicación de un nuevo pecio se anuncian como exclusivas.  

Teorías, temores y la “peste negra” 

A los periodistas en formación tampoco se les habla de su teoría de las cajas vacías, por la que Ferlosio llama a la prensa “sibila del mundo acontecido”. Según su planteamiento, si los dueños de los diarios fueran honestos unos días imprimirían 12 páginas, otros 36 y algunos días ninguna, dependiendo del número de acontecimientos relevantes. Pero traigamos la obsesión por el relleno deshonesto de cajas en blanco a 2018 y pensemos en lo que significa esa teoría en un espacio infinito, llamémoslo web, red o internet, y que todos los medios parecen empeñados en atiborrar. 

Ferlosio habla sobre todo de la televisión y los diarios, pero jurad que con lo expuesto hasta ahora no habéis pensado ni una vez en Twitter. Porque entonces no lo sabíamos, pero cuando el autor de Non olet bautizó a la publicidad como “la bicha” estaba adelantando el drama del clickbait. A la pequeña pantalla y a la publicidad las acusó de acabar con las familias, pero es la obsesión por las visitas lo que puede acabar con el periodismo, como bien describe el periodista Franklin Foer en Un mundo sin ideas (Paidós, 2018), en el que habla, entre otras cosas, de “la absoluta dependencia financiera respecto de las compañías tecnológicas” que sufren hoy los medios de comunicación.

Cuando el autor de Non olet bautizó a la publicidad como “la bicha” estaba adelantando el drama del clickbait

Esa realidad ya la previó Ferlosio, consciente de la influencia que tiene la prensa en las conciencias, las ideas y el mercado, y lo hizo observando hasta sus formas y reparando en detalles que para los demás eran minucias. Una muestra de su ojo previsor está en la ojeriza que le cogió al uso de la negrita: Ferlosio acusó al crítico de teatro Alfonso Sánchez de haber inaugurado su utilización para resaltar los nombres propios. Y luego a Paco Umbral de haber extendido una moda que tachó de “peste negra” propagada “hasta hacerse sistemática; sin perdonar siquiera textos ‘informativos’, en todas las páginas de algunas revistas, como Época, donde se ponen en negrita hasta a Aristóteles, Jesucristo , Don Quijote o incluso Perogrullo”.  

Hoy esa decisión no es de un redactor, ni del director del medio, sino de Google, que incita a destacar de ese modo los nombres de ciudades, partidos, diputados, artistas, celebrities e incluso guerras mundiales con la promesa de obtener más tráfico. Todo esto demuestra que los temores de Ferlosio tenían sentido. Sólo por eso, todos los periodistas deberían atender a lo que ha escrito el padre de Alfanhuí sobre este oficio. 

Vigilante del negocio 

Ferlosio habla de nuestro trabajo obviando, no ignorando, que estamos sujetos a plazos, presiones y a un mercado que premia la exclusiva, no la originalidad y pone por delante la premura al rigor o a la pertinencia informativa. Pero es que él se expresa como individuo y el periodismo, a pesar de estar lleno de egos y figurones, es el resultado de un grupo.  

La realidad que construye ese colectivo formado por trabajadores, empresas, poder político y financiero, marcas y otros actores es lo que él observa y critica. Por ejemplo, con un tándem de palabras que repite mucho, “banalidad mediática”, algo que todos conocemos y a la que contribuimos convenciéndonos, supongo que para sobrevivir, de que se trata de algo menor. No lo es y quizás sea la más gorda de las cuentas del rosario de defectos que nos afea Ferlosio, que bien podría servir como borrador del código deontológico que los periodistas en España aún no tenemos.  

Uno de los motivos por los que creo que los periodistas deben leer su obra ensayística es porque el periodismo exige a todos los poderes transparencia, pero no la aplica. Quiere ser la cuarta parta de la democracia sin que nadie lo vigile, no de cerca, ni en serio, y por eso los periódicos nombran (sí, nombran; no contratan) defensores del lector que harían mejor en llamar “excusadores del medio”.  

