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Análisis

Las trampas del ‘patriotismo inclusivo’

La lógica del nacionalismo económico resulta fatídica para las perspectivas de revitalizar la izquierda. Es precisamente la lucha compartida contra la depredadora plutocracia mundial lo que debería unir a los trabajadores más allá de las fronteras

Jamie Merchant (THE BAFFLER) 31/10/2018

Museum of Fine Arts

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“América primero”, el lema de la era Trump, posee un oscuro pasado. En la década de 1940, el eslogan se asociaba con claros tintes antisemíticos que formaban parte del argumento aislacionista contra la entrada de EE.UU. en la guerra contra Alemania. Ese pasado no evitó que Pat Buchanan lo convirtiera en su grito de guerra cuando se presentó como el candidato paleoconservador del partido reformista a las elecciones de 2000. Ni tampoco, por supuesto, disuadió a Donald Trump de utilizar esas palabras en su discurso inaugural de enero de 2017. Todos los reaccionarios gravitan hacia la insularidad y el tribalismo que evoca la idea de la primacía estadounidense. 

Pero aunque el eslogan haya terminado asociándose principalmente con la derecha radical, en un nivel más profundo, “América primero” también es un sentimiento, un estado de ánimo, que abarca todo el espectro político de la política estadounidense. Hasta los supuestamente sobrios centristas y la izquierda sindical manifiestan con frecuencia lo que en ocasiones parece un impulso inconsciente por la supremacía estadounidense. Veamos cómo han respondido los líderes sindicales a la subida de aranceles del gobierno de Trump, enmarcada dentro de una guerra comercial en continuo ascenso. Richard Trumka, el presidente de la AFL-CIO, aplaudió los nuevos aranceles que Trump impuso al acero y al aluminio, cuyo objetivo eran las empresas chinas. Leo Gerard, presidente de United Steelworkers, expuso argumentos “prosindicales” (en la revista de izquierda In These Times) para defender el potencial para crear trabajos que tenían esos aranceles. Ambos sindicalistas se centraron en las acciones de los gobiernos extranjeros, principalmente China, de los que se dice que manipulan las reglas comerciales en su favor y perjudican a las industrias estadounidenses. A finales de julio, Trump fue recibido con entusiasmo por los trabajadores siderúrgicos de Illinois, que atribuyen a sus aranceles el regreso de los trabajos. 

Aunque desde hace tiempo el papel de los sindicatos estadounidenses ha sido adoptar un enfoque político basado en presentarse como un “grupo de intereses definidos” y perseguir beneficios económicos directos para sus miembros, existe una tácita presunción de que los trabajadores estadounidenses van primero, y que para que “nosotros” ganemos los trabajadores extranjeros tienen que perder. En concierto con los sindicatos industriales, el ala izquierda del partido demócrata emprendió un ataque constante contra el mundo que ha generado la globalización. El senador Bernie Sanders se erigió en portavoz de las comunidades que han sufrido décadas de falta de inversión, sueldos estancados, prestaciones sociales en deterioro y elevadísimos índices de desigualdad. Uno de sus mensajes principales es que las corporaciones estadounidenses han traicionado a la gente trabajadora de Estados Unidos al deslocalizar sus negocios, la mayoría también a China. La senadora Elizabeth Warren se ha sumado a este coro proteccionista, y ha sugerido que los aranceles son un instrumento útil porque Estados Unidos intenta “presionar de forma más agresiva a China para que abra [sus] mercados”.

El nacionalismo económico es una ideología construida sobre el principio de que la riqueza que se genera dentro de un país pertenece en exclusiva a sus ciudadanos legales

Aunque los centristas, por su parte, suelen aceptar la globalización como una realidad inamovible, no desdeñan las actitudes supremacistas. El intrépido líder de la minoría demócrata en el senado, Chuck Schumer, está dispuesto a hacer que Estados Unidos sea grande de nuevo declarando que los aranceles antichina son “sobre el dinero”; y una política más patriótica y directamente belicosa obtiene fácilmente vítores entre los miembros del comité de eruditos que sueñan con que regrese la unidad nacional. En una incipiente Guerra Fría contra China, los comentaristas convencionales anhelan ver una “exhibición bipartita y totalmente unificada de fuerza y resolución férrea estadounidense” que haga que los republicanos y los demócratas “cierren filas en torno a la bandera”. En un tuit aparentemente eliminado, el escritor de Vox, Matt Yglesias, hizo referencia al potencial de una “política antichina” como “un proyecto de unificación nacional que necesitamos”, mientras que otros han llamado casi a convertir a China en “un villano unificador en casi cualquier asunto”. Parece que si pudiéramos terminar con la pasada satanización de Rusia como nuestro principal enemigo nacional, entonces Estados Unidos podría ser una familia de nuevo. 

