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EL MENTIDERO

El genio y sus miserias

Pablo MM 1/12/2018

<p>Fotograma de <em>El último tango en París </em>(1972)</p>

Fotograma de El último tango en París (1972)

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Arthur Rimbaud es uno de los mejores poetas de la literatura europea. Artistas como André Breton, Henry Miller y Hugo Pratt reconocen haber sido influenciados por la obra del joven simbolista francés, y sin embargo, Rimbaud hizo fortuna con el tráfico de armas y la venta de esclavos.

Otro de los que se reconocían bajo su influjo fue Jim Morrison. El líder de The Doors es uno de los máximos exponentes de la cultura popular y una estrella de la música que la prestigiosa revista Rolling Stone incluyó entre “los 100 mejores cantantes de todos los tiempos”, y sin embargo, era un “borracho degenerado”. Así lo describió Ray Manzarek, bajista del grupo, en una autobiografía repleta de acusaciones que fueron confirmadas por Patricia Kennealy, pareja de Morrison, con la que mantuvo una relación tormentosa en la que eran habituales los insultos y los golpes.

Con permiso de Don Vito, en Un tranvía llamado deseo y La ley del silencio, Elia Kazan nos brindó las mejores interpretaciones de Marlon Brando. Fue uno de los cineastas más reconocidos de la edad dorada de Hollywood, y sin embargo, era un chivato. En plena ola de paranoia macartista, Kazan acabó con las carreras de ocho trabajadores de la industria cinematográfica, tras acusarles de simpatizar con el comunismo. Y nunca se arrepintió. Llegó a publicar un anuncio en un periódico donde emplazaba a sus colegas a seguir su ejemplo en nombre de la supervivencia de la América liberal y capitalista, y años después, en 1999, cuando recogió el Óscar honorífico, no mostró señal alguna de contradicción, ni siquiera al contemplar que desde el patio de butacas actores como Ed Harris, Sean Penn o George Clooney (su padre fue uno de los señalados por el senador McCarthy) permanecieron sentados y se negaron a aplaudir. 

A propósito de Marlon Brando, ¿sabían que era un auténtico sátrapa? Robert de Niro contó que durante el rodaje de The Score tuvo que transmitirle las órdenes de Frank Oz, director de la cinta, a través de un walkie talkie. Oz fue uno de los titiriteros de 'Los teleñecos' y Brando se negó a que estuviera en el plató cuando le tocaba interpretar porque “quiere meterme la mano por el culo y manejarme como a una de sus marionetas”.

No se puede contabilizar la inmensa contribución que hizo Martin Heidegger al pensamiento analítico. El filósofo alemán es uno de los pensadores más influyentes del siglo XX, uno de los padres de la filosofía moderna, y sin embargo, era un nazi recalcitrante. Existen documentos que prueban que participó en la llamada Comisión de la Filosofía del Derecho, presidida por Hans Frank (“el carnicero de Polonia”), cuya misión consistió en construir un armazón teórico sobre el que fundamentar las ideas del Tercer Reich.

Leni Riefenstahl revolucionó el cine documental. Fotógrafa y cineasta alemana, cambió la forma de entender la producción audiovisual con títulos como Olimpiada y El triunfo de la voluntad, y sin embargo, fue la mayor propagandista de la Alemania nazi. Mantuvo una amistad con Hitler y aunque fue absuelta de cualquier responsabilidad, su trabajo sirvió para amplificar y blanquear el mensaje del nacionalsocialismo.

“De nadie seré, solo de ti. Hasta que mis huesos se vuelvan cenizas y mi corazón deje de latir”. Pablo Neruda escribió algunos de los versos más bellos de la literatura universal y cuando en el horizonte tronó la tormenta se convirtió en la voz de Chile frente al fascismo pinochetista. Es una de las figuras más prominentes de la intelectualidad socialista latinoamericana, y sin embargo, violó a una adolescente: “Una mañana, decidido a todo, la tomé fuertemente de la muñeca y la miré cara a cara. Se dejó conducir por mí sin una sonrisa y pronto estuvo desnuda sobre mi cama. El encuentro fue el de un hombre con una estatua. Permaneció todo el tiempo con sus ojos abiertos, impasible. Hacía bien en despreciarme. No se repitió la experiencia”, reconoció el Nobel de literatura en su libro Confieso que he vivido