Aquí no existen figuras como Jack Shafer, que tendrá defectos pero examina el periodismo con criterio periodístico, no propagandístico, y dando nombres y apellidos. Lo más parecido es lo que hacen algunas redacciones cuando ponen a un compañero en la sección de Comunicación, donde siempre hay un hueco dispuesto para darle bombo a algún programa, revista o periodista-socio del grupo mediático que lo contrata. También por eso es necesario Ferlosio, capaz de afearle a una compañera (Rosa Montero) del mismo periódico (El País) que en un artículo denuncie el contenido de un anuncio sin nombrar la marca (Benetton), demostrando el grado de sumisión que la prensa profesa a la publicidad. 

Un espejo llamado Kraus

Todo eso lo ha dicho Rafael Sánchez Ferlosio participando del negocio, pues ha publicado sus diatribas en periódicos de todo signo: Arriba, ABC, El País, Diario 16…  y con todos se ha metido. Si se ha mantenido tantos años en esos medios, es cierto que a su ritmo y a su antojo, quizá sea porque ha formado parte del circo desde fuera. No le pasó lo mismo a Karl Kraus, con quien tanto tiene en común en el tema que nos ocupa el autor de Dientes, pólvora, febrero.  

Kraus, periodista establecido en Viena, acabó echando a todos los colaboradores de Die Fackel (‘La Antorcha’), revista en la que se quedó como única firma durante 25 años. Si cito al vienés es porque comparte con Ferlosio su interés por la prensa, las empresas periodísticas, el uso banal del idioma, las guerras o la justicia. No son pocas coincidencias. En sus Glosas (Ediciones del Subsuelo, 2018) también es fácil ver el parecido de esas piezas cortas y afiladas con los pecios de Ferlosio, así como hallar argumentos similares. 

Como Kraus desarrolló su carrera entre finales del siglo XIX y el primer cuarto del XX, habló sobre todo de los periódicos, mientras que Ferlosio aplica sus ideas también al medio audiovisual. A ambos les preocupa mucho el papel de la publicidad: “La televisión, no se sabe por qué, es irresponsable frente a cualquier instancia”, dice Ferlosio. El tema lo adelantó cincuenta años Kraus al denunciar la hipocresía del Neues Wiener Journal, cuyos redactores tachaban de vicio y depravación la misma prostitución a la que dedicaban numerosos anuncios. “¿Y qué parte del pago corresponde a los periódicos?”, se pregunta sobre un tema que abordó en muchas ocasiones.  

Pero lo que diferencia a los dos es aún más elocuente: Kraus habla del periodismo con la frustración de un periodista, algo que no le pasa a Ferlosio. Donde mejor se materializa esa disimilitud es en el humor: si Kraus opta por el sarcasmo, a veces muy hiriente, Ferlosio prefiere la ironía. En sus textos hay patadas, punzones y embestidas pero no se aprecia ningún desengaño, vive en la teoría, un escudo que nunca ha servido para proteger a un periodista, que aún sabiendo y detectando lo que dicen los que piensan, tiene que defender textos, ideas y decisiones individuales en un juego colectivo en el que se siente importante pero donde es, en realidad, el último mono.  

Fuera del saber reglado 

Que muchos colegas no sepan todas esas cosas que Ferlosio nos critica, incurran en todas y aún así aplaudan al autor de Guapo y sus isótopos es culpa de la universidad. Al menos lo es en parte, pues se me ocurren varias razones por las que las facultades de Periodismo deberían sustituir la lectura obligatoria de Noam Chomsky por la de Rafael Sánchez Ferlosio.  

Una es que es único en su especie, tiene buena pluma, mala leche, un humor muy particular y una capacidad de análisis superior a la de cualquier pensador español vivo. Otra es que se ocupa, a veces claramente y otras por lo bajini, del impacto de la comunicación de masas en las seseras, y además es capaz de explicar la guerra de Irak con la misma precisión que una miseria nacional. Y que me perdone Chomsky: sin proselitismo ni sermones. 