El denominador común de todas estas afirmaciones puede resumirse en dos palabras: nacionalismo económico. El nacionalismo económico es una ideología construida sobre el principio de que la riqueza que se genera dentro de un país pertenece en exclusiva a sus ciudadanos legales, y que la política económica del país debería reflejar eso. Se opone al globalismo y defiende un control más nacional de la economía. Esta idea difiere en teoría de los llamamientos directos a la raza que definen a la ideología etnonacionalista, como por ejemplo el nacionalismo blanco. De hecho, rechaza de forma explícita ese tipo de llamamientos. Steve Bannon, su representante estadounidense más destacado, distingue su doctrina puramente económica del chovinismo racial. Supuestamente, está destinada, según sus palabras, “a maximizar el valor de la ciudadanía”. ¿Quién podría discrepar con eso? El nacionalismo económico podría parecer el alter ego racional de la identidad latente y nihilista del Trumpismo. 

Este sentido intuitivo de la idea, explica en parte su atractivo a lo largo y ancho del espectro político. Sin embargo, solo hay que rascar la superficie de la distinción que hace Bannon, para detectar el truco que oculta. La nacionalidad y la identidad racial siempre han sido dos caras de la misma moneda, porque históricamente el moderno estado-nación siempre consagró una cultura dominante en sus leyes e instituciones. La idea misma de estado-nación implica una unidad política geográficamente limitada que respeta y mantiene el idioma, los valores y los ideales de una mayoría cultural, o una “nación”. En otras palabras, el nacionalismo blanco es una característica, no un defecto, de la identidad nacional estadounidense. En ese contexto, “maximizar el valor de la ciudadanía” refuerza de manera inevitable la división entre la ciudadanía estadounidense blanca y la gente de color, en especial los inmigrantes, cuyo estatus de ciudadanía siempre es precario y contingente. 

La lógica del nacionalismo económico resulta fatídica para las perspectivas de revitalizar la izquierda

En un sentido más amplio, aceptar el marco del nacionalismo económico es creer que los trabajadores de diferentes países están obligados de forma inevitable a competir económicamente entre ellos, por lo que las ganancias obtenidas por los trabajadores de un país solo se consiguen a costa de las pérdidas de otros. En esta época de rechazo popular contra los fracasos de la globalización, esto podría parecer plausible, pero los socialistas y la izquierda en general no deberían dar cabida a este tipo de posturas.

La lógica del nacionalismo económico resulta fatídica para las perspectivas de revitalizar la izquierda. Es precisamente la lucha compartida contra la depredadora plutocracia mundial, que está acumulando más riqueza que nunca, lo que debería unir a los trabajadores más allá de las fronteras nacionales. Los trabajadores de Estados Unidos y de otros países ricos tienen más en común con los trabajadores de China y de otros países en vías de desarrollo que con sus propios jefes. Esas son las brasas que arden bajo la superficie de la competición nacional, más incandescente con cada huelga salvaje en China o con cada huelga de cientos de miles de trabajadores en las plantaciones de té de India. Oponernos a ellos es perder de vista el hecho fundamental de que es la élite internacional súperrica de estos países la que nos está robando descaradamente, y no la masa trabajadora de China, México o, como le gustaría a Trump, hasta de la UE y Canadá. 

