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Los estragos de una década perdida

Una parte importante de la población salió de la ‘gran recesión’ por una puerta diferente a la que había entrado en términos de bienestar y calidad de vida

Carlos Vacas Soriano 21/11/2018

<p>Empleo precario</p>

Empleo precario

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La conocida como la Gran Recesión ha sido una crisis con gran impacto en Europa. A la crisis económica mundial originada en el año 2008 en los mercados financieros de Estados Unidos le siguieron varios episodios de crisis de deuda pública que generaron enormes tensiones en los países del euro. Uno de los países más afectados fue España, donde se añadió el efecto de la explosión de una burbuja inmobiliaria. 

La economía española solo superó los niveles previos a la crisis en 2017 después de tocar fondo en 2013. Sin embargo, el efecto de la crisis sobre el mercado laboral ha sido mucho más fuerte y prolongado y, ahora que los peores años parecen haber quedado atrás, parece un buen momento para resumir sus principales impactos en la sociedad española. 

Gran destrucción de empleo

La reducción de la actividad económica en casi un 9% entre 2008 y 2013 se tradujo en una caída mucho más importante en el empleo (más del 16%). Esto no ocurrió en el conjunto de la UE, donde las reducciones en ambas variables fueron comparables. A modo de ejemplo, un contraste evidente: a pesar de que la economía española se contrajo mucho menos que la alemana en 2009 (caídas del 3,5% y 5,5% respectivamente), nuestro país destruyó casi un 7% del empleo mientras en Alemania se mantuvo estable. La razón cabe buscarla en las diferencias de modelo productivo y regulación laboral entre ambos países: mientras Alemania adoptaba medidas de reducción de la jornada de trabajo y confiaba en la pronta recuperación de sus exportaciones industriales, en España se despidieron trabajadores masivamente, sobre todo temporales, para ajustarse a los efectos del pinchazo de la burbuja inmobiliaria y su arrastre sobre el resto de sectores. A pesar de su recuperación desde 2014, nuestros niveles de empleo aún se encuentran lejísimos de sus valores anteriores a la crisis y, en Julio de 2018, España tenía aún una tasa de desempleo de más del 15%, solo inferior a la griega. 

Aumento de las desigualdades

Quizá en contra de la percepción popular, las desigualdades salariales en el mercado laboral no aumentaron desde el inicio de la crisis, incluso disminuyeron en algún año. La razón es que los despidos afectaron principalmente a los trabajadores peor cualificados y de menores salarios, cuya salida del mercado laboral comprimió la distribución salarial por debajo y compensó las posibles correcciones salariales de los trabajadores peor pagados que consiguieron retener su empleo. Por el contrario, el impacto de la crisis sí se refleja claramente en la evolución de la desigualdad en las rentas disponibles de los hogares, que aumentó precisamente porque muchos trabajadores dejaron de percibir un salario.

El indicador de desigualdad más usado es el índice de Gini, que varía entre valores de 0 (si todo el mundo tuviera los mismos ingresos) y 1 (en el caso de que un individuo tuviera todos los ingresos). Según los últimos datos disponibles para los 28 países de la UE, España es el cuarto país con mayor nivel de desigualdad en las rentas disponibles de los hogares (tras Bulgaria, Lituania y Letonia) y también es el cuarto país donde más crecieron las desigualdades en el periodo entre 2007 y 2014 (tras Chipre, Estonia y Hungría). En cuanto a los niveles de desigualdad salarial entre los empleados, España también se encuentra claramente por encima de la media de los países europeos. 

El incremento de las desigualdades durante la crisis hubiera sido aún mayor sin el efecto amortiguador de la redistribución del sector público a través de los impuestos y transferencias sociales: las desigualdades en la renta disponible de las familias (tras la redistribución del Estado) aumentaron en un 10% entre 2007 y 2014, prácticamente la mitad que las desigualdades en las rentas de mercado de las familias (antes de la redistribución del Estado). Esto subraya la importancia de mantener la capacidad de poder desplegar políticas públicas efectivas (principalmente pensiones, subsidio de desempleo y el impuesto progresivo sobre la renta) que atemperen los efectos negativos del mercado sobre las desigualdades entre individuos en tiempos de dificultad. 

Caídas en salarios y rentas reales

La verdadera magnitud de la crisis emerge cuando se usan otro tipo de variables que complementen los indicadores de actividad económica o desigualdad. Los salarios reales (los salarios corregidos por inflación) cayeron en todos los niveles de la distribución salarial, aunque la disminución entre los asalariados peor pagados ha tendido a ser ligeramente más importante (y además es seguramente mayor de lo que muestran los datos oficiales como consecuencia de la salida de los trabajadores peor pagados del mercado laboral). El impacto negativo de la crisis sobre los niveles salariales resultó en un incremento del número de trabajadores con un trabajo precario de bajos salarios.

Por otro lado, las rentas reales disponibles de los hogares cayeron más y, además, lo hicieron mucho más entre las familias más humildes: si se divide la población en cinco partes iguales, las rentas reales cayeron casi un 35% entre 2008 y 2014 para el quintil de la población más pobre, y un 15% para el quintil de la población de mayores rentas. El impacto negativo de la crisis sobre las rentas de los hogares ha llevado a un aumento del número de personas en riesgo de pobreza y exclusión social. También a un adelgazamiento del tamaño de la clase media, considerada muy importante en nuestras sociedades por su importante rol en el crecimiento económico, la financiación de las políticas públicas y la estabilidad del sistema político. 

Esta prolongada caída de los salarios y las rentas reales ha ocurrido también en otros países Mediterráneos y es muy significativa porque se añade a lo que ocurrió antes de la crisis. Contra la opinión establecida, los países Mediterráneos no consiguieron mejorar significativamente su posición respecto a la media europea en los años inmediatamente anteriores a la crisis. La convergencia que se produjo entre 2004 y 2008 fue principalmente en términos nominales, pero una vez descontada la mayor inflación que se produjo por la entrada masiva de capitales, no tuvo lugar una verdadera convergencia en términos de poder adquisitivo, cosa que sí que ocurrió de forma muy notable en los países del este de Europa.

El momento presente

Los datos procedentes de fuentes estadísticas europeas ofreciendo información comparable entre países europeos hasta el 2016 muestran una ligera mejoría en casi todos los indicadores precisamente en ese último año disponible (cierta estabilización a la baja de las desigualdades, un modesto aumento de los niveles de salarios y rentas reales y del tamaño de la clase media), pero no permiten conocer todavía en detalle hasta qué punto las tendencias se han revertido significativamente. 

Lo que sabemos es que en España la crisis tuvo características especiales que la hicieron muy virulenta y que su impacto ha sido mucho más fuerte en el mercado laboral que en la economía. Una parte importante de la población salió de la crisis por una puerta diferente a la que había entrado en términos de bienestar y calidad de vida. Ahora que la recuperación macroeconómica parece encauzada, los próximos años van a ser claves para mostrar que la sociedad española deja definitivamente atrás los estragos de una década perdida.

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Carlos Vacas-Soriano es investigador de la Fundación europea para la mejora de las condiciones de vida y trabajo (Eurofound). 

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Carlos Vacas Soriano

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