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La exclusión de la mujer guitarrista en el flamenco

Durante el siglo XIX y principios del XX destacaron varias intérpretes que quedaron relegadas cuando el flamenco dio el salto del café-teatro al teatro y perdió su estigma lumpen y canalla

Manuel Montaño 28/11/2018

<p>Marina Habichuela junto a su padre.</p>

Marina Habichuela junto a su padre.

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A muchos aficionados del flamenco les llama la atención que sea prácticamente imposible encontrar a una mujer tocando la guitarra en un escenario. Los espectáculos flamencos están integrados por infinidad de cantaoras y bailaoras, pero no es habitual encontrar sobre las tablas a una mujer acompañando a un cantaor u ofreciendo un concierto de guitarra en solitario. 

En realidad, las hay pero resultan invisibles por obra y gracia de los poderes fulminantes del machismo. El flamenco en la actualidad –y no sólo en el ámbito de la guitarra– sigue manteniendo normas, comportamientos y tendencias artísticas que han perpetuado una desigualdad de género y han instituido una arbitraria asignación de roles basados en el sexo. 

Lo más llamativo es que durante el siglo XIX y principios del XX había muchas mujeres guitarristas que, además, fueron muy importantes en la evolución del flamenco. Era la época de los cafés-cantantes y, la guitarra todavía mantenía una función exclusivamente de acompañamiento. Cuando el flamenco salta al teatro y pierde su estigma lumpen y canalla, la mujer es relegada. Este momento coincide con la explosión musical de la guitarra, que se libera de su servidumbre al cante y alcanza voz propia. Es en esa coyuntura cuando los hombres deciden que son los elegidos para llevarse los laureles. Para ello, se apoyaron en argumentos tan endebles como que la mujer es débil, sin la fuerza suficiente para picar la guitarra. Era necesario tener la sangre muy caliente para tocar el diapasón y a las mujeres les faltaba fuego en las venas para empuñar con flamencura la guitarra, decían. Hoy en día es posible escuchar aún este discurso desfasado en boca de muchos machos a través de las redes sociales y en ciertos círculos flamencos.

Una somera revisión de la historia aporta un relato opuesto a la realidad actual. Muchas mujeres tocaban la guitarra en el siglo pasado y varias de ellas con gran maestría

“No es necesario poseer una fuerza especial para tocar la guitarra flamenca” dice Pilar Alonso, profesora de guitarra clásica y flamenca en la Universidad de Granada, que, además, ejerce como música profesional. Ella continúa sufriendo la lacra de una mentalidad machista que sigue instalada en el flamenco casi como seña de identidad. “En alguna peña flamenca me han quitado de las manos la guitarra mientras estaba tocando. En otra ocasión, después de un concurso de guitarra que gané, se me acercó un hombre y me dijo: “¡Olé tu polla! ¡Qué bien tocas!”. 

La técnica del alzapúa, que es característica del flamenco, consiste en percutir las cuerdas de la guitarra con la uña del pulgar. Esta peculiar manera de tocar no requiere potencia física y su ejecución sólo precisa práctica y destreza. El tocador de laúd y músico excepcional de origen persa Ziryab –El pájaro negro–, residente en la Córdoba andalusí del siglo IX, introdujo esta técnica en España y, en la actualidad, también la siguen utilizando los instrumentistas árabes que tocan el laúd.

Una somera revisión de la historia del flamenco aporta un relato diametralmente opuesto a la realidad actual. Un amplio elenco de mujeres tocaba la guitarra en el siglo pasado y varias de ellas lo hacían con gran maestría, por lo que gozaron de gran reconocimiento. Destacaron Anilla la de Ronda, que estuvo actuando hasta una edad avanzada; Dolores de la Huerta, famosa intérprete de fandangos que solía acompañarse con la guitarra; Trinidad la Cuenca, intérprete de malagueñas; Mercedes la Serneta, guitarrista consumada, cantaora y compositora; Paca la Coja, acompañante de su pareja, el cantaor Fernando de Triana. Incluso, Marina Habichuela de Granada acompañó a su padre, Habichuela el Viejo, cuando era casi una niña y antes de convertirse en cantaora.