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La actual crítica populista de izquierdas contra la política comercial está plagada de presunciones nacionalistas. En el relato estándar antichina que exponen Sanders y Warren, entre otros, los trabajadores chinos aparecen, junto con sus jefes y su gobierno, como una amenaza única e unificada contra los estadounidenses. Los seres humanos reales se imaginan como una abstracción sin rostro, “China”, que supuestamente está haciendo que bajen los salarios estadounidenses y robando trabajos. Esto es, al menos en parte, un espejismo: la automatización tecnológica, y no la deslocalización al extranjero, es la causa principal de que desaparezcan los empleos industriales en Estados Unidos. Esos trabajos se fueron y no volverán, pero, desde una perspectiva política, “plantar cara ante China” elimina eficazmente la distinción de clase entre los trabajadores y la élite oligárquica de ese país. Los trabajadores en China se enfrentan a retos muy complicados, igual que los trabajadores de Estados Unidos: las fábricas se están yendo al extranjero, los centros de producción están cerrando y los trabajos están desapareciendo. China tiene hasta su propio “cinturón industrial” en el antiguo corredor industrial del noreste, donde la desindustrialización ha devastado a las comunidades locales, del mismo modo que ha sucedido en el medio oeste de Estados Unidos. Más al sur, los trabajadores han organizado huelgas para protestar contra las peligrosas condiciones laborales y el galopante robo de sueldos en Foxconn, el fabricante de los Kindles y las tabletas de Amazon.

El pensamiento nacionalista económico también establece una conexión entre los competidores “externos” e “internos”. El enemigo exterior se vuelve rápidamente el enemigo interior. Tal y como Robert Lighthizer, Peter Navarro y sus compañeros nativistas del gobierno de Trump han dejado meridianamente claro, esta ideología se traduce fácilmente en mano dura contra los inmigrantes, las personas indocumentadas y cualquiera que se crea que “compite” con la ciudadanía nacional. Así es como luego resulta natural comenzar a identificarlos y perseguirlos. Hasta las políticas perversas y deshumanizadas (como por ejemplo los campos de detención para niños) pueden parecer defendibles porque envían el mensaje de que los refugiados y los inmigrantes no son bienvenidos.

Algunas personas de la izquierda podrían objetar que el nacionalismo Trumpista es retrógrado y xenófobo, pero que un nacionalismo de izquierda no tendría por qué serlo. Algunos, impresionados por el poder que tiene el resurgir del nacionalismo, hasta lo ven como una fuerza que la izquierda debería incorporar, y defienden un “patriotismo inclusivo”. Esa idea es descabellada. Si observamos lo que sucede en otros lugares, la creciente defensa nativista del Estado del bienestar en las socialdemocracias nórdicas sugiere que, bajo las actuales condiciones, el nacionalismo económico está destinado a adoptar una forma reaccionaria. Dinamarca, por lo general considerada por la izquierda estadounidense el patrón oro de la socialdemocracia, está marcando el camino en cuanto a las draconianas medidas represivas contra los inmigrantes, motivadas por una presunta necesidad de defender su Estado del bienestar de los “parásitos” que se aprovechan. Aunque se vista con ropas progresistas, impulsar una “soberanía” económica desencadena una profunda enemistad contra los trabajadores en el extranjero y contra los inmigrantes en nuestro país. Además, aunque la izquierda consiguiera ganar con una plataforma de este tipo, proporcionaría una ventaja estratégica fundamental a la derecha en las luchas venideras, en especial porque establecería una distinción inmutable entre los merecedores de aquí y los que no se lo merecen de fuera, que sirve para hacer prosperar a la derecha.

Algunos, impresionados por el poder que tiene el resurgir del nacionalismo, hasta lo ven como una fuerza que la izquierda debería incorporar, y defienden un “patriotismo inclusivo”

El repunte del nacionalismo económico es una señal de que el proyecto de la globalización, tal y como lo conocemos, se ha extinguido. Su promesa de mejorar los estándares de vida para todos, que repitieron de forma ritual los economistas adivinos durante décadas, nunca se materializó. La derecha neofascista intenta sacar partido de esto afirmando, al igual que sus predecesores del siglo XX, que ha desenmascarado estas vacías perogrulladas liberales para dejar al descubierto la subyacente y cruda lucha por la dominación. No obstante, la elección entre soberanía económica nacional y globalización corporativa desacreditada es equívoca. Las dos son callejones sin salida para la izquierda. El camino a seguir pasa por fomentar un movimiento sindical internacional, que es la única forma auténtica de vencer al Trumpismo mundial y obtener lo que queremos para nuestras vidas y para nuestras comunidades. Y, de hecho, ya hay fuerzas de la izquierda que se están movilizando en una nueva dirección. 