Ha habido pocas excepciones al desprecio académico al que se ha sometido a Ferlosio. Una de esas rarezas fue el programa de doctorado en Comunicación de la Universidad de Sevilla que dirigió Miguel Ángel Vázquez Medel. Cuando lo inauguró a principios de los 90, se matricularon dos alumnos que junto a los dos profesores y otro que se sumó, crearon un grupo que fue trabajando por amor, es decir gratis, en analizar y reflexionar sobre la aportación del escritor a nuestro oficio. El resultado fue La obra periodística y ensayística de Rafael Sánchez Ferlosio, un libro de 1999, que no recoge muchas de las aportaciones posteriores que ha hecho a nuestro gremio, pero reúne algunas consideraciones en las que deberíamos ahondar, llevar a las aulas, y por qué no, a las redacciones. 

En sus textos hay patadas, punzones y embestidas pero no se aprecia ningún desengaño, vive en la teoría, un escudo que nunca ha servido para proteger a un periodista

Creo que al no hacerlo han contribuido a acrecentar su rol de outsider y me temo que es a ese abrigo glamuroso al que se agarran algunos compañeros míos más que a sus textos. Pero no ignoro que hay otro factor que lo hace interesante. Además de ese ir a la contra y cambiar de opinión si es preciso, indicativo de su independencia absoluta, incluso respecto a sí mismo, Ferlosio es lo que todos creemos ser de jóvenes y querríamos seguir siendo toda la vida: un radical. Por eso muchos lo adoran pero ninguno se atreve a hacerle caso, aunque como periodistas no hay que imitarlo, ni mirarlo de frente: basta con leerlo y emplearlo, no tanto de modelo, como de faro. 

Herencias para periodistas 

No se puede ignorar el legado que Ferlosio ha dejado en nuestro oficio. No hay más que leer con atención piezas como “La verga de Hércules”. El artículo, incluido en el segundo volumen de ensayos editado por Ignacio Echevarría para Penguin Random House bajo el título Gastos, digustos y tiempo perdido, presenta tal cantidad de fuentes, referencias y datos pertinentes que cuesta determinar si estamos ante una crónica, un reportaje, ambas cosas o un género propio que va más allá del análisis histórico al que nos tiene más acostumbrados.  

Otro ejemplo es “Esas Indias equivocadas y malditas”, con el que derribó la puesta en escena y los motivos del Gobierno de España en 1992 cuando organizó los fastos para conmemorar el V Centenario del descubrimiento de América. En su exposición, el escritor habla de jaurías de perros que descuartizan personas, de colonialismo o del desprecio por los indios y “desenmascara el propósito de ocultación de la historia, exigencia imprescindible para poder conmemorarla en la actualidad y sacralizarla en el rito”. Son palabras de la profesora Lola Luna, que utiliza un verbo clave: desenmascarar, tarea que a los periodistas nos gusta mucho, pero que en aquella ocasión le cedimos a un escritor para que fuera él quien pinchara el globo que es toda nota de prensa. 

Además de desenmascarar, en el tema de las Indias, Ferlosio ahonda. “Sustrae de la banalidad mediática de los acontecimientos desvelando su profundo alcance desde la lógica de los hechos y con la herramienta poderosa de la argumentación”, sigue diciendo Luna. De ese modo, ayuda al lector a comprender, algo que siempre se propone, aunque el resultado no sea para la mayoría, y por eso sería deseable que los periodistas, a quienes se nos supone lectores privilegiados y atentos, lo leyéramos tomando notas.  

Por ejemplo, para aprender a esquivar la banalidad observando su enorme capacidad para relacionar, no para comparar sin más, algo de lo que abusamos los periodistas en muchas ocasiones de forma falaz. Hablo de su pericia, alimentada por su enorme cultura, para poner a dialogar unos hechos con otros, el pasado con el presente, el contexto con las personas… y que permite, si no saber, sí intuir, qué pasa en medio de la maraña que genera todo lo que parece que pasa.  