Pablo Picasso también ocupa un lugar honorífico en la memoria colectiva de la izquierda. El pintor es uno de los artistas más importantes de todo los tiempos y su Guernica fue el mayor altavoz de la República española contra el golpismo, y sin embargo, era un maltratador y un misógino. Dos de sus amantes se suicidaron y otras dos acabaron en sendos frenopáticos. Al malagueño le divertía someter a sus parejas a un constante estrés físico y emocional, hasta convertirlas en peleles alienadas de su hedonismo. Disfrutaba cuando ellas le llamaban monseñor y le besaban la mano como si de un clérigo de alto rango se tratase. Otro de sus pasatiempos consistía en reunir en su casa a Olga Khokhlova, una de sus esposas, con Marie Thérèse, su joven amante de 17 años, para que pelearan por su predilección. “Me gusta hacer este tipo de cabronadas, son como las travesuras que hacía de niño”, relata Antonio Olano en su libro Las mujeres de Picasso.

Hasta los ídolos más altos tienen los pies de barro, así que mejor no hacerse demasiadas ilusiones, o por contra, no abrir la puerta del fondo del pasillo donde se guardan los cadáveres

Entre los enemigos íntimos del cubista resalta como uno de sus cuadros Salvador Dalí. El de Figueras es el más reconocido de los pintores surrealistas. Una personalidad ecléctica que dinamitó los cimientos del encorsetado mundo del arte, y sin embargo, era un clasista y un fascista. Junto a Buñuel, otro genio de dudosa moralidad, rodó el cortometraje Un perro andaluz, peyorativo que utilizaban para calificar a Lorca y a Rafael Alberti, compañeros de la residencia de estudiantes de Madrid, a los que menospreciaban por su origen, por su acento y por su clase. Cuando llegó el momento de elegir, Dalí se posicionó del lado de Franco y de Hitler, motivo que le costó la expulsión del movimiento surrealista. “Avida Dollars”, le llamaba André Breton, un anagrama de su nombre que hacía referencia a su lealtad para con el dinero.

Hasta los ídolos más altos tienen los pies de barro, así que mejor no hacerse demasiadas ilusiones, o por contra, no abrir la puerta del fondo del pasillo donde se guardan los cadáveres.

“Ya está sonando el tambor, maldito siglo que en paz reviente”, dice una famosa chirigota de Cádiz. La última centuria ha sido el escenario de la llegada del hombre a la luna, pero también de la muerte de 20 millones de personas en la lucha contra el fascismo. Una época de contrastes polarizados que, por el inexorable paso del tiempo, se está quedando, poco a poco, sin sus grandes referentes.  

Bernardo Bertolucci ha sido el último en hacerse inmortal. El mejor cineasta que ha visto nacer Italia falleció el pasado lunes a los 77 años en su casa de Milán, postrado en una silla de ruedas y abatido por la enfermedad.

De él se ha escrito casi todo. Hijo del poeta Attilio Bertolucci, creció en una casa donde eran habituales el desfile de personalidades del mundo de la cultura. Uno de ellos fue Pier Paolo Pasolini, escritor y cineasta italiano y a la sazón una de las mayores influencias en la obra de Bertolucci. Con él se inició en el mundo del cine como ayudante de dirección en la película Accattone y de él aprendió el valor de contar grandes historias con el estilo de un artesano. Como hizo Pasolini, el joven Bernardo utilizó en sus primeras obras intérpretes sin experiencia y escenarios difusos, como si el continente pudiera ser cualquier lugar del imaginario del espectador.

Para las voces autorizadas, Novecento es su mejor legado. Una elefantiásica narración de 5 horas de metraje sobre la Italia de la primera mitad del siglo XX. La lucha de clases entre la burguesía y el proletariado, entre fascistas y partisanos, rodada en una época de especial convulsión política, donde los comunistas del PCI tuvieron a un palmo a los democristianos de Moro y Andreotti.