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Los trabajadores de todo el mundo se enfrentan al mismo enemigo común: la guerra de clases que libra la élite transnacional y plutocrática contra ellos desde la cima de la pirámide de la desigualdad mundial. Como ya sabe la mayoría, la magnitud de la pirámide es sobrecogedora: un reducido 8,6 % de la población acapara un 86 % de su riqueza, una tendencia de la que solo cabe esperar que vaya en aumento en los próximos años. La mejor posibilidad que tiene la izquierda es promover una visión política que dé auténtico miedo a la derecha: una solidaridad obrera transfronteriza e internacional. ¿Qué aspecto tendría? 

Como sucede habitualmente cuando el capitalismo entra en una crisis prolongada, han comenzado a aparecer proyectos para establecer un nuevo orden tomando el viejo como base. El antiguo ministro de economía griego, Yanis Varoufakis, ha sido el primero en hacer un llamamiento en favor de un New Deal internacional de comercio e inversiones, que sea coordinado a escala mundial y que sirva para combatir las amenazas contra la humanidad, cuyas raíces son transnacionales, como por ejemplo el cambio climático, la pobreza endémica y el neofascismo. En un alentador giro que tuvo lugar recientemente, Bernie Sanders ha mostrado su apoyo a la propuesta de Varoufakis. De igual forma, el Roosevelt Institute publicó hace poco un ambicioso anteproyecto para alcanzar un Acuerdo de Poder Obrero, un convenio internacional que sería análogo al Acuerdo de París, pero orientado hacia mejorar la densidad sindical entre los países participantes.

Este tipo de propuestas comparten una característica común: su objetivo no es retroceder en la globalización, sino profundizar en ella a través de la cooperación política y la desmercantilización del trabajo. La idea subyacente es análoga al New Deal y a otras reformas sociales similares que tuvieron lugar a mediados del siglo XX, solo que a escala mundial del orden económico. Si hasta ahora la globalización se basaba en el poder que tiene el mercado mundial para someter al trabajo, se produciría una transformación radical si las fuerzas del trabajo consiguieran el poder para disciplinar al mercado. Perfecto, ¿por dónde empezamos? 

Los acuerdos comerciales internacionales son una pieza clave del rompecabezas. Los acuerdos regionales o continentales como el NAFTA, o incluso los tratados panhemisféricos como el acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP por sus siglas en inglés) y la Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión (T-TIP por sus siglas en inglés) proporcionan una cabeza de playa inmediata y natural para un movimiento de este tipo. Hasta hace poco, el NAFTA estaba en una especie de limbo como consecuencia de la ruptura de las negociaciones entre el gobierno proteccionista de Trump y los intereses de sus “socios”, Canadá y México. Finalmente, se negoció un nuevo acuerdo a punta de arancel que recibió el creativo apelativo de “Acuerdo entre EE.UU., México y Canadá”. Sus defensores lo aplauden porque supone un triunfo de la nueva filosofía proteccionista. 

En lugar de elegir un bando u otro en las luchas actuales la izquierda debería presionar en favor de un acuerdo auténticamente progresista que incorporaría estándares laborales y medioambientales obligatorios

Hay que politizar de nuevo todo el debate sobre la política comercial en su conjunto. En lugar de elegir un bando u otro en las luchas actuales (proteccionismo nacionalista o libre comercio sin modificaciones) la izquierda debería presionar en favor de un acuerdo auténticamente progresista que incorporaría estándares laborales y medioambientales obligatorios en las condiciones del acuerdo. Límites obligatorios a la jornada laboral, prohibir el trabajo infantil, insistir en un salario mínimo vital y, lo más importante, promover el derecho a organizarse y negociar de forma colectiva sin miedo a represalias. Y algo aún más radical, se podría incluso imaginar acuerdos de este tipo que incluyeran nuevas disposiciones que redujeran la jornada laboral estándar, como hicieron los trabajadores siderúrgicos alemanes en un acuerdo histórico que firmaron a comienzos de este año y que les permite trabajar semanas de veintiocho horas durante un máximo de dos años. Este tipo de medidas tienen el potencial de reequilibrar el grado de poder de clase para alejarlo de los empresarios y acercarlo a los trabajadores en el ámbito continental.