Pero Ferlosio siempre va más allá. Lo hemos visto con sus “predicciones” sobre los medios de comunicación, aunque no es –como lo llamó una vez Fernando Savater– un agorero. Lo que se adivina en él es un aguafiestas, que no es lo mismo: el primero llama al mal tiempo, el segundo sólo constata que está lloviendo. Hasta ahí, tendríamos un periodista. Pero Ferlosio, además, adelanta, con antecedentes y razones, qué puede pasar si no deja de caer agua. Eso es un intelectual, pero ninguno como él ha tenido el acierto de exponer, dilucidar y pensar y no darnos sin más sus opiniones.

Alergias y equivocaciones

La columna de opinión es lo único que tienen en común periodistas y escritores en un periódico. A ese espacio aspiran muchos compañeros a pesar de que luego la utilizan, no para argumentar la suya, sino para dar la de un partido, un movimiento o replicar la línea editorial del medio que se la pide. A los escritores y/o pensadores les puede ocurrir algo parecido, aunque en su caso además, hay una claudicación ante una prensa tan llena de defectos como tentadora: ¿por qué si no alguien que no tiene que ceñirse a un número de caracteres, plazos asfixiantes, ni al yugo de la actualidad acepta tanta normas por un único y perecedero impacto?

Entiendo, sin embargo, que para algunos de mis colegas un encargo así es un alivio porque en ese espacio se permiten “cosas” que jamás intentarían en otras piezas. Precisamente porque no se ha circunscrito a ese formato, podemos tomar a Ferlosio como inspiración a la hora de enfocar artículos de distinto género, no sólo columnas, y permitirnos esas “cosas” (estilo, ritmo, belleza) que no son incompatibles con la narración de hechos. Y para hacerlo, propongo observar su obra completa, porque es fácil vislumbrar en los ensayos al autor de Alfanhuí y oír en El Jarama ecos de un escritor que fue redactor: Ernest Hemingway, una infestación que ya detectaron Luis Goytisolo o Josefina Aldecoa.

Cuando mezclo mundos, veo brotar urticarias. Sobre todo en algunas redacciones, donde si Ferlosio, como otros escritores, es visto con recelo no es porque no se ajuste a los imperativos de espacio o inmediatez o porque sea ensayista. El resquemor tiene que ver con que es novelista. 

Hace poco, un alumno de Ciencias de la Comunicación me confirmó esa alergia: al preguntarme por las fuentes empleadas en mis reportajes, se extrañó –también su profesor– de que incluyera algunas novelas. En ese rechazo –lo he visto otras veces– detecto una confusión entre literatura y ficción y la creencia, equivocada, de que la verdad está en la fuente. Como si nos hubiéramos creído que nuestro trabajo sólo exige agilidad y no una multitud de herramientas, siempre insuficientes, para explicar lo que pasa. 

De cualquier buen escritor, y Ferlosio lo es, se aprende a narrar, y por eso no entiendo las erupciones de mis compañeros, que cuando se rascan me hacen recordar algo que escribió José María Castellet sobre El Jarama: “Pocas veces se le escapa un adjetivo, una metáfora o un juicio que, por pertenecer exclusivamente al autor, interrumpa la línea objetiva de la narración”. Y me pregunto cuántos colegas no aceptarían esa definición de objetividad en un código deontológico o en su día a día.  

Escorados y aplaudiendo 

Hubo un tiempo en que a los míos no les asustaba convivir con otras formas de contar la realidad. Lo confirman los folletines del siglo XIX, suplementos culturales que alcanzaron tanto éxito que a los periódicos donde se incluían se les acabó llamando “folletines” por su importancia. En esos opúsculos escribió gente como Klaus Mann o el propio Kraus, al que haciendo una obra parecida en muchos aspectos a la de Ferlosio no hay vergüenza ni menosprecio en llamarle periodista, término con el que nunca se define a nuestro paisano. 