En la memoria del cine queda para siempre el discurso mirando a cámara del labriego interpretado por Gérard Depardieu: “Los fascistas no son como los hongos que nacen así en una noche. Han sido los patronos quienes han plantado a los fascistas, los han querido, les han pagado. Y con los fascistas, los patronos han ganado cada vez más hasta no saber dónde meter el dinero. Y así inventaron la guerra y nos mandaron a África, a Rusia, a Grecia, a Albania, a España, pero siempre pagamos nosotros. ¿Quién paga? ¡El proletariado, los campesinos, los obreros, los pobres!”.

Este denso recorrido por la Italia revolucionaria, con reparto de postín hollywoodense, fue posible gracias al éxito que Bertolucci cosechó con El último tango en París y a un Marlon Brando en estado de gracia.

Fue el intérprete estadounidense, mientras estaba comiendo una tostada, al que se le ocurrió improvisar una escena que no estaba en el guión. Se trata del momento en el que el personaje de Brando sodomiza al interpretado por Maria Schneider, utilizando mantequilla como lubricante. Las lágrimas de la joven actriz de apenas 19 años fueron reales. “Debí llamar a mi agente o tener un abogado en el set de rodaje porque no puedes forzar a alguien a hacer algo que no está en el guión. Me sentí humillada y para ser honesta, me sentí un poco violada por ambos. Marlon me dijo: 'Tranquila María, es solo una película'”, reveló años más tarde.

Pero no, no fue solo una película, al menos para Schneider, cuya vida después de aquella agresión se transformó en un permanente declive. Se negó a volver a desnudarse delante de una cámara, pasó por varios centros psiquiátricos e intentó suicidarse en diversas ocasiones, hasta que un cáncer terminó con su agonía a los 58 años. “No quería que fingiese la violación, quería que la sintiese”, declaró Bertolucci durante una entrevista.

La historia, contada y recontada cientos de veces, pasó inadvertida hasta que en el año 2016, con la explosión del “Me Too”, fue rescatada y duramente condenada.

La revisión que hizo el movimiento feminista sirvió también para reabrir uno de esos debates que se eternizan en el tiempo sin solución de continuidad. ¿Hay que separar la vida y la obra de un artista? ¿Se pueden admirar las pinturas de un misógino, las filosofadas de un nazi, el cine de un delator, la poesía de un traficante de esclavos o la música de un maltratador? ¿Se puede admirar el inmenso legado artístico de Bernardo Bertolucci obviando que fue cómplice de un abuso que destrozó la vida y la carrera de una mujer?

Picasso, Rimbaud, Jim Morrison o Neruda, y como diría Sabina, “y sin embargo te quiero”. Pero no podemos abstraernos del tiempo que nos ha tocado vivir. Somos parte de ese instante que decidió acabar con los silencios que durante años estuvieron condenados a la clandestinidad, sobre todo cuando las que callaban eran las mujeres.

Se puede admirar la obra hasta del mismísimo diablo, pero para acabar con la impunidad deberíamos recalcar, con el mismo énfasis, que tiene cuernos y rabo.

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4 comentario(s)

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  1. Nicola

    Faltó woody allen! Y no, claro que No hay que separar.

    Hace 2 años 11 meses

  2. Tabaré

    Infantilismo mental. Borges perdió el Nobel por saludar a Pinochet. No separar la obra de hombre o mujer de su vida personal es meterse en chimentos de cuarta.

    Hace 2 años 11 meses

  3. Jose Ángel González

    Relación completa de circunstancias sabidas y veraces. Como en todas las de su calaña —el malaje cultural y las perrerías de los diablos que medran entre los dioses—, destaca una gran ausencia: ni un solo 'maestro' del periodismo aparece entre los violadores. ¿No los hubo?, ¿no los hay? Al contrario, que pregunten a las, empecemos de abajo, becarias, redactoras, jefas de sección, redactoras jefas, subdirectoras, adjuntas y directoras...

    Hace 3 años

  4. Julio Loras

    Heidegger era un nazi, no a pesar de su esfuerzo filosófico, sino en coherencia con su filosofía, que es nazi. Heidegger es el único "genio" que no cuadra en esta lista. En todos los demás hay una incoherencia fundamental, y a veces grave, entre su obra y su vida. En Heidegger no se da esa incoherencia, fue totalmente coherente. Otra cosa es que se esté leyendo su obra superficialmente.

    Hace 3 años

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