Un acuerdo vinculante y exigible de este tipo pondría fin a décadas de ataques corporativos contra los sindicatos en los Estados Unidos. La aniquilación del poder colectivo de los trabajadores en todas partes ha dependido de la movilidad del capital a través de las fronteras en una carrera a la baja mundial por empeorar los salarios y las condiciones de trabajo. Establecer unos estándares “mínimos” comunes eliminaría esta dinámica y garantizaría que todos los trabajadores se pudieran levantar al unísono y detener la espiral descendente de salarios de pobreza, horarios extenuantes y entornos de trabajo peligrosos, tanto en Estados Unidos como en sus socios comerciales. En última instancia, el destino de cualquier campaña para reavivar el movimiento sindical latente en Estados Unidos está necesariamente ligado a la fuerza del movimiento sindical en otros países. 

Los pactos comerciales progresistas son una estrategia fundamental para conseguir un nuevo internacionalismo de izquierdas, pero conforman solo una parte de que lo que debería ser en última instancia una ambiciosa estrategia para organizar las redes intercontinentales de trabajo subcontratado. Las enormes cadenas de suministro que unen a personas de todo el mundo, de Brasil a Beijing y de Londres a Johannesburgo, son la base para que prenda la llama de un movimiento tan multinacional como el mercado internacional existente. La clave sería un marco legal exigible que obligue a las empresas a reconocer los derechos de los trabajadores, no solo en los campus empresariales occidentales, sino en toda la cadena de suministro que contraten a lo largo de docenas de países. No faltan las investigaciones y recomendaciones en este sentido. Uno de los ángulos más prometedores, como ha propuesto Erik Loomis, es aprobar una “Ley de responsabilidad corporativa” (CAA por sus siglas en inglés) que obligue a los gigantes transnacionales como Walmart y Target a asumir sus responsabilidades jurídicas por las condiciones laborales de todas sus fábricas, independientemente de su ubicación. Este es un estatuto legal por el que pueden luchar los trabajadores de Estados Unidos aquí y ahora. 

Los pactos comerciales progresistas son una estrategia fundamental para conseguir un nuevo internacionalismo de izquierdas, pero conforman solo una parte

De igual modo, un salario mínimo mundial es una idea que mis colegas y yo estamos promoviendo como parte del proyecto “La justicia es mundial” que tiene lugar en Chicago. Un sistema de este tipo podría implementarse mediante leyes como la CAA o en el marco de acuerdos comerciales progresistas, en colaboración con organismos de supervisión supranacionales como por ejemplo la Organización Internacional del Trabajo. Así se establecerían un conjunto de normas mundiales que fijarían un salario mínimo vital obligatorio, que las empresas multinacionales tendrían que respetar a lo largo de toda la cadena de fabricantes subcontratados en su conjunto. Los trabajadores de Estados Unidos pueden recurrir a nuestros aliados de otros países para coordinar esta estrategia, tal y como hemos hecho al construir coaliciones con nuestros socios de México, Alemania, Reino Unido, China y Hong Kong. Construir un movimiento transnacional de este tipo para conseguir estos estándares universales podría transformar la economía mundial de tal modo que el resultado sería una nueva configuración igualitaria, y una forma de “globalización progresista” que estaría basada en un poder sindical continuamente creciente a escala mundial. 

Una plataforma comercial de izquierda debería entenderse como parte del mismo paquete de propuestas audaces y ampliamente populares que están desequilibrando la balanza de las ideas hacia la izquierda, como Medicare for All y el empleo garantizado federal. Hace poco más de un año ese tipo de ideas eran tabú, pero en la actualidad son habituales. De igual modo, no hay razón para pensar que la izquierda no puede ponerse a trabajar para alumbrar una reinvención transformadora del comercio con arreglo a principios igualmente ambiciosos. En el caso de que alcancemos el poder ejecutivo y legislativo, lo que no es del todo improbable, necesitaríamos tener una visión comercial firme que esté preparada y lista. 

Por supuesto, una condición previa para hacer realidad una visión de esta magnitud es un movimiento revitalizado de masas de izquierda seguras de sí mismas. No obstante, el camino a la victoria está claro, y no pasa por intentar ser más bannonistas que la derecha, ya que el nacionalismo solo engendra más nacionalismo y el Trumpismo es la rama más rancia de una enfermedad mundial que algunos han denominado “internacional nacionalista”. Para acabar con ella será necesaria la respuesta igualmente mundial de una coalición internacional de la clase trabajadora.

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Jamie Merchant es el director de medios del Centro para la Estrategia e Investigación Progresistas de Chicago. Tiene la mala suerte de estar en Twitter.

Este artículo se publicó originalmente en inglés en The Baffler.