La actualidad exige prisa, pero llegando como llega la última hora por cualquier canal, no se entiende que los diarios, que no saben qué hacer con sus versiones en papel, no se acuerden de gente como Ludwig Speidel, periodista austríaco de aquellos folletines, del que se dijo: “Escribía para el día como si lo hiciera para la eternidad”.  

Yo creo que algo parecido ha hecho Ferlosio en los diarios, aunque incluso él, tan buen diagnosticador de nuestros males, haya caído en algunos de los que anunció. Por ejemplo, al publicar sus últimos pecios uno a uno, espaciados y anunciados a bombo y platillo y con su nombre en negrita, convirtiendo el anuncio y a sí mismo, más que el pecio, en la noticia. Creo que presentarlo de ese modo ha contribuido a aumentar su exotismo últimamente y por eso dicen tantos que lo leen cuando sólo lo contemplan. 

A esa celebridad ha ayudado que se le haya premiado tanto, también desde el periodismo, y estoy de acuerdo con Torné en que además de festejarlo, tanto agasajo parece un intento de “domesticarlo”. Pero si cada vez que le dan un galardón, Ferlosio ofrece un discurso, que le den muchos: “Toda reflexión moral tiene, pues, que empezar precisamente lanzando el más categórico entredicho contra la representación enteramente mítica de los buenos y los malos como clave interpretativa de la conducta humana”, dijo cuando recogió el premio periodístico Francisco Cerecedo.

En ese agradecimiento expuso uno de los pilares de su pensamiento, que es a la vez una de las actitudes que más reprocha a la prensa, esa que cada día y en portada le dice a sus lectores quién lleva cuernos y quién dos alas. No hay más que ver cómo se la están jugando los medios de comunicación con el asunto catalán, separando entre unos y otros con tanta ligereza que han hecho, entre todos, un magnífico relato mitológico. Y sin embargo, también en ese asunto, de un lado y de otro, y muy escorados, hay periodistas aplaudiendo a Ferlosio. 

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Silvia Cruz Lapeña es periodista y autora de Crónica jonda (Libros del KO, 2017)

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Silvia Cruz Lapeña

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4 comentario(s)

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  1. alekos

    señorita: el conoce la lengua y no se ampara en premuras ni idioteces, como usted

    Hace 2 años

  2. Domingo Melero

    Como veo que usted va en serio con Ferlosio y cita a un grupo que lo estudió así, en serio, le paso esta referencia de alguien que también ha estudiado en serio el pensamiento de R. S. Ferlosio y que el círculo de los allegados de éste último ignora: RUESCAS JUÁREZ, Juan Antonio, El pensamiento crítico de Rafael Sánchez Ferlosio, Madrid, Biblioteca Nueva, 2016.

    Hace 2 años

  3. Angeles

    Una precisión: sí hay Código Deontológico, el de la FAPE: http://fape.es/home/codigo-deontologico/

    Hace 2 años

  4. Sergio Romero

    Que lean a Ferlosio y a Chomsky. Yo aconsejaría también un libro de Arcadi Espada: "Diarios". De todas formas, el futuro del periodismo es bastante oscuro; no veo a los periodistas demasiado comprometidos con la causa de mejorar su profesión. Y supongo que a los pocos comprometidos los despedirán o les harán la vida imposible. Prevalecerá la empresa, porque, a fin de cuentas, el periodismo es una forma de ganar dinero; solo importa la pasta: la banalidad, la obsesión por la exclusiva, el pasarse por el forro los célebres "criterios de noticiabilidad"... Todo da igual si hay beneficios. Tampoco veo al lector muy interesado en demandar otro tipo de periodismo. El lector es esencialmente banal, esencialmente inculto y preocupado únicamente por relajarse después del trabajo.

    Hace 2 años 2 meses

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