La dictadura franquista contribuye a reforzar el fenómeno de exclusión femenina al relegar a la mujer al ámbito doméstico. Ser artista estaba muy mal visto y, si eras mujer, era sinónimo de prostituta. Los grandes teatros y los aplausos sólo eran para los varones.

La dictadura franquista contribuyó a reforzar el fenómeno de exclusión femenina al relegar a la mujer al ámbito doméstico. Ser artista estaba mal visto y siendo mujer era sinónimo de prostituta

La llegada de la democracia trajo consigo cambios políticos y sociales, pero a la mujer, como en otros ámbitos, le sigue costando hacerse un hueco en el mundo del arte. Han aparecido mujeres guitarristas que están peleando sin desfallecer por tener voz propia en el mundo del flamenco. Una de las primeras en alcanzar status profesional ha sido María Albarrán. Luego, le siguió Antonia Jiménez, que compagina su carrera de guitarrista de acompañamiento con la de solista de concierto. Antonia realizó estudios como su compañera Celia Morales que, además, de arropar al cante y al baile ejerce como concertista.

El programa innovador de guitarra flamenca del Conservatorio Superior de Música Rafael Orozco de Córdoba ha contribuido de forma decisiva a la entrada de más tocaoras en el círculo profesional de la guitarra. Además, de la citada y polifacética Pilar Alonso, también pasó por este Conservatorio Laura González, que de la misma manera compatibiliza su carrera artística con la docencia. Incluir en esta lista a Elena Castillo, la más joven de las tres, que además, es pedagoga en educación musical. 

La última edición del festival Flamenco on fire celebrada en Pamplona incluyó un ciclo de mujeres guitarristas. Ofrecieron su arte Afra Rubino, Kati Golenko, Bettina Flater, Laura González y el dúo flamenco compuesto por Marta Robles y Ekaterina Záytseva. Llama la atención que la mayoría de las guitarristas son extranjeras, hecho elocuente que explica por sí solo como en sus países de origen el flamenco no arrastra una imagen arquetípica de la mujer flamenca y la frontera de género no existe.

En los últimos años se ha instalado una insólita inercia que ha llevado a que los promotores de conciertos no programen la guitarra flamenca solista y menos aún si se trata de una mujer. Añadir a este panorama el hecho de que no existe interiorizada una imagen de la mujer guitarrista, salvo esas bellas mujeres sujetando la guitarra retratadas en los cuadros de Julio Romero de Torres que, sin embargo, sugerían una hermosa analogía. 

Actuación de Marta Robles y Ekaterina Zaytseva en el Centro Municipal de Distrito de Barrainkua.

Es importante recuperar la feminidad en el toque y que esté presente de manera permanente en la escena musical. La sensibilidad femenina sería una aportación de gran valor y un complemento necesario que reforzaría el buen momento de la guitarra flamenca, gracias a la hornada de jóvenes talentos que, pese a su juventud, están rozando la excelencia. 

Además, una mujer que toca la guitarra no se debe publicitar como una novedad o un hecho insólito fruto de una conquista de corte feminista o de la lucha de la mujer por sus legítimos derechos. Hacerlo sería pecar de una osada ignorancia, al no tener en cuenta la imprescindible contribución de la mujer guitarrista en los orígenes del flamenco de sobra documentados. Sólo se trata de recuperar un territorio perdido.

Autor >

Manuel Montaño

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1 comentario(s)

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  1. juanjo gonzález

    Yo he visto a MARÍA ALBARRÁN acompañar a su hermana bailaora LUCÍA ALBARRÁN .Dos porterntos.

    Hace 2 años 5 meses

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