Traducción de Álvaro San José.

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Jamie Merchant (THE BAFFLER)

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9 comentario(s)

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  1. Ricard

    La plutocracia se beneficia del "libre comercio" actual, dónde toda factoría puede ser deslocalizada. Si no es compensando con aranceles, ¿Cómo hay que penalizar esas prácticas?. No estoy para nada con Trump y sus estupideces neocon, este tipo forma parte de dicha plutocracia. Perdone que sea crudo, pero, los trabajadores de China me importan un huevo. Lo que me cabrea es la deslocalización de la que se beneficia China, junto con nuestra clase extractiva dirigente

    Hace 2 años 11 meses

  2. cayetano

    Debatir sobre economía nacionalista o internacionalista, mear fuera de tiesto. La geografía humana del Mundo nos permite no sólo viajar por el espacio, sino también por el tiempo. Viajes por relieves físicos y humanos diferentes, con sus distintos ethos, desarrollos, pasado... Estos señores vienen a proponernos programáticamente la estandarización uniformizadora de todas las distancias, cargados de un etnocentrismo imperial disimulado en la aspiración de una igualdad abstracta de los desposeidos, parias y explotados. Toda reducción a programa internacional es primero, producto de la impotencia estatal. No es de extrañar en este sentido que entre ellos se encuentre Varoufakis. No obstante, mantener proposiciones de normalizar estándares internacionales que respeten los derechos humanos, es un objetivo a perseguir. Pero plantearse los análisis desde la perspectiva de cartas a los Reyes Magos, y no de analizar las dinámicas e inercias sistémicas es idealismo involuntario y/o inconsciente. Ni la globalización, ni el capitalismo han fracasado, están en una fase evolutiva que ha agotado su modelo y se transforma en algo diferente delante de nuestras narices, mientras discutimos tonterías. La globalización es una realidad determinada por la interconectividad de la actividad humana efectuada a través de una red de infraestructuras, avanzando cada vez más dicha interconectividad. El neoliberalismo y/o proteccionismo no son más que quimeras, respondiendo desde viejos conceptos a nuevos fenómenos. La contradicción social presente hoy viene manifestada por la desvalorización del trabajo/capital en relación al volumen de producción, marginalizándolo como medio de relación y vinculo social. Dicha realidad que es tendencia general geopolíticamente se afronta por dos gigantes de forma distinta. Una la de EE.UU. con libre comercio o proteccionismo –da igual-, que sustentado en la financiarización de la economía, utiliza dicha especulación como motor de la acumulación por desposesión. Su cinética cambio de sinergias que construían Estados y Potencias, las grandes potencias desde la 2ªGuerra Mundial se construyeron por decisión norteamericana en el mundo capitalista, así Alemania, Gran Bretaña, Francia, Japón. Dicho cambio ha establecido una cinética de la desestabilización que no promueve crecimiento de sinergias, sino al contrario estados demolidos, la perpetuación de los fallidos y eternización de las vías al desarrollo en las emergentes –cuando no su retroceso-. Segunda, la de China que depende de crecimiento económico real, productivo, y por ende establece sinergias de crecimiento, construcción de infraestructuras y fortalecimiento de terceros estados. Esta es la realidad que se nos presenta ante la Administración Trump, también es sobre la que no supo o pudo actuar la Obama. No se habla de voluntades conscientes o inconscientes, sino de dinámicas del sistema que nos rodea y debemos interpretar correctamente, para proponer alternativas viables política, económica, social y ecológicamente. Lo cierto es que la Administración Trump ha supuesto un retroceso en no pocas cuestiones trascendentes. Debates planteados en términos de nacionalismo o internacionalismo económico están fuera de contexto. Hay que abordar cuales son las dinámicas sistémicas que se están transformando y causan las disrupciones, para poder intervenir sobre ellas sin necesidad de Guerras Mundiales, o esperar a Cataclismos Apocalípticos Naturales. Hay que abordarlos con tratamientos diferenciados respetando las distancias, planteando retos desde realidades compartidas, geográficamente primero por Estados y después por regiones económicas que pueden ser discontinuas. Es necesario reinvertir el proceso especulativo-financiero de acumulación por desposesión, devolviendo al proceso de producción el protagonismo de la organización social y su capacidad de valorización positiva. Para todo ello, es necesario comenzar a modificar en algunas regiones geoeconómicas los valores de relación o vinculo social, introduciendo iniciativas como la RBU y el TSG u otras. Al tiempo que introducimos como tras la 2ª Guerra Mundial, nuevos sectores económicos fundados en la universalización de servicios, que versen sobre cuidados a terceros, así como la valorización y/o contabilización de bienes públicos puros como el medio ambiente, y otras actividades… Se hace necesario saber interpretar el modelo de transición social que vivimos, para evitar las disrupciones crueles, instrumentando políticas que empujen dentro de los límites de la realidad evolutiva, un Mundo más sociable y ecológico, viable ecosocialmente. Mantener los debates en parámetros del pasado es cerrar los ojos que no reconocen al presente que es parte de mañana, al cambio de paradigma real, que implica cambios en conceptos e instrumentos de análisis respondiendo a ello, y no al pasado, cambiarse las gafas y aprender un nuevo idioma, léxico, sintaxis, semántica, figuras literarias que expliquen y nos ayuden a desenvolvernos en esa realidad que no vemos por estar inmersos en ella. Ah, lo olvidaba toda correlación y articulación de fuerzas sociales será local-estatal, por ello la proposición en dicho ámbito no puede esperar la resolución de la internacional, y necesariamente ha de ser distinta. Víctor Alonso Rocafort en el artículo sobre las fronteras abiertas y democráticas, haciendo una extendida y encendida propuesta de carácter internacional respecto del tema, atendiendo al realismo decía –en dicho marco internacional-: "Cierto que Asia, África y América encierran realidades de extrema gravedad económica y política, por lo que la exacerbada desigualdad en determinadas fronteras precisaría seguramente de medidas regulatorias transitorias." Bien, mientras reunimos las fuerzas internacionales suficientes para reiniciar y formatear el sistema capitalista que permita la vida, necesitaremos arbitrar en nuestras fronteras “medidas regulatorias transitorias”. Medidas regulatorias transitorias en forma de programas alternativas para las poblaciones de nuestros Estados. Un cordial saludo.

    Hace 2 años 11 meses

  3. braulio

    Concuerdo con "alejandro jose". Ya van varios anuncios publicitarios en distintos artículos, no estaría de más no permitir basura informativa, comercial o mercantil.

    Hace 2 años 11 meses

  4. alejandro jose

    por favor, borren el comentario-anuncio NO ES ETICO

    Hace 2 años 11 meses

  5. juan

    El desarrollismo de los 60 y 70 que convirtió al proletariado español no solo en propietario de su vivienda sino en multipropietario fue debido a los menores costes laborales. Es decir, difícilmente va a producirse ninguna alianza con los que ahora estando abajo en otros países ven mejorar su situación aceleradamente. En muchos de los casos no es explotación como se nos presenta sino salarios altos para los poderes adquisitivos de allí como quedó claro en el reportaje de Évole. Lo que no vale es pensar que nos podemos quedar anquilosados en lo fácil, cuando un país prospera debe aspirar a innovar, producir mejores bienes y más caros que permitan seguir mejorando salarios, no echarse a dormir o fiarlo todo a burbujas de ladrillo como aquí se hace recurrentemente. Ahí están Suecia, Finlandia, Alemania, con industrias no deslocalizables, en ese tren deberíamos ser un vagón más.

    Hace 2 años 11 meses

  6. ahiga Audrey

    Mi nombre es Ahiga Audrey, vivo en Ohio, EE. UU., Y estoy felizmente casado con un hombre encantador y cariñoso con tres hijos. Un gran problema ocurrió en mi familia hace un año, entre mi marido y yo, tan terrible que llevó el caso a la corte por divorcio. Dijo que nunca volvería a quedarse conmigo y que ya no me amaba. Luego salió de la casa y nos consiguió a mí ya mis hijos por un gran dolor. Intenté todos mis medios para que regresara a través de muchas súplicas, pero todo fue en vano. Al final, confirmó que había tomado su decisión y que nunca más me volvería a ver. En una noche extraña, cuando volví del trabajo, conocí a un viejo amigo mío que le preguntó a mi esposo. Le expliqué todo a ella, así que ella me dijo que la única forma en que puedo recuperar a mi esposo es visitar a una hechicera porque a ella también le funcionó. A diferencia de que nunca creí en una estaca, no tuve más remedio que seguir su consejo. Me dio la dirección de correo electrónico de la casilla de hechizos, que es "wiseozizaspiritualhome@gmail.com". Así que a la mañana siguiente envié un correo electrónico a la dirección que me dio, y la iglesia de madera me aseguró que volvería con mi esposo en dos días. ¡Qué maravillosa declaración! jajaja !!! Nunca pensé así que me habló y me dijo todo lo que tenía que hacer. A la mañana siguiente, me sorprendió que mi esposo, que no me ha llamado durante más de un año, me haya llamado para informarme que volverá. ¿Tan increíblemente correcto? Bueno, así es como regresó el mismo día, con mucho amor y alegría, y se disculpó por sus errores y por el dolor que me causó a mí ya mis hijos. Desde ese día, nuestra relación ha sido más fuerte que antes. Gracias por la ayuda de este gran hechizo. Mi consejo para todos los que están a través de diferentes desafíos es contactar a este gran hombre, y tal como lo hizo para mí, resolverá todos sus problemas. Puede enviarle un correo electrónico a través de esta dirección de correo electrónico. Le prometí que debía contarle a todo el mundo acerca de sus increíbles poderes. (wiseozizaspiritualhome@gmail.com), si está en cualquier condición, o tiene alguna dificultad para recuperar sus artículos, no solo para que él pueda ayudarlo. 1) Ser promovido en todo lo que hagas. 2) Gana buen dinero o gana una lotería. 3) Lograr el éxito en los negocios. 4) problemas espirituales. 5) ganar el juicio. 6) Busca a tu compañero de vida. 7) Obtener un trabajo bien pagado. 8) ganar el control de su matrimonio 9) Recibir favor y ganar atracción de la gente. 10) Perder dinero. (11) para curarte de todas las enfermedades. endurecido e incurable al igual que el VIH / SIDA, el cáncer, cualquier cosa (12) resolver problemas de embarazo y bendecirte con bebés. su correo electrónico una vez más la dirección es (wiseozizaspiritualhome@gmail.com) también puede contactar con él a través de whatsapp al +2348111448971

    Hace 2 años 11 meses

  7. José Luis Romero

    "La izquierda debería presionar en favor de un acuerdo auténticamente progresista que incorporaría estándares laborales y medioambientales obligatorios." Ok, pero entre esos estándares laborales y medioambientales obligatorios debe incluirse, sin duda, la producción local. Y el hecho es que, mientras logramos los ideales acuerdos internacionales, los aranceles nacionales son quizá el instrumento que mejor promueve este mismo fin. Por lo que la solución al problema es compleja y contradictoria, al menos más de lo que, a mi juicio, parece afirmar el autor del texto.

    Hace 2 años 11 meses

  8. zyxwvut

    Elegir como título de la sección "la tentación rojiparda" es una mezcla de manipulación y mal gusto que no me esperaba como socio de CTXT. Por otra parte el artículo, dirigido a "la izquierda" es un compendio de buenos deseos universitarios sin coherencia expositiva. La "globalización" ha sido siempre la globalización neoliberal, ni existe un movimiento sindical ni político internacional que pueda hacer frente a la movilidad, los recursos y el poder del capital especulativo, que ha usado la "globalización" como,arma para destruir país po país las conquistas sociales de décadas de lucha de las trabajadoras y trabajadores. Ahora resulta que esas conquistas sociales no eran nada importante y que hay que hacer frente al capitalismo financiero global justo en el terreno en que es más fuerte. Todo un estratega el señor profesor.

    Hace 2 años 11 meses

  9. braulio

    "La lógica del nacionalismo económico resulta fatídica para las perspectivas de revitalizar la izquierda. Es precisamente la lucha compartida contra la depredadora plutocracia mundial lo que debería unir a los trabajadores más allá de las fronteras" En ese caso, a que esperáis para eliminar las fronteras de los estados-nación. De todos los estados-nación. Ale!, menos palique y a eliminar fronteras, pero de verdad no solo en verbo. España y Francia una, junto con Alemania, Swazilandia y Tailandia, Mozambique o Brasil.... Pero resulta que después TODOS defienden "su" nación. Ergo, sus fronteras. Nacionalistas negando su nación al mismo tiempo que dicen ser españoles pero no tanzanos.... son todo coherencia... Menos cuentos caperucita.

    Hace 2 años 11 meses

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